Escribir sin realismos mágicos, Sergio Álvarez habla de su novela 'Cantar es sobrevivir'  

Noviembre 29, 2021 - 03:31 p. m. 2021-11-29 Por:
 Por L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
Sergio Álvarez

Sergio Álvarez retrata en ‘Cantar es sobrevivir’ a la Colombia posterior a los Acuerdos de Paz, dejando en evidencia el desencanto de las comunidades que poco a poco comprenden que la violencia continúa, dejándoles como único refugio el consuelo de la música. 

Foto: cortesía de Jorge Idárraga para Gaceta

Colombia es una tierra mágica, aquí hay paisajes, criaturas y gentes maravillosas. Colombia es un cuento de hadas que —como se confirmó esta semana—, hasta Disney la escogió para una de sus ‘encantadoras’ películas animadas. Pero esa magia, promovida por el marketing chovinista, explotado por empresarios y gobernantes desde todos los frentes ideológicos y comerciales, es una peligrosa reducción de nuestra realidad. Incluso, podría considerarse como una clara manifestación del estado de negación en que vive nuestra sociedad.

Es un lugar común, escuchar a un turista —tal vez convencido por un agente de viajes— afirmar que Colombia es como Macondo, aludiendo al agotado realismo mágico de ‘Cien años de soledad’. Cada vez que esto sucede Gabriel García Márquez se sacude en su urna de cenizas. Porque ese concepto de un país mágico, realmente debe más al branding publicitario que al imaginario del Nobel de Literatura colombiano. Y creer, buscar una identidad, en estas fantasías culturales resulta de una ingenuidad que raya en la estupidez. El realismo mágico, aunque no es una invención de García Márquez, consiste más en unas posibilidades del lenguaje, consagradas por algunos escritores que transformaron sus historias en mitos colectivos. Con esto me refiero a ambiciosos proyectos literarios como los de João Guimarães Rosa, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y el mismo García Márquez, cuyas metamorfosis verbales son de una complejidad irreductible. En este sentido, no se puede olvidar que los hechos narrados en el universo macondiano —despojados de esa estética exótica y riqueza mitológica— son una sucesión de desdichas y perversiones familiares, tragedias en comunidades pobres, ignorantes y atávicas, historias de líderes bárbaros, guerras fratricidas y masacres ocultas por el estado, así como el olvido patológico de un pasado de dolor y vergüenza. Es claro que Gabriel García Márquez no quería engañar a nadie sobre Colombia, hay un desencanto profundo en su visión, aunque no falta la esperanza. Pero esa imagen turística y bobalicona que se vende al interior y exterior del país, está muy lejos de la realidad colombiana y de los valores auténticos de sus comunidades.

Ahora bien, con esto no me opongo a que se produzcan historias como ‘Encanto’ de Disney, por el contrario, resulta meritorio que algunos aspectos —bastante depurados y edulcorados— de nuestra cultura lleguen a plataformas mundiales, ¿si llegaron primero los narcos hollywoodenses, por qué no una ficticia familia campesina? No obstante, es preocupante que esta imagen —como de un avatar creado por una aplicación— tenga un efecto de desvío de la realidad, de mirar para otro lado, ya que no resulta nada encantadora la verdad. Pese a esto, en la literatura colombiana hay escritores que se esfuerzan por mirar de frente y contar historias que desentrañen la realidad —sin caer en realismos mágicos—, evidenciando una Colombia sin filtros, con todo su encanto y desencanto, rompiendo las normas de lo políticamente correcto y el decoro, exigidas por algún gobierno farandulero y una corporación internacional.

Entre los escritores de esta vertiente narrativa, que podría definir como la del realismo desencantado, se encuentra el bogotano Sergio Álvarez cuya obra narrativa se apartó desde un principio de la tendencia ‘encantadora’ y se enfocó en retratar, con una mirada más propia del periodismo y la novela negra, la historia reciente de Colombia. Novelas como ‘La lectora’ (2001) y ’35 muertos’ (2011) lo consagraron como un escritor que asumía el compromiso de contar el lado más bárbaro de la sociedad, acogiendo desde la base una tesis subversiva de la realidad —que muchos proponen como verídica así no haya un consenso en la opinión pública—, y esta es: que Colombia está dominada desde hace medio siglo por un Estado corrupto, aliado con narcotraficantes y fuerzas paramilitares, a quienes conviene sostener la guerra y son causantes del despojo de tierras, la destrucción de la naturaleza, desplazamientos masivos de comunidades, desaparecidos y miles de muertes en todo el territorio. Que el Estado es una fachada que otorga legitimidad internacional a una mafia que trabaja por sus propios intereses, no por los colombianos. En las novelas de Sergio Álvarez, —así como para ciertos colombianos— ninguno de sus personajes duda por un segundo de que esto no es así. En sus historias, aunque están obsesivamente documentadas, a diferencia de una narración periodística donde se mantiene la confianza en las instituciones políticas y la legalidad, no se encuentra ninguna esperanza de justicia.

Cantar es sobrevivir

La foto de la carátula del libro, autoría de Jorge Idárraga, es un retrato de Francisco ‘Pacho’ Torres, músico y constructor de instrumentos tradicionales (marimbas, cununos, bombos, guasás), hermano menor del famoso marimbero José Antonio Torres, ‘Gualajo’.

Imagen: Especial para Gaceta

Esta noción de la realidad colombiana, que el escritor desarrolla en sus ficciones, llega a un punto crítico en ‘Cantar es sobrevivir’ (2021), su nueva novela, donde aborda las circunstancias posteriores a la firma de los Acuerdos de Paz, en algunas comunidades afectadas por la violencia. Narrada por un periodista desencantado de su oficio —cuyo nombre nunca se conoce—, que afirma tener “las pruebas que confirmaban que el Gobierno, la Fiscalía, el Ejército, la Policía, la Banca, la DEA y la CIA participaban en el narcotráfico y en el lavado de dólares”, tiene la estructura de una “road novel”, en la que su protagonista —especializado en crónicas del conflicto armado— visita seis pueblos de Colombia donde se supone encontrará pruebas de que la paz es un hecho. “No se trata de contar esas cosas tan horribles, hemos firmado una paz; la idea es mostrar la parte positiva de nuestras tierras y nuestras gentes”, le propone Sáenz, director del periódico. El protagonista pasa por un momento de doble duelo: su padre murió hace poco y su novia —que acaba de abortar, convencida por él— lo dejó. Esto lo impulsa a salir de Bogotá rumbo a esas comunidades donde en el pasado ocurrieron despojos, masacres y desplazamientos, para encontrar algún cambio “positivo”, pero él es un reportero descreído. Al mismo tiempo, también viaja en busca de sí mismo, para tratar de sanar las heridas y excesos que comparte con víctimas y victimarios: su madre y su hermano menos están desaparecidos, y él mimos es alcohólico y cocainómano.

Y así, viajando por tierra, “soy un adicto al ruido de los terminales de buses”, va trazando un mapa de las comunidades donde ocurrieron algunas de las atrocidades más infames en la historia reciente de Colombia. Primero llega a El Placer en el Putumayo, de allí va a Buenaventura en el Valle, luego a los Llanos Orientales en Arauca. Más adelante, en Antioquia, visita Ituango y El Aro. Después parte hacia el norte, al Cesar, llega a Codazzi y de allí sube a El Salado en los Montes de María, donde su recorrido parece concluir. A cada paso, el protagonista se entrega a escuchar los pobladores, dejando que sus voces lleven adelante la narración, creando un coro de hombres y mujeres que rememoran la barbarie que se tomó sus pueblos, así los lectores se enteran de cómo llegaron los paracos, la guerrilla, los narcos, el ejército, las multinacionales, a veces todos juntos, peleando entre ellos y culpando a los habitantes de cómplices, dejando siempre una cuota de muertos y desplazados. Y a la pregunta por la paz, a su modo, concluyen en cada pueblo: “no se va una guerra sin que llegue otra”.

