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Opinión

opinion | columna |  luis-guillermo-restrepo-satizabal - December 26 de 2010 - 02:14
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Sin negro no hay guaguancó

Cuando desperté, el embrujo todavía caminaba mi cabeza. Entonces prendí la radiola para volver a escuchar una y cien veces lo que la noche anterior sentí con un poder inusitado.
Zaperoco, 11 p.m. de un jueves. Lleno a reventar, no hay por dónde andar y menos dónde bailar. Mientras Ossman revienta salsa brava a la lata, la gente hace lo imposible por seguirla, incluso por respirar. No hay pista pero todos bailan. “Mucha gente”, digo yo. “El asunto es que esto se llenó de negros”, dice Medardo y suelta enorme risotada.

Y de pronto aparecen seis negros y sus instrumentos en un espacio que parece estirar sin límites. La marimba, el cununo, la tambora, los atriles. Y el timbal y el trombón. Todo es en menos de cuatro metros cuadrados. Es una versión de Bahía. Del Bahía de Hugo Candelario González que todo el tiempo sorprende, aunque uno viviendo aquí, a media hora del pacífico, ya no debía sorprenderse.

Es que a uno le tocó vivir a Petronio, a Julián, a Peregoyo y su combo Bacaná. Es que uno conoció los versos de Elcías Martán ( “tu sola entre la mar, niña a quien llamo: ola para el naufragio de mis besos, puerto de amor, no sabes que te amo”). Y después descubrió a Niche, a Jairo Varela, a ‘Buenaventura y Caney’. A Guayacán, a Alexis Lozano y Nino Caicedo, al ‘Vestido Bonito’. Y después sufrió las letanías de Germán Patiño por hacer el festival Petronio Álvarez, mientras uno sólo miraba la salsa. Y entonces debió reconocer el valor que hay en las cantaoras que viajaban cinco y más días por ríos y trochas para llegar a esa cita. Y le dio la razón a Patiño.

Y luego vivió los éxitos de Niche y Guayacán, causados por la sensualidad y las historias de su Pacífico y de su gente. Y vio nacer a Son de Cali que cumple ocho años. El de Willie y Javier, el de ‘Vos me debés’. Y presenció cómo los respetan a todos en el mundo por la salsa que hacen. Y le tocó descubrirse ante la fusión de Choquibtown, una revolución que apenas comienza.

Entonces, uno recordó la belleza de las chirimías de Puerto Tejada, con violín y contrabajo en los alabaos. Y encontró que son iguales a las de Quibdó y similares a las que se ven en los barrios de Nueva Orleans. Y le dice a Medardo que mire a esos negros que bailan en Zaperoco. Que en ese baile hay mucho más que la clave cubana, y en esa marimba mucho más que siete notas. Y en el timbal de Wilson Viveros o en el trombón bravero, mucho más que grito de barrio. Allí hay algo que obliga a la gente a subirse a los asientos, a las mesas, a las paredes.

Y de pronto uno ve espectadores que cuelgan del techo. Y uno ve cadencia sin límites y decenas de ojos clavados sobre los músicos que hacen magia. Y ve y oye a Candelario haciendo una música que uno no se imagina, como desafiar a los cubanos con el “Mambo Chonta”. Y pregunta qué es eso. Y por qué en Zaperoco. Y mira a esos bailarines que desafían las leyes del baile, y respiran distinto y enamoran distinto. Ahora ya no le despiertan curiosidad. Ahora le producen envidia.

Es el embrujo del Pacífico que está al lado y muchos no quieren ver. Es Hugo Candelario que lo metió en ‘Muletaje’, disco fabuloso. En tanto, Mariana Perea le habla al oído a Medardo. De pronto levanta la voz para pronunciar frase inmortal: “¡Sin negro no hay guaguancó! Y se oye de nuevo la risotada memorable de Medardo Arias.

El observador

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