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Opinión: en las guerras comerciales solo hay perdedores

Marzo 14, 2018 - 05:00 a. m. 2018-03-14 Por:
Mauricio De Miranda Parrondo, director del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico, Pontificia Universidad Javeriana Cali

Hace unos días, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, decidió establecer aranceles extraordinarios a las importaciones de acero (25%) y de aluminio (10%) y, con su acostumbrado desenfado, declaró que “las guerras comerciales son buenas y pueden ser ganadas”.

Mauricio de Miranda

Mauricio De Miranda Parrondo,director del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico, Pontificia Universidad Javeriana Cali.

Foto: Especial para El País

La medida afecta a los principales suministradores de estos productos en el mercado estadounidense, sin embargo, el más importante de ellos en ambos productos es Canadá, el cual goza junto a México, por ahora, de las ventajas del Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA) que aún no ha sido desmontado y cuya renegociación está empantanada. Con lo que parece que no cuenta Trump es que esta decisión afectará a las industrias norteamericanas que usan ambos productos como insumos, cuyos costos de producción se elevarán y su competitividad internacional se verá afectada.

En el caso del acero, los principales suministradores en 2017 fueron: Canadá (18,3%), Brasil (10,2%), Rusia (9,2%) y Corea del Sur (4,9%), mientras que la Unión Europea, en conjunto, suministró el 18,9% del total. En el caso del aluminio, fueron: Canadá (36,3%), China (15,1%), Rusia (7%), Emiratos Árabes Unidos (6,5%) y México (4,3%), y la Unión Europea que, en su conjunto, aportó el 8,1% del total. En principio, estos aranceles tampoco afectarían las exportaciones colombianas que en 2017 alcanzaron un valor de 159 millones de dólares para los productos de aluminio y 41,3 millones para el caso de productos de la fundición de hierro y acero ya que Colombia también cuenta con un acuerdo de libre comercio. Por otra parte, llama la atención que en 2017 las importaciones de acero representaron el 1,2% del total de importaciones de Estados Unidos y en el caso del aluminio, solo el 1,0%. Es decir, no constituyen productos que participen de forma importante en el abultado déficit comercial norteamericano que el año pasado alcanzó 862 mil millones de dólares.

La decisión ha provocado reacciones negativas tanto internas como externas. En el frente doméstico, condujo a la renuncia de su asesor económico Gary Cohn, y el desacuerdo explícito del líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Paul Ryan. En el externo, la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, declaró que una medida de esa naturaleza encontraría una respuesta recíproca de la Unión Europea, que afectaría a diversos productos estadounidenses. Es decir, sería el inicio de una guerra comercial que enfrentaría a dos de los principales actores del comercio internacional pero que afectaría a la economía mundial en su conjunto, dados los altos niveles de internacionalización de los procesos productivos.

La experiencia histórica muestra que las guerras comerciales tienen efectos nocivos no sólo sobre el comercio sino también sobre el crecimiento y el empleo. Las políticas de “empobrecer al vecino” han terminado empobreciendo a todos, porque generan costos excesivos e ineficiencia. En las décadas de los años 80 y 90 del siglo XIX, las sucesivas guerras comerciales entre las diversas potencias europeas enrarecieron el clima internacional que, unido a sus apetitos imperialistas, condujo a la Primera Guerra Mundial de 1914-18. La promulgación en EE. UU. de la Ley Arancelaria Smooth-Hawley en 1930, en medio de la Gran Depresión, desató una guerra arancelaria con los países europeos que agravó la contracción de la economía mundial, generando solo perdedores y ningún ganador.

Finalmente, las medidas aislacionistas de Trump podrían conducir a la pérdida de liderazgo de Estados Unidos en las relaciones económicas internacionales, cediendo espacio, sobre todo, a China y a la Unión Europea, cuyas políticas económicas externas favorecen una posición más orientada al multilateralismo que inspira el sistema económico internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con ello, no hace más que desconocer las enseñanzas de la teoría económica y de la historia.

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