Cuando El Puerto habla

Cuando El Puerto habla

Octubre 19, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Cuando El Puerto habla

El programa de Licenciatura en Arte Dramático de Univalle, sede Pacífico, está a punto de sacar su primera promoción.

Que los protagonistas de la película ‘Manos sucias’ sean actores nacidos en Buenaventura tiene una explicación: desde hace ocho años la Univalle apostó por formar a los jóvenes de esta ciudad en arte dramático. Y ganó.

El montaje se llama ‘Ocho mujeres’ y es una adaptación de la obra del francés Robert Thomas. Los muchachos —ocho, claro— toman su lugar sobre el escenario vacío: la Sala de Teatro de la Universidad del Valle, a la que llaman Auditorio 4 en la sede de Meléndez. A varios pasos de ellos, sentada en una mesa ubicada en la parte más alta de la sala, se escucha la voz firme de Adriana Bermúdez, una de sus profesoras de arte dramático y la directora de la obra. Son poco más de las 4 de la tarde de un viernes de octubre, y en menos de dos horas —todos lo saben— el lugar estará a oscuras, atiborrado de un público que ha esperado ansioso este espacio de ‘Buena aventura teatral’ y la presentación de los alumnos de quinto semestre del programa de licenciatura de arte dramático de esta universidad, en su sede de Buenaventura. Así que esto viene a ser para estos muchachos como una pequeña gira. El debut en un teatro fuera de El Puerto. Ya han ensayado en abundancia. Ya han repasado de sobra los diálogos. Ya se han equivocado. Así que cuando el telón se abra nada tendrá por qué salir mal: esos ocho estudiantes que aparecerán en escena demostrarán que valió la pena tanta terquedad. Que lo diga Manuel Viveros, un caleño de risa amplia, egresado de esta carrera en Cali, quien siendo también un estudiante comenzó, sin querer, la génesis de esta historia. Junto a Nestor Durán, compañero de salón, fue elegido en marzo de 2002 para protagonizar una versión de ese clásico del Siglo de Oro español que es ‘El condenado por desconfiado’. El montaje se presentó en el Teatro Colón de Bogotá, uno de los más tradicionales de esa ciudad. Y ese día fue la primera vez de muchas cosas: la primera en que se contaba, en clave de cultura Pacífico con la marimba de Gualajo sonando de fondo, ese drama teológico del teatro barroco español, escrito por Tirso de Molina; la primera en que dos alumnos de arte dramático de origen afrocolombiano protagonizaban una obra de gran calado en el país. La primera que algo así sucedía en la capital. Fue un hito. Una bofetada a una sociedad que sigue tan marcada por la discriminación. La buena nueva llegó a los pasillos del Ministerio del Cultura, donde comenzaron a preguntarse si acaso estaban ante un par de casos excepcionales de la actuación o si no era, más bien, que la Costa Pacífica colombiana era recorrida a diario por actores tan brillantes como Manuel y Néstor, pero aún sin descubrir, sin una oportunidad.Manuel mismo sabía “que los estudiantes afrocolombianos que en ese momento estábamos formándonos como actores éramos pocos. En mi promoción, de los 12 que empezamos coincidimos apenas 3. No era muy común que la gente del Pacífico se animara a elegir esto como una carrera”. Pero era un buen síntoma. El Ministerio lo intuyó a tiempo y entonces le dio vida en Buenaventura al taller Jóvenes Creadores, en 2002. Inicialmente se pensó abrir 22 cupos, pero fue tan alta la demanda —109 personas se inscribieron, entre los 15 y los 22 años— que terminaron por admitir a 24.Un año después se abrió de nuevo la convocatoria y fue igual de exitosa. Llegaron desde chicos recién salidos del colegio y sin planes para el futuro inmediato hasta jóvenes que trabajaban como cargadores portuarios y solo anhelaban una oportunidad para torcer el destino. Y eso sucedía en una ciudad sin tradición alguna en las artes escénicas y sin siquiera un solo teatro. La profesora Eddy Janeth Mosquera trata de entender las razones: “la gente del Pacífico tiene una gran capacidad expresiva, es más espontánea, más abierta, más natural y, si se quiere, con un cuerpo muy flexible por su predisposición natural a artes como la danza folclórica”.Fue el mismo talento que advirtió el maestro Alejandro González Puche, cabeza hoy del Departamento de Artes Escénicas de UniValle. “Toda esta experiencia nos permitió encontrarnos de manera casual con un universo estético insuficientemente valorado”. Fue por eso que dos años después del taller Jóvenes Creadores, la Universidad, en su sede de Buenaventura, comenzó a trabajar en el proyecto de llevar a sus aulas la carrera de licenciatura de arte dramático. El empuje final se dio gracias a otro montaje, que se presentó esta vez en el Festival Iberoamericano de Teatro, ‘La lección de piano’, que dirigió Manuel Viveros, el mismo muchachito que años atrás había robado aplausos en el Teatro Colón. “Fue el primer montaje totalmente afrocolombiano y tuvo excelentes críticas. Eso fue a finales de 2009. Un año después arrancó el programa formalmente en El Puerto”, cuenta Manuel, quien ahora es su coordinador. Aún no hay egresados, varios están en el proceso de sus trabajos de grado. Lo que hay, sí, es una camada de buenos muchachos que están demostrando la cara amable de un municipio del que solo parecen salir noticias negativas por cuenta del narcotráfico y las bandas criminales. Justamente por estos días está en cartelera ‘Manos sucias’, película cuyos protagonistas, Jarlín Martínez y Cristian Advíncula, se formaron en estos espacios: uno de ellos en el taller Jóvenes Creadores y el otro como estudiante del pregrado que nació después. No la tuvieron fácil. Ambos estudiaron autores de teatro franceses, ingleses y españoles; aprendieron de dicción (pues los porteños suelen hablar rápido y golpeado), de expresión corporal, de entonación y articulación, de cómo canalizar su energía sobre el escenario. “Ellos parecen en sí mismos unos personajes. Con una fuerza expresiva que no encuentras fácilmente en otra región. El proceso no ha sido fácil, porque de hecho existe mucha deserción de la carrera. De los 15 jóvenes que arrancaron en la primera cohorte quedan 3, pero hemos ganado en otras cosas. Por ejemplo, en formación de públicos. La gente en Buenaventura ya pregunta dónde y cuándo se van a presentar sus actores”, asegura la profesora Adriana Bermúdez. Para Manuel, es importante también que, gracias a este espacio, los estudiantes idean montajes en los que reflejan la dura realidad social de El Puerto. “Nos pasa que a veces algunos de los pelados llaman a excusarse de no poder llegar a clase porque en sus barrios hay toque de queda o se salen antes de los ensayos o de las presentaciones pues no pueden llegar después de ciertas horas. Nos ha tocado entender eso, pero ya hemos ido ganando espacios porque a los muchachos los respetan en sus barrios y se han convertido en referentes de otros jóvenes”. Lo sabe Juan Carlos Angulo, que cursa octavo semestre, que asegura que el teatro le salvó la vida. Que de no haber sido por esta oportunidad ahora mismo sería un ilegal en Canadá, el destino que han elegido muchos de sus amigos.Lo sabe Juan Eulogio Córdoba, otro alumno —integrante además del programa Batuta en Buenaventura— que está seguro de que con el teatro es posible cambiar la realidad de su comunidad y su vida misma. Es otra manera de contar lo que nos pasa, cómo nos sentimos. Y eso es lo que quisiéramos en El Puerto que nos siguiera pasando: menos dinero para las armas y a cambio más espacios para el arte”. Por Lucy Lorena Libreros

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