Pilar Quintana: una mirada distinta que gana renombre en la literatura

Escuchar este artículo

Pilar Quintana: una mirada distinta que gana renombre en la literatura

Enero 31, 2021 - 07:55 a. m. Por:
 Redacción de El País
Pilar Quintana

Pilar Quintana, escritora.

AFP

Cali, de novela

Pilar Quintana, escritora caleña ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021 por ‘Los abismos’, dice que haber contemplado la vida desde cierta marginalidad (“yo era la diferente de esa sociedad en la que crecí”), le ha permitido crear personajes como el de Damaris en la novela ‘La Perra’, una mujer negra y nacida pobre en una zona muy aislada del país, y el de Claudia, la madre que, en ‘Los abismos’, gravita en el sofocante ambiente de un destino impuesto.

¿Qué experiencia la llevó a pensar en la escritura como un oficio?

En primero de primaria nos enseñaban a escribir y apenas reuní las palabras suficientes, escribí una ficción. Es algo que naturalmente me viene. En el colegio era la que hacía la carta para el Día de la Yincana, para la despedida, los discursos. El momento determinante fue cuando leí ‘Crónica de una muerte anunciada’, creo que tenía 14 años, apenas la terminé, la volví a leer al día siguiente y dije: “alguna vez yo quiero escribir una historia que obsesione a alguien tanto como esta me obsesionó a mí”. Entonces la escritora modelo que tenía era Oriana Fallaci, que siempre salía fumando y yo aprendí a fumar muy rápido. Quise estudiar comunicación social para convertirme en periodista, en la Universidad Javeriana de Bogotá. Pero en la primera clase de redacción entendí que no quería redactar sino inventar, hacer ficción, y me dediqué a especializarme en hacer guiones, porque uno no sale de la universidad a publicar libros y va a vivir de eso. Cuando trabajé como guionista de televisión aprendí a contar historias. Y a los 28 años escribí mi primera novela, ‘Cosquillas en la lengua’.

Lea también: Esta es la exposición con la que inicia el año el Museo La Tertulia

¿Cuáles fueron los temas que le atrajeron inicialmente?

Creo que siempre he escrito de lo mismo. Un poema, que ahora me doy cuenta que era una ficción, que escribí a los 7 años, era sobre un payaso que tenía la cara pintada de risa y por dentro estaba triste porque se le había muerto la mamá, se le incendió la casa y le ocurrieron muchas tragedias. Y en ‘Cosquillas en la lengua’ soy yo quitándome las máscaras y mostrándome como era. En ‘Coleccionistas de polvos raros’, La Flaca está poniéndose máscaras para estar en sociedad. Ese siempre fue el tema, acompañado por la pregunta de qué tan animales somos, y por eso indagaba tanto en el deseo sexual en mis cuentos, buscando reflexionar en torno a la animalidad. Y sigo hablando de lo mismo, solo que con la maternidad encontré un caudal que no conocía, y ahí es donde más animales somos, tener un bebé en la barriga, desearlo, quererlo, darle teta, es súper animal. Pero es desde el mismo punto de vista de antes, mostrando lo oculto, lo que no se puede contar. Cuando uno dice “maternidad” piensa en la mujer feliz de la propaganda de artículos para bebé, yo muestro el lado B: no la señora tierna y feliz sino el lado oscuro de las mujeres.

Desde ‘La perra’ comienza a profundizar en el tema de la maternidad. ¿Cuál es el lado oscuro que descubre?

La maternidad oscura existe, pero está vedado para las mujeres hablar de ella. Cuando vos le preguntás a tu mamá cómo es ser mamá, te dice: “Es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida. Fue mi realización. Amo a mi hijo, es lo mejor que tengo”, pero no te dice que también fue lo peor. La maternidad te despierta el amor más profundo que puede tener el ser humano, pero al mismo tiempo te provoca la rabia más profunda, hasta querer matar al muchachito. Y eso no está bien decirlo. Nadie te dice “ser mamá es tenaz”, y yo creo que la literatura está para contar lo que no nos permiten hablar. A las madres tampoco se les permite desear, pero ninguna maternidad es pura y maravillosa, ni las madres son santas, son seres humanos complejos.

