Así es como el barrio El Piloto se convertirá en una galería de arte al aire libre

Así es como el barrio El Piloto se convertirá en una galería de arte al aire libre

Septiembre 30, 2018 - 07:55 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
Barrio El Piloto

Uno de los murales que se encuentra a la entrada del barrio El Piloto, de la artista 'Puro Amor'.

Giancarlo Manzano / El País

Entonces llegaron los hombres y las mujeres: venían del Cauca o del norte del Valle para trabajar en la Licorera o para convertirse en obreros del Ferrocarril. Era principios del siglo XX y arribaron, campesinos elementales, descalzos, vestidos con sombreros de palma y ruanas de lana, y decidieron empezar a construir sus casas en la margen del río, donde también pudieran sembrar maíz o plátanos.

Cali era apenas un pueblo de casas de bahareque y calles empedradas que se extendía desde la Calle 5 hasta la 25, entre la margen turbulenta del río Cali y los límites finales de un potrero que con los años sería la Calle 15, y que empezaba a poblarse de los hombres y mujeres que huían -como tantos huirían después- de las interminables guerras entre conservadores y liberales que asolaban las veredas.

Así que muchos llegaron a ese lugar: a una planicie serena en donde cortaron los pastos incultos y empezaron a levantar casas que construyeron con guaduas y barro y bosta de vacas, y a las que añadieron tejas de arcilla o de palmas resecas y después, junto al río, sembraron aquello que habían sembrado años antes en las tierras que habían dejado y entonces el pequeño caserío fue un barrio.

Fue así. De un modo levemente legendario, como quien conquista una tierra que no es prometida, sino solo encontrada, que se fundó el barrio El Piloto de la ciudad.  Así dice Leydi Silva, que tiene 37 años, que le ha contado su suegro, a quien a su vez le contaba su abuelo. Y con variaciones menores lo cuenta don Alfonso Bolaños, que ya superó los 70 y a quien también contaba su madre.

Una fundación que, además, tuvo un signo de clase: mientras al lado de las montañas habitaban los hombres y mujeres descendientes de españoles que poseían esa tierra por pura herencia, hacia este lado, hacia el oriente, habitaron los hombres que llegaron a reclamar silenciosos una tierra que nunca habían tenido.

Así, con ese aire de epopeya humilde, fue que se hizo el barrio El Piloto.

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Entre las calles 15 y 25, y la carrera 1 y Avenida Tercera Norte, en apariencia hay un conjunto de tiendas varias, de almacenes de venta de motocicletas, de talleres de carros, de mecánica, de sucios lugares en donde se hacen cosas sucias, cambiar aceites, cambiar neumáticos, limpiar motores. Eso, en apariencia. Allí mismo, en las ocho manzanas que comprenden el barrio El Piloto, hay un conjunto de pequeñas casas de bahareque y adobe con tejados de arcilla que indican algo que alguna vez fue: el signo de una arquitectura, de una forma del pasado, de una conciencia del espacio que existió hace unos años y de la que ahora solo quedan resquicios.

Algunas son pequeñas casas construidas hace varias décadas a golpe de intuiciones y necesidades: un cuarto para el hijo que se casa o para la hija que ahora traerá una nieta. Otras, casas de grandes frentes con altas puertas en madera y ventanas enrejadas que recuerdan vagamente las postales de pueblos remotos. No podría ser de otra manera, porque el barrio El Piloto, como tantos otros en Cali, fue una creación exacta y genuina del genio popular. No de un plan arquitectónico, sino de uno más implacable: un plan vital.

Durante todo los inicios del siglo XX, obreros del Ferrocarril y obreros dedicados a excavar el río para extraer arena, construyeron paulatinamente sus casas a imagen de las casas que sus padres o ellos mismos habían habitado en los pueblos en donde vivieron antes de llegar a Cali, y el resultado fue eso, un barrio popular de colores, de contrastes entre una casa y otra, de fachadas largas y patios frescos.

Lo que sorprende, sin embargo, son las señas del olvido. Hasta la década de los 80 y mediados de los 90, El Piloto era, como lo es San Antonio y como lo pudieron haber sido otros tantos barrios del centro de Cali que fueron demolidos durante esas décadas, la perfecta ejemplificación de eso que puede llamarse patrimonio arquitectónico.

Pero con la expansión hacia el sur que venía teniendo la ciudad desde la década de los 70, sumada a la continua decadencia del centro y el ascenso del narcotráfico de fin de siglo pasado, El Piloto dejó de ser un típico barrio popular de Cali para empezar a albergar los efectos de la conmociones de la modernidad y el narcotráfico: pronto se convirtió en otra de las zonas preferidas por los indigentes y consumidores de drogas y, cómo no, por los propios expendedores.

Algo pasó, dice Leydi Silva, quien es la presidenta de la Junta de Acción Comunal, y ese algo pasó hace menos de 20 años, para que El Piloto dejara de ser un vecindario de descendientes de campesinos que se convirtieron en obreros, y llegara a convertirse en un barrio casi marginado y estigmatizado.

Algo pasó. Y eso lo sabe muy bien don Alfonso Bolaños, cabello cano y piel levemente oscura, que lo recuerda sobre todo cuando cruza por esa ceiba imponente que marca el fin del barrio en los límites de la Calle 25. Allí solía jugar colgado a los brazos del árbol cuando era niño. Hoy, ese es un punto prohibido para sus nietos, “porque ahí es que llegan la gente de la calle a meter lo que meten”, dice.


Barrio El Piloto

Don Fabio y don Alfonso, dos de los líderes más importantes de El Piloto.

Giancarlo Manzano / El País

Ahí, también, en esas ocho manzanas en donde viven unas 600 familias, hay, que se sepa, dos expendios de droga, y ahí, también, está el cuartel general de la Policía de Cali y una sede más pequeña, que es la que aguarda todos los archivos de esa institución.

Paradojas evidentes: que un lugar tan relativamente pequeño albergue la sede más grande de la Policía y también algunos expendios de droga.

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Andrés Pedroza Salas me dice: “Es que es un barrio hermoso. Las casas que se conservan son en realidad muy bonitas y tienen una identidad cultural de lo que fue Cali a mediados del siglo pasado. Y esas fachadas gigantes y los muros son perfectos para pintar en ellos”.

Andrés es diseñador gráfico y también uno de los directores de la Fundación Culata, un colectivo de artistas urbanos que se proponen cambiar los espacios abandonados de la ciudad a partir de los graffitis y los murales.

Entonces recorremos el barrio y los vemos: hay murales de rostros de ancianos y de niños, también hay pájaros pintados sobre árboles, rostros indígenas, rostros negros, cielos con aves. El que los mira podría pensar que se trata de imágenes decorativas sobre descampados, pero en realidad, son una forma de la memoria.

Andrés me cuenta que a la Fundación Culata se le contactó para pintar un gran mural sobre la historia del barrio El Piloto. Pero el proyecto se convirtió en otra cosa: “decidimos hablar con la comunidad sobre la importancia de su propia historia y la necesidad de construir memoria a partir de los murales, y poco a poco, siguiendo sus propias ideas, empezamos a pintar sus recuerdos y sus historias. Cada uno de los murales que hay en este barrio es, más que justamente un mural, un fragmento de la historia de El Piloto”.

Si se camina siguiendo el Parque Lineal hacia la Calle 25, se puede encontrar un mural de dos cabezas de mujeres de la artista que se llama a sí misma 'Puro Amor' y que simboliza la fuerza femenina del barrio. También está el rostro de de Ligia Cuete, una de las líderes de El Piloto que ya murió y que, sin saber escribir y leer, se había impuesto la tarea de escribir la historia del barrio.

A su lado están don Fabio y Alfonso, que siguen vivos y que, entre otras cosas, lograron que la escuela del barrio fuera reabierta. Junto a la casa de doña Francisca –una mujer indígena que llegó a El Piloto desde Piendamó, Cauca, en 1971- hay varios pájaros sobre un fondo amarillo de flores hecho por dos estudiantes de la universidad javeriana, Jessy Camelo y Daniela Villegas.

Al dar la vuelta, sobre la Calle 1 norte, se puede encontrar un mural en el que hay tres niños dibujados bajo un gran pájaro de fuego. Los tres son niños de El Piloto, y el autor de la obra es Felipe Ortiz, un muralista caleño que vive en Boston, Massachussets, y que decidió pintar el mural como un homenaje a su padre, que creció en ese barrio.

Son, dice Andrés Pedroza, unos 48 murales repartidos en aquellas ocho manzanas. Pero serán más, muchos más.

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Si se desciende caminando por la margen del río Cauca desde el Club Colombia hasta el barrio El Piloto, se pueden encontrar 52 tipos de aves. El dato lo tiene Santiago Éder, uno de los principales promotores de la recuperación urbanística del barrio El Piloto. Es una de las razones por las cuales vale la pena hacer el trayecto. Otra, es porque ahí mismo está a punto de ser culminado uno de los proyectos de renovación urbana más importante de la ciudad: el Parque Lineal.