Sin embargo, en cada lugar, el protagonista también es recibido por su música y, a través de melodías populares, va encontrando personajes que cuentan la historia de la violencia con otra entonación. Agotado por relatos de masacres en canchas de microfútbol y casas de pique a orillas del mar, este periodista se deja consolar por los merengues de Joe Arroyo, los alabaos de las cantoras del Pacífico y los currulaos de Petronio Álvarez, los joropos de Pedro Elías Gutiérrez y El Cholo Valderrama, la guasca de Octavio Mesa y Darío Gómez, los paseos de Emiliano Zuleta y las cumbias de los Gaiteros de San Jacinto, entre otros géneros musicales arraigados en las diferentes regiones y que, para él, expresan su ser más profundo, y que han servido para fortalecerlos y resistir las adversidades. De modo que ‘Cantar es sobrevivir’, es un viaje musical que abarca todas las ocasiones y sentimientos de la gente común que sufrió toda la saña de los violentos y encontró en la música un desesperado consuelo, así adquiere sentido la alegría desbordada en las fiestas patronales y el duelo —a veces como un alivio—, cuando asesinan líderes sociales y sus familiares celebran que al menos ya no vivirá en este infierno. Pero la música “que no tiene la culpa”, representa a todos los actores del conflicto, y esto incluye a los victimarios. No pocas veces una canción como, por ejemplo, ‘Egoísmo’ de Julio Miranda, que motiva un brindis del protagonista y su amigo Ramiro, un periodista de Arauca —que ha sido amenazado en una lista de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia—, es a su vez, un himno paramilitar. “Es lo que oyen cuando una operación sale mal o cuando necesitan fuerzas para seguir robando y matando”, le cuenta Ramiro.

La narración de ‘Cantar es sobrevivir’ avanza con una banda sonora, canciones que se citan y entretejen en la misma escritura, y que apelan al presente de Colombia, revelando una belleza despojada de autoengaños: la asombrosa resistencia de los pueblos colombianos ante quienes pretenden apoderarse de sus territorios. Al cumplirse cinco años del Acuerdo de Paz con las Farc, que por un momento significó una esperanza real, en primer lugar para las víctimas y luego para todos los colombianos, ahora ese encantamiento se ha venido desvaneciendo como lo describe la novela, no solo porque la implementación de la paz ha sido más lenta y difícil de lo esperado, sino debido al recrudecimiento de la violencia. Y esto no es ficción, según cifras de la Fundación Ideas para la Paz, desde 2016 se cuadruplicaron las masacres en el país, y según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), a septiembre de 2021 ya se habían registrado 72 masacres con 258 víctimas, sin contar las muertes selectivas de excombatientes, líderes sociales, defensores de derechos humanos y del medio ambiente. Por lo que, como afirma con sabiduría el narrador de la novela hacia el final de su viaje, por ahora el único espacio posible de reconciliación sigue siendo la música, escuchar una canción que alegre el alma, devuelva el ánimo y regresar después a enfrentar la cruda realidad.

Sergio Álvarez 2

En 2018, Sergio Álvarez fue uno de los escritores invitados al Festival de Literatura ‘Oiga, Mire, Lea’, donde habló de su novela ‘35 muertos’. Esta es una imagen de su paso por Cali.

Foto: cortesía de Jorge Idárraga para Gaceta

Desde su apartamento en Barcelona (España), el escritor Sergio Álvarez habla de su nueva novela, publicada a 10 años de la anterior, también de su trabajo investigativo y los viajes por el interior de Colombia para escuchar a los habitantes de los territorios y conocer sus realidades directamente, y de cómo su compromiso político influye en su obra literaria.

—¿Por qué le interesó ubicar la historia de ‘Cantar es sobrevivir’ en el presente, es decir, los años posteriores a los Acuerdos de Paz?

Todo lo que sucedió en Colombia en la década de los 90 y a comienzos de este siglo, me parece muy importante, y creo que los colombianos aún no tenemos una verdadera dimensión de lo que pasó. A nosotros nos dicen que hubo unas masacres y un montón de gente desplazada, que había una guerra contra las guerrillas y el narcotráfico, pero creo que nunca nos han dicho la verdad completa. Entonces, los procesos de paz, incluido el último que pasó, se usan un poco para eso, para desvirtuar la magnitud del conflicto. Pero cuando uno se pone mirar cuidadosamente lo que ocurrió, uno se asombra, porque no lo tiene tan claro. Por eso, la gente en Colombia la mayoría de las veces no entiende lo que pasó, y mucho menos logra entender lo que pasa en el presente.

—Aunque la historia de ‘Cantar es sobrevivir’ es una ficción, los hechos que menciona tienen un soporte periodístico, ¿cómo es el trabajo para construir una novela con un fundamento de verdad verificable?

