Graciela, de los campos de coca al colegio

Graciela, de los campos de coca al colegio

Abril 22, 2018 - 02:31 p.m. Por:
Por Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
Graciela

María Graciela Carvajal Arrieta nació en Unguía, Chocó. Tiene 12 años y cursa cuarto de primaria.

Raúl Palacios / El País

Delgada, morena, alta –lo es para sus doce años– camina a través de una especie de túnel que hacen los árboles sobre una carretera que es barro y tierra y agujeros de agua. Usa una camisa blanca con el escudo de su colegio en el pecho, una falda a rayas azules y blancas, medias a la rodilla y zapatos negros. La imagen es de una poesía engañosa: es más que el mero romanticismo de una chica de doce años que camina entre árboles y vuelos de mariposas.

Es la chica de 12 años que camina 45 minutos hacia el pequeño colegio donde estudia, que asciende por caminos de tierra y sobrepasa cercas de alambre y tolera el sol o la lluvia y ensucia de barro los zapatos y cuya frente suda antes de que inicie las clases, de lunes a viernes, a las ocho de la mañana, en un colegio que no tiene Internet y en el que aprenden en un mismo salón niños de todas las edades. La imagen tiene lugar en la vereda Limones, a unos 40 minutos de Roldanillo, Valle, sobre la cordillera Occidental de los Andes, una zona que hace 20 años era la fortaleza casi privada de uno de los brazos del Cartel del Norte del Valle y que hace poco más de 10 años fue la fortaleza casi privada del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia.

Delgada, morena, alta, María Graciela camina a través del túnel de árboles, pero también a través de una historia de atrocidades que desconoce, para llegar a su colegio, al Colegio Belisario Peña. A las seis de la mañana de ese día –28 de marzo de 2018– despertó junto a quien llama “hermana”, Valentina, en la primera cama del camarote en donde duermen ambas, porque la cama segunda es para Juan, al que llaman “hermano”, que tiene 7 años.

Se despertaron todos, ella se bañó la primera con agua helada –su casa está a una altura aproximada de 2000 metros sobre el nivel del mar, así que hace frío en la madrugada– y cuando los tres estuvieron listos se sentaron en la cocina de paredes de barro en donde Ana María, la madre, les sirvió a cada uno un chocolate con pan y huevos revueltos.  A las 7:20 a.m., luego de despedirse también del padre, Robinson, que desde las 5:00 a.m. había estado trabajando la tierra, los tres ascendieron los cerca de 300 metros empinados que separa la casa de la carretera principal y allí Valentina se quedó esperando la buseta y Graciela y Juan siguieron caminando hacia su colegio.

Valentina también tiene doce, pero está en sexto grado mientras Graciela cursa cuarto, de modo que Valentina estudia en la vereda Cajamarca, en donde hay bachillerato y a donde la lleva una buseta a diario. Graciela y Juan, mientras tanto, caminan.

El colegio Belisario Peña, Sede Santa Isabel, de la Vereda Limones de Roldanillo, es una casona de paredes de ladrillo y cemento, tejas de eternit, donde en un mismo salón ven clases 10 niños que tienen entre 5 y 12 años y que cursan desde kínder hasta quinto de primaria. En la casona hay un antiguo tablero de tiza, una sala de informática con 10 computadores y 20 tablets casi nuevas que jamás se conectan a la internet, una biblioteca con algunas revistas y muy pocos libros y un baño.

También hay un pequeño patio en el que hace muchos años se trazaron las líneas que indican una cancha de baloncesto, pero no hay cancha, ni de fútbol, y frente al salón hay otra pequeña sala que es el centro de salud donde se atienden mensualmente dolencias menores, gripas, dolores de cabeza, quizá se aplican inyecciones y quizá se ponen vacunas.

Para llegar hasta ese colegio Graciela y Juan caminan por la carretera –que es un camino angosto de tierra desigual– unos tres kilómetros todos los días, de lunes a viernes, durante 40 o 45 minutos.  Suelen llegar de últimos, porque los demás viven más cerca, a cinco o diez minutos. También suelen ser los únicos que faltan, porque si llueve demasiado –como será casi todo el mes de abril– es imposible llegar.

Aquel día no faltó ninguno de los compañeros de Graciela, entre los que está Esteban, al que siempre lo acompaña a clase su perro Trueno, y también Carlos, un niño de 12 años con discapacidades cognitivas que no aprende a leer del todo. A las 8:15 a.m. ya todos habían hecho la oración diaria y a las 8:30 a.m. la profesora María Janed Abadía, que viaja todos los días desde Roldanillo a la vereda, dictaba una lesión de castellano para todos.

45 minutos

Son poco, o quizá mucho. Medio tiempo de un partido de fútbol, lo que una persona puede tardar en ir del sur al centro de Cali en el transporte público; es el tiempo máximo que, dicen los expertos, dura la atención sostenida de un adulto sin descansar o el tiempo máximo recomendado para una jornada en el gimnasio y también el número de minutos que duran en el aire las bacterias luego de un estornudo y el tiempo después del cual la córnea se enturbia luego de la muerte, provocando la pérdida del brillo de los ojos propia de los cadáveres. Es poco, o tal vez no. Es el tiempo promedio de la mitad de una película de Hollywood y un poco más de lo que dura el Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band de The Beatles.

45 minutos.

Para Graciela, es el tiempo que hay entre su casa y el colegio, entre el colegio y la casa, y –pero esto probablemente ella lo ignora– es el tiempo que se interpone a diario entre ella y la posibilidad de cambiar el signo de su existencia.

Graciela llegó a la vereda Limones el 17 de diciembre del año pasado desde Unguía, en la selva del Darién chocoano, más cerca de Panamá que de cualquier ciudad de Colombia.

Junto a su padre y a quien llama su madre y a quien llama su hermana tomaron un bus hasta Medellín y desde allí otro hasta Cartago y desde allí otro hasta Roldanillo en donde pagaron al dueño de una camioneta para que los llevara junto a sus platos, algunas ollas, el televisor de 14 pulgadas, un colchón, algunas cobijas y la ropa de cada uno, a la casa en que ahora viven.

¿Por qué lo hicieron?

Mientras prepara una sopa de queso para los que llama sus hijos, Ana María, 41 años, no más de 1,60 de estatura, lo explica con una sencillez desconcertante: es que su marido ya estaba cansado de cultivar coca. La cosa se había empezado a complicar los últimos años, justamente, desde que Ana María y Robinson, como se llama su esposo, se habían conocido.
En 2006 Ana María vivía a las afueras de Turbo, Antioquia, con su hija Valentina y con el padre de ella.

Un día cualquiera de ese año le empezaron a llegar a su casa papeles en los que se les decía que lo mejor era que “abandonaran la finca, para que nadie saliera herido o muerto”, esas formas de la intimidación y del destierro que durante años han practicado los paramilitares.

Menos de un mes después Ana María abandonó la finca junto a su hija y el padre de su hija y llegó a Turbo, en Antioquia. Luego ocurrieron otras cosas oscuras que Ana María prefiere no contar y que resume con un “mejor dejé a ese señor con el que estaba” y empezó a trabajar como empleada doméstica hasta 2015, cuando decidió irse a Unguía por consejo del esposo de su madre.

Fue allí donde, lo dice ahora, volvió a encontrar el amor: ese hombre alto, delgado, casi rubio, de manos callosas y de voz lenta y gruesa que se llama Robinson y que, cuando lo conoció, vivía con su hija Graciela en casa de una hermana.

Tuvieron lugar entonces los preliminares del amor y para 2016 se habían juntado ambos: Ana María y su hija Valentina, y Robinson y su hija Graciela, y empezaron a vivir en una pequeña casa de Unguía mientras él, Robinson, trabajaba en su finca a dos horas del pueblo, sembrando yuca y papa y plátano y también coca.

“Es que tocaba”, dice Ana María, con una cierta sorna, como quien se disculpa, “porque con lo otro no se puede vivir por allá, tocaba sembrar coca. Hasta que ya nos cansamos”.