El proyecto no puede calificarse de otro modo: es realmente ambicioso. Con un diseño realizado por la empresa holandesa West-8 (que tiene entre su catálogo obras como 'Los jardines del Jubileo' en Londres, el 'Queens Quay Boulevard' en New York, el Jardín Botánico de Houston o el Boulevard Madrid Río de Madrid), el Parque Lineal se propone no solo como un espacio de goce público, sino como una forma de renovar las relaciones de quienes habitamos Cali con el río.

El parque se extiende a lo largo del río Cali desde la Calle 17 hasta la Calle 25 y comprende un total de 1.200 metros que se caminan junto, no solo al río, sino a más de 15 especies de árboles y, de nuevo, 52 de aves. Un trayecto, además, que culmina, si los planes resultan, en la visita al que sería el primer distrito de arte urbano de Cali: sí, el barrio El Piloto.

Barrio El Piloto

Uno de los más grandes murales que relata también el origen del nombre del barrio.

Oswaldo Páez / El País

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La idea es justamente de Santiago Éder, que la copió - y el verbo no es despectivo - de los Wyndwood Walls de Miami, una extensa galería de arte urbano al aire libre ubicada en cercanías del centro de esa ciudad, en lo que antes fue una zona industrial ahora transformada por artistas del graffiti y de mural.

A partir de esa idea, dice Éder, lo que se busca hacer en el barrio El Piloto es construir una especie de galería al aire libre con un elemento esencial: que ese barrio, dadas las particularidades de la arquitectura de muchas de sus casas, tiene el potencial de convertirse también en un distrito turístico de la ciudad.

“El parque lineal ofrece por sí mismo todas las atracciones que cualquier persona pueda imaginarse para caminarlo. La brisa, los árboles que dan sombra, el río al lado. Pero además de eso, si se tiene un distrito artístico en el barrio El Piloto, se configuraría toda una ruta turística que iría desde la Torre de Cali y culminaría con la visita a las obras de arte urbano del barrio”, agrega Éder.

Es, de hecho, una idea que ya se está llevando a cabo. Gracias a los murales pintados por los artistas de la Fundación Culata, y al hecho de que El Piloto está pasando por un proceso de renovación – con la participación de empresas como HomeCenter, que ha decidido regalar los materiales y la pintura para que quien desee renovar su casa, y otras como Autosuperior, Adriana Arboleda, Hotel Spywak, Fundación Alvaralice, Sandwich Cubano o Johana Ortiz, que han apoyado los trabajos de renovación del barrio-, varias operadoras turísticas de la ciudad se encuentran desarrollando recorridos turísticos que incluyen una caminata por el Parque Lineal y por el barrio El Piloto, en los que el guía cuenta la historia de cada mural y del barrio.

“Es un barrio que tiene todo el potencial, no solo porque sus grandes fachadas son perfectas para los artistas urbanos, sino porque allí cualquier persona puede encontrar un lugar original que guarda gran parte de la memoria de lo que ha sido Cali. Tendríamos una galería al aire libre y además, un espacio para comprender la cultura y la historia de la ciudad”, continúa Éder.

El proyecto apenas comienza, pero Leidy Silva, presidenta de la Junta de Acción Comunal, despide un optimismo desmesurado mientras habla. La idea es que los propios habitantes del barrio se conviertan en los guías turísticos y que sean ellos mismos –como doña Rosalba, que tiene una tienda en la Calle 23 con Cuarta Norte, en donde cada tarde muchos se sientan a tomarse un jugo o una cerveza mientras juegan naipes o parqués– los que se beneficien del turismo.

“Es una idea en la que han participado organizaciones como 'Yo creo en Cali', la Fundación Ecopacífico, 'Amo mi Cali' y '111 Siento 11 Palabras', y en la que todo el barrio siempre ha estado presente para hacer las cosas a su manera. Por eso, son ellos los que más van a beneficiarse”, concluye Andrés Pedroza, de la Fundación Culata.

Barrio El Piloto

Mural del barrio El Piloto. En la foto doña Francisca, migrante del Cauca que vive en el barrio desde 1971.

Giancarlo Manzano / El País


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Un sábado en la tarde, cuando los talleres cierran, el barrio se convierte en barrio. Entonces los niños corren por las calles, frente a los murales, y los ancianos se sientan a hablar en el pequeño parque central y se escucha la música y en las esquinas se juega parqués o una mano de cartas.

Es el barrio. Es Cali.

el piloto

Los murales se están renovando constantemente por los artistas de la Fundación Culata.

Giancarlo Manzano / El País

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