Todo lo que ocurre y los datos que aporto en la novela son verificables, y están en los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica. Si tú vas y revisas los archivos que hay allí sobre El Placer en Putumayo, Buenaventura, Arauca, Ituango, el Cesar y El Salado, toda la información que encuentras es la que usé para mi libro, yo no tuve que inventar nada sobre Colombia, todo es veraz. Mi trabajo de ficción fue crear a este personaje que hace el recorrido. Y eso es lo triste de su pregunta, porque la gente que lee mi novela muchas veces piensa que yo me inventé todo, eso demuestra nuestro nivel de inconsciencia histórica. Es triste que toda esta información esté allí en unas estanterías y muy pocas personas la consultan, pero cuando tú leas un informe de esos, hay cientos por conocer, verás que mi libro solo recoge seis lugares de masacres, pero en todo el país hubo centenares de masacres. Mi novela solo muestra la punta del iceberg de algo terrible que ocurrió en Colombia.

—¿Fue necesaria una gran investigación para esta novela?

Bueno una de las grandes ventajas de nuestro tiempo es que hay mucha información disponible, si tú pones “Charalá Santander” en Google, y si allí ocurrió cualquier suceso violento, la información aparece rápidamente y puedes incluso encontrar la forma de contactar a las víctimas. Toda la información que podemos usar para contar una historia está disponible, lo terrible es que la gente no la busca, no la lee, no habla con las víctimas, y entonces no trasciende. Creo que nosotros vivimos como en una especie de cápsula donde nos llega mucha información, pero nunca la que necesitamos para ser conscientes, solo nos irradian con lo que puede entretenernos, distraernos de la realidad más profunda de nuestro país. En ese sentido, no es que una persona hoy en día tenga que hacer una gran investigación para saber qué ocurrió, simplemente tiene que teclear en Google, pero en vez de eso, nos la pasamos peleando en Twitter o sacándonos fotos para Instagram.

—¿Y cuál es la importancia que tiene para usted llevar estos hechos a la literatura?

Roberto Bolaño, que es un escritor genial que admiro mucho, decía que la obligación de un escritor no es solo meter la cabeza entre la mierda, sino abrir los ojos entre la mierda. Y creo con él, que un escritor sí tiene la obligación de contar su tiempo con todo lo bueno y lo oscuro que sucede. Y en ‘Cantar es sobrevivir’ yo hago eso, porque cuando empecé a revisar toda esta realidad atroz, me di cuenta que en los lugares sobre los que quería escribir, también habían nacido músicas muy importantes y muy vigentes en el país. Y me pareció muy extraño eso, que al mismo tiempo, en las zonas donde se comenten atrocidades es donde la música tiene un valor inmenso. Por eso, creo que para el escritor es muy importante contar lo que ocurre, pero encontrando esos puntos extraños de la realidad, donde convergen lo terrible y lo bello. Creo que esta novela logra eso, que nos enfrenta con la realidad que los colombianos tratamos de evitar, también nos enseña sobre la relación que tenemos con la música, que es como un anticuerpo que desarrollamos para soportar tanta violencia.

Tal vez, uno de los personajes más lindos que hablan en el libro, es un maestro y constructor de marimbas de Buenaventura, quien le dice al protagonista que la música llega para salvarlos, y la forma que tienen de sobrevivir es entregándose a la música.

—A través del protagonista me parece que asume una posición muy crítica del periodismo…

Una de las cosas que tengo claras sobre el manejo que los poderosos del país le dan a la información, es que saben entretener a la gente de cualquier manera. A cierta población la distraemos con música de este tipo, mientras a otros les ponemos telenovelas y realitys. Y a otro tipo de gente, la que se esfuerza por vivir bien informada, para ellos los poderosos, que han entendido que las noticias son también entretenimiento, también les dan su píldora de información intrascendente, un placebo que no genera consciencia de la realidad. Y eso lo tiene claro el protagonista de la novela, ya que estando en el interior del mundo periodístico, sabe que cuando la gente pone un noticiero lo que ven es un montaje, un show de la realidad que promueve no la verdad, sino los intereses de los poderosos. Te hablan de deportes, farándula, política, pero nunca tocan los que realmente pasa en el país, en las calles y los pueblos, lo que no puede ser convertido en espectáculo. Eso lo ves con el tema de los líderes sociales, en cualquier país del mundo donde haya un poco de consciencia, el hecho de que cada día asesinen una o dos personas que defienden sus comunidades, los derechos humanos o el medio ambiente, eso abriría las noticias y sería el primer tema de investigación en todos los medios, pero en Colombia lo que hacen los medios es construir una realidad alternativa en la que mantienen a las personas volteando la vista a la realidad hasta que se les olvida lo esencial.

—¿Cómo considera que se ha desempeñado el periodismo colombiano durante el conflicto y los Acuerdos de Paz?

Han pasado cinco años y a la gente ya se le olvidó que el principal punto de los acuerdos era la restitución de tierras, que habla de hacer una reforma agraria, y también el punto del narcotráfico, que habla de enfrentarlo de forma constructiva, y el punto de la oposición al gobierno para garantizar que se haga política de forma tranquila. Pero estos capítulos esenciales no se han tocado, la entrega de las armas por parte de la guerrilla no era lo importante, eso era el paso simbólico para entrar a solucionar temas realmente importantes para el país. Pero ninguno de esos cuestionamientos aparecen en la prensa tradicional, los grandes medios que circulan en el país, nadie habla en profundidad de todas las reformas que se pactaron para firmar la paz. Eso es lo que pasa con nuestro periodismo, que se ha convertido en otra forma de entretenimiento y las cosas esenciales ya no son tratadas, prefieren pasarse horas y horas hablando de que Uribe dijo o no dijo, o de que el presidente hizo o no, pero nadie toca los puntos críticos donde necesariamente hay que cuestionar la legitimidad de las instituciones y sus relaciones con la ilegalidad. Todo esto genera un conflicto en el periodista que narra ‘Cantar es sobrevivir’, porque para él la paz es otro invento de esa realidad alternativa que los medios han construido para distraer a los colombianos.

—¿Cómo encontró esa conexión entre la música y la violencia en Colombia?

En mi libro ’35 muertos’ yo ya me había dado cuenta que, para los latinoamericanos en general, la música es el arte por excelencia, con el que tenemos una conexión más fuerte. Nosotros recordamos nuestra vida con canciones, y las canciones cuentan nuestra vida. Tú puedes entender mucho de lo que pasa en América Latina escuchando su música, que leyendo historiadores. Para nosotros la música, que es el arte más democrático, tiene la función que la literatura en otras partes del mundo, sirve para contarnos y compartir. La música es algo que no nos pueden negar, por eso la relación con ella es muy cercana, y sobre la música construimos nuestra identidad. Con la música soportamos la violencia y la injusticia, eso yo lo había presentido en mi anterior libro, y ya en este lo desarrollo.

—¿Cómo seleccionó la banda sonora de esta novela?

Lo que yo hice simplemente fue seguir el hilo de la narración. Cuando llegué al Putumayo, y quería contar lo que pasó en El Placer, leí mucho sobre esa región y me di cuenta que la gente hablaba mucho de la música. Esa fue una región que se colonizó en los años 60, donde la gente que llegó traía toda esa tradición musical de los Corraleros de Majagual, de Pastor López, y todo ese gusto por la Cumbia, y fue con esas músicas que fundaron El Placer. Entonces, escuchando esa música conocí mucho de su historia y al mismo tiempo fueron apareciendo las canciones, porque cuando escuchaba alguna, encontraba conexiones con lo que había escrito y también con los testimonios de la población, por lo que al ponerlos juntos cobraban como una fuerza especial, resultó como algo mágico. Así fui encontrando temas y temas.

El caso de Buenaventura fue muy interesante, porque una vez escuché en una entrevista con Chocquibtown, donde ellos decían que la marimba había sido como la contra que les había dado la naturaleza para poder exorcizar la violencia en el Pacífico, y después leyendo historias de otros músicos y constructores de marimba, comprobé que todos sostenían esa misma tesis: para ellos la música de marimba estaba olvidada y justamente renació en el tiempo que la violencia asolaba esa región; y ahora mismo, después de que la música del Pacífico se reconoce en toda Colombia y el mundo, sigue siendo un fuerte de resistencia contra la violencia del presente en Buenaventura, contra poderes que buscan acabar con sus tradiciones. Así fui encontrando las canciones, a medida leía, escuchaba testimonios y hablaba con gente de la región.

