Adolfo Bioy Casares, el caballero que comía dulce de leche

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Adolfo Bioy Casares, el caballero que comía dulce de leche

Septiembre 29, 2019 - 11:17 a.m. Por:
L. C. Bermeo Gamboa, especial para Gaceta
Adolfo Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares (1914 - 1999) recibió el Premio Cervantes de literatura española en 1990.

Foto: Especial para El País

Un día, cuando tenía 4 años, se ganó un perro en una rifa. Recuerda que era un cachorro Pomerania, color blanco y café, llamado Gabriel. Al otro día, cuando despertó y quiso jugar con su mascota, preguntó dónde estaba. Pero nadie recordaba a Gabriel. Para tranquilizarlo su madre dijo que todo había sido un sueño, algo que no tardaría en olvidar. A sus 77 años, entrevistado por Margarita Vidal para el programa Palabra Mayor (1992), el pulcro caballero argentino en que se había convertido ese niño, bautizado como Adolfo Vicente Perfecto Bioy Casares, aún recordaba ese sueño como algo real.

Poco después, otro hecho marcaría la infancia de Adolfito. Su tío, Enrique Bioy, un abogado y mujeriego consumado de la clase alta de Buenos Aires, se suicidó a los 37 años. Antes de matarse tuvo la distinción de escribirle una carta a su sobrino donde daba el consejo más aterrador, y a la vez tentador, que un niño podría recibir: “Cuidado con las mujeres, Adolfito. Son todas el disfraz de un solo buitre, cariñoso y enorme, que vive para devorar a los hombres”.

Pudo más la tentación, por ello se casó a los 36 años con la escritora Silvina Ocampo, once años mayor que él y vivieron juntos medio siglo, tiempo durante el cual Adolfo llevó una activa vida de escritor, y adúltero, no exenta de frutos literarios y amorosos, como expresa Pablo Hernán Di Marco, “Bioy lo hizo todo, y jamás elevó el perfil, fue como un Julio Iglesias de la literatura”.

A sus 70 años, después de padecer una cirugía de próstata y ya fallecida su esposa, aún seguía reflexionando sobre los consejos de su tío, escribiendo en su diario frases reveladoras de su amplia experiencia con las muejeres: “soy el amante que las mujeres hacen de mí. Un chambón con algunas; un diestro profesional con las que me exigen.  Evidentemente soy mejor cuanto más me exigen. En general no valgo mucho cuando tengo una sola mujer, que no quiere acostarse más de una o dos veces por semana. Cuando tengo dos mujeres, o más, mis reflejos obedecen en el acto, cada una me estimula, me enseña y se beneficia de las enseñanzas y de los estímulos de la otra (o de las otras)”.

El héroe de las mujeres

La mujer más importante en el destino literario de Adolfo Bioy Casares fue su madre: Marta Casares. Perteneciente a una adinerada familia de la alta sociedad bonaerense, la madre del escritor fue heredera de grandes estancias ganaderas y de una empresa lechera llamada en su honor: La Martona, desde 1889 allí se produce el dulce de leche más tradicional de Argentina.

Cuando Marta Casares se percató que su joven hijo intentaba ser escritor, y que su esposo lo apoyaba de una forma no muy decorosa, pagando a editores prestigiosos para que lo publicaran sin fijarse en la buena o mala calidad de las obras; entonces decidió poner fin a ese juego. Esta vez no le pidió a su hijo que mejor olvidara ese sueño, mejor optó por solicitar a su amiga Victoria Ocampo que relacionara al joven Adolfo con algún escritor local que de verdad supiera reconocer la buena literatura y lo guiara en su deseo de ser escritor.

La consecuencia de este favor entre damas de alta sociedad es bastante conocida: una noche de 1931, en la Quinta de San Isidro, propiedad de la familia Ocampo, el joven Adolfo Bioy Casares, de 17 años, es presentado con Jorge Luis Borges, un desconocido escritor de 32 años. Por esa razón, hay que agradecerle a la madre de Bioy Casares sus menesteres como celestina literaria y por el delicioso dulce de leche que lleva su nombre.

Desde luego, Bioy Casares no fue un escritor feminista, tampoco se puede afirmar que haya sido machista, pero sus motivos literarios siempre tuvieron que ver con las mujeres y su misterio, ellas fueron ese lector ideal que deseaba conquistar.

La novela con Silvina

La segunda mujer que definió la carrera literaria de Bioy Casares fue la hermana menor de Victoria Ocampo, Silvina, quien llegado el momento le dijo a Adolfo que dejara sus estudios de Derecho y se dedicara por completo a la literatura y sin temor al fracaso, puesto que ambos eran ricos. Ella era 11 años mayor que él, pero esto no impidió que se casaran y compartieran vidas por más de 50 años, hasta 1993 cuando murió Silvina.

De esta pareja literaria, una de las más excéntricas y prolíficas de la historia literaria, se puede escribir una larga novela, llena de giros inesperados y secretos familiares, la de un amor en el que tampoco faltó la admiración mutua y la siempre difícil tolerancia, no carente de celos y amarguras.

Silvina Ocampo adoró a Bioy, no hay duda, por encima de las múltiples y famosas infidelidades que este cometía abiertamente. Sin embargo, tal vez como un gesto de caballerosidad, Bioy nunca publicó sus reveladores diarios hasta la muerte de su esposa.

Entre los romances más recordados del escritor está el que vivió en los años 50 con Elena Garro, la escritora mexicana y primera esposa de Octavio Paz. De este affaire vivido en París se conservan las 91 cartas que el apasionado Bioy escribía a la, en ese momento, señora de Paz.

“Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro”, escribe Bioy en una de esas cartas, nunca hubo reencuentro.

Silvina incluso llegó a adoptar (legalmente) y criar como propia a Marta Bioy Ocampo, una hija que Adolfo tuvo por fuera del matrimonio con otra amante, María Teresa von der Lahr, una presunta costurera francesa. También, supo de Fabián Bioy Demaría, el otro hijo de su esposo con otra amante, Sara Josefina Demaría, una belleza de clase alta.

Esta última, debido a la muerte de su hijo en 2006, en la actualidad es quien posee parte de los derechos de las obras del escritor, compartiendo ese legado y algunas posesiones (apartamentos y fincas), con los hijos de Marta (nietos de Bioy Casares), la hija del autor que también murió en 1993, apenas veinte días después de su madre adoptiva. El mismo año, el mismo mes, Adolfo Bioy Casares perdió a las dos últimas mujeres de su vida.

En esa novela deben dedicarse muchos capítulos a la vida Silvina Ocampo, que no es menos interesante que la de su mujeriego esposo. Aparte de ser la hermana menor de una de las mujeres íconos de la cultura latinoamericana, es de paso una escritora exquisita con una obra amplia que contiene poesía, cuentos, novelas y traducciones que son objeto de culto para los lectores más exigentes.

Asimismo su vida íntima tiene muchos secretos apenas vislumbrados por algunos de sus más cercanos, el mismo Bioy Casares tal vez los conoció y guardó silencio mientras vivió. Entre esos secretos está la supuesta relación amorosa que mantuvo Silvina Ocampo con la poeta Alejandra Pizarnik, al respecto cuenta Alberto Giordano, “meses antes del suicidio, en enero de 1972, Pizarnik le escribe una carta donde le dice a Silvina que la ama ‘sin fondo’ y que querría tenerla desnuda a su lado leyéndole un poema”.

La receta del buen escritor

Solo en Argentina se podría hacer un estudio sobre la influencia de la industria láctea en literatura, de la misma forma que lo han hecho, por mencionar un par de casos paradigmáticos, con los efectos de la marihuana en la generación Beat de Estados Unidos y el Nadaísmo de Colombia.

No son pocas las veces que aparece el dulce de leche en la obra de Bioy Casares, ya en ‘El sueño de los héroes’ (1954), una novela en la que se desarrolla el tema de un sueño borroso que el protagonista insiste en realizar, salvo que al final se cumple con su propia muerte.

Al principio de esta historia, el doctor Valerga, un viejo cuchillero, cuenta de una partida de truco donde uno de los jugadores es un personaje obeso que come en exceso dulce de leche embarrado en panecillos, al final Valerga le corta la cara con una carta de naipe, porque descubre que el gordo estaba haciendo trampa en el juego.

En sus apuntes biográficos de ‘Descanso de caminantes’ (2003), Bioy Casares se toma el trabajo de revelar el secreto del famoso dulce de leche de su bisabuela:

"Receta industrial del famoso dulce de leche de La Martona, original de mi bisabuela Misia María Ignacia Martínez de Casares: 100 litros de leche 25 kg. de azúcar 40 gramos de bicarbonato. Cocinar revolviendo constantemente". 

También cuando piensa cuáles son las cosas que su país aportó a la humanidad, enumera: “¡los argentinos! Pensamos, qué suerte, qué prodigio, pertenecer a este país que produjo esta literatura, el tango, el dulce de leche”.

Bioy siempre consideró el dulce de leche como la representación de ese acto de fe que significa ser argentino, más que de lo que puede ser el mate. De cierta forma, su obra estuvo siempre determinada por la leche, se puede decir que su carrera como escritor empezó ese fin de semana en Rincón Viejo, la finca de su familia paterna, donde se reunió con Borges a redactar un folleto sobre las propiedades medicinales de la leche y recetas lácteas, allí afirmaban: “la leche cuajada, alimento de Matusalén”, tal vez por el poder de la leche es que la obra literaria de Adolfo Bioy Casares no muere. Esa es la receta para ser buen escritor.

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