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Junio 24, 2018 - 06:45 a. m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Finaliza la primera semana después de unas elecciones donde recibimos valiosas enseñanzas que ya estamos desperdiciando, porque somos un pueblo de decisiones cortoplacistas y una asombrosa miopía a la hora de mirar hacia el futuro.

Lo primero sea decir que la Derecha no se impuso sobre la Izquierda con el triunfo de Iván Duque. Ni la Izquierda fue derrotada. Reconozcamos, eso sí, que una importante parte de los electores estaba en contra de los políticos y detentadores tradicionales del poder.

Gustavo Petro tampoco tuvo ocho millones de devotos y leales seguidores. Buena parte de esa ‘tropa’ estaba conformada por personas que veían en Duque el continuismo, por antiuribistas que prefirieron no votar en blanco y por muchos electores que no querían poner en riesgo el proceso de paz. No votaron por Petro; votaron contra el uribismo y los nada confiables políticos que rodeaban a Duque.

El propio Petro, como buen colombiano, en su discurso de no aceptación de la derrota (“perder es ganar un poco”) saltó como un resorte a animar malquerencias que ya no le lucen. Para Petro solo los ocho millones de colombianos que votaron por él son ciudadanos libres, decentes y ‘humanos’. Se equivoca: no regenta el petrismo monopolio alguno. Ni de la ciudadanía, ni de la libertad, ni de la decencia. Es una opción política respetable, que debería practicar ese respeto con quienes no comparten sus tesis.

Oír a Petro hablando de que se lanza a respaldar la elección de alcaldes ‘humanos’ y gobernadoras ‘humanas’, empieza a mortificar. Bien haría el líder de la oposición en comenzar a reconocer que hay ‘humanos’ relevantes más allá de las filas de su eugenésica concepción del país. La peor derrota es desconocer el valor de las ideas ajenas.

Tremenda salida en falso la de sugerir que votaron honestamente en los departamentos de la Costa donde ganó y que en los demás sus “obreros alados” vendieron el alma y el voto al diablo. Fatal conclusión: solo son rectos y ‘humanos’ los costeños cuando votan por Petro; cuando no, flotan en las letrinas junto a la corrupción.

Olvida Petro que hay una masa enorme de gente que no corre, cual borregos, tras los caudillos, sean nuevos o tradicionales. Colombianos que no participan en actividades partidistas, porque desconfían de las maquinarias, y que apoyan las propuestas que les parecen pueden pasar de la labia populista a la tierra firme, generando bienestar. Ni uribistas, ni petristas.

Desde ese punto de vista, Duque comenzará a gobernar el 7 de agosto. Pero ese día sucederá algo no menos clave: quiéralo él o no, inaugurará una poderosa fábrica, que durante cuatro años, dependiendo de las decisiones que tome, ensamblará ciudadanos satisfechos o ciudadanos inconformes.

Día y noche, la factoría estatal funcionará, y de ella depende que en cuatro años esos ocho millones de votos de Petro, líder opositor, se fortalezcan o desdibujen. Las verdaderas revoluciones son las que garantizan salud, educación, alimento e infraestructura a la gente, y saben colgar de sus ambiciones a los corruptos.

No se necesita de Duque para hacer un mal gobierno. De la misma manera en que no se requiere de Petro para garantizar uno bueno. Ni Petro es la fuente de la ‘humanidad’, ni Duque el garante de la prosperidad. Políticos: trabajen. Y no roben. La fórmula es sencilla: menos palabrería barata, menos odios y más resultados.

***

Ultimátum.
Hay quienes sostienen que tres personas le producirán al presidente Duque aterradoras jaquecas: Petro, Uribe y Marta Lucía.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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