¿Ese lado oscuro lo encontró antes en algún autor?

Creo que la mayor parte de la literatura se trata de eso. Patricia Highsmith es la madre de eso y me encantó leer un artículo sobre ella en el que decía que cuando era chiquita y vivía en un suburbio, veía llegar al vecino con sus gafas, su traje de trabajo, entrando a su casa, y a ella le gustaba imaginar que él hacía cosas malas, oscuras, que de pronto era un asesino. Para mí la literatura es el lugar que me permite ir adonde no voy en la vida real.

¿Por qué le atrajo hablar de estas mujeres autónomas con esos deseos animales en sus obras, como en ‘Caperucita se come al lobo’?

No solo mis personajes femeninos son así, son todos. En ‘Caperucita se come al lobo’ hay dos hombres violadores, que tienen ese instinto terrible. Me gusta explorar el lado B de mis personajes. A Damaris la conocemos como una mujer maternal, dulce, buena, tierna, que al principio del libro dice que no puede creer que haya gente que envenene a los perros, y al final mata a una perra. Y a Rogelio lo conocemos como un maltratador de animales, que experimenta quizá placer cortándole la cola a un perro, y al final lo vemos asistiendo el parto de una perra y lo vemos siendo tierno y cuidándola, prendiéndole la luz para que el chimbilaco no le chupe la sangre. A veces tendemos a pensar que los malos o los monstruos son una gente que está lejos, los guerrilleros o los paramilitares, esos son los asesinos; a mí me gusta explorar que tal vez no están tan lejos y que, dadas ciertas circunstancias, ese monstruo se va a despertar y va a salir y que la oscuridad no es ajena a mí, sino que vive adentro de mí, de vos, y de todos. Todos vamos por la vida con buenas intenciones, queriendo ser buenas personas, pero todos tenemos secretos y emociones muy oscuras. Todos en un trancón, si tuviéramos una pistola mataríamos a este señor que se está volando el pare. No lo hacemos, pero ese tipo de cosas que uno contempló, las vuelvo reales en la literatura.

En algunos cuentos retrata a Cali y ‘Los abismos’ está ubicada en la de los años 80. ¿Cuál ha sido la importancia de esta ciudad en su obra y cómo ha querido reinventarla?

Cali ha estado presente en toda mi obra y tengo muchos cuentos y casi todas mis novelas tratan de una Cali que no se llama así, pero que uno la lee y dice “esto es Cali”. En esta novela es la primera vez que Cali se llama Cali y que aparece el oeste, donde yo crecí, una ciudad con un río con piedras, iguanas, árboles gigantes y naturaleza, eso fue determinante para valorarla, para llegar a otras ciudades y extrañar esos árboles. La naturaleza se volvió protagonista siempre en mi obra, porque al irme de Cali sentía la urgencia de esta. Y cuando viví en la selva me permitió contemplarla porque ya era consciente de ella. Crecí pensando que era natural que en las ciudades hubiera ríos con piedras, iguanas y árboles y oír el león rugir, pero cuando me fui, me di cuenta que así no eran las ciudades, que Cali tenía esa particularidad. Pude convertirla en escenario literario desnormalizando lo que me parecía natural y viéndolo como algo nuevo, eso me permitió crearla literariamente. Cali es magnífica, la gente es muy bacana, pero también es muy jarta, en la Cali que yo crecí no se permitía la diferencia, castigaba al que no pensaba como se debe pensar y al que no se vestía como se debería vestir una niña del Liceo Benalcázar, y al que no actuaba como debía actuar una niña de tal barrio. Crecí sintiéndome inadecuada y cuando llegué a Bogotá y me convertí en escritora, encontré ese lugar en el mundo donde fui aceptada. Ser la “diferente” en la sociedad en la que crecí, me ha permitido contemplar la vida desde cierta marginalidad, me dio la naturalidad para crear un personajes como el de Damaris, una mujer negra y nacida pobre en una zona muy aislada del país.

