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Carlos Castaño-Uribe, el hombre que no quería descubrir Chiribiquete

Febrero 17, 2020 - 12:57 p. m. Por:
L.C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta

El Parque Natural Ncional Serranía de Chiribiquete es el mayor tesoro natural y arqueológico de Colombia descubierto en la actualidad. Fue nombrado Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad en 2018 por la Unesco.

Foto: cortesía Fundación Herencia Ambiental Caribe

Cuando vio por primera vez a Chiribiquete, Carlos Castaño-Uribe sintió el mayor sobrecogimiento de su vida: la alegría fugaz ante el esplendor de un paisaje virgen que se había conservado por milenios, después se tornó en profundo temor, un temor que aún hoy después de 30 años, conserva.

Sus años de experiencia como antropólogo y arqueólogo, estando al frente de Parques Nacionales de Colombia, pero sobretodo su conocimiento de nuestra historia y la ambición humana, le habían
enseñado que cada descubrimiento de un paraíso natural, trae consigo una maldición, la maldición de la belleza. Y él no quería ser quien propiciara la destrucción de una maravilla de la creación.

“Durante muchos años yo decidí mantener las exploraciones e investigaciones en Chiribiquete con absoluta reserva, si por mí fuera jamás hubiera dado a conocer la magnificencia de este lugar”, confiesa Castaño-Uribe.

“Durante todos estos años, los investigadores que trabajamos para conservarlo, nos pusimos de acuerdo para mantenerlo de la forma más discreta posible. Pero, lamentablemente han ocurrido hechos recientes que impidieron continuar con esa estrategia”, agrega con amargura.

Parece que la vida de Carlos Castaño-Uribe estaba copiando a la literatura, puesto que la paradoja en la que se encontró cuando conoció Chiribiquete, no es diferente a la que narra Borges en un precioso cuento de 1969, llamado ‘El etnógrafo’.

En esta historia un etnolingüista norteamericano se interna en unas tribus aborígenes con el propósito de averiguar un secreto que los chamanes guardaban, después de muchos años estudiándolos, aprende a amar su cultura y se convierte en uno de ellos, logrando al fin que un
chamán se lo confiese. Entonces, el hombre regresa a su universidad donde esperaban los resultados de su investigación, pero decide no revelar secreto. “En esas lejanías aprendí algo que no puedo decir”, dice.

Los académicos resignados aceptan esta negativa, y le preguntan si volverá con la tribu: “No. Tal vez no vuelva a la pradera. Lo que me enseñaron sus hombres vale para cualquier lugar y para cualquier circunstancia”, responde el personaje.

El Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete está ubicado en el corazón de la Amazonia colombiana, entre los departamentos de Guaviare y Caquetá. Cuenta actualmente con un área de 4’268.095 hectáreas.

Carlos Castaño-Uribe es un antropólogo y arqueólogo bogotano, nacido en 1956.

Foto: cortesía Fundación Herencia Ambiental Caribe

Inmerso en esta paradoja, la de civilización o barbarie, Castaño-Uribe también optó por guardar silencio, pero un monumento como  Chiribiquete no se puede ocultar fácilmente como unas palabras: estamos hablando del área protegida más grande de Colombia con una superficie de 4’268.095 hectáreas, donde interactúan cadenas montañosas prehistóricas, de hace 2000 millones de años, entre ellas las planicies elevadas llamadas tepuyes. Aquí también coexisten vegetación
selvática (3.500 tipos de árboles) , ríos y cascadas, y gran diversidad de animales (360 especies de mamíferos, 300 de reptiles, 57 de anfibios, 2.500 de aves, 2.000 de peces, el jaguar, la danta, el delfín rosado, murciélagos y mariposas) que dependen para su supervivencia de estas
características únicas en el mundo.

Pero la riqueza biológica es solo un aspecto del inmenso valor medioambiental que guarda Chiribiquete, allí mismo sobre las paredes de los tepuyes y en cavernas, también está el tesoro cultural escondido de más de 70.000 pinturas rupestres que representan a la mayoría de las
especies que viven allí, algunas con 19.000 años de antigüedad, una herencia ancestral que Castaño-Uribe ha llamado la Tradición Cultural de Chiribiquete (TCC).

De modo que siguiendo esa máxima del sentido común acerca de que cuando un tesoro es demasiado valioso para que uno solo lo posea, ya que muchos querrán robarlo o destruirlo, lo mejor es regalárselo a todos para que se pongan de acuerdo y lo protejan. ¿Pero cómo hacerle
entender a todo el mundo, especialmente a los colombianos, que este tesoro no puede ser tocado, que es un regalo que implica responsabilidades: la de cuidar y conservar su virginidad?

En la actualidad, Colombia tiene 1.141 áreas protegidas que abarcan una extensión de 30`946.666 hectáreas, que equivalen al 15,06% del territorio nacional.

Ocho expediciones científicas se han hecho en Chiribiquete, integradas por los más importantes científicos de Colombia. A través de sus investigaciones lograron conseguir las declaratorias de Parque Nacional Natural en 1989 y Patrimonio de la Humanidad en 2018.

Foto: cortesía Fundación Herencia Ambiental Caribe

En su libro ‘Chiribiquete, la maloka cósmica de los hombres jaguar’ (2019), Carlos Castaño-Uribe entrega al mundo el compendio de 30 años de investigaciones en este Parque Natural que él mismo ayudó a declarar Patrimonio Nacional en 1989 y Mundial en 2018. Esta obra de divulgación científica es una fuente de conocimiento con la que toda la humanidad debe hacerse consciente de la importancia de proteger este santuario natural y cultural, que ya el poeta William Ospina ha definido como “la Capilla Sixtina del arte americano”.

“El mensaje más contundente y difícil de vender es, como yo lo expongo en mi libro, la estrategia de no permitir en lo posible las visitas y el ecoturismo en Chiribiquete. Eso sería lo más nocivo, después de la deforestación, que pueda ocurrir en este lugar. Esto es un templo sagrado, y la gente debe comprenderlo y respetarlo. No está abandonado a la buena de Dios, aún sigue siendo utilizado con fines rituales por esas culturas que llevan miles años conservando una tradición, y que aún no conocemos”, afirma el antropólogo. 

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Nacido en Bogotá hace 64 años, Carlos Castaño-Uribe está radicado en Santa Marta, donde dirige la Fundación Herencia Ambiental Caribe, a través de la cual brinda asesorías en proyectos de sostenibilidad a entidades públicas y privadas. Pero su carrera empezó hace muchos años, en 1980 cuando fue nombrado director de Parques Nacionales de Colombia.

“Cuando yo entré habían unos 24 parques declarados, cuando salí en el año 98 ya teníamos 49, el tiempo que estuvo a mi cargo fuimos muy fructíferos en la declaración de áreas protegidas, entre ellas: Macarena, Puinawai, Nukak, Malpelo y Chiribiquete”. 

Desde muy joven tuvo claro que su curiosidad científica tenía como objetivo la conservación, no la explotación. Y cuando se le llama el descubridor de Chiribiquete, Castaño-Uribe lo niega, temiendo que suceda eso que los descubridores siempre traen a los lugares donde llegan: la destrucción. Y aunque él no fue el primer hombre blanco en observarlo, sí fue el primero en pensar que ese santuario natural debía ser protegido del mismo hombre.

Algunas de las pinturas rupestres de Chiribiquete tienen cerca de 19.000 años de antigüedad.

Foto: Colprensa

Chiribiquete es único también por ser un testimonio de la milenaria cultura amazónica, ya que tiene el más antiguo y grande complejo pictográfico arqueológico de América. Cincuenta murales hasta hoy descubiertos, que acogen más de 70.000 dibujos con representaciones humanas, plantas y animales en interacción con hombres, constituyen el arte rupestre más antiguo descubierto en el continente.

¿De dónde viene su vocación por la conservación de la naturaleza y las culturas indígenas?

Los recursos obtenidos con la venta del libro ‘Chiribiquete, la maloka cósmica de los hombres jaguar’ son destinados a respaldar actividades de promoción y protección del Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete. 

Foto: Especial para El País

Yo creo que eso vino por vía familiar y, por otra parte, hago responsable al colegio donde curse mis primeros años, el liceo Juan Ramón Jiménez. Daban una educación muy alternativa para la época, con una filosofía y una orientación pedagógica muy ‘sui generis’, nos estimulaban mucho a
ver la realidad de forma diferente a la lógica formal del mundo moderno. Allí nos abrían espacios para la percepción y el sentido de amor por la naturaleza.

En ese sitio, desde muy pequeño, tuve la oportunidad de viajar en excursiones que dejaron una huella indeleble en mi vida. Tuve la oportunidad de viajar a sitios que son hitos en mi vida, como
San Agustín y Tierra Adentro, desde los 10 años tuve una profunda impresión de estos lugares, haciéndome esas preguntas elementales de ¿quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? Que me empezaron a llamar poderosamente la atención y serían fundamentales para definir mi vocación por la antropología y la arqueología.

En el campo familiar me influyó muy especialmente mi madre cuya sensibilidad nos permitió que viviéramos casi siempre en fincas, en contacto permanente con la naturaleza y los animales. Por otra parte, de mi familia paterna, entre los que estaban Gloria Valencia y Álvaro Castaño Castillo, tío mío, quienes tuvieron una influencia en mí por su forma tan efectiva de compartir su amor por la cultura y la naturaleza.

¿Cómo descubrió Chiribiquete?

El prodigio ocurrió un día de 1986, cuando volando hacia el Parque Nacional Amacayacu en el Amazonas, una fuerte tormenta nos obligó a que la pequeña avioneta Cessna 206, en que iba solo con el piloto, se desviara de su ruta habitual.

Este avión no tenía suficiente tanque para almacenar el combustible necesario para todo el viaje, por lo que teníamos que llevar con nosotros varias canecas llenas de gasolina, que luego íbamos dejando por diferentes lugares en el trayecto para que cuando estuviéramos de regreso pudiéramos llenar de nuevo el tanque.

Saliendo de San José del Guaviare hacia Araracuara que era el primer punto para dejar combustible, vimos que se formó una gran tormenta frente a nosotros, y el capitán del avión me preguntó si nos devolvíamos o seguíamos, porque tal vez esa tormenta sería fuerte. Yo le dije que
tratáramos de esquivar la tormenta, me interesaba llegar lo más pronto a mi trabajo, pero resultó más fuerte de lo esperado y como escape no tuvimos otra opción que tomar un rumbo sur desconocido.

Después de hora y media volando en esa dirección que no conocíamos, sobrevolando un mar verde de selva impenetrable, de pronto observé en el horizonte una formación montañosa de la que yo no tenía conocimiento, entonces reviso la guía cartográfica que llevábamos en el avión, la más actualizada de la época, y resulta que esas serranías no aparecían en el mapa. Decidimos acercarnos al lugar y encontramos la intersección de los ríos Macayá y Ajaju, donde se forma el Apaporis, esta fue una de los visiones más imponentes de la naturaleza que haya experimentado en mi vida, por el dramatismo de su geomorfología: dos ríos, uno color té y otro negro que se unen, dando vida a otro mucho más grande con una selva completamente tupida, un tapete verde y al fondo unas serranías prehistóricas. Nosotros quedamos completamente absortos en la contemplación del paisaje.

Inmediatamente me di cuenta que ese lugar había que protegerlo, incorporarlo con urgencia al Sistema de Parques Nacionales y estudiarlo para descubrirlo realmente, no podía ser solo una postal, allí deben guardarse respuestas esenciales de nuestros orígenes. Estuvimos dando vueltas encima del lugar durante unos minutos, pendientes de que no se acabara el combustible, y cuando buscamos la tormenta esta ya se había disipado. Me pareció todo muy curioso, parecía que el propósito de la tormenta hubiera sido empujarnos hasta descubrir Chiribiquete, luego nos dejó devolvernos sin problema. Este ha sido un misterio que mi
pensamiento científico no ha logrado descifrar, y agradezco que haya ocurrido, porque fue el momento indicado para proteger este lugar.

¿Cómo logró esa primera declaratoria de Chiribiquete como Parque Natural Nacional?

Esto se logró en el año 89, el mismo año que se vivió encarnizada la guerra contra los carteles, que asesinaron a Luis Carlos Galán y atentaron contra El Espectador, fue un año muy violento de nuestra historia y me recuerda lo que está volviendo a suceder en el presente.

