Roma: ¿aburrida o fantástica?, esto piensan dos caleños amantes del cine

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Roma: ¿aburrida o fantástica?, esto piensan dos caleños amantes del cine

Enero 27, 2019 - 08:00 a.m. Por:
Redacción de El País 
Cinco razones para ver Roma, la película de Cuarón de la que todos hablan

La obra del mexicano Alfonso Cuarón, que se ganó el Globo de Oro a Mejor Película y a Mejor Guion, es un homenaje a la mujer y al México indígena.

Foto: Agencia EFE

La discusión, o al menos la conversación, vira entre dos polos: los que alaban y defienden a ‘Roma’ - en caso de que haya que defender una película con un León de Oro de Venecia, dos Globos de Oro y diez nominaciones al Óscar - y quienes sostienen que se trata de una película aburrida, somnífera, sobrevalorada y poseedora de tantos otros, muchos, defectos.

La discusión resulta bastante interesante, pues más allá de plantearse como la pelea de pasillo entre los que “saben degustar el buen arte” y los que no, termina por desnudar una situación bastante particular del modo en que, al menos en Colombia, vemos cine y de lo que creemos que debe ser.

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Perdón, pero no me gustó
César Polanía, editor de Afición de El País.

César Polanía, editor de Afición de El País.

El País

El cine puede apreciarse desde tres perspectivas: arte, negocio y entretenimiento. No tengo pies para pisar los dos primeros territorios. Mi manera de ver el cine se circunscribe al campo de las emociones. Reír, llorar, sufrir, aterrorizarme, sorprenderme… Si una película provoca alguna de estas sensaciones, me gustó. Roma me aburrió.

¿Cómo puede aburrir al espectador una obra nominada a diez premios Óscar? Descalificar la calidad de Roma es absurdo. Es evidente que esta es una gran película. Una sutil, inteligente y poética apuesta íntima del director Alfonso Cuarón, donde viaja a su propia infancia en la México de los 70, para exaltar la tarea de una empleada doméstica que termina siendo un bastión de su familia. Una historia contada en fotogramas con un blanco y negro nostálgico, donde el silencio también habla, y el sonido, por encima a veces de la imagen, relata. Calidad le sobra. Pero me aburrió.

Calidad no es sinónimo de entretenimiento. Y el arte, ‘per se’, no necesariamente emociona. Digo esto desde un cómodo ángulo de la ignorancia, porque no soy crítico de cine. Soy un espectador que espera disfrutar de una película, sin reducir su calificación a una lágrima o una carcajada. Porque también me gusta apreciar la construcción desde el guion, la fotografía, el sonido. De hecho, colecciono películas originales y el sitio que más aprecio en mi casa es una sala de televisión con una repisa incrustada en la pared donde hay cuidadosamente organizados 547 títulos en formatos DVD y Blu-ray.

Allí, entre esos títulos, guardo uno especialmente: ‘Y tu mamá también’, del mismo Cuarón. La construcción cinematográfica de esta película de dos amigos adolescentes –Tenoch y Julio— enfrentados por ganarse el afecto de una sensual mujer en un viaje a una playa ficticia es básica al lado de la aclamada ‘Gravedad’ o la insuperable ‘Roma’. No cabe comparación alguna. Pero es la cinta que más he disfrutado del director mexicano. Así es el cine. Una experiencia eminentemente subjetiva. Personal. Y no discuto si una película es buena o mala. Simplemente me pregunto si me gustó o no. Y Roma no me gustó.

Cuando vi la escena de Cleo y el niño tendidos en el patio de la casa, hablando sin hablar porque estaban ‘muertos’, supuse que las imágenes siguientes tendrían ese ‘pedazo’ que se te graba para siempre. Como el trágico final de Butch Cassidy, el dramático desenlace de Thelma y Louise, la ‘dulce’ mentira de un padre a su hijo en un campo de concentración nazi en ‘La Vida es bella’, la gracia del Al Pacino ciego bailando tango en ‘Perfume de mujer’, la partida triunfal a pesar de la muerte del general Máximo a su patria en ‘Gladiador’, la hermosa solidaridad de un alumno al profesor Keating en ‘La sociedad de los poetas muertos’, el reencuentro de dos hermanas negras que fueron separadas por culpa de la esclavitud en ‘Color púrpura’, el llanto de un niño ‘fantasma’ al lado de un bandido moribundo en ‘Un mundo perfecto’, la bofetada que nos da Bryan Singer con ese final de ‘Sospechosos usuales’ o esa última escena de ‘Cinema paradiso’, tan sublime como el amor de dos muchachos locos en la proa del ‘Titanic’.

Esa es precisamente la magia del cine. Te toca las fibras hasta meterte en la piel del personaje o te vincula al drama como si fuera el tuyo propio. Y seguramente eso hizo ‘Roma’. Pero no conmigo. No me emocionó. La vi dos veces para tratar de quedarme con un buen sabor. No sucedió la primera. Tampoco la segunda. Nunca me dormí, pero tampoco agradecí estar en la silla. Cuando terminé, me fui a cine a ver ‘Amor sobre ruedas’, una comedia de fino humor francés sobre un ‘Don Juan’ apuesto y adinerado que simula ser parapléjico para enamorar a una hermosa y madura mujer inválida. Me reí siempre. Y hasta por allí se asomó una lágrima. No dejen de ver ‘Roma’. Es justo si se trata de la película más aclamada. Y disfruten ‘Amor sobre ruedas’. Se les engordará de cosas buenas el corazón.

Roma, un poema visual
Paola Guevara, editora de Vé de El País.

Paola Guevara, editora de Vé de El País.

El País

Somos hijos de una época veloz, frenética, que consume y desecha contrarreloj. Hijos de una era que simplifica el mensaje hasta hacerlo caber en un puñado de caracteres y, para que cause impacto, debe despertar alguna emoción primaria como el miedo o el odio. Una era visual y sonora más que nunca pero, al mismo tiempo, entrenada en la estética del reality, el talk show, la selfie, los videojuegos y el cine puramente comercial. Lo que no entretiene resulta, bajo este esquema, sospechoso, pues terminamos por creer que el mensaje que nos llega de afuera es el que tiene la misión de “atrapar”, “capturar” y “sostener nuestra atención” dispersa.

Nos jactamos de ser la generación multitarea, capaz de efectuar con cierta solvencia un número amplio de instrucciones diversas, pero el lado oscuro de esta dudosa habilidad es que reduce nuestro tiempo de atención y nuestra voluntad para procesar mensajes más largos o complejos.

‘Roma’, por el contrario, nos propone desde el principio otro ritmo. El ritmo de la contemplación. El ritmo anterior a las redes sociales. El ritmo de la infancia, también, cuando nos parece que el tiempo pasa lento y que la cámara objetiva de nuestros ojos es también el lente subjetivo de las emociones. La primera exigencia que ‘Roma’ plantea al espectador es ingresar a su tiempo y ritmo particulares, y quien no firme ese primer acuerdo se sentirá sometido a una carga que le arrastra sin piedad.

Como ocurre con la lectura de poesía, o la lectura de novelistas altamente estéticos y filosóficos, la recompensa que recibe la mente no proviene de la lágrima que corre o la emoción que se agolpa en el pecho.

‘Roma’ exige del espectador algo más que el deseo de ser entretenido. ‘Roma’ es un poema visual, y cada imagen tiene un poder metafórico que esconde al tiempo que muestra. Cito por ejemplo esa primera escena del patio que lavan las empleadas domésticas: esas baldosas de una casa ajena son el único suelo, la única posesión prestada de mujeres tan desposeídas que solo ven el cielo, y el avión que pasa, reflejado en el charco de agua jabonosa que se arremolina en el sifón.

Es una imagen declarativa: hay dos planos en esta historia, el de las mucamas y el de los patrones. Los que lavan el piso y dirigen los ojos hacia abajo, sumisos; y los que miran hacia arriba, altivos, y vuelan en avión. Pero también los que se quedan, los que son raíz y piso firme. Y los que se marchan, como el padre que abandona a sus hijos y los deja expuestos, incluso, a la ruina y la muerte.

Trasegar como espectador por cada poema visual que propone Cuarón en esta obra es un deleite y un dolor para el alma, el deleite y el dolor de toda catarsis, y así sugiero verla, pues el director crea vacíos que solo el espectador -con sus emociones, recuerdos y sensibilidad- logra completar, para darle sentido existencial a una historia en apariencia simple pero en el fondo absolutamente compleja.

Cuarón subvierte el concepto tradicional de familia al tiempo que cuestiona el concepto de poder, toda vez que la desarticulación de lo íntimo se replica luego en un México violento y convulsionado.

Memorable la escena del ejército paramilitar durante su entrenamiento físico, o la forma en que Cuarón se detiene en la vida sexual de la empleada doméstica, siempre ignorada y considerada un mueble asexuado; o las escenas de ese parto extemporáneo que son una joya del realismo, duras y exentas de fáciles sentimentalismos. Y qué decir de los diálogos entre el niño (Cuarón en la infancia) y su nana, casi místicos, donde el pequeño recuerda a menudo quién ha sido en sus vidas pasadas.

‘Roma’ es una historia de abandonos y pérdidas, pero también de los lazos que esos abandonos iluminan. ‘Roma’ es una historia de reivindicación y justicia, de valientes y cobardes. Y el rescate de las presencias invisibles que nos configuran. Cómo perderse, bajo el argumento de la lentitud, esa poesía hecha diálogo, hecha fotografía, hecha sonoridad y movimientos de cámara. Pero, además, hecha denuncia latinoamericana.

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