'El fotógrafo de Minamata', una película que reflexiona sobre el dolor de los demás

Mayo 31, 2022 - 11:06 a. m. 2022-05-31 Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
El fotógrafo de Minamata

‘El fotógrafo de Minamata’, la película de Andrew Levitas, protagonizada por Johnny Depp, recrea los pormenores del último gran trabajo del legendario reportero Eugene Smith, quien con un conmovedor foto-ensayo denunció la tragedia medioambiental que se cobró la salud de un pueblo japonés.

Foto: Especial para Gaceta

Dice Susan Sontag en ‘Ante el dolor de los demás’: “ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas”. Pero, más allá de los relatos, los testimonios, las crónicas y reportajes de los acontecimientos, de todas las palabras usadas… Principalmente, lo que hemos acumulado en todo este tiempo son imágenes del sufrimiento, fotografías irrefutables de la inhumanidad y la barbarie.

¿Por qué conservamos como un oscuro tesoro, exponemos como obras de arte, e incluso premiamos, imágenes del dolor ajeno? ¿Cuál es el precio humano que pagan aquellos dedicados a registrar las tragedias del mundo? ¿Es posible ser un observador de la injusticia sin asumir un compromiso? Estos son algunos de los interrogantes que se abordan en ‘El fotógrafo de Minamata’ (2020), la película que recrea el último gran trabajo del legendario fotorreportero Eugene Smith, quien en 1971, desde la revista LIFE, denunció al mundo la tragedia ambiental y humana ocurrida en el pueblo de Minamata (Japón), una comunidad de pescadores donde la empresa química Chisso contaminó las aguas del mar con residuos tóxicos, entre ellos mercurio, que era consumido por los peces de la zona, y a su vez por los habitantes, causando estragos irremediables en su salud, deterioro cognitivo y físico, pero sobre todo deformaciones en los hijos que tenían, un fenómeno que fue llamado la enfermedad de Minamata. Pero antes de comentar la película, podríamos analizar el oficio del reportero gráfico y su relación maldita con el dolor ajeno.

El fotógrafo de Minamata afiche

‘El fotógrafo de Minamata’ se estrenó en mayo de 2022, en Colombia. La película cautivó al público, a pesar de las recientes controversias del actor.

Foto: Especial para Gaceta

Cuando, en la primera mitad del siglo XX, la cámara fotográfica se convirtió en un objeto compacto y portable surgió el oficio de reportero gráfico como un componente fundamental del periodismo moderno, las palabras se hicieron insuficientes, ya no bastaba el relato de los hechos, era necesaria una imagen para confirmarlo y, como se evidenció al poco tiempo, la imagen por sí misma podía contar una historia. De modo que, podría decirse, el reportero gráfico abandonó las plácidas reuniones de sociedad, para consagrar su oficio registrando la gran fiesta de su tiempo: la guerra. Y desde entonces, ocasiones no han faltado.

La reportería gráfica se convirtió muy pronto en un arte, pero —hay que decirlo— en un arte maldito, porque el fotorreportero está condenado a retratar la violencia y la injusticia, no solo en “pública hecatombe de la batalla”, sino también en la vida cotidiana. Como una bestia cazadora desarrolló el instinto de reconocer los momentos de desgracia humana para capturarlos con una lente y —por paradójico que parezca— con cada imagen que atrapa en vez de hacerse más fuerte, se debilita. El fotorreportero se dedica a un oficio que lo hiere en lo más profundo, porque nadie sale ileso cuando es testigo del dolor ajeno. Algunos encuentran la sabiduría para convertir su oficio en una causa humanitaria, logrando que la imagen del dolor movilice al mundo contra la injusticia, como fue el caso de Eugene Smith y su foto-ensayo sobre Minamata.

Otros, como el fotógrafo sudafricano Kevin Carter, sucumben al absurdo de la realidad que retrataron. Carter se suicidó el 27 de julio de 1994, tenía 33 años y una exitosa carrera como reportero gráfico. Aunque, como sabemos, ser exitoso en este oficio implica ser testigo de los hechos más lamentables de la época. En este sentido, Carter dejó para la historia universal de la infamia, la fotografía de una niña sudanesa doblegada por el hambre en un paisaje calcinado donde solo un buitre, como símbolo de la muerte, parece esperar su caída definitiva. Por esta imagen de 1993, publicada en The New York Times, recibió el Premio Pulitzer, no obstante muchos la rechazaron por su crudeza y pesimismo, y en particular por la insensibilidad que delataba en el fotógrafo, ¿por qué no intervino en la situación y ayudó a la niña? Al respecto, los críticos plantearon la siguiente teoría, como una forma de condenar al fotógrafo: realmente en la foto hay dos buitres, ¿me puedes decir dónde está el segundo? Desde luego, no se ve, pero con seguridad es el que está detrás de la cámara.