Sí. Se cansaron: la presencia cada vez mayor de narcotraficantes y de militares y de grupos de erradicación de cultivos ilícitos de la Policía, y los enfrentamientos que esa presencia implicaba empezaron a provocar la zozobra de Ana María y de Robinson quienes, en diciembre del año pasado, decidieron vender la mula, las gallinas, la última carga de hoja de coca y abandonar la finca para buscar algo más, algo menos angustioso, y llegaron hasta la casa en la que ahora están y entonces Graciela empezó a llamar hermana a Valentina, y Valentina a llamar hermana a Graciela y Ana María a llamar “mija” a Graciela y Valentina a llamar “papá” a Robinson. Y entonces, también, Ana María empezó a conocer la historia detrás de Graciela.

Graciela

Ana María, madre adoptiva de Graciela y de Juan, quien la acompaña.

Raúl Palacios / El País

***
Tenía tres años cuando su madre la abandonó a ella y a su padre en una finca cercana a Unguía. Tres años, así que no lo recuerda muy bien. Graciela sabe que su padre, para darle algo semejante a una madre, la envió a vivir con una de sus hermanas –tía de Graciela– con quien creció en la vida del campo, con quien aprendió a los 5 años a ordeñar, a cuidar gallinas, a sembrar tomates, a sembrar maíz, fríjoles, mientras su padre trabajaba la finca en donde se sembraba coca.

Entre los 3 y los 10 años Graciela solo cursó primero de primaria, apenas aprendió las vocales, apenas aprendió los números y las formas de algunas letras. Aprendió, sin embargo, otras cosas.

De cuando en cuando iba a la finca donde trabajaba el padre y veía cómo se arrancaban las hojas de coca y cómo se secaban y luego cómo, en otra finca que no era la de su padre, se ponían a cocinar en una olla gigante y se les adicionaban cosas, gasolina, kerosene, cosas de las que ella no sabe los nombres, y después aparecía una pasta blanca que hombres con fusiles compraban.

Graciela vio a esos hombres, y a los que arrancaban las plantas de coca, y a quienes se enfrentaban de cuando en cuando con los que compraban la pasta blanca, y escuchó los disparos y también las bombas y vio los helicópteros volar sobre el techo de su casa y a varios hombres con sus piernas deshechas por minas sembradas en los campos de coca y, lo dice ahora, temió todo aquello: esos rezagos de la guerra, de la pobreza, de un olvido al que ha sido sometida desde siempre.

Aquello fue lo que Graciela aprendió desde sus 3 años hasta sus 10, cuando en su vida aparecieron Ana María –a la que llama madre– y Valentina –a la que llama hermana-, que fue, también, cuando esa nueva familia, ese cruce de historias y de vidas fragmentadas, decidieron vivir en el pueblo, Unguía, e intentar un nuevo comienzo en el que, además, la coca ya no estuviera presente.

Dos años después saldrían hacia Roldanillo, en el Valle del Cauca.

“Es que nosotros ya no queríamos nada de eso. Eso de sembrar coca es muy duro, uno se arriesga mucho y la gente sufre demasiado, pero dejarla no es tan fácil, porque es lo único que hay. Pero bueno, gracias a Dios llegamos aquí a esta tierra y ahí vamos, al menos no nos falta la comida y las niñas y el niño están estudiando, que es lo más importante”, dice Ana María.

Resulta casi epifánico escuchar a esa mujer decir lo que dice: hay una conciencia, una certeza de la existencia de un camino, ese que conduce a Graciela de su casa al colegio, esos 45 minutos diarios bajo túneles de árboles y sobre tierra removida y pantanosa que podrían cambiar el sino y el signo de toda una vida, quizá de toda una familia.

¿Cuánto son 45 minutos?

La duración del trayecto de su casa al trabajo o la duración de su rutina de ejercicios. Solo basta asumir un punto de vista diferente, tratar de ver a través de los ojos de alguien más, para tener una nueva dimensión del tiempo: cómo tres cuartos de hora pueden definir el camino de una vida, de la vida de Graciela.

Graciela

Graciela estudiando en el patio de la casa en que vive.

Raúl Palacios / El País

Caminar sobre el pasado
Caminamos de regreso del colegio. En la mañana un grupo de promotores de lectura del Museo Rayo de Roldanillo llegó hasta el lugar con muchos libros, hicieron juegos, elevaron un globo de los deseos, rieron, jugaron.

