Íngrid Betancourt, su vida 10 años después de volver a ser libre

Íngrid Betancourt, su vida 10 años después de volver a ser libre

Abril 22, 2018 - 07:55 a.m. Por:
Paola Guevara / editara de Vé El País 
Ingrid Betancur

Íngrid obtuvo la más alta votación al Senado y se convirtió en la estrella naciente de la política, y era considerada una ‘Juana de Arco’ criolla, para algunos, por sus batallas contra la corrupción.

Especial para El País

En julio se cumplen 10 años de su liberación, tras padecer seis años, cuatro meses y nueve días de secuestro por parte de las Farc, e Íngrid Betancourt regresa, con las heridas sanadas, a Colombia como invitada especial de Feria del Libro de Bogotá.

Este fin de semana, en el marco de la Feria, ofrece dos charlas. La primera, en compañía de Jorge Orlando Melo, bajo el título ‘Guerra y Paz en Colombia’, donde analizará sus años de cautiverio y, por otro lado, todo lo que ha pasado desde su liberación. También hará un balance sobre todo lo que hemos ganado y perdido los colombianos con la guerra y la paz.

Para su segunda charla en la Feria del Libro estará acompañada del escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince, en un conversatorio titulado ‘La fe por encima del duelo’. Allí Íngrid hablará sobre la necesidad de elevarse por encima del miedo, la sed de venganza y la violencia para hablar de fe y de humanidad.

La excandidata presidencial, quien recibió la Legión de Honor de Francia en el grado de Caballero, la activista y defensora de los Derechos Humanos que en 2008 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y la sobreviviente de secuestro que fue designada como embajadora y vocera de los familiares de secuestrados de Colombia, habló así con El País, antes de sus intervenciones en la Feria.

Usted ofrece dos charlas este fin de semana en la Feria del Libro de Bogotá, una de ellas con Héctor Abad que se titula ‘La fe por encima del duelo’. ¿Qué representa para usted esa frase?

Para mí hablar de la fe por encima del duelo es tratar de reflexionar sobre los instrumentos que uno tiene para superar el dolor. Hay algo muy importante: sentirse acompañado y respaldado en una relación de confianza con otra persona; el vínculo de amor. Esa fe tiene varios niveles, uno puede tener fe en el amor de sus hijos, de sus padres y eso de alguna manera lo ayuda a uno a superar el duelo; uno puede ampliar el círculo hasta la fe más extrema que es la fe en Dios. Héctor (Abad) no es creyente y yo soy creyente, entonces es interesante confrontar esas dos experiencias, la dramática de él por el asesinato de su padre y la mía del secuestro, y cómo la fe permite sanar heridas, perdonar, volver a construir a pesar de los traumas, las emociones y los recuerdos pasados.

Si hay alguien que ha tenido una vida ‘extraordinaria’, en el sentido amplio de la palabra, es usted. ¿Cómo va la tarea de contar sus historias? ¿Ha seguido escribiendo?

Yo pienso que efectivamente la comunicación es muy importante. Tener una historia que contar tiene como objetivo hacer de la experiencia un conocimiento. Cuando esa experiencia es transmitida a otros, a través de la literatura o de conversatorios, permite sistematizar la experiencia para que otros que no la han vivido puedan usufructuar las enseñanzas que deja la experiencia. Es en ese sentido que me parece que lo vivido debe ser comunicado.

Algo que muchos colombianos se preguntan -nos preguntamos- es a qué ha estado dedicada Íngrid Betancourt en estos últimos años...

He estado dedicada a leer mucho, sobre temas muy específicos que me han interesado, y también he estado activa en defender causas que me han motivado y me ha parecido que por alguna razón me conectan y me siento comprometida a actuar. Disfruto mucho hablar en la defensa de los Derechos Humanos, aportar en casos específicos, pidiendo ayuda para otras personas, es decir, eso me hace sentir muy útil. De alguna manera, lo que yo viví permite abrir puertas que les sirven a otros. Hago muchas cosas, viajo mucho, doy muchas conferencias, me invitan a coloquios, participo en estudios, en documentales, en muchas actividades, pero lo que más disfruto es sentir que puedo aportar algo concreto en la vida de alguien.

¿La distancia física con Colombia qué ha permitido y qué le ha quitado?

La distancia física con Colombia fue necesaria, porque las heridas habían sido muy hondas y necesitaba poder reconstruirme y reconstruir la relación con mi familia en un ambiente neutro. Yo creo que fue una buena decisión, que me permitió reconstruirme profundamente. He logrado restablecer una vida muy feliz, muy plena, tengo una relación muy buena y una comunicación muy fuerte con mis hijos. Los seis años y medio de separación con ellos, por el secuestro, padecí mucho que se hubiera roto la comunicación con ellos, no saber quiénes eran, que no supieran quién era yo, que no tuvieran confianza para contarme lo que les sucedía, porque el tiempo y la distancia van creando unas barreras y ellos estaban creciendo. Yo dejé un adolescente y un niño y encontré a la vuelta dos adultos. Eso era esencial, entonces el alejamiento de Colombia permitió encontrarnos en terrenos donde el dolor no estaba presente y podíamos reconstruirnos de otra manera. Pero la ausencia de Colombia, no estar en el país, no sentir los olores de Colombia, el hablar colombiano, la música colombiana, es algo que siento como una mutilación. Me es difícil vivir sin Colombia. Entonces me organizo para oír noticias, ver amigos colombianos y crear un ambiente colombiano donde estoy, y lo logro. Pero sigue habiendo una gran necesidad de estar en Colombia.

Usted regresa al país en una coyuntura muy delicada del proceso de paz y de la implementación de los acuerdos, cuando muchos sienten que el proceso entero hace agua. ¿Cómo analiza la coyuntura actual que atraviesa Colombia?

Tengo una visión distinta de lo que se vive en el país, donde se está sintiendo el desespero de una cantidad de noticias que entran a desbaratar el sueño. Yo estoy alejada de la polarización y del odio que se ve en redes sociales, y lo que percibo es otra cosa: cuando hablo con la gente siento que el pueblo colombiano hizo un recorrido muy profundo para hacer de la paz algo propio, para adueñarse de la paz. Son cosas sutiles en los temas de conversación. Los únicos temas antes eran el secuestro, las bombas, la guerra. El marco de referencia de cualquier conversación era el horror y hoy hay otros temas de referencia que dan la medida de lo que se ha ganado y que antes no se vivía por el espacio que copaba la guerra.

Ese abrir de ojos es profundo y creo que nosotros todos estamos caminando por el sendero de la paz y, por más que haya críticas al proceso, lo importante es que nadie cuestiona la paz per se, o no se atreven a hacerlo.

Hay un consenso en el país de que la paz no se puede reversar, de que no se puede echar por la borda lo que hemos logrado, que ninguno de nosotros quiere volver a unos tiempos donde la fotografía de primera página de todos los diarios de la nación eran cuerpos destrozados por una bomba o muchachos heridos en combate. Estamos pasando a otro país que hasta ahora estamos descubriendo. Todo el mundo sabe que hay que hacerle ajustes al proceso de paz pero son ajustes que nos deben ayudar a profundizar y consolidar los acuerdos, y que no nos vayamos a prender de una guerra suicida que, a Dios gracias, ya dejamos.

¿Qué antídoto ha encontrado usted contra el extremismo, el radicalismo y la polarización que parecen ser una constante no solo en Colombia sino en el mundo actual?

Yo creo que frente a esas pulsiones de muerte —Freud hablaba del tánatos como pulsión de muerte— uno tiene que entrar con pulsiones de vida —Eros—. Y la pulsión de vida es el amor. La manera de amar, sin que esto suene religioso ni poético, es encontrar la dignidad humana.

Entender que el otro puede pensar diferente sin que eso signifique que sea malo o que nos hace daño sino que tiene otra perspectiva de vida. Entonces podemos acercarnos a un diálogo que puede ser constructivo o no, pero que al menos pasemos de un diálogo mudo y agresivo a hablarnos como seres humanos. Creo que es importante hablar, razonar, salir de los esquemas doctrinarios y de las ideologías que reducen el mundo a unas fórmulas siempre peligrosas. La realidad es muy compleja y tenemos que entender los matices, abrirnos a tratar de entender al otro y encontrar un cierto equilibrio al interior de nosotros para poder escuchar al otro. Hay soluciones. Yo oigo mucho a los líderes del mundo y me interesa ver cómo es de poderoso el efecto de las palabras en la psiquis colectiva, la palabra es muy fuerte y, cuando se traen palabras que no juzgan al otro, eso ayuda mucho a entrar en comunicación.

Desde Francia, donde usted vive, muchas intelectuales se manifestaron contra lo que ellas consideran “puritanismo” en relación al debate en torno al acoso sexual. ¿Cuál es su postura?

Es muy importante que las mujeres tengan derecho a contar cuando son víctimas de conductas no apropiadas porque la zona gris que existe desprotege a la mujer. La mujer no sabe en qué momento la palabra amable se convierte en algo insultante, y es algo que las mujeres que están activas en el mundo laboral saben. La línea gris es pequeña. Lo que sucedió en Francia es interesante porque el país entero reaccionó en contra de ellas, dijeron que se habían equivocado en su posición porque no se puede confundir el coqueteo legítimo y autorizado por dos, con situaciones concretas de abuso de poder. Si la mujer tiene un jefe, ese jefe tiene la posibilidad de darle un ascenso, es una relación de poder en el ámbito del trabajo en el cual la mujer puede ser agredida desde lo sexual como condición para acceder a lugares a los que debería ascender por mérito propio.

Entonces no hablemos de puritanismo, para nada, es algo muy importante que se discuta porque necesitamos que los hombres se vuelvan feministas, que los hombres quieran darle a la mujer una igualdad que pasa por el respeto. No puede haber igualdad entre hombres y mujeres mientras una mujer sea presionada a dar concesiones sexuales para poder conservar el puesto. Ese es el tema.

¿Ha descartado para siempre volver a hacer política en Colombia?

No lo descarto para siempre, pero en este momento no estoy propiamente sintonizada con eso. Pero no digo ‘No’ a nada, porque ya me ha pasado muchas veces que la vida da un vuelco y uno toma caminos que no había pensado. Lo que sí puedo decir es que lo que pase en Colombia me afecta, me interesa. Vivo por fuera pero quiero a Colombia y si algún día puedo servirle a mi país me encantará. Y si no, no importa, porque somos también ciudadanos del mundo y tenemos actividades en otras latitudes. Es importante si esas actividades están enmarcadas en la lógica de servir. Hay muchas maneras de servir. Debemos encontrar la mejor manera de hacerlo donde uno esté.

Amistad cautiva

Cinco años compartidos de secuestro fueron los causantes de la ruptura de una amistad que parecía incondicional entre Íngrid Betancourt y Clara Rojas. Esta última era su jefe de debate en la campaña presidencial, y fue inscrita por el partido como su fórmula vicepresidencial, mientras ambas estuvieron secuestradas.

Y aunque Clara dudó en ir a San Vicente del Caguán, en 2002 —donde con Íngrid fueron privadas de libertad— cuando se levantó la zona de despeje, al final accedió, ante la frase de su amiga: “Clara, si no quieres ir, te quedas, en todo caso, yo viajo”. Cuenta Rojas en una entrevista para El País, de España, del 5 de abril de 2009: “Le dije que iría con ella, y esa decisión marcó mi vida. Tendría que haberle dicho que no. Pero le dije que sí”.

El País, de Cali, contactó a Rojas para preguntarle sobre la evolución de su relación con Betancourt, a lo cual respondió que “Sin duda, el secuestro fracturó la amistad”. Y admitió que, tras la liberación, “he vivido un proceso que me ha llevado a dar por superado todo aquello. Nos hemos encontrado un par de veces. Actualmente casi no tenemos contacto”.

Rojas admitió en la revista Semana que fue por cuatro intentos de fuga fallidas, —una de esas por Íngrid, quien se descontroló y gritó al toparse con un avispero, por lo cual fueron capturadas y encadenadas por sus captores— que empezaron los desencuentros, “desde entonces empezó a cambiar mi actitud hacia ella. Imagino que cada una culpaba a la otra de que hubieran fracasado los intentos de fuga, pero nunca nos lo dijimos, todo aquel dolor mal digerido creó entre nosotras una barrera de silencio. No podría decir que ocurriera un hecho concreto que rompiera nuestra amistad, fue más bien un distanciamiento progresivo. La ruptura fue tal, que el comandante que nos vigilaba decidió separarnos y ponernos en lugares distintos. La animosidad entre nosotras fue en aumento”.

Cuando Betancourt regresó a Colombia, luego de seis años de ausencia, una de las preguntas más recurrentes de los periodistas era sobre su relación con Clara Rojas. Su respuesta fue escueta: “En la selva todos tratábamos de sobrevivir”. Justamente, a comienzos de mayo de 2016, ocurrió el esperado reencuentro, durante el Foro sobre Reconciliación, del que ambas hicieron parte junto a otras víctimas del secuestro.

Dicho encuentro fue muy publicitado en los medios como un ejemplo de reconciliación: “Creo que se cierra un capítulo, es como un nuevo renacer. Estoy más tranquila. No hablamos sino en presente y en futuro (...) Me preguntó mi opinión sobre del proceso de paz y me alegró ver su interés. Le mencioné que la paz está cerca”, dijo Rojas ante los medios.

Precisamente, El País le preguntó a Rojas qué había aportado Betancourt al proceso de paz que vive Colombia y dijo: “No tengo información al respecto”.

Tampoco quiere recordar aquellas frases que su excompañera le dijo durante el cautiverio: “Ya no recuerdo, ni tampoco quiero pensar en ello”.
Por su parte, Íngrid, en su libro ‘No hay silencio que no termine’, confirmó lo que Clara había sostenido ante la prensa: “Una distancia de hastío se había instalado entre Clara y yo”. Menciona pocas veces por su nombre a Clara, refiriéndose a ella como “mi compañera” y ratifica que no tuvo culpa de que la acompañara al Caguán, y que antes, le dijo que no era necesario.

Narra que su compañera perdió el interés en escaparse para no desviarse de su propósito de tener hijos, y que, luego, le pidió que fuera la madrina de Emanuel y se sintió “en el deber moral de aceptarlo”, al ser la única que sabía quién era el padre del niño. Aunque Íngrid no revela ese secreto, le dedica un capítulo a un “amistoso” guerrillero, Ferney, al que halló un día, escondido, en el cuartucho de la selva que compartía ella con Clara.

Él le dijo un día: “Nunca digo esto, porque somos comunistas, pero rezo por usted”.

Amores y desamores

En el recuerdo de muchos colombianos quedó la imagen de Juan Carlos Lecompte cargando un dummy de Íngrid Betancourt los 2321 días que ella, su esposa, estuvo secuestrada. Él la describía como “una mujer excepcional”. Pero después de un operativo de rescate que le retornó a Íngrid la libertad, el 2 de julio de 2008, en su reencuentro se dieron un frío saludo que presagiaba el final de una gran historia de amor.

De aquel amor, que sellaron en Moorea, isla volcánica en la Polinesia francesa el 30 de enero de 1997, solo quedó una tortuga tatuada en sus pies, por mitades —él en su pie derecho y ella en el izquierdo—.

En la primera prueba de superviviencia, Íngrid le envió un tierno mensaje a su esposo: “Juanqui: te amo, y el amor como el agua siempre encuentran su ruta y su sendero”, e incluso, John Frank Pinchao, el soldado que escapó del cautiverio le sugirió a Lecompte que la esperara.

Pero, en los largos años de cautiverio fue inevitable el distanciamiento entre ambos, ella poco a poco dejó de incluirlo en sus mensajes de supervivencia. Tras la liberación, duraron más de seis años enfrentados en un divorcio. Lecompte dijo, en su momento, que una psicóloga de País Libre le explicó que recuperar su relación iba a ser muy difícil. Un secuestro puede dañar hasta el más fuerte de los compromisos porque reúne a dos personas que, por cuenta del sufrimiento, ya no son las mismas.

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