La niña rara

Cuenta María del Pilar Quintana que en su generación, en el Liceo Benalcázar todas se llamaban María, “pero yo no quería alisarme el pelo, andar en tacones, estudiar ingeniería industrial en la Javeriana y luego trabajar en una multinacional. Quería pelo corto, viajar por el mundo, vestirme en jeans siempre y ser escritora. Y ese no era el destino que para mí querían mis papás y mis amigos me miraban como ‘esta tan rara’”.

También cuenta que en la novela ‘María’, de Jorge Isaacs, ella vio como escritora “cómo narrar mi territorio con ojos nuevos, eso me lo enseñó este escritor vallecaucano que salió del país a estudiar y volvió y pudo narrar el Valle como si fuera un gringo, con otros ojos. Y a Andrés Caicedo lo considero mi papá literario porque yo leía muchos clásicos en el colegio, leía a García Márquez, a los rusos, a ‘Madame Bovary’, para mí la literatura pasaba en la campiña inglesa o en un pueblo caribeño en los años 40, pero Caicedo me mostró que yo podía hacer una literatura de las cosas que me pasaban a mí, en la Cali que conocía y en la Cali que crecí. Hasta leerlo no se me había ocurrido que eso fuera posible”.

Hoy, casada con el también escritor Eduardo Otálora, Quintana recuerda que cuando su exesposo irlandés llegó a Cali por primera vez (en el año 2003) le dijo: “Pero acá todos se visten igual, los hombres tienen la misma camisa y pantalones y las mujeres la misma pinta: para las mayores de 60, para las señoras más jóvenes y las peladas”.

Ella tiene su propia visión de Cali, distinta a la que se promueve: “Cali es una ciudad tremendamente conservadora, con apariencia de liberal, porque nos ponemos poquita ropa y sabemos bailar, y es tierra caliente”.

En la creación de personajes se inscribe más en la línea caicediana, “María no es la protagonista de la novela de Isaacs, es Efraín quien sufre la transformación más grande, pero ambos obedecen los designios y voluntad de Dios y del padre, y sacrifican su felicidad para no contradecirlos. Andrés Caicedo, en cambio, hace que una mujer contravenga todos los mandatos de los mayores, de su colegio, de la sociedad, yo soy más de crear personajes que no obedezcan su destino sino que se separen de este y se busquen un camino por otro lado”.

Le puede interesar: Súmese a la campaña para ayudar a los artistas de salsa de Cali afectados por la pandemia

Precisamente cuenta que fue después de viajar mucho por el mundo que se fue a vivir a Juanchaco, y quiso hacer realidad el sueño de tener una vida sencilla, no quería esperar a jubilarse para vivir al lado de una montaña o de la playa. “Pensé ‘ahora estoy alentada y puedo construir mi casa con mis propias manos’. Y era la posibilidad de dedicarle mi mejor tiempo a la escritura y la lectura, porque si vivía en la ciudad me tocaba tener un trabajo grande que me iba a ocupar mucho tiempo para pagar las cuentas. Esa vida sencilla me permitía dar un taller o escribir un artículo y vivir durante un mes o dos y tener más tiempo para la escritura”.

‘La Perra’, admite, la escribió en el celular, “mientras daba teta, no tenía otra opción, tenía un bebé, estaba criando y escribí con muchas interrupciones, cuando mi hijo se fue al jardín infantil y luego al colegio, recuperé un montón de horas para mí y me sentía desubicada en casa. Cuando mi hijo cumplió 3 años encontré mi lugar como escritora sola, trabajé como me gusta, tenía varias horas al día, me iba a correr y luego mi hijo llegaba del colegio. Con la pandemia mi hijo, que ya tiene cinco años y es más independiente que un bebé, sigue requiriendo atención, así que escribía en los raticos que me quedaban. Fue bastante difícil y lo será por mucho tiempo, porque por ahora no van a abrir el colegio”.

Confiesa que en ‘Los abismos’ hace algo que “todos hacemos en algún momento de la vida y es revisitar ciertos lugares y situaciones de la infancia para entenderlos, darles forma y un lugar, quitándoles las cargas. Esta novela es una adulta narrando algo que le pasó de niña, al ver su familia desmoronándose, bajándose de estatura, para que sus ojos queden al nivel de la pequeña”.