En aquel momento la devastación de la Amazonia, especialmente en Brasil era impresionante, igual que en este tiempo, también hubo incendios voraces. Por lo que se dio una gran alarma a nivel internacional y Colombia tomó la decisión, en ese momento, de sentar las bases de una
política de conservación, algo sin precedentes. Hasta ese entonces el estado apoyaba la colonización de estos territorios, a pesar de que era desde todo punto de vista inconveniente y catastrófico para el medioambiente y las culturas indígenas.

De hecho, ya se adelantaban grandes proyectos de infraestructura para abrir carreteras por el territorio del Amazonas. Pero gracias a estas políticas, todo estos procesos que pensaban realizar se lograron detener, y mantener por muchos años la conservación de las selvas y culturas que allí habitan desde hace milenios usando adecuadamente los recursos naturales según pautas ancestrales, tradiciones que por supuesto los campesinos y colonos no han incorporado a su modo de uso del territorio, ellos no entienden los modelos de asentamiento en estos ecosistemas que tienen un equilibrio muy frágil.

Yo sabía que debía luchar y conseguir lo más rápido posible la declaratoria de Chiribiquete, y para lograrlo debía hacer una argumentación técnica que para empezar consistió en una cartografía del lugar, que nos tomó casi dos años y más de 17 sobrevuelos para poderlo describir lo más preciso posible. Cabe decir, y tal es el respeto que inspira Chiribiquete, que pasaron varios años antes de atrevernos a una exploración terrestre. Seguramente si no hubiera sido yo, después podrían haberlo descubierto, ya con la tecnología que se comenzó a usar a partir de los años 90, como el GPS y las fotos satelitales.

A finales de 1989 estuvo listo ese mapa, lo que coincidió con la participación de Colombia en el Tratado de Cooperación Amazónico, en el que nuestro país asumió la secretaría de este organismo, así desde el Inderena (Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del
Ambiente) aprovechamos para asentar aún más las políticas de conservación para los parques nacionales y los resguardos indígenas. Logramos desviar algunas de las intenciones que el estado tenía sobre la colonización y la urbanización del Amazonas para la ganadería y una producción agraria que no es adecuada en estos territorios, lo cual hubiera sido gravísimo. El presidente Virgilio Barco, asumió con altura estas políticas y abrió camino a una serie de grandes acontecimientos para la conservación del medio ambiente como la del 23 de septiembre de 1989 cuando Colombia declara más de 17 millones de hectáreas, entre resguardos de indígenas y áreas protegidas como las dos grandes reservas naturales de Nukak y Puinawai, así como de Chiribiquete.

Haber descubierto Chiribiquete para el sistema de Parques Nacionales ha sido la oportunidad más grande que tenido de ayudar a la conservación del medioambiente en el mundo.

"Todo el turismo que se haga hoy en Chiribiquete por fuera de lo que se ha establecido es ilegal. Debe quedarle claro a la gente que no se puede pisar este territorio sagrado, solo observarlo". 
Carlos Castaño-Uribe, antropólogo 

¿Quiénes han sido sus maestros?

Sin lugar a dudas uno de los más connotados antropólogos del país que siempre he admirado, y soy un ávido lector de toda su obra, yo no dejo de leer y releer los libros de Gerardo Reichel-Dolmatoff, fallecido en 1994. Él ha sido uno de los mejores antropólogos y tuvo la visión más holística de esta materia. Fue el fundador del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes, pero cuando yo hice mis estudios allí el doctor Reichel ya se había ido hace muchos años. Sin embargo, seguía siendo una persona prodigiosa por su capacidad técnica y científica, a mí me marcó mucho cuando en el año 87, doña Alicia Reichel me llamó en una oportunidad para invitarme a tomar el té con el doctor Reichel. Yo quedé petrificado, porque él se relacionaba muy poco con los antropólogos de Colombia, yo no lo conocía aunque había leído toda su obra hasta el momento y era uno de mis héroes.

