El 'Librovejero', un diálogo con el escritor y librero Álvaro Castillo Granada

Octubre 31, 2021 - 12:25 p. m. 2021-10-31 Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
Álvaro Castillo Granada

El escritor Álvaro Castillo Granada acaba de publicar ‘Librovejero’, una serie de relatos y ensayos sobre su hermoso oficio, el de unir como por obra del destino: libros y lectores.

Foto: Bernardo Peña / Gaceta

El irresistible culto del autor, que pese a sus detractores, no ha muerto, tiende a crear la impresión generalizada de que el personaje más interesante de la literatura es el escritor, cuando solo es el que demanda más atención. Por eso encontramos novelas, principalmente, donde el que escribe es el héroe, la víctima, el victimario, el salvador, Dios, el Diablo y la Virgen. Roberto Bolaño llevó este culto a una de sus cúspides creativas, y también al exceso, en ‘Los detectives salvajes’ y ‘2666’.
Desde la perspectiva contraría, otra tendencia asume que el personaje principal es el lector, Borges abogó toda su vida por este reconocimiento, “a veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores”. Sin embargo, no pudo evitar convertirse él mismo en un personaje literario, “no sé cuál de los dos escribe esta página”. Curiosamente, para contrarrestar ese culto —frecuentemente vanidoso— por el autor, en su obra Borges otorgó condición literaria a un oficio en apariencia menor: el bibliotecario, convirtiéndolo en algo más, una vocación y un destino.

Ciertamente, organizar y entregar libros es una tarea práctica, que exige cierto cuidado y destreza, aunque esto podría realizarse —correctamente— despojado de toda poesía, pero cuando un oficio es consagrado por la literatura, quienes se dedican a él asumen, sin tenerlo del todo claro, una obligación metaliteraria: sienten que su trabajo deben aspirar a reproducir esa imagen literaria, como si se tratara de una ética laboral. Creo que por eso, un bibliotecario que no inspire misterio, que no haya cambiado la vida de un lector con una sugerencia, con la revelación de un volumen secreto, deshonra la imagen literaria de su oficio.

En este sentido, sorprende la ‘ceguera’ de Borges y otros escritores, que no advirtieron la calidad literaria que tiene otro oficio básico del mundo libresco: el librero. No se encuentran con facilidad los escritores que construyan esa imagen literaria del librero, parece que su función de mediador entre libros y lectores, se pasa por obvia, y hace invisible a los libreros. También, existe un prejuicio sobre el interés comercial del librero, y suele considerarse como un oficio esencialmente mercantil, pero ¿no son igualmente comerciales los trabajos del escritor, editor y del bibliotecario? La única diferencia es que el librero es su propio intermediario, no tiene una editorial o un sueldo público que eviten confrontar al lector con ese pecado, un pago por sus servicios, en este caso un libro nuevo o viejo.

Pero conseguir un libro viejo, una edición precisa para un lector particular, es un arte donde el talento del detective, el instinto del bibliófilo y el milagro inesperado, son esenciales para toparse en una calle céntrica, una bodega oscura y húmeda, o un cuarto de chécheres, el precioso volumen que espera su nuevo lector, alguien —que quizá el librero no conoce aún, pero sabe que aparecerá—, porque algo no dicho con suficiente claridad sobre su oficio, es que el librero de viejo tiene el doble trabajo de encontrar libros y lectores, y en esta odisea libresca, termina siendo el testigo de las diferentes historias íntimas que se entrelazan por su arte: la del libro viejo (su camino desde su anterior dueño hasta el actual), así como su valor agregado (las dedicatorias de los autores, los comentarios y notas al margen), y la del lector que lo buscaba, a veces como una urgencia vital, por nostalgia de un momento de su vida o alguien, o por un ambicioso proyecto literario, por coleccionismo o devoción absoluta a un escritor.

Tal vez uno de los relatos más hermosos que se han escrito, sobre el oficio de librero, es ‘Mendel el de los libros’ de Stefan Zweig, su título original en alemán es “Buchmendel”, que traducido literal sería como “Libromendel”, es decir, un hombre libro, que a mí me recuerda la famosa pintura de Giuseppe Arcimboldo donde crea un rostro humano a partir de una pila de libros. En el cuento o short novel de Zweig, se plantea en cierta medida el ideal del librero, esa ética o estética metaliteraria que consagra el oficio: el librero es alguien que ama los libros por encima de su precio, así como puede vender por una fortuna la primera edición a un coleccionista, puede obsequiar un libro raro a un verdadero lector que lo necesita. Igualmente, el librero es, ante todo un lector, por lo que posee una erudición asombrosa para recomendar lecturas que marcan las vidas de otros lectores, y muchas veces definen vocaciones literarias, y finalmente, un librero auténtico es un lector de personas que reconoce las huellas de muchas vidas en los libros viejos que encuentra, por eso valora el objeto y el texto. Un libro bello como objeto no necesariamente es una gran obra literaria, pero puede estar cargado de memorias, ser símbolo de algo amado en la vida de una persona, una cualidad que se reconoce poco en el medio literario.

Álvaro Castillo Granada presentará hoy el 'Librovejero' en el marco de la Feria Internacional del Libro de Cali. El evento será a las 4:30 p.m. en el Auditorio El País, ubicado en el Bulevar del Río.

Librovejero

Álvaro Castillo Granada es autor de una serie de libros dedicados a exaltar, desde la ficción, el ensayo y el testimonio, el oficio de librero, entre ellos: ‘Un librero’ (2018) y ‘Con los libreros en Cuba’ (2020).

Foto: Especial para Gaceta

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Hay niños excéntricos que motivados por alguna lectura, una película, o un maestro de escuela, deciden que de grandes serán escritores, muy pocos aspiran a ser bibliotecarios, y menos aún a ser libreros. Pero, como afirma el escritor Álvaro Castillo Granada en ‘Librovejero’ (2021), ser librero “era el trabajo con el que soñaba desde niño”, por ello se preparó de la única forma posible para esta profesión: leyendo vorazmente. Sin embargo, ser lector no era suficiente en el mundo de las librerías colombianas, tenía que intervenir el destino, y cuando tenía 19 años, un encuentro casual con la periodista Gloria Moreno abrió la posibilidad para que el 30 de noviembre de 1988, empezara su carrera como librero. Han pasado 33 años desde entonces, y ahora Álvaro es uno de los libreros más reconocidos de Colombia, y su librería San Librario en Bogotá, que abrió en 1998, es el lugar de peregrinaje obligatorio para los lectores más selectos y exigentes.

Durante todos estos años, así como Jacob Mendel, el librero entrañable de Stefan Zweig, el librero colombiano acumuló en su memoria una gran cantidad de anécdotas de libros únicos y lectores extraordinarios, en los que su apreciada mediación propició encuentros memorables. Con una materia única y testimonios de primera mano, Álvaro Castillo Granada sintió la imperiosa necesidad de cruzar ese límite que “Mendel el de los libros” nunca se atrevió, y en vez de esperar a que un escritor narrara desde su perspectiva la “modesta epopeya” de un librero, descubrió que el mismo librero, además de ser un buen lector, podría, tal vez, convertirse en un buen escritor. ¿Por qué no intentarlo? De modo que empezó a escribir y escribir, reviviendo desde la original perspectiva del librero, todas esas historias íntimas entre libros y lectores, libreros enigmáticos y caballerosos de toda Latinoamérica, librerías en lugares inesperados dignas de una novela, de las que ha sido testigo privilegiado.

Librero por vocación, lector insaciable y escritor inclasificable, Álvaro Castillo Granada ha creado una obra cuyo principal vaso comunicante es el amor por los libros, pero este no es el amor posesivo de los coleccionistas, el amor interesado de los académicos y escritores, o el indiferente de algunos lectores, el amor de librero es completamente desprendido, en el fondo su objetivo es hacer feliz a un lector, devolviéndole la vida a un libro usado, es un amor casi oriental. Libros como ‘Un librero’ (2018), ‘Con los libreros en Cuba’ (2020), y el último ‘Librovejero’ (2021), conforman toda una poética del oficio libresco, reivindicando en primer lugar, la figura literaria de este personaje, y por otro, el valor cultural de su labor, como lo explica el en el ensayo ‘El papel del librero en la transformación del mercado en lectura’: “Si es consciente de su oficio, si lleva hasta las últimas consecuencias su vocación... puede ayudar a la transformación del mercado y, por ende, de los lectores. Al convertirse en hacedor (Jorge Luis Borges también cabe aquí), en realizador de deseos, transforma al lector: lo que se busca y nos es ocultado por diversas razones (derechos, distribución, traducciones, reediciones) es posible hallarlo y cambiar el paradigma: la lectura puede ser una opción de conocimiento y cambio no limitada por los caprichos del mercado. El librero se transforma así en un partícipe de la metamorfosis”.

Pocas veces, un escritor nos permite acceder a la intimidad de un oficio completamente literario, convirtiéndolo en el pretexto para contar las hermosas historias que hay detrás de un libro. Por eso, de algún modo, el nombre ‘Librovejero’, afortunada palabra que ya es una joya verbal en sí misma, con la que Gabriel García Márquez apodó a Álvaro Castillo Granada en alguna ocasión, es la consagración de esa imagen literaria que hacía falta al librero.

Álvaro, el niño que deseaba ser un librero, esperó toda una vida para que el Homero del Caribe lo bautizara con su verbo inmortal. ‘Librovejero’ es su historia y las de otras personas cuyo destino se hizo uno con el de los libros. Entre los volúmenes de San Librario, el santo de los libros y los lectores, el escritor-librero o librero-escritor, de 52 años, comparte un poco de su sabiduría libresca.

—¿Cuál fue el motivo que desencadenó la escritura de este libro?

Fue la muerte de García Márquez, al recordar cómo me había bautizado hacía algunos años. Cuando traté de contarme a mí mismo y a los demás las circunstancias tan insólitas en las que obtuve este apodo, que más parece un nombre literario, este fue el detonante de un proceso de escritura que aún continúa.

—¿Cuál es su santo grial como librero, buscado y no encontrado aún?

El santo grial para mí afortunadamente ya lo tuve entre mis manos, estuvo conmigo muy poco tiempo, pero sé que lo tuve: la edición original de ‘España en el corazón’ de Pablo Neruda, publicada por Manuel Altolaguirre en 1938, en el frente de guerra de Catalunya. Esta es una edición muy famosa de la que se conservan muy pocos ejemplares por la calidad del papel, porque se hizo con material reciclado de uniformes y banderas, por soldados tipógrafos en plena guerra. Y cuando ocurrió la debacle republicana en España, los libros fueron abandonados, según los estudios que yo he consultado, hasta la fecha solo existe cuatro ejemplares registrados en el mundo y yo tuve la oportunidad conseguir uno de esos, tenerlo en mis manos, y dejarlo seguir su camino. Ese fue mi santo grial, pero hay otros griales ya parciales esperando por allí.

—¿Qué tienen los libros viejos que no pueden los nuevos?

Debemos tener claro que el destino de todo libro nuevo es volverse un libro viejo, usado. Pero, el encanto que tienen para mí los libros usados, es que están cargados de tiempo, memoria e historia. Y todo esto es un regalo que pasa al nuevo dueño del libro, que termina siendo un poseedor parcial del libro, porque seguramente, cuando lo pierda, cambie, venda o, aun cuando muera, ese objeto llamado libro seguirá su camino. Ese libro marcado, anotado, con mensajes por dentro, es una historia adicional que posee, como si el libro ya no fuera solamente el texto que uno lee, sino el que van dejando los lectores anteriores. Esa memoria que se le agrega a la memoria de los nuevos lectores, me parece un fenómeno fascinante.

—¿Qué opina de los libros digitales, los lee también?

No tengo nada en contra, confieso mi absoluta ignorancia sobre el tema. Soy un lector de libros de papel desde siempre, y espero que para siempre. Pero no tengo nada en contra, para mí lo importante es que se lea, el formato o el objeto en que se lea es lo de menos, sea digital, en papel, en fotocopias, el derecho a la lectura es lo fundamental para que sigamos comunicándonos y encontrándonos a través de la literatura.

—¿Cuál es el libro más raro que ha tenido en su librería?

Sin pensarlo demasiado creo que el libro más raro fue una edición de los Ensayos de Montaigne, del año 1588. Era la tercera parte de sus ensayos, publicados en vida de Montaigne, que llegaron una vez a la librería, y lo impresionante era que el libro estaba en perfecto estado, parecía que el tiempo no hubiera pasado sobre él. El libro estuvo con nosotros un tiempo corto, porque siguió su camino en manos de una lectora consumada de Montaigne, ella en ese momento vivía en Singapur y pasó por Bogotá justo cuando teníamos el libro con nosotros en San Librario. Creo que ha sido el libro más impresionante y valioso que nos ha llegado.

—Como librero, ¿cuáles son sus criterios para valorar el estado de un libro?

Primero su estado de conservación, su antigüedad, importancia, y la ascendencia editorial. Una mezcla de todos estos factores, me permiten darle una valoración adecuada. Sobre todo, lo principal en San Librario, es tratar de vender los libros en el mejor estado posible. No por el hecho de ser libros viejos o usados deben estar en mal estado.

—¿Por qué antes que escritor, su deseo fue ser librero?

Para mí ir a una librería, recorrer sus estantes y mirar los libros expuestos era una experiencia mágica, para el niño tímido que yo era. Siempre pensé que como me gustaba leer tanto y amaba las librerías, lo más natural era ser un librero. Realmente, de niño, yo nunca tuve un modelo de librero para seguir o imitar, un librero que yo conociera y me orientara. No tuve ese maestro. Los libreros que fueron modelos para mí, los conocí ya mayor, cuando había salido de la universidad y me dedicaba al oficio. Recuerdo ahora mismo a dos, Martín Moreno de El enviado especial libros, y a Calibán en la Librería Quimera, observarlos para mí era todo un placer, me inspiraron su ejemplo y amor por los libros. Pero cuando comencé a ser librero quise ser la clase de librero que me hubiera gustado encontrarme de joven, no mejor ni peor de los que conocí después, sino el que yo me imaginaba, un librero con el que se pudiese conversar de libros y revivir experiencias, anécdotas, principalmente una persona que compartiera sus historias que en el caso de los libreros son extraordinarias. En ese sentido, en mi oficio y escribiendo trato de construir y ser ese librero que me hubiera gustado encontrarme alguna vez.

—¿Cuál fue el principal desafío para escribir ‘Librovejero’?

Me preocupaba no repetirme en este libro, en algunas historias que ya había escrito en mi libro anterior ‘Un librero’, publicado en 2018. Para mí es muy importante ir puliendo las voz narrativa que anhelo construir y fijar en la imaginación del lector. Busqué que mi voz se caracterice por la sencillez, la oralidad, la cercanía y empatía con el lector, creo que esto es muy difícil de lograr, requiere mucho trabajo, por lo menos en mi caso. Entonces, poco a poco fui puliendo esa voz, y revisando comprobé que por fortuna no me estaba repitiendo, y como cada historia tiene su propia manera de ser contada, tampoco repetí fórmulas, encontré las técnicas adecuadas para narrar esas historias creando una intimidad con el lector.

—¿En qué momento ocurrió esa transición de librero a escritor?

A mí siempre me ha gustado escribir, lo hago desde hace muchísimos años, lo que pasa es que por pudor, un sentido autocrítico muy fuerte, así como la falta de oportunidades, no mostraba lo que escribía. Gracias al correo electrónico pude vencer esa timidez que me habitaba, todavía un poco, y hace años me decidí a mandarle textos a gente que yo creía que les podía interesar, amigos aquí y fuera de Colombia. Eran textos enviados por Hotmail que solo tenían por título mi nombre, esa forma de mostrar mi escritos por correo me ayudó bastante, luego tuve la oportunidad de empezar a publicar en algunas revistas y ver cómo esos texto tenían alguna aceptación en los lectores.

Escribo sobre el oficio de librero, porque me encanta lo que hago, creo que una labor que permite vivir muchas aventuras, conocer historias que merecen ser fijadas por la misma literatura. Además es un oficio que propicia el encuentro con seres entrañables que han ido desapareciendo y que si alguien no cuentas sus historias, desaparecerán por completo. Alguien ya lo dijo, en el momento que dejamos de ser recordados es cuando realmente morimos. Entonces para mí es importante que todas estas personas que me he encontrado a lo largo de años en el oficio de librero, y se han quedado grabadas en mi corazón, como me dijo un amigo librero de Cuba, sean recordadas también por otras personas que solo podrán conocerlos a través de mis textos, así los harán también suyos y no se olvidarán.

Y bueno, el 30 de noviembre cumplo 33 años en este oficio, lo que quiere decir que la mayor parte de mi vida ha transcurrido entre libros, aunque esto no quiere decir que mi único interés son los libros, pero me han permitido encontrar un lugar en el mundo donde puedo emplear mis conocimientos y ayudarlos a conseguir sus libros, eso verdaderamente me hace muy feliz.

—¿Cómo definiría ese amor del librero por objetos preciosos de los que debe desprenderse?

Como también soy un lector y me fascinan los libros como objetos, entonces tengo muchísimos en mi casa, pero llega un momento en este oficio cuando uno entiende que no se puede quedar con todos los libros, porque se arruina. Los libros, fuera de ser objetos de negocio, digamos, son propiciadores de encuentros con los demás, entonces es necesario saber desprenderse de ellos. Al principio es difícil, pero después nos quedan las aventuras de esos libros, que solo conocemos nosotros. Como conté hace un momento, me hubiera encantado quedarme con el libro de Pablo Neruda, ‘España en el corazón’, sé que tal vez no vuelva a ver uno igual, pero me hace feliz que pasó a otros lectores que lo aprecian igual, de modo que así el libro sigue su historia, y nosotros no podemos retenerlo.

Creo que un hecho que me ayudó a desprenderme de los libros fue el abrir San Librario, porque aquí dejé seguir a muchos libros de mi biblioteca, algo que también hizo mi socio en la librería. Y desde luego que he tenido la tentación de quedarme con muchos libros que llegan acá, pero cada vez es menor, recuerdo ese libro de Montaigne, lo habría guardado solo por bello y maravilloso, a pesar de que no sé francés. Pero me dio más placer que la persona que lo compró lo valora y puede disfrutar más que yo, sin embargo aún me inquieta la historia de ese libro, de cómo llegó a San Librario. Ya a estas alturas de mi oficio, la capacidad de desprenderse de los libros es grande, solo me quedo con sus historias.

—¿Cuáles son los referentes literarios que ha encontrado del oficio de librero, alguna historia de ficción o no, con la que se haya identificado?

Hay una novela del escritor checo Bohumil Hrabal, ‘Una soledad demasiado ruidosa’ que trata de un hombre que se dedica a destruir libros, prensarlos y hacer pacas con ellos, pero ese hombre con un oficio bárbaro, es también un lector consumado, y en vez de destruir todos los libros se dedica a conseguirle, regalarle libros a otros que los necesita. Al final, Hanta, que así se llama el personaje, se hace pasar por un librero, esta historia me parece una de las más bellas. Otra novela con la que me identifico es ‘84, Charing Cross Road’ de Helene Hanff, una historia muy hermosa entre una lectora norteamericana y un librero inglés, aunque confieso que me gusta más la novela que el libro. Pero, creo que esos momentos de ‘Una soledad demasiado ruidosa’, cuando Hanta rescata los libros son para mí motivo de inspiración y admiración, que me conmueven profundamente.

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