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En Cali, la solidaridad se cocina en 243 ollas comunitarias

Mayo 31, 2020 - 07:55 a. m. Por:
Santiago Cruz Hoyos, editor de Crónicas de El País

En cada olla comunitaria hay voluntarios de los barrios que se encargan de preparar los alimentos y servirlos. Su trabajo inicia a las 7:30 de la mañana y termina a las 2:00 de la tarde. Es otra manera de garantizar la comida en días de pandemia.

Raúl Palacios - El País

María Nubia González jura que tiene 15 años así su cabello esté blanco por las canas. Ella, traviesa, suelta la carcajada, mientras desmecha una pechuga de pollo en una vasija tan grande que para llenarla se requieren seis manos. A María Nubia la asiste entonces Aura Elena Caicedo Ramírez, quien lleva sobre su cuello un escapulario de la Virgen, y en otra olla Rufina Angulo Panameño hace lo mismo: desmechar pollo que irá directo a la vasija. Aunque conversan con sus tapabocas puestos, no se detienen. Esta mañana de jueves deben preparar el almuerzo de 430 familias. Ellas se lo toman con calma y dedicación.

El único hombre entre este ‘matriarcado’ de cocineras es Richard Ramos, un ebanista que llegó hace siete meses a Colombia proveniente de Caracas. A lo mejor por su oficio de ebanista le encargaron cortar las habichuelas, algo que Richard hace con evidente destreza.

Todos son habitantes del barrio Potrero Grande, al oriente de la ciudad, en la Comuna 21; voluntarios en la iglesia donde se enciende la olla comunitaria más grande de la zona: la parroquia San Cirilo de Jerusalén.

Mientras alguien levanta la tapa de otra olla donde se oculta un provocativo hogao al que solo le faltaría una bandeja con tostadas de plátano, Zoila Valencia, la presidenta de la Junta de Acción Comunal de Potrero Grande, dice que el impacto de los fogones en los días del coronavirus “ha sido grande”.

– La comunidad se ha unido alrededor de las ollas.

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Además, interviene Arley Murillo, otro de los líderes del barrio, un reciente censo les arrojó como resultado que el 67 % de la población en Potrero Grande vive del día a día, el rebusque. La mayoría trabaja en el centro como vendedores en calles y semáforos. Las mujeres que logran emplearse por lo regular lo hacen como aseadoras de casas y apartamentos.

Eso quiere decir que más de la mitad del barrio completa dos meses sin trabajo, debido al confinamiento. El censo también dice que en la mayoría de las casas del barrio hay por lo menos un adulto mayor. Y hay viviendas donde habitan abuelos a quienes sus hijos y nietos abandonaron, así que deben resolver sus necesidades por su cuenta.

A estas alturas de la cuarentena, entonces, continúa Arley Murillo, ya hay hogares en Potrero Grande donde no hay nada qué comer, por lo que la única alternativa para garantizar el almuerzo es acudir a las ollas comunitarias.

En total en todo el barrio, dividido en doce sectores, hay once de estos fogones que la comunidad organizó con el respaldo de la Arquidiócesis y la financiación de la Secretaría de Bienestar Social. Solo en la última semana este despacho distribuyó alimentos en 243 ollas comunitarias de Cali, de donde se sirvieron los almuerzos de 48.600 familias; unas 130 mil personas.

– En las últimas dos semanas invertimos $1200 millones en las ollas. Y continuamos con la estrategia de comedores comunitarios, el programa misional de la Secretaría – dice Fabiola Perdomo, la Secretaria de Bienestar Social.

Alguien menciona entonces que si Cali todavía no es una ciudad repleta de trapos rojos en las ventanas como señal del hambre es gracias a estos fogones que desde que se prolongó la cuarentena se encienden sagradamente en diferentes barrios.

En cada olla comunitaria de Cali se garantiza la alimentación de 200 familias en promedio. Las ollas están distribuidas en el oriente y las zona de ladera, principalmente.

Norman Landázuri, otro de los líderes comunitarios de Potrero Grande, hace cuentas. Solo en la olla en la que nos encontramos, la de la parroquia San Cirilo de Jerusalén, llegan a diario 430 personas por el almuerzo de sus familias. En las otras diez ollas del sector se atienden entre 150 y 200 personas que hacen lo mismo: llevar el almuerzo suyo pero también el de la esposa, el de los hijos, el de los hermanos.

Detrás de todo hay un proceso de organización y empoderamiento de las comunidades. En cada olla hay voluntarios que llegan a las 7:30 de la mañana para preparar su desayuno y comenzar a hacer el almuerzo. El menú siempre depende de lo que haya en la nevera. Esta vez hay pollo suficiente como para un sancocho monumental. A las 12:00 en punto se abren las ollas, hasta la 1:00 de la tarde.

Afuera hay otros líderes barriales que se encargan de hacer pedagogía sobre las normas en días de pandemia. Mantener la distancia, usar tapabocas – nadie puede entrar a la olla si no tiene tapabocas – aplicarse gel antibacterial disponible en la puerta. También se reparten fichas para evitar conflictos por eso de que “yo llegué primero”. Quien recoge sus almuerzos, si le es posible, hace un aporte de $500. Con ese dinero en las ollas se compran lo que haga falta, que casi siempre son condimentos.

En esta mañana de jueves la fila en la parroquia San Cirilo de Jerusalén se alarga poco a poco. Allí está doña Aura María Ramírez, quien casi no puede hablar. Como quien tiene un dolor muy profundo. Dice que vive con su esposo, con sus dos hijos, y en la casa todos están sin trabajo. Si tienen para mercar, no tienen para el arriendo y si consiguen lo del arriendo queda haciendo falta lo de los servicios públicos. Por eso hay días en que su única alternativa para comer es acudir a la olla. En una maleta carga sus viandas para llevar el almuerzo a su familia. Es otra de las medidas en tiempos de pandemia: la comida se debe llevar para la casa.

Miriam Albán vive en el sector 8 de Potrero Grande. Dice que viene por cinco almuerzos, que deberá repartir entre las personas con las que vive: su esposo, que es diabético y por lo tanto es preferible que no salga de la casa debido al coronavirus, su hijo, que trabaja en construcción pero hace meses no lo llaman, sus tres nietos.

A su lado, a un metro de distancia, está Alicia Candelo, quien dice una cosa muy cierta: si antes de la pandemia a los adultos mayores no los contrataban por la edad, ahora, por el miedo a que se contagien de coronavirus, sí que menos. Ella, que tiene 65 años pero que se conserva como si tuviera 40, se dedicaba a picar plástico para reciclaje. Sin embargo la empresa cerró por el confinamiento y desde entonces no la volvieron a llamar. Su esposo es vigilante, y cada semana recibe $100.000, es decir que la familia debe sobrevivir con $400.000 mensuales que nunca alcanzan, por lo que Alicia acude a la olla, con sus $500 en la mano.

El padre Jolman de Jesús Ávila Rodríguez, párroco de la iglesia, tiene razón: la paz de Cali, su solidaridad, se cocina en una olla comunitaria.

Richard Ramos es un ebanista venezolano que trabajaba como voluntario en la parroquia de Potrero Grande.

Raúl Palacios - El País

Aliados

La Arquidiócesis con sus parroquias y el Banco de Alimentos apoyan el trabajo de las comunidades con las ollas comunitarias.

Igualmente la Secretaría de Bienestar Social de la Alcaldía viene garantizando los recursos para los alimentos.

Para sostener la estrategia, sin embargo, se requiere del apoyo de la empresa privada y de los ciudadanos que puedan sumarse donando alimentos.

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