Esa primera reunión con él fue muy especial, estaba interesado en un trabajo que yo había publicado sobre una exploración en el Valle Medio del Magdalena, esa reunión fue el pretexto para un interrogatorio, él se la pasó haciéndome preguntas sobre esa investigación. Y de ahí en adelante fueron muchísimas las ocasiones que tuve seguir conversando con él, logré ser su amigo y me contó muchos de sus resentimientos con el medio colombiano, y sus tristezas de lo que le había ocurrido muchas veces tratando de hacer su trabajo en este país. También me compartió la sabiduría de sus grandes proyectos de investigación de tantos años, su amistad ha sido uno de los regalos que más he disfrutado, hasta su muerte que me dolió mucho.

Acompañando la memoria del doctor Reichel-Domatoff, hay otras dos personas marcaron profundamente mi trabajo, especialmente el que hice en Chiribiquete durante muchos años, uno de ellos es Jorge Hernández Camargo, o como le decimos fraternalmente ‘El sabio Hernández’, que fue funcionario del INDERENA, un hombre de gran conocimiento que me acompañó durante todos mis años al frente de Parques Nacionales. Y para completar esta trilogía, está el profesor Thomas van der Hammen, quien me acompañó en la primera exploración que hicimos en Chiribiquete en los años 90, él marco una pauta muy importante en el ambientalismo colombiano y a todos los que tuvimos la fortuna de conocerlo nos influyó para entender la importancia de preservar los ecosistemas.

¿Cómo lograron convertir a Chiribiquete en patrimonio de la humanidad?

Después de la declaratoria como Parque Nacional en 1989, tuvimos que seguir un camino muy largo para lograrlo. Ya en el año 1992 con el ministerio de relaciones exteriores y el de cultura, así como con el consejo de patrimonio nacional, revisamos la posibilidad de solicitar la declaratoria de patrimonio universal de algunas de las áreas protegidas de Colombia, y desde luego era Chiribiquete la que cumplía con todas las características desde el punto de vista biológico y ecológico. En ese entonces hicimos la primera nominación de Chiribiquete como patrimonio mundial ante la Unesco. Sin embargo, cuando revisamos el dossier que debíamos presentar, un documento técnico que sustenta la excepcional biodiversidad de Chiribiquete, nos dimos cuenta que no teníamos la información necesaria para argumentar ante la Unesco, por lo que se detuvo esta nominación.

Para entonces yo me moría de ganas de poner los pies en Chiribiquete, llevábamos años viéndolo desde arriba. Tenía mucha curiosidad porque en los sobrevuelos yo había visto cuevas que me hacían pensar que allí podríamos encontrar alguna maravilla paleontológica. Pero no me imaginaba que todo estuviera asociado a una evidencia arqueológica. Tuvimos que hacer un esfuerzo muy grande y, con recursos internacionales, logramos hacer las primeras exploraciones terrestres en Chiribiquete entre los años 90 y 92.

La primera expedición fue muy especial, para ella logramos conformar un equipo de 30 investigadores del más alto nivel científico y académico, entre ellos biólogos, zoólogos, botánicos, entomólogos, arqueólogos, geólogos y antropólogos, tal vez una de las expediciones más importantes en la historia reciente de Colombia, desde la expedición botánica de José Celestino Mutis. Y como yo tenía esa intuición del registro paleontológico que podríamos encontrar, invité al profesor Thomas van der Hammen para que nos acompañara, entonces mientras los demás hacían un muestreo y recolección biológica, nosotros buscamos registros paleontológicos, en uno de esos días me fui con unos asistentes a una exploración bastante arriesgada… Pero logramos hacer todo un informe que convenció a la Unesco del tesoro que tenemos en este territorio y que debe ser reconocido por toda la humanidad, para así garantizar su conservación.

¿Así encontró las pinturas rupestres?

Sí, en esa expedición nos fuimos en un bote inflable que descolgamos de un helicóptero sobre el río Ajajú nos internamos en la selva, acercándonos a la zona norte del parque donde están las escarpes rocosos, desde esa distancia pude observar con mis binóculos una mancha roja en la piedra que me llamó la atención. Al otro día volví en helicóptero y nos acercamos lo que más pudimos a ese paredón rocoso, hicimos un campamento cerca y desde allí emprendimos una escalada sobre la roca tratando de ver directamente qué eran esas manchas, y cuando estuvimos 300 metros arriba nos encontramos el primer mural rupestre de Chiribiquete. Las dos supuestas manchas, eran en realidad las figuras de dos jaguares mirándose uno al otro, por lo que decidimos llamar a ese mural ‘El abrigo de los jaguares’. Cuando lo vi, casi me voy al precipicio de la impresión, emocionado empecé a gritarles a todos como un loco que habíamos hecho un descubrimiento. Esto fue en noviembre del 91, desde ese momento empezó toda mi investigación arqueológica, que me ha llevado 30 años.

En ‘El abrigo del jaguar’ logramos encontrar los registros más antiguos de arte rupestre del continente americano, con una antigüedad de 19.500 años, así como pinturas más recientes, porque Chiribiquete ha sido un lugar sagrado por cerca de 20.000 años, donde culturas indígenas que no sabemos aún quiénes son han dejado su registro. Incluso esos tepuyes, montañas de roca, datan del precámbrico, son el registro geológico más antiguo del continente, con más de 2000 millones de años de antigüedad.

Las fechas tan antiguas que tenemos de arte ritual en ese lugar nos hace pensar que se trata de los pueblos ancestrales que fueron los primeros pobladores de América. Además que están asociados con una época que es el final del pleistoceno, es decir, cuando llegaron a nuestro continente los primeros seres humanos. También hay registros en Brasil y Chile, con los cuales se está armando un rompecabezas del cual no teníamos idea has ahora. Siempre se pensó que la entrada a América se había hecho por el estrecho de Bering, al norte, pero estos registros indican que tal vez hubo otras rutas por el sur.

¿Qué saben sobre los pobladores de Chiribiquete?

Esos pobladores que llegaron a Chiribiquete y encontraron estas serranías, las consideraron sagradas y establecieron en este lugar un centro espiritual dominado por chamanes, yo lo que pienso es que estos pobladores se empezaron a mezclar con otros grupos que venían del norte y dieron origen al sincretismo cultural del que nosotros hacemos parte. A lo largo de todo el desarrollo cultural indígena del continente y de Colombia ha habido momentos de migraciones y dispersiones de poblaciones que se han ido diferenciando, a pesar de que hayan tenido un origen común, porque cuando se alejan y quedan aisladas por miles de años cambian sus características.

En el registro arqueológico de Chiribiquete, por las diferentes fechas de los murales, desde los más antiguos hasta los más recientes, se comprueba que nunca dejaron de hacerse y se mantuvieron a lo largo del tiempo unas pautas comunes, que son lo que yo llamo la Tradición Cultural Chiribiquete (TCC), que no necesariamente son expresiones de una misma cultura, sino que como el cristianismo que va absorbiendo imágenes y ritos de diferentes culturas, formaron una propia manteniendo la tradición. No es que quiera comparar a Chiribiquete con el cristianismo, me refiero a que a la selva Amazónica llegaron infinidad de grupos indígenas de diferentes orígenes, ellos conocían el lugar a través de la tradición chamánica y lo consideraban sagrado.

Al respecto aún existen culturas indígenas marginales que viven en las inmediaciones de Chiribiquete y con los cuales hemos tenido contacto por mucho tiempo, ellos tienen muchas afinidades con lo que se encuentra en Chiribiquete, en sus tradiciones ya conocían la existencia de esto sitio.  Al mismo tiempo sabemos que hay grupos no contactados en Chiribiquete, que no han tenido interactuado con la civilización actual, no sabemos quiénes son, podemos pensar que pueden ser de dos tipos diferentes: los no contactados voluntariamente, grupos que en algún momento tuvieron contacto con el mundo civilizado y el hombre blanco, o con otras tribus indígenas, y que fueron testigos de eventos que los llevaron a aislarse por miedo, y se refugiaron en sitios muy alejados. En el Amazonas y en Colombia, cuando ocurrió el boom del caucho a principios del siglo XX, esto generó un gran trauma en las poblaciones de estos territorios, por lo cual decidieron alejarse completamente. Estos pueden ser algunos de estos grupos. Los otros son los que nunca han tenido contacto con el hombre blanco, sabemos que viven todavía en la selva, como los Nukak que aparecieron por voluntad propia en unas poblaciones del Guaviare en los años 80. Desde ese momento nos dimos cuenta que el estado colombiano no está para nada preparado para asumir un contacto de este tipo, queda claro en la forma que el pueblo Nukak se desarraigó casi por completo de sus tradiciones ancestrales cuando salió de su aislamiento.

Dentro de Chiribiquete sabemos que hay algunas poblaciones nómades que aún se mueven, aunque ya no construyen malokas, tal vez desde que empezaron los sobrevuelos en el territorio. Estos indígenas no querían que los contactaran y asumieron nuevamente una forma de existencia de cazadores recolectores y son indetectables.

¿Cuáles son los peligros que en este momento asedian a Chiribiquete?

Son varios y difíciles de poder contrarrestar, el más grave es la deforestación, básicamente porque están asociados a capitales ilegales. Ya no se trata de un problema de colonización por parte de unos campesinos, esto obedece más bien a un intrincado sistema criminal, una
mano oscura que quiere apropiarse de la tierra. En esto hay políticos implicados, procesos que ya están en la Fiscalía, quienes han financiado
carreteras y proyectos de deforestación para justificar la apropiación de tierras.

A esto se suma el contexto, más dramático aún, de la asociación con grupos insurgentes, con las mafias, que explotan la zona con minería ilegal y extracción de maderas, y también con cultivos de coca, aunque en últimas lo que buscan es quedarse la tierra, porque después de dos cultivos de coca esas tierras ya no producen más, entonces aparecen los
grandes potreros de ganado. Y ante la debilidad de nuestras políticas para defender y proteger el patrimonio natural, esto es lo que viene ocurriendo.

Este es un país donde no existe una reforma agraria concebida más allá de la expansión agrícola, y donde se otorgan títulos en los terrenos baldíos de la nación en su mayoría selvas para la explotación ganadera, esta ha sido la política de Colombia en toda su historia. Estos aprovechamientos de campos como terrenos de ganadería, no me cabe en la cabeza que a estas alturas del siglo seamos tan incapaces de proteger nuestra riqueza natural y nuestro patrimonio biodiverso. Seguimos malgastando nuestros tesoros.

Esto también es un alto riesgo constante para los investigadores y funcionarios de Parques Nacionales, cuántas veces me tocó ver a mí funcionarios asesinados, ajusticiados en medio del contexto de violencia que afecta a los territorios del país desde hace ya tanto tiempo. Son infinidad de casos en los que tuvimos que lidiar con grupos armados ilegales, básicamente porque los territorios con mayor riqueza natural en Colombia siempre han sido lugares marginales donde ellos se han refugiado. En mucho más de la mitad de los territorios protegidos en Colombia, durante los casi 50 años de existencia que tiene el Servicio de Parques Nacionales, los funcionarios tienen que vivir día a día con la zozobra del robo de los equipos, del secuestro y asesinato por parte de criminales a los que no les conviene nuestro trabajo de conservación. Son muy pocos los parques en las áreas boscosas y selváticas, por donde se mueven estos grupos ilegales, donde no existan peligros para los funcionarios, puesto que hoy la violencia continúa en estos lugares con otros actores.

El otro gran peligro es el turismo bárbaro, está claro que Chiribiquete no puede ser visitado de manera terrestre porque es un ecosistema endémico, es decir, todo lo que allí vive depende de sus estado virginal, además tenemos pruebas que aún existen culturas indígenas nómadas aún no contactadas que continúan con la TCC y tiene este lugar como un lugar de peregrinación espiritual. 

Por eso hemos pensado en desarrollar un tipo de turismo  conservacionista en algunos polos ya transformados en lugares con las mismas condiciones que Chiribiquete, para satisfacer el interés público. Estos lugares son la Serranía La lindosa próxima a San José del Guaviare y la región sur de Chiribiquete, donde está Araracuara que tiene un patrimonio considerable en arqueología, fauna y también histórico por el antiguo penal que existió allí. 

Ninguno estos polos comprometerá a Chiribiquete, porque el parque en sí mismo no será visitado, solo hemos concebido unos sobrevuelos en el parque, a unos 8000 pies de altura, operados por unas empresas comprometidas con la conservación que, al mismo tiempo de llevar visitantes desde el aire, sin ninguna presencia terrestre, también
nos permitirá monitorear la zona constantemente.