Kevin Carter padecía de una depresión severa, al parecer jamás tratada por especialistas médicos, que en su momento se agravó por sus problemas con drogas, pleitos familiares y la crisis provocada por el asesinato de su amigo Ken Oosterbroek, un fotorreportero abaleado por militares sudafricanos mientras cubría una manifestación. A esto se sumaron las críticas por su “tristemente célebre” foto. Solo pasó un año después de tomarla, cuando el fotógrafo decidió abandonar el mundo por mano propia, dejando una nota en la que evidenció el peso de su oficio:

“Estoy atormentado por los recuerdos vívidos de los asesinatos y los cadáveres y la ira y el dolor, del morir del hambre o los niños heridos, de los locos del gatillo fácil, a menudo de la policía, de los asesinos verdugos. He ido a unirme con Ken, si tengo suerte”.

El fotógrafo de Minamata still

Para un sector de la crítica de cine, su protagónico como Eugene Smith es una de las mejores y más serias interpretaciones de Johnny Depp en toda su carrera.

Foto: Especial para Gaceta

No pretendo justificar de ninguna manera un suicidio, la depresión es un trastorno mental que debe ser tratado médicamente, las estadísticas nos dicen que la mayoría de personas en el mundo, por muy compleja y limitada que sea su existencia, encuentran un sentido y deciden seguir con vida. Tampoco quiero decir que el mundo no sea un caos. No obstante, me gustaría hacer énfasis en el impacto psicológico que el oficio periodístico, y particularmente la reportería gráfica, tiene sobre quienes lo ejercen.

Por eso resulta esclarecedor cuando, en la película ‘El fotógrafo de Minamata’, Eugene Smith (interpretado por un maduro Johnny Depp) decide enseñarle a su esposa Aileen (Minami Hinase) el arte de la reportería gráfica, no sin antes advertirle de “la letra pequeña”, la maldición que persigue a los fotógrafos, y que él mismo padece después de todos sus años retratando la guerra y las desgracias del mundo:

“Los aborígenes norteamericanos —dice Smith— temen a las fotografías, porque creen que la imagen robará sus almas. Lo que no saben, es que con cada foto, quien la toma va perdiendo también su propia alma. Este oficio termina por romperte el corazón”.

Eugene Smith fue fotorreportero en la Segunda Guerra Mundial y en Vietnam, experiencias que lo perturbaron de por vida. Fue durante esos años que desarrolló un género conocido como foto-ensayo, donde el fotógrafo busca contar una historia, argumentar y denunciar una realidad, a través de una secuencia de imágenes, cuyos breves textos y pies de foto, escribía él mismo. Estaba obsesionado con la perfección de sus fotos, tomaba miles y las revelaba con sus propias manos, por lo que tuvo innumerables problemas con editores de revistas como LIFE y la Agencia Magnum que, a pesar de todas las molestias, lo contrataban. Sin embargo, sus mejores trabajos no fueron imágenes del campo de batalla y el heroísmo de los guerreros, sino tragedias íntimas de resonancia universal como las de una villa rural en España, durante la dictadura de Franco, o las de un médico en sus labores humanitarias en África, o de un hospital psiquiátrico en Haití.

Pero, sin lugar a dudas, su obra maestra es la fotografía ‘El baño de Tomoko’, de su foto-ensayo sobre Minamata, y cuya realización enmarca la trama de la película. En ella, una madre amorosa sostiene a su hija desnuda, dejando ver su cuerpo frágil y deformado por causa de la contaminación. Es una imagen bella, cruda, tierna, insoportable, inolvidable… La versión moderna de la Pietà de Miguel Ángel. Aunque la fotografía —me atrevería a pensar—, a diferencia de la escultura, cuestiona la idea misma de piedad y formula una pregunta aún vigente y que, en este caso, podría redimir al fotógrafo de su maldición: si somos capaces de condenar a inocentes por ambición, como ocurre en Minamata y muchos otros lugares del mundo, es que alcanzamos el grado absoluto de inhumanidad, por lo que hoy ya no somos seres humanos, entonces —se pregunta el espectador ante ‘El baño de Tomoko’—, ¿mereceremos de nuevo la misericordia de Dios?

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