Él es monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali y amigo de la reconciliación

Él es monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali y amigo de la reconciliación

Noviembre 18, 2018 - 11:40 p.m. Por:
Lina Torres Madriñán, especial para El País
Monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali

El pasado jueves, monseñor Darío de Jesús Monsalve, celebró una eucaristía en el Santuario del Señor Jesús de la Divina Misericordia, del Barrio El Pondaje, cuando cumplió 25 años de episcopado.

Foto: Raúl Palacios / El País

Fue el único de diez hermanos que no se casó. Sentado en la amplia sala de la casa antigua donde vive al sur de Cali, comenta entre risas, que no estaba llamado a unir su vida con otra persona, no porque no tuviera corazón para amar, sino porque su verdadera vocación de vida era seguir los pasos de Cristo. “Sentí que mi vida debía ponerla a disposición de todos”.

Desde niño le llamaron la atención las labores de los párrocos de su pueblo natal en Antioquia, su manera de servir y su entrega a la comunidad. Y hasta su nombre, Darío de Jesús Monsalve, parecía predestinarlo a lo que sería: un fiel seguidor de los pasos de Jesús.

Ese aprecio por las prácticas religiosas y su vocación de servicio lo llevaron a ser sacerdote hace 42 años y hace 25 fue nombrado obispo.

Este cuarto de siglo como arzobispo los celebró con una eucaristía muy emotiva el pasado jueves, en el Santuario Señor Jesús de la Divina Misericordia, en el barrio El Pondaje, oriente de Cali, al lado de más de 400 personas, entre las que se encontraban varios miembros de su familia.

Darío de Jesús Monsalve nació en el municipio de Valparaíso, diócesis de Jericó, Antioquia, en 1948, año del Bogotazo, época en la que se iniciaba el periodo de la violencia en el país, con la guerra que parecía casi interminable entre liberales y conservadores.

Hijo de padres campesinos, creció en el seno de una familia muy numerosa con crianza católica. Su vida familiar sigue siendo para él un grato recuerdo, pues tiene muy presente la finca donde vivió, a su madre luchadora, que se sacrificaba por sus hijos y la figura de su padre, quien fue maestro y auxiliar de la escuela radiofónica, Radio Sutatenza.

“Fui su alumno. Hice el aprendizaje inicial de lectura, escritura, matemáticas y de las cosas básicas por esa escuela radial”, comentó Monseñor.

En una mesa ubicada en el pasillo cerca a su habitación de oración tiene una fotografía en blanco y negro, de cuando tenía 12 años. La señala mientras sonríe y comenta que a esa edad tomó la decisión de iniciar su formación sacerdotal en el Seminario Menor de Jericó. Una determinación por la que nunca recibió un reproche por parte de sus padres.

“Cuando inicié, a algunos parientes y allegados les daba un poquito de inquietud, porque yo era un campesino de familia humilde, y más en esa época, donde pesaba mucho a qué partido uno pertenecía. Por ejemplo, mi papá, que era liberal, recibía comentarios como que un hijo suyo no podía ser cura, pero fuera de eso la gente miraba muy bien que yo fuera sacerdote”, relató.

Su idea de seguir en el camino religioso tuvo mucho que ver con una pregunta que le hicieron cuando cursaba cuarto de primaria, un interrogante que para él marcó su vida.

“Una vez el obispo Augusto Trujillo Arango, que acababa de llegar a esa diócesis, visitó mi escuela y dijo: ¿Quién de ustedes quiere ser sacerdote?, respondí que yo y me dijo: ¿por qué? ‘Porque Dios lo quiere y la gente me necesita’, respondí, y así comencé toda esta historia”, manifestó.

Su entrega al servicio y a la vida religiosa lo llevaron a su “primer amor”, como él llama a su primera parroquia en el suroeste antioqueño en 1976, año en el que se ordenó como sacerdote, a la edad de 29 años.

“En ese momento me sentí muy contento de poder ser un buen cura. La parroquia quedaba en una zona montañosa y uno tenía que hacer grandes caminatas o montar a caballo para poder llegar hasta donde la gente estaba. En esa comunidad había más de cuatro mil personas campesinas a las que yo apoyaba, acompañaba y organizaba en pro de trabajar para su convivencia, desarrollo y su paz”, señaló el religioso.

Se preparó en filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín; en teología, en la Universidad Javeriana de Bogotá y licenciatura en teología bíblica, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Cuando llevaba 17 años de sacerdocio, en 1993 recibió una carta del papa Juan Pablo II, a través del nuncio apostólico Paolo Romeo, quien hoy es cardenal emérito de Palermo, Italia. En ella le anunciaba que había sido elegido como obispo auxiliar de Medellín.

“Yo sentía alegría por la confianza del Papa, pero también el susto de mi propia fragilidad para asumir esa tarea y un poco de temor de concentrar mi vida en ese servicio de obispo”, resaltó el devoto de la hoy santa Madre Laura.

Estuvo prestando sus servicios por ocho años en la capital antioqueña. Le tocó observar la muerte del narcotraficante Pablo Escobar desde la terraza de su casa; ver numerosas masacres y la ola de violencia por la que atravesaba la ciudad en esa época.

