Lea dos cuentos breves del poeta peruano Luis Enrique Amaya

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Lea dos cuentos breves del poeta peruano Luis Enrique Amaya

Mayo 31, 2020 - 05:12 p. m. Por:
 Luis  Enrique Amaya, especial para Gaceta

Luis Enrique Amaya es un poeta peruano que pasa cuarentena en Cali, donde está desde el 10 de marzo.

Foto: Especial para Gaceta

Su hogar está en Lima (Perú) donde nació hace 47 años, pero cuando estaba de visita en Cali como parte de una gira literaria, el poeta y escritor Luis Enrique Amaya tuvo que quedarse en la ciudad debido a la alerta sanitaria causada por el Covid-19.

Ya son más de dos meses que el poeta peruano lleva varado en Cali, no obstante su imaginación no se ha detenido, y mientras el mundo enfrenta la pandemia, él escribió un libro de relatos breves y poemas en prosa, que fue lanzado el 21 de mayo de manera virtual a través de las redes sociales de la Biblioteca Departamental.

El libro se llama ‘La pelea del siglo’ y contiene una serie de escritos poéticos y urbanos que Amaya fue componiendo a medida que recorría Latinoamérica y Colombia, allí se encuentran sus experiencias en ciudades como Caracas, Quito, Medellín y de su inesperado confinamiento en Cali, por donde pasaba rumbo a Lima, pero debió quedarse en la casa de un amigo cuando se cancelaron los vuelos internacionales.

Entre las historias que cuenta están la de un boxeador caleño y un escritor, peleando contra la oscuridad, en el barrio El retiro; otras de sicarios robando libros en la calle quinta, el hallazgo de la cura definitiva para el cáncer de huesos, y la historia de un poeta que se convierte en mago de fiestas infantiles, entre otras.

“Es el diario de navegación de un poeta por los caminos de nuestra América, 18 historias de soledad, amor y milagros, que nos pueden inspirar cualquier día en la vida”, afirma el autor.

Luis Enrique  Amaya es gestor cultural de la capital peruana donde ha publicado diferentes libros de poesía, editados de manera independiente. En este caso, el libro ‘La pelea del siglo’ se publicó en la modalidad de preventa, sin embargo habrá otros ejemplares que se podrá adquirir comunicándose con el autor y a través de la Biblioteca Departamental.

“El confinamiento en Cali me permitió dedicarme a trabajar en algunos de estos escritos, y también conocer algunas de las historias que narro, todas parten de hechos reales que me parece transmiten la belleza de la poesía”.

Amaya permanece en Cali desde el 10 de marzo, Gaceta comparte con sus lectores dos relatos de su nuevo libro.

Puentes

Joselyn tiene 5 años, aún no sabe leer y quiere un poema para mamá. Muy elocuentemente comenta que mami tiene ojos bonitos, prepara deliciosos dulces, gusta de mirar películas y juega con ella por los Parques del Amor. Lo que Joselyn no cuenta; pero sí una compañeritaque la delata; es que, su Madre está muerta. Quedo paralizado por breves minutos, enfrentado nuevamente ante otra prueba de sombra y fuego de la Poesía, intento rehacerme rápidamente y termi no a tropezones el poema para una niña que no lee y que, seguramente no comprenderá varios de los versos que le escribo.

Cuando la literatura nos hace creer que, ya lo hemos dicho todo, es la gente, la gente, los barrios y la palabra mugrosa de esquina, quienes nos demuestran la pobreza de nuestro legado, lo poco que hacemos para curarnoscomo sociedad, lo poco que hemos servido. Joselyn se fue a casa con su poesía; cuando aprenda a leer, quizás se pregunte porqué no puse palabras en esa hoja de papel y en cambio sólo junté para ella piedras, ladrillos, arena y cemento puro. Y es que, Joselyn me ayudó a comprender que mi verdadero oficio no es el de escritor; sino el de Hacedor de Puentes.

“La pelea del siglo, es el diario de navegación de un poeta por los caminos de nuestra América”, afirma el autor.

Foto: Especial para Gaceta

Hablar lenguas

¿Y cómo llegó la Poesía entonces?, ¿por qué tuvo que tocarme esa lotería que muchos devolverían?, ¿Por qué me eligió entre millones de seres que viven tranquilos sin escucharla, sin leerla jamás y que son hasta más felices sin conocerla? De seguro todo empezó en el patio de la escuela primaria; cuando bailaba coreografías completas de la taquillera película “Fiebre de Sábado por la Noche”, ganaba concursos de dibujo, imitaba a populares personajes de la televisión o recitaba poemas a la patria, la madre y la primavera. Declamando a poetas de siglos pasados; prestando la voz a esos anticuados y excéntricos seres, a los que finalmente terminaría pareciéndome. Maestros y vecinos nos auguraban un lucrativo futuro en las tablas del teatro o el set televisivo; nadie hubiera supuesto que ése niño tan histriónico, tan adepto a las multitudes y a la aprobación de los aplausos, seentregaría al más solitario de los trabajos, al más incomprendido e impopular de los oficios: la literatura. En casa no contábamos con una biblioteca familiar y nunca participé de talleres de escritura o algo semejante.

¿Cómo se explica que la poesía me haya flechado para hacer de mí un cabeza de nube y empujarme a sobrevolar tanto abismo, tanto desierto, tanto desquiciado cielo? En la desconsolada adolescencia, los poemas eran un suvenir para románticos y cursis;algo que servía únicamente para engatusar desprevenidas chiquillas.Para un estudiante de secundaria valía exactamente lo mismo un poema de Gustavo Adolfo Bécquer que una Tarjeta con dos ositos besándose y diciéndose te quiero, bajo una lluvia de corazones. Toda esa pubertad la padecí apartado como un hongo, mi madre y hermanas trabajaban todo el día y mis únicas compañías eran la radio o el televisor en blanco y negro.

Una tarde después del colegio, encendí la vieja radiola de madera y sintonicé una emisora de baladas en inglés. Estando acomodado ociosamente en el sillón, algo sin explicación sucedió, una fuerza desconocida me sacudió de repente, obligándome a levantarme violentamente del mueble, y cual si fuera un poseso profeta bíblico que habla en lenguas, comencé a hablar sin parar; pero con poemas. En el centro de la Sala recitaba poesía jamás oída o escrita, porque era poesía, que estaba creando en el acto; no con lápiz y papel; sino, con los trazos de mi lengua y voz, los versos iban fluyendo a borbotones incontenibles de la boca, versos declamados un segundo después, que la cabeza los imaginaba. Ese tranceencantado duró, alrededor de 10 minutos. Luego inmensamente agotado, caí desmayado en el sofá. Tal estado de misteriosa e inexplicable iluminación no se ha vuelto a repetir. Algún creyente podría concluir que el destino estaba anunciándome el futuro de prodigios y desamparos por venir, mostrándome ese ancho camino, que años después habría de recorrer: el peregrino sendero de los poetas del pueblo.

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