Lea 'Poéticamente sobreviviendo', crónica ganadora del concurso 'Letras Confinadas'

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Lea 'Poéticamente sobreviviendo', crónica ganadora del concurso 'Letras Confinadas'

Abril 27, 2020 - 04:21 p. m. Por:
Daniela Zuluaga Rosas, especial para Gaceta

Familias confinadas en sus apartamentos.

Foto: Jorge Orozco / El País

Yacía la noche después de un largo día, uno muy agotador, demasiado diferente a la cotidianidad. En un abrir y cerrar de ojos todo cambió; estábamos tan consumidos y perdidos en ese círculo vicioso que la vida pedía a gritos un cambio, pero éramos demasiado ciegos para darnos cuenta de la triste realidad que nos agobiaba.

Las calles comúnmente transitadas y aglomeradas de gente están vacías, las cantinas apagaron sus equipos, los cines cerraron sus puertas, la naturaleza descansó de nosotros por unas largas semanas tomando así un suspiro y se ha recuperado poco a poco del daño que le hemos hecho en años, se ha rejuvenecido ante la atónita mirada de los balcones, obligándonos a ver su belleza desde lo más remoto de nuestros hogares.
Además, los hospitales se convirtieron en la última parada de algunos, ahí se han escuchado plegarias con más devoción que en las iglesias y a pesar de que estas se encuentren cerradas, hoy en cada casa hay una.

Nuestra fe en Dios ha recobrado fuerza en la generación del milenio.
En consecuencia, nosotros estamos frustrados en casa sin dejarnos de preguntar cuando será el día en que todo esto termine, cuando nos digan que el peligro ha pasado y que podremos retomar la realidad, que todo volverá a la normalidad, pero sin antes llevarnos una gran lección de vida; una enseñanza que recordaremos por el resto de nuestros días.

Por otra parte, recordamos y recapacitamos cuán diferente era todo hace 1 año, hace un par de meses atrás antes de que todo esto ocurriera, pero ahora no podemos salir de estas cuatro paredes, ahora ya no hay diferencia entre los días de la semana, simplemente son eso “días”, los minutos pasan y pasan y no sabemos que hacer con tanto tiempo, el futuro es incierto y el pasar de los días cada vez se vuelve un poco más lento.

Para todos fue difícil de asimilar el hecho de que dejaríamos de vernos, sin poder darnos un último adiós, todo esto nos sorprendió con los pantalones abajo. Las palabras suplieron los actos, nos prohibieron abrazarnos y el mundo se paralizó ante un mismo enemigo, uno sigiloso que venía pisando cada vez más fuerte, uno que nadie conocía, pero pronto se volvería el temor de muchos; un nuevo visitante tocaría a la puerta y entraría sin permiso convirtiéndose en partícipe de tu vida y que a toda costa buscaría asfixiarte ofreciéndote un combate donde lucharías mano a mano para poder salvarte de esa muerte que parece abrumadora.

Ahora los románticos ya no pueden ni siquiera rozarse, mucho menos besarse. Nos condenaron a cambiar nuestra forma de amar y la convivencia en algunos casos se volvió violencia. Todo contacto físico parecía tan cerca de realizarse, pero tan lejos de alcanzarse, nuestras manos pedían a gritos poder aferrarse tan solo un instante, los abrazos se volvieron virtuales. La soledad quizá nos volvería locos y tocó a las malas aprender a convivir sin el tacto, a apreciar con otros sentidos la belleza de la vida y darnos cuenta de que en realidad no la estamos viviendo, que la estamos perdiendo y nos estamos muriendo sin haber disfrutado un poco de vivir, que nuestra felicidad es pasajera y aunque nos opusiéramos nada bastaría para ser arrebatada sin excusa alguna; no somos dueños de la vida, ni controlamos la muerte; vivimos entre leyes para no convertirnos en dementes.

Fue hasta cuando nuestro familiar partió demasiado pronto, los viejos se fueron; incluso los que tenían una larga vida por recorrer y no tuvimos más remedio que llorarlos en silencio, fue una despedida sin adiós, fue un tiro a quema ropa que dejaría un impacto de bala que ni el tiempo logrará quitarnos.

Quizá sea muy evidente, pero lo pasamos por alto y no deberíamos y es que la depresión está ganando, la oscuridad nos está absorbiendo y ya no sabemos cómo continuar viviendo; estamos siendo débiles a pesar de haber sido tan fuertes en otras ocasiones, estamos dando por acabado todo, perdiéndonos incluso nosotros mismos, siendo tan frágiles que solo un toque podría rompernos en mil pedazos.

Creo que nadie quiere morir en tiempos de coronavirus, nadie quiere sentirse tan solo y tan olvidado, tan obligado a marcharse perdiendo el combate ante la muerte y culminando así vilmente la vida; arrebatándose todo y quedando en ruinas. Fuimos obligados a tener el corazón roto, a sentirnos vacíos, a ver la vida con otros ojos y a experimentar nuevos cambios. Aprendimos que la felicidad está en las cosas simples, como un abrazo, un café por la mañana, un atardecer en la terraza, una tarde de series con la familia y tiempo a solas para darnos cuenta de que no somos dueños de nada, que vacíos llegamos y vacíos nos vamos, las riquezas no solventarán el final al que estamos destinados.

Pero hemos aprendido, hemos cambiado, quizá nos falte mucho todavía, pero estos días nos han hecho ser un poco más humanos; se han dejado a un lado las diferencias y el corazón se siente un poco más alegre, más solidario. Pedíamos un respiro y aquí está, la gracia es saber aprovecharlo, floreciendo así el pensamiento, las ideas y la creatividad siendo las armas más contundentes para sobrellevar la cuarentena. Tenemos la unión de familia que creíamos perdida, hemos revivido y compartido más tiempo juntos cuando nuestra excusa era decir que no lo había y el poco tiempo que había lo desperdiciábamos en cosas banales, en discusiones y perdiendo así minutos valiosos con los seres que más amamos, pero no nos damos cuenta hasta que la mesa está vacía con una silla que ahora está disponible y un vacío inmenso en el corazón que es imposible de ocupar.

Con toda esta situación queda comprobado que invertir en guerras no es efectivo si nos falta la parte educativa y si la salud agoniza. Un héroe no siempre lleva capa, a veces es una bata. Aunque todo sea oscuridad por el momento, todo pasará, volveremos a apreciar los paisajes, seremos un ave que vuela directo a su libertad, aprenderemos a cuidar y cuidarnos, a pedir perdón y a perdonar, a sonreír más y a quejarnos menos por lo que nos falta, a ser felices con lo que tenemos. Como decía Marina Rosado Andrades: "Haremos que nazcan flores de este cemento que nos habita".

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