“Experimenté todos esos tropeles de balaceras y de muertos que siempre me han escandalizado y dolido mucho. Debido a eso, sentí la necesidad o ese llamado de no solo ser obispo sino también de comprometer mi vida por la defensa de la vida de la comunidad, para trabajar por la paz y la transformación de la sociedad”, dijo el arzobispo.

Hombre de paz y reconciliación

Con la calidez y la alegría que lo caracterizan cuando habla, rememoró sus labores en la Ciudad de la Eterna Primavera y de sus nueve años como obispo en Málaga, Santander. En el 2011 una carta del papa Benedicto XVI le anunció que sería Arzobispo de Cali.

“Eso fue un 26 de mayo, día del nacimiento de la madre Laura Montoya, a la que yo le tengo particular afecto. Ese día me llamaron de la Nunciatura, leí la carta y me impresioné mucho”.

En Cali, sus allegados lo describen como un hombre de paz, reconciliador, bondadoso y muy cercano a la gente. Entre ellos se encuentra el padre José González, quien ha trabajado con él desde que fue nombrado sucesor de monseñor Juan Francisco Sarasti.

“Él trabaja y fortalece tres puntos muy concretos en nuestra iglesia de Cali: la evangelización, la reconciliación y la familia. Es muy comprometido con sus labores, a él le preocupa mucho la gente que sufre, los secuestrados, la gente marginada y por ellos se mete hasta donde sea posible para lograr convenios, para hacer de mediador, aunque a veces eso le ha traído dificultades”, señaló el padre González.

Las labores de Darío de Jesús Monsalve a veces se tornan difíciles. Ha tenido que enfrentar varios señalamientos por parte de la opinión pública, de periodistas, políticos y abogados. Algunos lo llaman polémico o que le gusta llevar la contraria, a lo que él responde con templanza que no le gusta “tragar entero” y que le gusta ver la otra cara de la moneda.

Un ejemplo de ello, fue en el 2016, en vísperas del Plebiscito por la Paz, desató una polémica cuando expresó su apoyo al Sí.

“Dije una frase que no me la perdonarán, pero yo no me he arrepentido de haberla dicho. Dije que todo ciudadano honesto dará su voto por el Sí a los acuerdos con las Farc. Porque la paz y la protección de la vida no pueden tener esguinces, yo soy de ese criterio y no admito rasgaduras en la protección de la vida humana y en la construcción de paz”, comentó.

Fiel amigo de la reconciliación, muchos lo han llamado ‘artesano de la paz’ por intervenir en los diálogos de pacificación del país o por ser mediador, pero varios sacerdotes no han estado de acuerdo con su conducta.

“Yo sé que tengo muchos francotiradores, que ya sabemos en qué puesto están y de dónde provienen, comenzando por algunos del clero de esta Arquidiócesis y que ahora están retirados. Eso es lo más doloroso, que dentro de la casa se inventan las mentiras y las desinformaciones”, expresó el religioso.

El líder de la iglesia católica caleña siempre se muestra conciliador ante cualquier situación. Al no tolerar las injusticias o los ataques engañosos, expresa risueño que se vuelve “peleadorcito”. A pesar de las dificultades, ama toda su labor, en especial el contacto con la gente.

Su secretario privado, el padre Diego Guzmán, manifiesta que, aunque a Monseñor le ha tocado librar fuertes batallas, es un hombre que sabe causar impacto, hacer crítica social, que no tiene miedo de expresar lo que piensa.

“Aunque Darío de Jesús Monsalve maneja una diócesis tan grande como la Arquidiócesis de Cali, y a pesar de que ha tenido que enfrentar dificultades muy grandes, temas que son difíciles de asumir, es un hombre que no pierde la paz. Es inteligente, siempre lo ve uno sereno, trata de asumir las cosas con optimismo, con el mejor ánimo posible, eso es algo que le he aprendido mucho a él”, expresó el padre Guzmán.

Con buen humor y mientras se acomodaba el Cristo de plata que lleva colgando en su cuello, cuenta Monseñor que lo definen tres palabras: alegre, trabajador y amistoso, que es amante de la lectura y que le gusta inaugurar su día leyendo noticias.

También le encanta el fútbol. Con un “perdónenme”, entre risas, reveló que es fiel hincha del América de Cali. También le gusta nadar y usa la caminadora cada vez que puede.

Su hogar está lleno de recuerdos, fotografías de los papas Juan Pablo II y Benedicto XV; de sus padres, cuando tuvo el honor de celebrarles sus bodas de plata siendo sacerdote; un retrato de la Madre Laura y dos cuadros de la Virgen de Guadalupe. Uno de ellos fue un obsequio de presidiarios de la Cárcel Villahermosa.

Lo más difícil de su labor episcopal

Monseñor señaló que para él su gran dificultad es “transmitir la experiencia de Dios, de Jesucristo y la fe”, lo que califica como un desafío que vale la pena afrontar.

“Yo me siento muy satisfecho de haber permanecido fiel a esta vocación y haberme sentido siempre feliz. Nunca he sido un cura amargado, aburrido, desentendido de la labor o negligente, no soy el mejor, pero he sido un hombre que ama lo que es y lo que hace. Me siento muy satisfecho de haber sido coherente en la defensa de la vida humana. Yo no doy el brazo a torcer en eso, aunque me traiga dificultades”, concluyó monseñor Darío de Jesús Monsalve.

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