Los caleños que se han convertido en 'ángeles' de los venezolanos

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Los caleños que se han convertido en 'ángeles' de los venezolanos

Julio 15, 2018 - 07:50 a.m. Por:
Felipe Salazar Gil - Reportero de El País
Los ángeles de los venezolanos en Cali 01

En la zona verde aledaña a la Terminal de Transportes los caleños han acudido con comida casera para repartirla entre los venezolanos y mitigar su hambre.

Foto: Raúl Palacios / El País

A orillas del río Cali se multiplican los panes. La zona verde aledaña a la Terminal de Transportes, en la Avenida 2N entre calles 25 y 31, que sirve como dormitorio a más de doscientos ciudadanos venezolanos que están varados en la capital del Valle, hoy es una gran despensa en la que en menos de 100 metros ocurre el milagro de la solidaridad, en tiempos de egoísmo e indolencia.

Allí no solo abundan por estos días los panes, sino también los porrones de agua, las libras de arroz, las gaseosas, los fideos, las latas de atún, las bolsas de fríjoles y lentejas y hasta los pantalones y las camisetas. Todo está guardado en una caja de cartón y más de diez bolsas de basura negras ubicadas en la mitad de lo que hasta hace dos semanas parecía un sitio de paso de viajeros sin suerte y hoy tiene pinta de campamento.

Los donativos son muestras cotidianas de solidaridad llevadas hasta ahí por los ángeles que los migrantes venezolanos tienen en Cali. Ellos los han visto. Y han hablado con los querubines.

Emily, una venezolana que por estos días vive en esta zona verde mientras encuentra cómo seguir su camino hacia el sur del continente, dice que le faltan dedos para contar a los caleños que le han dado la mano a ella y sus paisanos. “Los buenos samaritanos en Cali son muchos. Esta es la ciudad que mejor se ha portado con nosotros, porque nos ha dado todo lo que necesitamos para seguir buscando el camino”, dice.

Los ángeles de los venezolanos en Cali 02

Los donativos son muestras cotidianas de solidaridad de los ángeles que los migrantes venezolanos tienen en Cali.

Kevin Velázquez - videógrafo de El País

De acuerdo con los venezolanos asentados en la Avenida 2N, en los próximos días estaría movilizándose un grupo de más de 100 personas hasta Cali, para seguir camino a Ipiales.

Entre el oleaje de viajeros que camina de un lado a otro arrastrando sus maletas y afanes, los pasos de Limbania Hernández son cautelosos. Ella, de 69 años y casi 30 recorriendo los pasillos de la Terminal de Transportes buscando migrantes varados sin saber cómo seguir su camino, hace parte de la Pastoral de Migrantes, programa social de la Arquidiócesis de Cali creado para orientar a personas que abandonan sus tierras buscando tiempos mejores.

Dos veces al día recorre los tres pisos de la terminal que desde mediados del 2017 ha sido el sitio de paso obligado para los venezolanos que utilizan a Cali como un escalón en el descenso hacia Ecuador, Perú, Chile y Argentina.

En la ciudad, según el Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos, que hizo este año la Secretaría de Gestión del Riesgo de Desastres, están censadas 13.010 personas que ingresaron desde el 2017, cifra que representa el 79 % de los 16.572 vecinos registrados en todo el Valle del Cauca.

Explica Limbania que hasta el año pasado podían ir a la capilla de la Terminal ocho venezolanos en un día buscando ayuda para llegar a puerto seguro. Este año esa cifra es una séptima parte de los 56 vecinos que recibe en un turno.

Muchos de ellos son jóvenes que llegan solos, pero también hay familias de hasta seis personas que arriban con la ropa sucia y llenos de maletas, por lo que lo primero que hace al encontrarlos es registrarlos en una planilla, ofrecerles ropa limpia, un almuerzo, un refrigerio y una ducha en el comedor comunitario que inauguraron la Secretaría de Bienestar Social y la Arquidiócesis de Cali en marzo de este año, a solo tres cuadras de la Terminal.

La empatía de Limbania con los viajeros sin suerte va más allá de escuchar sus desdichas o llorar con sus tragedias. Ella es el enlace que les ayuda a regatear el costo de los boletos con los despachadores o conductores de las empresas de buses, a quienes ella define como otros ángeles. Su última gran gesta fue hace dos semanas, cuando ayudó a movilizar en una buseta a 18 venezolanos -que tenían justo la mitad para pagar su pasaje- hasta Ipiales por $700.000, un viaje que usualmente habría rozado el millón de pesos.

“Mi felicidad es poder servir y esa es una bendición que se multiplica”, asegura con una sonrisa tímida pero sincera.

Alrededor de 90 personas diarias están siendo atendidas en el comedor habilitado por la Arquidiócesis de Cali y la Secretaría de Bienestar Social en el norte de la ciudad.

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Con el caldo que quedó en la olla luego de sudar una pata de res inició todo. A Carlos Humberto, el padre de Jahel Figueroa, una periodista radial de la ciudad, le encanta comer ese plato. Un domingo, hace ya un mes, sobraba sustancia en la vasija y, como la comida no se bota, entre varios le agregaron papa, vísceras, hierbas. Quedó lista una sopa de ‘cuantohay’, como diría Carmen Lyda, la madre de Jahel.

Ese mismo día repartieron 20 caldos de ‘cuantohay’ a venezolanos que se encontraron a la deriva en la terminal. Desde entonces, la ayuda no ha parado. Todos los domingos, luego de recoger donaciones de alimentos y prepararlos en la casa de sus padres o de un conocido, Jahel distribuye, junto a familiares y amigos, entre 50 y 60 almuerzos a los migrantes que se recuestan sobre el río Cali.

“La Alcaldía da almuerzos de lunes a viernes, pero los sábados y domingos también da hambre. Ayudar es un deber cristiano. Por eso, además de llevarles alimentos, les damos una charla espiritual, cívica y social para que no pierdan la fe, conozcan sobre nuestra ciudad y la cuiden mientras están aquí”, dice Jahel.

Cuenta la comunicadora que sus lazos y los de su familia con Venezuela se remontan al 7 de agosto de 1956, cuando el estallido de seis camiones cargados con dinamita dejó más de 4000 muertos y arrasó 41 manzanas en el centro de Cali, entre ellas la calle en la que vivía. Entonces, para ayudar a levantar de las cenizas a la ciudad, el gobierno venezolano construyó un edificio con su nombre en el Norte para ubicar a los damnificados. Eso, el agradecimiento, hoy la mueve darle la mano a quienes en algún momento hicieron lo mismo con los colombianos.

Los ángeles de los venezolanos en Cali 03

En el campamento de los venezolanos se concentran más de 200 personas.

Foto: Raúl Palacios / El País

Este sábado el grupo ‘Angeles por Colombia’ realizó una brigada de vacunación con 140 venezolanos que estaban en el campamento de la Avenida 2N. Les inyectaron biológicos contra la fiebre amarilla, tétanos, influenza, hepatitis, entre otros.

Las ayudas al campamento de la Avenida 2N entre calles 25 y 31 llegan todo el día. Camilo, un motorista de bus, les llevó cinco libras de arroz; Juliana, una estudiante universitaria, les regaló cuatro porrones de agua potable; ‘Zeta’, locutor de Tropicana, les llevó una silla de ruedas y pañales que donaron los oyentes; Nelson, un vendedor de supermercado, les entregó una bolsa con diez pantalones para hombre; Byron y Bryan, comerciantes del Centro, les compartieron emparedados y gaseosa.

Yannis Guevara, una paramédica que llegó el pasado martes a Cali procedente de Barcelona, capital del estado Anzoátegui (Venezuela), también tendió la mano a sus hermanos. El miércoles, a solo horas de haber desembarcado, se armó con una libreta, un bolígrafo, su estetoscopio y su tensiómetro. Fue a la zona verde del costado de la Terminal a revisar a los que estaban más enfermos.

Allí alcanzó a revisar a veinte personas con infecciones estomacales, alergias, virosis. “Una señora tiene la presión en 180 milímetros de mercurio, cuando lo normal es tenerla en 120 milímetros de mercurio. Uno siente impotencia porque en Venezuela lo teníamos todo y ahora no hay ni con qué comprar un medicamento para aliviar una gripa ni allá ni acá en Cali”, dice esta exfuncionaria de Petróleos de Venezuela, quien salió de su país junto a su hija de trece años porque ya no le alcanzaba el sueldo para pagar un pedazo de jamón por el que le cobraban 2,5 millones de bolívares.

Darío, un espontáneo que les dejó tres mercados el pasado jueves en la mañana, dice que los ángeles de los venezolanos son muchos y que podrían ser más, pero “la gente desconfía o no sabe cómo o a quién entregarle las cosas y hay mucho avivato que se puede aprovechar”.

Paradójicamente, la generosidad de los caleños trae consigo el desperdicio. Según la vocera de la Pastoral de Migrantes, Lina Rojas, los venezolanos estarían comiendo más las cosas que les llevan los caleños al campamento de la Avenida 2N que los alimentos que les preparan en el comedor oficial.

“Hasta hace dos semanas atendíamos 140 personas en un día, pero ahora solo llegan 90 migrantes. Las ayudas que están recibiendo son buenas, pero tanto allá como acá se está desperdiciando comida. La solidaridad hay que saberla canalizar para que sea efectiva para los que más la necesitan”, comenta Lina, quien al igual que Limbania ayuda a los venezolanos a gestionar los pasajes hasta la frontera a mitad de precio para que puedan continuar su camino. 

Desde esta semana, para ayudar a movilizar a los venezolanos que están varados en la ciudad, Migración Colombia y la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, iniciaron los traslados gratuitos hasta Ipiales de los vecinos que, voluntariamente, quieren seguir rumbo al Sur. Más de trescientas personas fueron transportadas en tres viajes hasta el puente internacional de Rumichaca. Allí, a lo mejor, tropiecen con otros ángeles que alivien el éxodo.

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Para entregar ayudas

Las ayudas masivas, e informales, que hacen los caleños a los venezolanos han provocado un daño colateral en el servicio que se presta en el comedor comunitario habilitado por Bienestar Social y la Arquidiócesis de Cali.

Según la vocera de la Pastoral de Migrantes, Lina Rojas, en el comedor que empezó a funcionar hace algunos meses la afluencia de los venezolanos ha caído sustancialmente debido a los alimentos que les están proporcionando en la calle.

“No podemos dejar que se continúe desperdiciando la comida. Cali es muy solidaria, pero es bueno que la gente colabore de una forma en la que las ayudas lleguen a todos los venezolanos de una forma segura y siguiendo un conducto regular”, afirma la líder.

Ante esto, Rojas hizo un llamado para que las ayudas de comida, ropa, elementos de aseo y demás artículos se hagan llegar a esta población a través de la Arquidiócesis de Cali, con el fin de optimizarlas.

Las donaciones se puede coordinar a través de los teléfonos 3367012, 3224968936, de la Pastoral de Migrantes; también se pueden llevar al centro de acopio Betania, en la Calle 42N # 1N - 37. Asimismo, se pueden hacer donaciones a la cuenta de ahorros del Banco de Occidente número 001905439, a nombre del Centro Arquidiocesano del Migrante.

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