Un día con un hombre-pájaro en los World Games Cali 2013

Escuchar este artículo

Un día con un hombre-pájaro en los World Games Cali 2013

Julio 27, 2013 - 12:00 a. m. Por:
Redacción Cali Mundial

¿Quiénes son los tipos que por estos días se visten de Bichofué, la mascota oficial de los Juegos Mundiales? ¿Qué hay debajo de ese sonriente traje de peluche?

Nadie lo sabe: mientras van caminando por ahí, alzando sus alas gordas, los Bichofué llevan dentro un pequeño sufrimiento. Vestirse de peluche para encarnar la mascota de los Juegos Mundiales en una ciudad con la temperatura de Cali es un trabajo para hombres con alma de mártir. Son 8, sus edades oscilan entre los 19 y los 57 años y todos tienen razones distintas para disfrazarse, pero el efecto que aquello surte sobre cada uno parece ser el mismo: a pesar del calor de infierno, de los pellizcos, de los bromistas que les jalan la cola, cuando salen del traje, los hombres-pájaro se ven felices. ¿Qué los hace sonreír al final del vía crucis?John Jairo Duque tiene 42 años y pesa 90 kilos. Acaba de llegar de Bogotá y sabe hacer de todo: instalar muebles modulares, arreglar escapes de agua, reparar cortos eléctricos, destapar sifones. John Jairo es robusto, de ojos achinados y una voz que parece prestada por su hermano menor: al escucharlo hablar, nadie podría temer su ira. John Jairo también ha trabajado en la organización de eventos y fiestas. Una vez, hace tiempo, se disfrazó de Buzz Lightyear para animar un cumpleaños. Aún para un rebuscador experimentado como él, vestirse de Bichofué no es tarea fácil.A un costado del estadio Pascual Guerrero, varias horas antes de la inauguración de los Juegos, John Jairo se prepara para perder su timidez. Está vestido con una trusa gris y una camiseta blanca de algodón, mientras llena un chaleco repleto de bolsillos con bolsas de agua fría. Aquello será su protección allá adentro, en la panza de la mascota. El calor que se siente con el disfraz es apenas es comparable con el que sufren los policías que trabajan desactivando bombas: vestidos con un traje que puede pesar hasta 50 kilos, los antiexplosivos en cada jornada pierden entre uno y dos kilos de peso. Aunque nadie se ha tomado el trabajo de medirlo, después de mediodía como Bichofué las pérdidas pueden ser parecidas. En el interior del traje, el calor es un estallido atómico.Como un consuelo, la cabeza de los pájaros fue acondicionada con un ventilador. El ventilador va conectado a una batería que cuelga de un cinturón del hombre pájaro, donde también va una cantimplora que lleva agua hasta su boca a través de una manguera. Los experimentados como John Jairo suelen llevar, además de todo, una batería de repuesto. Los diez kilos que pesa el traje no son impedimento para cargar algo más: la primera vez que se vistió de Bichofué, cuenta John Jairo, la batería se acabó y el ventilador dejó de funcionar a mitad de turno. El sufrimiento de John Jairo tiene, sin embargo, una felicidad escondida. Su esposa, cuenta antes de ponerse la cabeza del pájaro, está feliz: por culpa del Bichofué, el hombre está más delgado y ella lo ve más apuesto. John Jairo, tímido como un niño en su primer día de colegio, hace una última mueca feliz antes de ocultar su cara. Por dentro, Bichofué es un mártir sonriente.Antes de ser un pájaro, la mascota iba a ser una rana. Julián Gómez, coordinador de promoción de los Juegos Mundiales, dice que cuando recién asignaron la sede para Cali, el anterior director de los Juegos tenía esa fijación. Incluso, cuenta, para un evento protocolario alcanzaron a mandar a hacer el disfraz: una rana en patines tan fea, que ni siquiera la sacaron de la caja.La decisión de que la mascota fuera un ave es una alegre coincidencia. La organización de los Juegos abrió una licitación entre ocho agencias de publicidad para que les entregaran propuestas y todas coincidieron en proponer ese pájaro conocido coloquialmente como 'pechiamarillo'.La alegría, explica Julián, es que los organizadores también lo tenían en mente. En primer lugar, por tratarse de una especie que es posible encontrar desde Argentina hasta los Estados Unidos, por lo cual sería cercana a muchas delegaciones. Pero sobre todo, porque habían recogido varias historias de abuelos que decían que la aparición de un 'pechiamarillo' siempre era sinónimo de buena suerte. Escoger el pájaro era, también, tratar de mantener viva esa tradición oral. Hasta ahora su intención va por buen camino. La reacción que los niños tienen con Bichofué es tan imprevista como bella: cuando lo ven pasar, se lanzan con la misma alegría que hace algunos años producía el regordete Barney en medio de una piñata. Los niños, ahora, han empezado a averiguar por qué, al de verdad, le dicen Bichofué; qué come, dónde duerme, a qué hora es posible verlo. Los Bichofué de peluche siempre tienen un tipo al lado. Es un ayudante que impide que tropiecen o resbalen en un charco de agua. Al ayudante le dicen 'logístico', aunque en verdad sea un lazarillo; sin él, las mascotas probablemente andarían dando tumbos por ahí. Aunque generalmente los hombres-pájaro no conocen a sus lazarillos, verlos juntos recuerda una de las lecciones más elementales del amor: caminar de la mano con alguien es mucho más que un formalismo protocolario en centros comerciales; padres e hijos también se toman de la mano porque hacerlo es cuidarse, protegerse, ser ojos en la oscuridad. El lazarillo, también, debe ser un corrector de postura. Con la visión periférica restringida por la máscara, los hombres-pájaro pueden cometer errores fatales a la hora de posar para una foto con un grupo de chicas o turistas: poner la mano donde no deben pueden convertir a la mascota en un pajarraco abusador. El Bichofué, además de todo, debe ser un caballero. Juan Felipe García, uno de esos lazarillos, lo sabe bien y toma la mascota que encarna John con cuidado de enfermero. Sus ojos son los ojos de ese ‘pechiamarillo’ gigante. Cuando la gente llega para pedir una foto, Juan Felipe se queda a un costado, pendiente de todo.Una de sus tareas es impedir que los niños, curiosos por naturaleza, agarren a pellizcos las piernas de Bichofué tratando de saber si es verdad que hay un hombre adentro. Un grito salido del traje puede ser traumático para un pequeño; los hombres pájaro, por cierto, tiene prohibido hablar cuando están caracterizados. En caso de un ataque de pellizcos, su voz apenas puede ser un silbido. Es la una y media de la tarde y el sol cae en una lluvia de alfileres sobre todo cali. La gente que a esa hora camina o trabaja al rededor del Pascual Guerrero busca la sombra como si en verdad el sol doliera. John Jairo, adentro del traje, abre las alas en medio de la calle. Adentro se debe estar cocinando, pero él actúa como si le cayera nieve. Un niño que camina con su padre se le suelta de la mano y va abrazar a la mascota. Se le prende las piernas, le acaricia la panza. Después de una foto, con el niño lejos, John rompe el código y habla: “¿Si vio al niño? Ese es el mejor pago de todo este trabajo”.Números2 millones de pesos es el costo de cada traje. Fueron confeccionados en Bogotá por la firma Selva Húmeda.10 minutos de descanso cada hora, sin el disfraz, bajo la sombra, tienen los hombres-pájaro en cada turno de trabajo.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad