Cuando los montes cantan, una selección de poemas de Hernán Vargascarreño

Escuchar este artículo

Cuando los montes cantan, una selección de poemas de Hernán Vargascarreño 

Julio 19, 2020 - 04:22 p. m. Por:
 Hernán Vargascarreño, especial para Gaceta

El poeta, traductor y editor santandereano, Hernán Vargascarreño publicó en 2016 ‘Montuno’ (Ediciones Exilio) uno de los poemarios más importantes de la poesía colombiana moderna. Compartimos con los lectores de Gaceta algunos poemas de esta obra, escogidos especialmente por el mismo autor. Cantos en homenaje al Cañón del Chicamocha.

Foto: Colprensa

El poeta, traductor y editor santandereano, Hernán Vargascarreño publicó en 2016 ‘Montuno’ (Ediciones Exilio) uno de los poemarios más importantes de la poesía colombiana moderna. Compartimos con los lectores de Gaceta una selección poética de esta obra, hecha por el mismo autor.

“En ‘Montuno’, Hernán Vargascarreño ha destilado en palabras la sustancia de sus cañones del oriente de Colombia, un mundo mineral desolado y antiquísimo, la experiencia del vivir de unas gentes que no nacieron en las montañas sino que son las montañas en que nacieron, que no orillan el abismo sino que experimentan en su alma el abismo, que no presencian la dureza sino que están obligados por la vida a ser esa dureza y esa sombra”, William Ospina en el prólogo de 'Montuno'.

Hernán Vargascarreño (Zapatoca, Santander, 1960)

Foto: Especial para Gaceta

Cuchillos

Con este cuchillo he matado varios animales, he capado verracos y he abierto exquisitos frutos -nunca quisiera matar a un hombre. Siempre lo llevo al cincho. A los seis años me lo entregó mi padre: Esa es su hombría mijo, a cuidarla.

Cuando lo afilo en silencio, brotan de la piedra mis extraños pensamientos, los que voy afilando también para mis futuros días. Cuando lo hago brillar poniéndolo al sol, pienso en la vida de otro hombre, tan oscuro como yo.

Apenas tiene unos centímetros, y sin embargo, es el único límite entre dos machos de estas montañas. Por él se nos va la vida en un instante. Por eso lo respetamos tanto, por eso nunca lo mostramos y lo acariciamos en secreto como algo sagrado. Tan brillante él, pero tanta sombra que hace.

María Lucía

La María Lucía ya deja asomar las ganas de un hombre. Ya no nos mira a los ojos porque nos sabe sus hermanos. Pero nos atisba el torso desnudo y sudado cuando rajamos y cargamos leña, se alela por momentos en nuestras grandes manos callosas, y hasta la he visto oliendo mi sombrero mientras descincha mi bestia. La María Lucía pasa ahora como una sombra entre nosotros, que somos oscuro zumo y sombrío semen de estas montañas. María Lucía precisa su luz bien lejos, al otro lado de las cordilleras, donde hay valles y sol, y los hombres pueden ser tan alegres como sus perros.

Filos

Es la hora en que las montañas ocultan sus filos tras las neblinas, esos vahos de los dioses que no abandonan a sus hijos relamidos por el monte y aromados por sus almizcles de sombra. Y no sabemos qué nos causa más temor, si el eco de los gritos de los pájaros que no se ven, si los filos transfigurando sus siluetas, si las neblinas engullendo tenebrosamente el mundo o las sombras todas del universo, suaves serpientes que se deslizan en silencio y anidan pecho adentro.

El asesino

Anoche vino Jacinto a rondar la casa. Los perros no avisaron nada, pero sus huellas lo hicieron. Por estos confines nadie más que él tiene esos enormes pies. En tres días se cumplirá un año del asesinato, pero pareciera que Jacinto ahora quisiera matar al muerto, a Camilo, su medio hermano. O como dicen los jornaleros, ahora se siente mucho menos hombre sin su enemigo, y por eso anda buscando algo que le devuelva su hombría. O como dicen los hermanos Vásquez, como no tuvo tiempo de matar también a la novia, el mandado le quedó a medio hacer. Pero yo más bien creo lo que dice la nona Celestina, pues ella va a cumplir cien años y ya lo ha visto todo: Jacinto aún se cree vivo porque no tuvo tiempo de darse cuenta del rayo seco que lo mató.

El silencio

A esta hora los montes callan por unos instantes. Ningún canto, ningún silbido animal se deja escuchar. Solo ocurre a esta hora, siempre; y en este silencio total solo escuchamos el latir de nuestros corazones y la queja de nuestras tripas. Ni siquiera nuestros pasos suenan. Entonces, Pascal y yo nos detenemos llenos de espanto y nos miramos aterrados; nos sentamos y esperamos un rato. No se puede retar este silencio. Pero apenas las sombras bajen y lo cobijen todo, la noche empezará a hablar, los muertos volverán por sus caminos y acompañados de sus sombras podremos seguir camino a casa. Pascal vuelve a mover la cola, y callados, reanudamos nuestros pasos.

Los poemas de 'Montuno' son un homenaje del poeta al Cañón del Chicamocha, a su amplio paisaje rudo y fantasmal, así como a los campesinos y su profunda identidad con la montaña.

Foto: Especial para Gaceta

Montañas

Estas montañas,
extremidades del mundo
abandonadas a su propio sueño
en medio del caos que es el orden geológico,
nada piden a cambio
cuando pasamos sobre sus lomos.
Con sus arbustos mínimos
van dando testimonio de que aun respiran,
de que aun vibran en sus bichos rastreros
y se otean a sí mismas en sus gavilanes.
Por aquí no pasa nada salvo
ripios de la memoria del mundo.
A ellas nos entregamos
midiendo lento nuestras fuerzas,
agotados, fatigados bellamente
mientras respiramos
sus helados venablos de viento herido.
Con solo sabernos sus peregrinos
les basta para sus arriesgadas geografías,
tan hermanadas ellas
a la rastredad de los hombres.

Tumbas

Estos montículos de piedras
ordenadas a manera de tumbas
asomándose a los precipicios,
son el recuerdo de hombres
que han caído a los abismos.
Algunos se van desmoronando
con el abono del tiempo,
otros ya casi desaparecieron.
Las piedras
también suelen buscar sus abajos,
quizá para ocultar los huesos de sus muertos,
para evitarle a las montañas y a los vientos
el espectáculo de sus gestos despiadados.
Este de piedras grises
apenas lo acaban de erigir.
Es un hombre recién cayendo
dentro de su propio sueño, solo,
sin las ataduras
que aún amarran nuestros pasos.

Fardos

Llegamos a un ventorrillo
de guarapo colmado de campesinos.
Los muleros sorbían a la par de sus mujeres
entre frases cortas y miradas recelosas.
En sus rasgos físicos
se evidenciaba nuestro pasado.
Cualquiera de ellos
podría ser uno de nosotros.
Pero ya no somos
hombres de estas montañas;
venimos de paso a reconocer
trizas de nuestra infancia,
fantasmas que no hemos podido apaciguar,
recuerdos amasados de barro y de silencio,
fardos que estos montes
nos han impuesto como tributo
al habernos amamantado en sus durezas.

Caminos del destierro

Mira hijo, cómo esos helados ramajes
se beben las neblinas que un día
se volverán cantos de pájaros.
Y en vez de polvaredas o de vientos
o de llamas, es una música inmóvil
la que consume estos paisajes.

No quiero mirar los filos
de las montañas, madre.
Parecen cuchillos que tajan los cielos.
No quiero escuchar sus silencios.
Siento que me rompen por dentro.


Recíbelos niño, como pequeñas ofrendas.
Y oremos. Ahora somos hijos del monte.
No olvides que vamos solos
y que somos sus viajeros.

Parece, madre, que la neblina
se detiene unos instantes
para ver pasar nuestras sombras.


Esas sombras no son nuestras, hijo.
No somos nosotros los únicos que pasamos,
es el tiempo
que también huye de estos riscos.

¿Y para quién ese canto oscurecido
de esos pájaros que se oyen pero no se ven?


Para la nada que vive en estas montañas,
y para nosotros hijo, para nosotros;
ahora que pasamos por la nada
algo de cantos le viene bien al alma.

Madre, quiero salir de estos caminos,
todo me da miedo entre estas neblinas.


Saldremos hijo, saldremos.
Pero ya nunca podrán abandonarnos.
Un día lejano
contarás a otros estas soledades.

Madre, hubo una vez un grito como un trueno
que nos expulsó de nuestro terruño, ¿cierto?
Recuerdo que una sombra sepultó la casa
y mi padre tuvo que matar limpiamente
a un hombre. ¿Es por eso que huimos?


Sí hijo, la sombra de ese aullido y
el peso de ese trueno
es lo que nos impulsa.

Madre, ¿son estos los caminos del silencio
de los que me hablaste?
¿Y por qué este día nebuloso
es tan largo y no se acaba?


Tranquilo hijo,
ya pasamos el largo Filo del Oscuro;
solo nos falta atravesar
el Farallón de la Cuchilla.
Salgamos pronto de estos parajes
signados por el olvido,
no hay sea que nosotros también
nos volvamos el olvido.

¿Y para dónde vamos, madre?
¿Quién nos espera al otro lado?
¿Qué haremos si no encontramos ni un alma?


Es fácil hijo: tengo sed, pero no de agua.
Voy buscando mis otros hijos, sus hermanos.
Busco otra casa
que no esté hecha de sombras.
Allá lejos, en los abajos más lejanos
que aún no se divisan,
en los verdes donde viven las claridades,
en alguna parte de este mundo
tiene que estar el mundo para nosotros.
Hacia allá vamos
mientras seamos el camino.

Ahora recuerdo claramente:
lo habíamos perdido todo,
y sin embargo, algo resplandecía
al final de la jornada.

Hernán Vargascarreño (Zapatoca, Santander, 1960)

Poeta, traductor y editor. Docente de literatura egresado de la Universidad Industrial de Santander. Dirige el sello editorial Exilio. Libros publicados: País íntimo (2003); Piedra a piedra (2010); Tempus (2014); El viaje (2014); Montuno (2016); El niño que no sabía jugar a la paz (2017), Cuerpo laborioso (2019). Y sus traducciones al español: Antología Spoon River, de Edgar Lee Masters; ¿Quién mora en estas oscuridades?, de Emily Dickinson; Antínoo, de Fernando Pessoa, Pájaros extraviados, de Rabindranath Tagore.

Entre otras, ha recibido las siguientes distinciones: Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos (2000); segundo finalista del Premio Nacional de Poesía ciudad de Bogotá (2002); Premio Nacional de Poesía Sin banderas - Casa Silva (2003); Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango (2010); Premio Nacional de cuento Ministerio de Educación-RCN (2012). En el 2017 su libro Montuno fue finalista del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS