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¿Debe un jugador festejar o no cuando le marca al equipo de sus amores? Opinión

Octubre 18, 2020 - 08:56 a. m. Por:
César Polanía- Editor de Afición / El País
Duván Vergara

Duván Vergara, delantero del América.

Dimayor / El País

Lunes 9 de abril del 2001. Batistuta, a quien el escritor Osvaldo Soriano describía como una fiera enjaulada que se la pasaba a pan y agua de lunes a sábado y el domingo la soltaban en el área, enfrentaba por primera vez a la Fiorentina, el equipo que más hondo se incrustó en el corazón del temible delantero argentino.

‘Batigol’ había llegado a la Roma en una transacción escandalosa, 38 millones de dólares, en la que la prensa no ahorró críticas, porque el rosarino ya andaba por los 31 años. Pero el equipo dirigido por ese genio llamado Fabio Capello estaba dispuesto a todo para terminar con esa prolongada sequía de 18 años sin un ‘scudetto’.

El juego contra la Fiorentina, con la que Batistuta jugó nueve temporadas, logró dos títulos, marcó 207 goles en 333 partidos y fue capaz de masticar por un año el amargo sabor del descenso hasta recuperar nuevamente la categoría, era clave para la Roma, líder entonces del Calcio. Un triunfo ponía el título en sus manos.

Antes del juego, ‘Bati’ declaró que entendía si la afición, la misma que envió emisarios hasta la casa del argentino allá en Florencia para pedirle que nunca se fuera, lo silbaba en el duelo contra la Roma.

En el trámite del partido estuvo a punto de embocar la pelota en dos ocasiones. Y la tercera fue la vencida. Recibió un pase de cabeza en el borde de la media luna, activó la pólvora de su pierna derecha y desprendió un riflazo que pudo romper la red. Gol. Golazo. Y Batistuta quieto. Petrificado. Como si nada hubiera sucedido, mientras sus compañeros lo ‘asfixiaban’ con un abrazo. La gloria se dibujaba en la cara de todos ellos, pero no en la de ‘Bati’, que cumplía, en medio de las lágrimas, la promesa que había hecho 48 horas antes a la prensa: “No celebraré si marco un gol”.

La ‘fiera’ de cabello largo sujetado por una vincha, al estilo Rambo, guardó aquella noche el fusil que simulaba tener en sus manos para bombardear de alegría a los hinchas que solían verlo en el estadio o por la televisión cada que festejaba un gol.

Esta semana —disculpas por el abrupto cambio de frente—, el extremo del América Duván Vergara le marcó un gol a Junior en el Metropolitano de Barranquilla, que significó un valioso punto por la Liga. El cordobés, como ya lo había hecho antes frente al mismo rival, se abstuvo de celebrar. Fue frío. Parco. No soltó emoción alguna, a pesar del gol.

Este diario publicó una nota, que por cierto fue la más leída el jueves, donde contó la razón. Duván había dicho, en entrevista con El País, que era hincha de Junior. Nunca ha jugado en el equipo ‘tiburón’. No tiene, mucho menos, la historia de ‘Bati’ con la ‘Fiore’. Pero ese es su gesto de nobleza ante el ‘agravio’ del gol para el equipo de sus amores. En el temario de las redes, el hecho no podía escapar, desde luego. Y hubo polémica.

En Twitter publiqué un sondeo preguntando si los jugadores debían celebrar o no los goles que les marcaban a los equipos que aman. Hasta este sábado, el resultado estaba parejo. Unos estaban de acuerdo con gestos como el de Duván. Otros no. Y al resto no le importaba.

Luego de leer los muchos comentarios que escribieron los twitteros al respecto, deduje que celebrar o no un gol que le marca un jugador a su equipo amado es una decisión solo suya, muy íntima y respetable, que a nadie más le debe importar. Lo realmente importante es que ese jugador sea honesto con la camiseta que defiende y haga su trabajo. De las celebraciones nos encargamos nosotros, los aficionados, que tenemos corazón para un solo equipo.

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