En el caso de los Llanos Orientales, yo siento que la imagen del llano que tenemos en nuestra memoria, lo que creemos saber de esa cultura, está construido por la música llanera. Ese llano imaginario es fundamentalmente hecho de canciones, las que uno escucha desde niño y cuando finalmente conoce esos llanos infinitos, uno ve solo lo que dicen esas canciones. La pregunta es ¿cómo veríamos los llanos si esa música no existiera? De ahí partí para seleccionar los temas del recorrido que hace el personaje por esta región.

Mientras que la música de Antioquia me parece un poco esquizofrénica, ellos tienen la música de parranda para burlarse de la vida, y también la música del despecho para sufrir, eso me llamó mucho la atención, que hicieran música con esa doble faz, de risa y dolor, y ambos como estimulados por el consumo de aguardiente. Así fui yendo por cada región, encontrando conexiones con el vallenato, y al final hablo de la cumbia, una música que surgió en el Caribe colombiano y se tomó el mundo, pero que ha sido el refugio de poblaciones marginadas.

—Pero la música también se la han apropiado los violentos…

No creo que haya apropiación, en el sentido de que sean como fenómenos separados. Creo que si naces en los Llanos Orientales, en el Pacífico, o en el Caribe colombiano donde nació el vallenato, creces con esa música, ya si después ingresas al ejército, o te vas de paramilitar o de narco, o te recluta una guerrilla, llevas siempre tu música. Por ejemplo, las Farc y los paramilitares tienen sus propios vallenatos, en Google puedes encontrar listados con sus canciones. En el caso del vallenato, podemos decir que es la única música colombiana realmente transversal en la sociedad, que oyen dirigentes, grupos armados y las víctimas. El vallenato supera las diferencias de música de pueblo y música culta, es la forma como se reconoce gran parte de la sociedad colombiana.

—¿Tuvo en cuenta alguna obra literaria para escribir ‘Cantar es sobrevivir’?

Creo que la realidad colombiana es tan compleja, y tiene tantas historias por contar, tanto lo que hay por hacer, que un escritor no necesita buscar nada afuera. Tú te pones a leer un informe del Centro de Memoria Histórica, y con uno solo puedes escribir docenas de libros, abordando sus diferentes aspectos. Nosotros en Colombia tenemos una cualidad fantástica, y es que casi todos aprendimos a escribir con García Márquez, que fue un narrador natural, que te hace sentir como si estuviera en tu sala echándote un cuento, y a mí me gusta esa tradición de llevar lo oral a lo escrito, manteniendo la pureza del habla. Pero no tuve ningún modelo literario para esta novela, hace años que no me basó en nada más que mi intuición. Creo que en nuestro país las cosas aún están sin contar. Como me dijo un amigo escritor hace poco, “lástima que esto del Paro Nacional me cogió viejo, porque yo hubiera deseado contar todo lo que pasó durante esos días de estallido social”, y claro allí hay unas historias dignas de la literatura, todo lo que pasó en las primeras líneas, en Cali y otras ciudades, en eso se te puede ir la vida entera, porque ese hecho está conectado con toda nuestra historia, para responder a la pregunta de por qué la gente y los jóvenes salieron a la calle tendrías que ir al origen del conflicto social colombiano. Ahí está todo un mundo por contar, y no necesitas tener ningún referente, porque los mismos hechos te dan la forma. Lo que sí hay que hacer, es ir y sentarse a escuchar a todas estas personas, y tomarse el tiempo para que esos testimonios sean una gran historia.


—En esta novela, como en las anteriores, hay una clara posición política, ¿se considera un escritor con compromiso político?

Al contrario de lo que otros dicen, yo siempre he tenido claro que la literatura es un acto político. Todo es político, incluso decir que no te interesa la política, como hacen mucho escritores, es un acto político. Pero mi obra es política, podría dedicarme a escribir novelitas policiacas muy fáciles de leer y para adaptar a la televisión, pero ya en el mundo hay mucho entretenimiento, alguien tiene que ponerse serio y contar la verdad. Entonces, considero que la postura política que asumes en tu obra es esencial para hablar de la realidad. Mis escritores preferidos son los que se arriesgan a tomar posturas políticas.

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