Gracias a ellos conocí a Graciela. El Museo Rayo tiene un proyecto llamado 'Rayo Viajero' que busca abrir espacios de lectura en algunas de las zonas más remotas del norte del Valle. Una de esas zonas es la vereda Limones. Desde hace un año cada mes un grupo de promotores de lectura llega hasta esa vereda, y hasta muchas otras, con maletas cargadas de libros, instrumentos musicales, juegos de mesa, y ofrecen unas especies de espectáculos de lectura a los niños.

A Graciela el asunto le gustó demasiado, tanto que se inscribió al concurso de cuento que en enero pasado realizó el Museo, escribió uno titulado 'La mariposa cantora' –en el que una mariposa vuela todos los días por los bosques mientras canta muy feliz– y ganó.

Ahora, del mismo modo que aquella mariposa, Graciela canta junto a Juan: canciones de reggaetón que suenan tanto en la radio, canciones en las que se habla de hombres que quieren que las mujeres vayan a sus camas y que se besen en la disco y otros asuntos de esos.

Ascendemos por la huella de asfalto unos doscientos metros, lo hacemos despacio porque es demasiado empinada hasta que el trayecto se aplana, justo cuando empieza la carretera de pura piedra y tierra. Juan recoge piedras, las tira a algunos pájaros, Graciela canta con esa voz a la vez dulce y áspera en la que se siente el acento costero de la s cambiada por la j. Camina lenta, sin mucho afán, pero sin detenerse, sobre el fondo magnífico del Valle en el que se puede ver el pequeño pueblo de El Dovio y, más allá, la sucesión de montaña que precede al mar Pacífico.

Pienso en todo lo que ella ignora mientras recorremos aquella carretera y escucho su voz.

A mediados de los años 90, luego de la desaparición de los carteles de Cali y Medellín, la organización criminal que heredó el poder de ambos fue el Cartel del Norte del Valle, comandado por Orlando Henao Montoya. Montoya fue asesinado en 1998 dejando a esa red criminal dividida en dos: ‘los Machos’ y ‘los Rastrojos’, ambos en disputa, entre otras razones por el control de una inmensa zona para cultivos ilícitos y para el tráfico de drogas que comprendía Roldanillo, Zarzal, El Dovio, Tuluá, La Unión, Trujillo, Riofrío y, sobre todo, el Cañón de Garrapatas, el principal lugar de paso entre el Valle y Chocó hacia el Pacífico.

Alias Don Diego, jefe de ‘los Machos’ y alias Jabón, jefe de ‘los Rastrojos’, iniciaron un enfrentamiento que duró más de 15 años, en el que cayeron capos que fueron reemplazados por otros capos, y que convirtió aquella zona por la que ahora camino junto a Graciela y a Juan en un terreno de guerra, inaccesible para los periodistas, en el que caminaban hombres armados todo el tiempo, en el que murieron decenas de hombres y mujeres y niños y otras decenas fueron desplazados.

Por otro lado, a finales de esa década, los propios narcos y varias empresarios de la región alentaron la llegada del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia, lideradas por Éver Veloza, alias HH, que cometieron algunas de las más atroces masacres en la zona.

Entre 2003 y 2007, por ejemplo, en el Valle del Cauca se presentaron 50 masacres, la mayoría cometidas por paramilitares, entre las que se cuentan la masacre de Trujillo, que dejó más de 300 muertos; o la masacre de El Calima Darién, en 2001, cuando paramilitares asesinaron a 19 campesinos; o la masacre de Chorreras. Son solo algunas. Todas, cometidas por narcos, paramilitares y guerrilleros, son más de 90 masacres desde 1985 hasta 2014.

Pienso en aquellas cosas, en esas atrocidades que Gabriela y Juan ignoran, en lo desconcertante que resulta verlos a ambos caminar por esos parajes que hace unos años albergaron tanta muerte y desesperación.

Graciela cumple 13 años el próximo 12 de mayo, así que pregunto:
- ¿Y qué querés de regalo?
- Yo quisiera un viaje a París – responde riendo y me explica que vio la torre Eiffel en un programa de televisión y se enamoró de ella.
- Bueno, y además de eso.
- Una tablet, pero con Internet, para poder hacer las tareas...
- ¿A vos te gusta mucho estudiar?
- Sí, yo quiero ser una profesora, yo no quiero tener que volver al monte y quedarme trabajando toda la vida. Yo quiero ser una buena estudiante y luego enseñar.
De pronto Juan entra en la conversación y dice que él, por su parte, quiere ser futbolista. Salvo que no tiene un balón, y tampoco unos guayos...
- ¿Y desde cuándo querés ser futbolista? – pregunto a Juan.
- Desde que vivía en Venezuela – contesta.

Aquí, entonces, Graciela me cuenta la historia de Juan, al que llama su hermano.

Juan llegó hace poco más de un mes a la familia. Juan es uno de los cuatro hijos de sus padres, quienes son primos de Robinson y quienes hacia 2014 decidieron salir del Chocó hacia Venezuela alentados por una fantasía extraña: querían hacer fortuna en ese país. Cruzaron el país de oeste a este y llegaron a San Cristóbal, donde vivieron hasta hace seis meses cuando decidieron, empujados por el hambre y las precariedades, regresar.

Juan dice que fueron ricos, que tuvieron mucho dinero, dice que esos días en que jugaba fútbol con algunos amigos su papá tenía costales llenos de billetes y de monedas. Lo que Juan no sabe es que esos billetes y monedas no alcanzaban para mucho. Regresaron al Chocó, buscaron una tierra para trabajar, no pudieron, se enteraron de que Robinson estaba en Roldanillo y salieron en su búsqueda y en cercanías de El Dovio alguien les arrendó una tierra.

Pero las cosas se habían complicado demasiado para los padres de Juan y tuvieron que dejar a uno de sus hijos en Unguía, en el Chocó, y a Juan con Robinson, y a otro de ellos con una prima en Bogotá para solo quedarse con la menor. “Es que no podían alimentarlos a todos”, me dice Graciela mientras empezamos a descender por la loma escarpada que desemboca en su casa.

Y ahora Valentina y ella llaman a Juan “hermano” y Ana María y Robinson le dicen “mijo”. Cuando llegamos a la casa, los tres perros y el gato salen a recibirnos.

Graciela

Graciela, Juan y Valentina, duermen en un camarote que también hace como lugar de estudio para los tres.

Raúl Palacios / El País

La poesía

En su cuarto además del camarote hay unos cajones reciclados en que cada uno de los niños guarda su ropa. Ambas, Valentina y Graciela, tienen el horario de clases pegado a la pared de barro. En el cuarto contiguo duermen Robinson y Ana María sobre el mismo colchón con el que llegaron en diciembre.

Por ahora tratan de comprar una cama.

La casa y la tierra que Robinson trabaja son arrendadas, pero no importa, dice Ana María, mientras estén todos juntos y lejos, muy lejos, de los sembrados de coca.

Juan y Graciela dejan sus maletines sobre una pequeña mesa que hay en el corredor de la casa. Graciela se cambia su uniforme y luego ambos se sientan a esperar que Valentina, que se tarda un poco más, llegue para almorzar juntos.

En ese punto no es necesario intentar metáforas, porque la realidad de pronto adquiere una dimensión literaria inmediata, se devela preñada de poesía.

Graciela es una definición de un país entero: una niña que ha sobrevivido a una de las formas de nuestra guerra, que vive en una zona que ha sufrido y padecido otra de las formas más brutales de nuestra guerra y que, caminando a diario de una casa que no es suya al colegio intenta, implacable pero serena, librarse del peso de su pasado y abofetear la negligencia y el olvido al que ha sido y sigue siendo sometida.

Se llama María Graciela, tiene doce años, cursa cuarto de primaria en un colegio en el que no han conocido la internet; nunca ha ido al cine y no ha conocido ninguna ciudad de este país.

Se llama María Graciela. Es colombiana. Y quiere ser profesora.

Rayo viajero vereda limonres

Los niños del colegio Belisario Peña de la vereda Limones, en la zona alta de Roldanillo.

Raúl Palacios / El País

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