¿Por qué finalmente decidió contar todo lo que descubrió en Chiribiquete?

Chiribiquete se ha logrado mantener oculto y apartado de la civilización durante miles de años y por mí fuera ojalá que siguiera así. Pero, lamentablemente la realidad es otra, y desde hace unos años empezamos a ver cómo la frontera de expansión agropecuaria se iba
ampliando, desde Caquetá y Florencia hacia el norte. Y cómo va llegando de manera lenta, pero muy segura, todo este proceso de devastación, en la medida en que las fronteras de la colonización se van cerrando, auspiciadas por la minería ilegal, la extracción de recurso naturales, y otros factores.

Pensar en mantener ese aislamiento de Chiribiquete, como hicimos al principio con los investigadores, se fue volviendo cada vez más irreal, y
todo lo que habían asegurado los indígenas durante tantas décadas para cuidar el aislamiento de este sitios, incluso para ellos mismos, porque no es gratuito que este todo ese tapete verde aún hoy sea virgen, sin que nadie haya intervenido, ni siquiera los propios indígenas.

Chiribiquete se salvó milagrosamente de haber se convertido en una cauchería, se salvó de la minería, pero esa fue una bendición que ya se está acabando. Desde los procesos de paz del gobierno anterior, cuando las Farc dejaron las armas y salieron de toda esta parte selvática que había permanecido impenetrable por su presencia, de alguna forma, ellos ejercían un control muy fuerte en esta zona del Caqueta y el Guaviare. Yo sé que la guerrilla conocía Chiribiquete, por lo menos desde el año 1996, en nuestras exploraciones hemos encontrado registro de campamentos guerrilleros en la zona, tuvieron allí gente recluida, y lo que es más importante tengo la versión de los comandantes que hicieron el proceso de paz, ellos me contaron sus experiencias en este territorio.

Todo esto se hubiera podido manejar de una forma muy diferente, pero a mi juicio han ocurrido quiebres tan fuertes a nivel político que se está enviando el mensaje general de que los procesos de conservación no se van a consumar, entonces ahí pensé que la única forma de contrarrestar
esto y conservar a Chiribiquete era generando una conciencia general, porque lo que no se conoce no se ama, y no cuidamos lo que no amamos. Tú no puedes amar un sitio si no lo conoces.

El primer control contra la deforestación y los daños que pueda llegar a sufrir Chiribiquete debe ser la opinión pública, por eso es tan importante la tarea de divulgación que estamos haciendo con este libro.

Este libro pretende contarle a los colombianos qué es Chiribiquete en el contexto universal y ancestral, cómo este lugar es pieza clave de nuestra identidad y que debemos protegerlo entre todos, pero la defensa más importante es no pretender llegar allá, sino a través de los medios que
ya hemos establecido. Si este libro no logra la sensibilidad que buscamos en el público, estaremos en graves problemas. Si no hay movilidad social para apropiarse de lo que significa Chiribiquete y porqué debemos conservarlo sin mancha, correremos un gran riesgo como nación. Por otro lado, y no menos importante es que este libro se vuelva parte del conocimiento que se imparte en los colegios, para que las nuevas generaciones crezcan amando este lugar. La tarea humanitaria de
nuestra generación es conservar este sitio para el futuro.

***

Carlos Castaño-Uribe es de los pocos hombres en el mundo moderno que ha presenciado la magnificencia de Chiribiquete, quien tuvo el privilegio, al igual que los jaguares que recorren la selva por la noches y los chamanes indígenas que invocan la protección del sol; él que ha observado con claridad la vía láctea sobre los tepuyes y sentido que el universo es una serpiente que nos contiene,  si uno le pregunta qué otra maravilla del mundo le gustaría presenciar, responde con pesimismo, aludiendo a algo que tal vez no sea posible: “Frente a toda esta riqueza natural que llena el alma, uno se pregunta por qué en Colombia no hemos logrado superar esta dinámica crónica de la violencia. Yo quisiera imaginar qué sería de Colombia si todos al unísono hubiéramos abierto los brazos a la paz cuando hubo oportunidad”.

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