El joven de La Guajira que no encontró límites para brillar en la prueba Icfes

Enero 31, 2021 - 11:30 a. m. 2021-01-31 Por:
 Meryt Montiel Lugo
Édgar Orozco, joven de La Guajira con buen puntaje Icfes

Édgar Alexander, hincha furibundo del Junior, es muy afinado. Toca guitarra y acordeón. Aquí, en clase con su profesor de guitarra Luis Alberto Fernández Cujia.

Foto: Especial para El País

Dos instituciones de Educación Superior, la Universidad Autónoma del Caribe y la Universidad de Pamplona, presentaron propuestas para contar con Édgar Alexander Orozco Páez entre sus estudiantes. Mientras la primera le brinda acompañamiento personalizado de un equipo interdisciplinario, la segunda, le ofrece un computador portátil para clases virtuales y la facilidad de, en caso de seguir el modelo de alternancia o la presencialidad, se desplace hasta la sede del centro educativo en San Juan del Cesar, que le queda muy cerca a Distracción, el municipio guajiro donde vive.

La última palabra la tienen Édgar y su mamá, la barranquillera Judith Páez Reales. Pero si la decisión estuviera en Heyder Oñate González, quien fue su director de grupo desde sexto a undécimo grado, en la Institución Educativa Rural Gladis Bonilla de Gil, donde se graduó el joven guajiro, le gustaría que escogiera la Universidad de Pamplona, en la que el licenciado en Educación Básica también es docente. “Yo lo quiero en mis filas todavía, lo quiero conmigo. Así lo voy a seguir teniendo en San Juan del Cesar, que le queda de Distracción a 10 o 15 minutos”.

joven con Síndrome de Down

Édgar Alexander toca muy bien el acordeón y también tiene dotes para enseñarlo a tocar. Sería un buen maestro en este campo, comenta el profesor Oñate.

Especial para El País

El joven con Síndrome de Down, de 26 años, nacido en San Juan del Cesar, ha dado qué hablar en medios y redes sociales por haberse destacado en las Pruebas Saber 11 (Icfes) de 2020 en Calendario A. Tal como lo confirma el profesor Oñate: con 326 puntos (de 500 posibles) “tuvo el puntaje más alto del municipio de Distracción en todo tipo de pruebas Icfes que se aplicaron (tanto a los llamados alumnos ‘normales’ y a los que no lo son) y fue el puntaje más alto en el departamento de La Guajira en su modalidad (estudiantes con condiciones especiales).

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Édgar Alexander presentó las pruebas estatales de forma presencial, a campo abierto, al igual que el resto de sus compañeros, conservando las medidas de bioseguridad. “Solo que a él, como a otros niños con condiciones especiales, se le acepta un acompañante o guía para que, en el caso de alguna duda, ellos le ayuden a avanzar”. Del resto, explica Oñate, “son pocas las modificaciones que tiene el examen Icfes para este tipo de estudiantes”.

joven con Síndrome de Down

Desde hace nueve años, Judith Páez quedó viuda. Pero esto no fue obstáculo para sacar a sus hijos Édgar Orozco y Kelly Johanna, adelante. Ella hoy desea que la universidad no le quede distante a Édgar.

Especial para El País

Para Édgar, hincha furibundo del junior, que sueña con conocer a su ídolo, el arquero del equipo Tiburón, “(Sebastián) Viera”, que asegura que su onceno resultará “campeón” en el torneo de “la Copa y de la Liga”, las pruebas Saber 11 le resultaron “fáciles”. Ahora aspira a estudiar “educación física” o “informática”.

“Nosotros nos quedábamos admirados que Édgar al tocar el acordeón sacaba son, sacaba pasos y decíamos: ¿cómo lo hizo? ¿Cómo lo logró? Allí es donde entra la señora Judith y su apoyo en la casa, que es lo que no tiene la mayoría de los estudiantes. Nosotros somos los docentes, pero sin el apoyo de los padres de familia no somos nada”.
Heyder Jair Oñate González
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Profesor de Édgar Alexander Orozco Páez

Según el profe Oñate, uno de los mayores puntajes de Édgar en las pruebas fue en el área de lectura crítica. “Él saca ese resultado porque en el tipo de prueba, en la modalidad de Édgar, se realiza por imágenes e interpretaciones de lectura y eso Édgar lo ve muy sencillo en su nivel académico, porque él hacía tareas y desarrollos al nivel de sus compañeros de colegio. Entonces, al estar su exigencia académica al nivel de sus compañeros, en la modalidad de él, resolver la prueba le pareció sencilla. Y realizó el examen en el promedio de tiempo que asignaban”, dice emocionado el docente.

