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Opinión

opinion | columna |  esteban-piedrahita - Octubre 18 de 2014 - 20:07
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El traje nuevo del emperador

En la ‘marea alta’ de crecimiento económico de los últimos diez años (elevados precios de las materias primas y bajos costos de capital), todos los países latinoamericanos estuvieron boyantes. Era indiferente si sus gobiernos acometían reformas políticamente desafiantes para estimular la producción o si nacionalizaban activos, incumplían sus obligaciones y despotricaban contra los mercados y la iniciativa privada. Para quienes pensamos que en economía, como en tantos ámbitos de la vida, se cosecha lo que se siembra, la situación resultaba enigmática por no decir frustrante.

De las 7 principales economías de la región, la que registró la mayor tasa de crecimiento promedio entre 2004 y 2011 fue Argentina (6,9%) y la tercera, después del Perú, Venezuela (6,5%). Tras desplomes cercanos al 20% en sus productos internos durante la crisis de fines de los 90, era previsible que en un mejor entorno estos países tuvieran una recuperación rápida por puro efecto ‘rebote’. El cambio de circunstancias fue dramático. Venezuela se ganó la ‘lotería’ más grande de la historia latinoamericana cuando el precio del petróleo se multiplicó por 6 en términos reales entre 1999 y 2011, y Argentina se favoreció de un alza cercana al 250% en el precio de la soya, así como del estímulo al gasto estatal que significó dejar de pagar cerca de US$85.000 millones de dólares de deuda pública.

Los altos índices de crecimiento alcanzados por estos países por cerca de una década condujeron a reducciones importantes en sus niveles de pobreza. Esto motivó a muchos a promulgar los beneficios del ‘Socialismo del Siglo XXI’ y el ‘Modelo K’. Parecía posible lograr el crecimiento económico sostenido y el progreso social sin reparar en ‘nimiedades’ monetarias y fiscales ni en la destrucción de los incentivos a la inversión y la producción. Ahora que los precios de las materias primas están estancados o a la baja y comienza a restringirse el acceso al financiamiento, los casos de Venezuela y Argentina ilustran el adagio popular según el cual no se puede estar en misa y también en la procesión.

Análisis recientes del uruguayo Ernesto Talvi demuestran las enormes vulnerabilidades de estos países al ciclo internacional. Mientras en naciones como Perú, Colombia y Chile las reservas internacionales cubren con creces las acreencias externas públicas y privadas de corto plazo, en Argentina y Venezuela sucede lo contrario. Desde 2010, la primera ha perdido casi la mitad de sus reservas y la segunda un 25%, y en ambos casos la deuda externa a 12 o menos meses rebasa su disponibilidad de divisas en más del 150%. Cerrar esas brechas no será fácil, pues cuando a los países del primer grupo los mercados les prestan a tasas cercanas al 4% en dólares, en el caso de Argentina la tasa es del 9% y en el de Venezuela del 11%.

Estas fragilidades en materia de liquidez y otras en los frentes inflacionario y fiscal, llevan a Talvi a proyectar que entre 2014 y 2018 Venezuela y Argentina serán los países de menor crecimiento entre los 7 más grandes de América Latina. Según sus cálculos, la primera crecerá a una tasa promedio anual del 1,3% y la segunda del 2%. En su concepto, las economías de mejor desempeño en el próximo quinquenio serán la peruana con un crecimiento promedio del 5,4% y la colombiana con el 4,7%.

Como dijo Warren Buffett, profeta de la visión de largo plazo y enemigo de las exuberancias pasajeras, en 2001 no mucho después de la implosión de la burbuja de empresas de internet: “Sólo cuando baja la marea se sabe quién estaba nadando desnudo”.

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