Ensayo: ¿qué es ser un editor ejemplar?

Ensayo: ¿qué es ser un editor ejemplar?

Octubre 09, 2018 - 02:53 p.m. Por:
Redacción de Gaceta
Diego Martínez Lloreda, premio Gabo

Diego Martínez Lloreda, director de Información del diario El País, recibió el premio Clemente Manuel Zabala como editor ejemplar.

Foto: EFE

El buen editor es alguien que, sobre todo, tiene la rara habilidad de lograr que un autor saque lo mejor de sí mismo y lo ponga al servicio del texto. Aquello se logra con una combinación de confianza – el editor debe creer en el autor y hacérselo saber – y condiciones para realizar el trabajo, que no es nada distinto al tiempo suficiente para investigar, organizar el material y escribir, además de un asunto tan importante que condiciona todo lo anterior: el espacio justo para publicar.

El cronista y novelista argentino Tomás Eloy Martínez lo recuerda así en su Decálogo para Periodistas: “hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto y el espacio que necesita dentro de la publicación”.

Con la confianza recibida y las condiciones idóneas para trabajar, al autor no le quedará otra alternativa que entregar la mejor historia jamás escrita o por lo menos, intentarlo.

Diego Martínez Lloreda, Director de Información de El País, y quien acaba de ser galardonado por la Fundación Nuevo Periodismo con el premio Clemente Manuel Zabala que exalta cada año al Editor Ejemplar del periodismo colombiano, señala a propósito que la “perfección no es posible, pero no por eso debemos dejar de buscarla”.

La perfección comienza con asuntos tan básicos pero a veces tan descuidados como la ortografía. En una entrevista concedida a Catalina Arango en la revista El Malpensante, la reconocida editora Margarita Valencia considera que en principio, “el editor tiene que ocuparse de que se publique perfecto”.

“¿Qué quiere decir eso? Primero, y esto es algo elemental, que salga sin errores. Yo recuerdo que, en una época de mi vida, un error en un libro era algo inadmisible. Y es algo que sigo teniendo como norma. La tranquilidad con la que hoy los editores se toman los errores me deja pasmada y me irrita como lectora. Hablo de errores tipográficos, gramaticales, de redacción, factuales; errores que implican que un editor no revisó, no releyó, no verificó los datos. Segundo, creo que el editor tiene la responsabilidad de hacer que el sentido de un texto llegue al lector de la manera más clara y transparente posible.  ¿Cuántas veces se encuentra uno con autores que tienen ideas interesantes que decir, pero que es un castigo leerlos? No solo tiene uno que entender lo que el autor está diciendo, sino también tiene que descifrar una maraña espinosa de términos y giros innecesarios que opacan una idea".

En Brevísimo Manual Para Jóvenes Editores, una columna también publicada en El Malpensante, la editora Andrea Palet escribe por cierto que “los errores son como piedritas o peñascos que adelgazan la confianza y alteran la concentración. Los autores no los ven, y a veces los lectores tampoco, pero la belleza de un libro (o de un texto) no es la misma si la muy premiada tipografía no se lee bien, si Juanita se llamaba Adela cien páginas atrás, si los cortes de palabras nos chirrían al oído, si los números no suman, si dice loza cuando debe decir losa”.

En ese sentido, la mayoría de los grandes editores coinciden en que un buen editor debe ser, sobre todo, un buen lector. Aquello, según la editora y también reportera María Teresa Ronderos, no es otra cosa distinta que alguien que sabe cómo suenan los textos bien escritos.

“Yo no tengo sentido musical de la música, pero sí tengo sentido musical del lenguaje. Yo leo un texto y siento que no fluye, que está flojo, que si uno le aprieta un poquito y le pule, plum: fluye”, dice María Teresa en ‘Hechos para contar’, un libro que recopila conversaciones sobre el oficio con diez periodistas, escrito por Lorenzo Morales y Martha Ruiz.

En el diálogo con María Teresa Ronderos, ella agrega a la pregunta de cuál es la principal cualidad de un buen editor lo siguiente: “No hay una sola cualidad. Un editor que no haya estado expuesto a diferentes experiencias, no es un buen editor porque no logra entender al otro. Un editor que no ha sido nunca reportero no entiende los afanes ni entiende la lógica de lo que es ir y traer información del mundo”.

En ese punto coincide Diego Martínez Lloreda, quien en su discurso durante la ceremonia de entrega del premio Clemente Manuel Zabala al editor ejemplar dijo:

“En mi caso, interpreto el adjetivo ‘ejemplar’ en el sentido de que los editores enseñamos con el ejemplo. Tras 34 años de estar enrolado en la batalla periodística, he concluido que para que los siempre escépticos y críticos reporteros respeten al líder de la redacción, este debe ser un ‘general de trinchera’. Es decir, el editor tiene que estar metido con ellos en ese campo de batalla periodístico. Planeando, dirigiendo, corrigiendo, disparando, estando en la primera línea del frente de batalla. Arriesgando la piel. Es en esos momentos, en las más duras batallas periodísticas, cuando el editor más enseña y más aprende. Solo así, un editor se gana el respeto de su redacción”.

Igualmente, asegura María Teresa Ronderos, el buen editor debe tener vocación pedagógica, de maestro, para sentarse con el periodista a sacarle lo mejor a una nota.

El buen editor en realidad es alguien cuyo oficio consiste en trabajar para que el otro brille. Así lo plantea la cronista y editora argentina Leila Guerriero, en una conversación con la periodista Vanessa Terán Iturralde de El Telégrafo.

“Y tiene que haber un talento que tiene que ver con la generosidad: el momento de la edición no le pertenece al editor, sino al autor. Hay que estar dispuesto a hacer de ese texto lo mejor posible y caminar con el autor por un camino que lo lleve a encontrarse con la mejor versión de su texto. Ese camino se plantea con inmensa delicadeza. Un texto es algo muy íntimo y si llegó a tus manos es porque el autor piensa que tiene algo bueno para mostrar. Deja de lado todo tipo de comentario burlón, todo eso lastima, vulnera y pone al autor en la vereda de en frente que es un lugar donde nunca debe estar”, dice Leila.

El buen editor es también una suerte de pescador de lectores, y para ello la ‘caña’ imprescindible es el arte de titular. Diego Martínez lo planteó durante su discurso del premio Clemente Manuel Zabala.

“El título es el gancho para atrapar al lector, la puerta que se abre para ingresar al mundo siempre imprevisible de los textos. Otra suerte muy distinta hubiera corrido la prolífica obra de García Márquez si, en vez de haber escrito ‘El Coronel no tiene quién le escriba’, hubiese escrito ‘Al coronel no le llega la pensión’; si en vez de ‘Cien años de soledad’, hubiese titulado ese libro portentoso ‘La saga de los Buendía’; o si a ‘Crónica de una muerte anunciada’ la hubiera llamado ‘La decepción de Bayardo San Román’; o si, finalmente, hubiera llamado ‘Evocaciones de mis trabajadoras sexuales deprimidas’ a ‘Memorias de mis putas tristes’.
Jorge Cardona, editor general de El Espectador, considera de otro lado que el buen editor debe asumir responsabilidades con su país, y en el caso de Colombia, “tiene el reto de crear condiciones colectivas para pasar la página de la confrontación armada, política y judicial. Además, no hay filtro ni control superior a la conciencia de asumir que cada periodista es primero editor de sí mismo. Después, de todos los que puedan ayudar a que no se deslice la opinión donde no corresponda. Comunicar enaltece cuando se hace para la historia, no para el aplauso o las tribunas”.

A lo anterior Mauricio Sáenz, también ganador del premio Clemente Manuel Zabala, añade: “En un momento como el actual, cuando el periodismo atraviesa sus horas más oscuras, es imperativo recordar el legendario lápiz rojo de Clemente Manuel Zabala, ese primer editor a quien nuestro nobel Gabriel García Márquez agradeció toda su vida. Nunca como antes la precisión conceptual, la redacción certera y clara y la verdad factual fueron más necesarias para hacerle frente a los apóstoles de los fake news, a los falsos comunicadores de Internet y a quienes desde el poder pretenden convertir a los periodistas en enemigos del pueblo. La democracia está en peligro alrededor del mundo, y tenemos el enorme reto ético de cerrar filas para protegerla”.

En otras palabras, el buen editor en los tiempos de las redes sociales debe ser digital, aunque sin olvidar que en el impreso o en la web la esencia de su oficio se mantiene intacta: ser una especie de abogado del diablo cuya única defensa es el placer y la claridad del lector.

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