Trátenlo como a todos los demás

El buen desempeño académico de este muchacho, que aprendió a leer fluidamente siendo ya adolescente, se debe, en buena parte, al gran esfuerzo y atención de su madre Judith Páez, una instrumentadora quirúrgica a la que le tocó dejar de trabajar en su campo profesional para dedicarse de tiempo completo al cuidado de su pequeño y de su primogénita Kelly Johanna.

Ella y su marido Édgar Orozco Suárez, quien falleció hace nueve años de un infarto, nunca lo vieron como un niño especial, “lo criamos como un ‘niño normal’, las mismas exigencias que le hacíamos a Kelly se las hacíamos a él”, relata. De ahí su independencia, dice, “no necesitaba de nosotros para cambiarse de ropa, ni para nada”.

“Edgar estudió con incomodidades, porque nosotros no vivimos en muy buenas condiciones desde que el papá de él murió hace nueve años”. 
Judith Páez
Mamá de Édgar Alexander

Hallar un buen colegio de niños regulares donde aplicaran la inclusión o un centro educativo exclusivo para niños especiales, fue un complique. Así le pasó en San Juan del Cesar. “Salí destrozada. Mi esposo y yo terminamos diciendo: aquí no va a estar mi hijo. Las aulas eran pequeñas, había niños sucios, apiñados, no había buena atención. No nos gustó. Édgar era un niño que nunca le ha gustado estar mugroso. Él, ni las manos se ensucia cuando está comiendo. Sabe manejar los cubiertos, es un niño normal”, enfatiza esta viuda que, pese a sus limitaciones económicas, ha sacado a sus hijos adelante sembrando arroz, maíz, vendiendo productos a través de revistas, “bandeándome como pueda”.

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Fueron varias batallas las que libró con profesores para que a su hijo no lo limitaran. Entre ellos, con una docente de matemáticas. “Me dijo que no sabía cómo iba a hacer para enseñarle a Édgar pues ella no era educadora especial. Y le dije: profesora, a él hay que tratarlo como un niño normal. Si usted enseña cinco cosas y a él se le quedan dos, algo aprende y eso para mí es grande. No lo vaya a aburrir con las mismas clases de suma, resta y multiplicación. Enséñele más que Édgar capta algo. Y así fue”, evoca Judith.

Édgar sobresalió entonces en su colegio no solo por la gran dedicación a sus estudios, sino porque uno de sus fuertes era la informática. Tal como dice el profesor Oñate, “tiene buenas destrezas con los equipos tecnológicos, tanto con celulares, tablets y portátiles”. Además, representaba a la institución en eventos deportivos y culturales. Y en la Escuela de Música del centro educativo se destacó por su gran afinidad. De su promoción, fue de los dos únicos chicos (de 20) que aprendieron a tocar acordeón y guitarra.

En frases de Heyder Jair Oñate González, profesor de Édgar Alexander Orozco Páez:

- “Nosotros nos quedábamos admirados que Édgar al tocar el acordeón sacaba son, sacaba pasos y decíamos: ¿cómo lo hizo? ¿Cómo lo logró? Allí es donde entra la señora Judith y su apoyo en la casa, que es lo que no tiene la mayoría de los estudiantes. Nosotros somos los docentes, pero sin el apoyo de los padres de familia no somos nada”.

- “Si usted lo viera con los demás compañeros enseñándoles a tocar el acordeón. Él les dice dónde tienen qué hundir: toca el bajo, el pito, él sabe cómo tiene que enseñarle al otro. O sea, que en este caso, si Édgar interactuara con otro niño especial, él le va a decir cómo tocar, o sea que tiene dotes para enseñar”.

- “Él puede estudiar informática porque tiene los dotes y las destrezas para hacerlo”.

- “La señora Judith no se equivocó al sacar a Edgar de la zona urbana y traerlo para la zona rural, porque las personas del campo son más humanitarias, más de acompañar, son más flexibles y por tanto, evitan el bullying, el matoneo. Sus compañeros, por lo menos en mis clases de Educación Física e Informática, lo que hacían era acogerlo. Si todos terminaban un taller y teníamos que hacer un cambio de clases, siempre había uno o dos compañeros que se quedaban con él, le decían: compadre, ‘Pale’, como lo llaman cariñosamente, vamos a ayudarte. O vamos a jugar voleibol y lo usaban también para que me viniera a prestar el balón. Ellos sabían que así me convencían. Él llegaba: “profe, balón, voleibol”. Listo. Y se iban en recreo a jugar voleibol”. (Risas).

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