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Opinión

opinion | columna |  benjamin-barney-caldas - Octubre 31 de 2013 - 00:36
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Jaime Vélez, arquitecto

Poco después de graduarse Jaime Vélez integró con varios de sus compañeros de estudios, un recordado y reconocido grupo de profesores de taller en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes de Bogotá, en la década de 1960. No es que le gustara enseñar pues prefería sentarse en las oficinas de la facultad a ver revistas, de arquitectura, claro.

Pero cuando la presencia de sus estudiantes mirándolo al otro lado del vidrio lo hacía salir y sentarse en una mesa, solía desenroscar la tapa de su enorme y negro y envidiado estilógrafo Sheaffer de tinta negra (o que debería haber sido negra), y comenzaba a dibujar al revés, para que sus alumnos vieran el dibujo al derecho, un complejo corte por fachada, por ejemplo.

Lo hacía desde la parte más alta de una edificación aparentemente hipotética, bajando como una gota de agua por toda la fachada y diciendo en cada parte lo que sucedía con el agua, el polvo y el viento. Todos quedaban asombrados y algunos pocos comenzaban a entender que la arquitectura también es eso: el detalle pertinente, cuya belleza surge de su eficiencia, sencillez y economía y no de una supuesta ‘creatividad’.

Por algo decía Auguste Perret (1874 - 1954), el famoso arquitecto francés, que “el que no construye, adorna”, y el caso es que todos los profesores de taller de las pocas escuelas de arquitectura que había y necesitaba el país, lo eran precisamente porque practicaban el oficio. Y como dice el profesor Francisco Ramírez de la Universidad del Valle, quien trabajó para él, las obras del Chato Vélez eran “ejemplares”.

Sus bellas perspectivas eran famosas y ayudaban a ganar concursos por la precisión y verdad de lo que mostraban. Como dice Ramírez, no eran apenas una ilustración del proyecto, sino un instrumento proyectual que permitía soluciones espaciales inéditas. Pero no eran, por supuesto, caprichosas sino innovadoras y apropiadas, y su dibujo un medio y no un propósito en sí, como les pasa a tantos arquitectos con sus “buenos” dibujos.

Jaime Vélez, fue autor o coautor de importantes edificios en Bogotá, Medellín y Cali trabajando con reconocidas oficinas de arquitectura, como Esguerra, Sáenz y Samper, y Lago y Sáenz. Varios de ellos ganados en concursos, los que eran práctica común para los grandes edificios del país, tanto públicos como privados, desplazada a mala hora para las ciudades por la escogencia a dedo, pese a ser ilegal tratándose de obras públicas.

En Cali codiseñó con Rogelio Salmona, Pedro Mejía y Raúl H. Ortiz, la antigua sede de la FES, premio Nacional de Arquitectura en la XII Bienal Colombiana de Arquitectura, en 1990, hoy Centro Cultural de Cali. También dejó no pocas muy buenas casas, incluyendo la suya, muy bella, en Menga, al norte de la ciudad y cerca de unas canchas de tenis, pues jugarlo le apasionaba tanto como dibujar la arquitectura.

A su discreto funeral en los Jardines del Palmar, en Palmira, como no, ciudad a donde se había retirado, lo acompañaron varios de los arquitectos que habían trabajado con él en Cali, y uno de sus alumnos de los Andes. Porque un buen profesor es el que enseña algo que después de tantos años se recuerda todos los días, y que se lo trata de descubrir a su vez a otros estudiantes con la esperanza de que alguno lo recuerde también.

¿Ciudad?

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