Ella, la segunda mujer colombiana que recibe el Premio Alfaguara, después de la escritora Laura Restrepo, dice que este año leyó más mujeres que hombres, “descubrí lecturas apasionantes, que desvelan y desmitifican ciertos temas. Leí ‘Distancia de rescate’, de Samanta Schweblin, y ella pone en escena el peor miedo de las madres de manera magistral. Me encontré allí como mamá, a través de personajes femeninos con oscuridades y matices, a diferencia de algunos escritores masculinos que narran mujeres que no me las creo”.

Quintana: un icono 

Para Juan Camilo Rincón, escritor e investigador cultural, Pilar Quintana es “una de las grandes escritoras colombianas de los últimos años que ha tenido el país”. Además de tener sobre sus hombros el pertenecer al primer grupo de Bogotá39, un listado de los 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años más prometedores, el cual fue presentado en 2007.

De hecho, ese nombramiento de Quintana en la lista del Bogotá39 fue lo que le llamó la atención a la escritora Gloria S. Esquivel, porque se trataba de “una mujer escritora que no era tan reconocida” como los otras personas en la lista. Desde ese momento Esquivel comenzó a leer sus cuentos y ha seguir su carrera. “Cuando estaba en la universidad, Quintana era esa prueba de que sí se podía y de que sí había escritoras jóvenes en Colombia”.

En cambio, para el editor Andrés Grillo, el crecimiento literario de Pilar Quintana no fue para nada una sorpresa, ya que la conoce desde que trabajaba en televisión y para él “el tiempo y la experiencia de vida que ha acumulado le han permitido expandir y consolidar ese peculiar universo que creó desde sus primeros libros. Ella tiene una sensibilidad especial para diseccionar la realidad y presentarla en sus obras y los lectores se conectarán siempre con las buenas historias y las de Pilar siempre lo han sido. Además, ella tiene un humor ácido y sabe narrar con una potencia que traslada al lector a los escenarios de sus cuentos y los deja impregnados de sus atmósferas”.

Por su parte, el escritor Fabio Martínez considera que Quintana es el “ejemplo de la constancia y dedicación que exige la literatura. Se caracteriza por su precisión y economía del lenguaje y con ella se rompe el hechizo de Andrés Caicedo. La literatura caleña ya no comienza ni termina con Caicedo”.

Sin embargo, para Esquivel, “Quintana no podría volverse una escritora caleña de culto como Andrés Caicedo, porque las matrices históricas en las que salió la obra de Caicedo son muy diferentes a las de Pilar”.

Además, “ella es muy conocida y creo que ese tema de ser de culto no se lo deseo, porque no quiero que muera joven como Caicedo o que nadie la lea y que su obra sea conocida muchísimos años después. En este momento la gente la está leyendo y eso me parece muy chévere”.

Pese a su renombre y a sus pequeños y grandes triunfos, Quintana se mantiene humilde. O así lo asegura Jorge Idárraga, fotógrafo y amigo de la escritora, quien la conoció cuando ella vivía en Juanchaco, hacia el 2009.

“En esa época le gustaba charlar mucho. Hablábamos de literatura, de la vida, las relaciones de pareja o la política. Me parecía muy disciplinada a la hora de escribir. Una vez llegué y estaba redactando y no se paró a saludarme hasta que terminó. Pero una vez fuera de la escritura, podía hablar de otras cosas, reírse y divertirse”, cuenta él.

Idárraga nunca sintió que a Quintana le gustara hablar de sus libros. En esa época ella ya había publicado ‘Coleccionistas de polvos raros’ y ‘Conspiración iguana’, pero él nunca sintió en ella la ansiedad de que leyeran sus obras.

“Si bien me regaló ‘Conspiración iguana’, nunca me preguntó “¿qué te pareció?”. La última vez que la vi fue en agosto de 2019, en Buenaventura, y hablamos brevemente. Le dije que ‘La Perra’ era una pequeña obra maestra y ella me miró con humildad y me agradeció el comentario”, comenta Idárraga.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS