De la calle a las aulas: historias increíbles que le devuelven la esperanza a Cali

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De la calle a las aulas: historias increíbles que le devuelven la esperanza a Cali

Septiembre 16, 2018 - 07:55 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos - editor Unidad de Crónicas de El País
De la calle a las aulas: historias increíbles que le devuelven la esperanza a Cali 01

El programa Francisco Esperanza es desarrollado por 43 tutores. Actualmente se benefician 660 jóvenes, que asisten a 11 casas.

Foto: Bernardo Peña / El País

El muchacho aún le da gracias a Dios por haber asaltado a una monja. Si no fuera por ese atraco, está seguro, apenas le hubieran quedado dos opciones: o estaría en la cárcel o en una tumba.

La hermana franciscana Alba Stella Barreto recuerda el robo con todo detalle. Ella iba caminando por un barrio del Distrito de Aguablanca que prefiere no mencionar para no estigmatizarlo como peligroso. Llevaba un bolso.

De repente sintió que alguien de atrás le jalaba la cartera como si pretendiera reventarla. Cuando se volteó vio a un jovencito y a un niño armados con un cuchillo de carnicero. Una vez tuvieron el celular de la monja en su poder, corrieron como alma que lleva el diablo.

La hermana, más que asustarse, se extrañó. Los muchachos del barrio le prometieron que con ella y el resto de los integrantes de la Fundación Paz y Bien jamás se meterían. Por eso se visten con una camiseta azul. Es la prenda que distingue al “ejército”- así lo llama la hermana – de Paz y Bien en Aguablanca.

Cuando la monja se encontró con un parche en una esquina, les preguntó por los que la habían robado. Los muchachos no le supieron dar respuesta. No los conocían. “Seguramente es gente nueva, porque a usted acá nadie la agrede”, le dijo uno.

La hermana Alba Stella no sabe qué sucedió, pero dos días después quienes la habían atracado llegaron a su casa para disculparse. Le preguntaron si hacía justicia restaurativa con ellos. A la hermana le dio risa. Eran ellos los que debían implementar la justicia restaurativa con ella, la víctima. Pero dijo sí.

Los citó al siguiente día a las 9:00 a.m. Al encuentro habían reunido a todo el barrio. La hermana dijo que la justicia restaurativa no se hacía de esa manera, como si se tratara de espectáculo. Pidió una casa prestada, y, en la sala, se reunió con los dos “infractores” (jamás los llama ‘victimarios’).

– ¿Por qué me robaron? -, les preguntó.

El mayor dijo que había sido una orden de un nuevo líder del barrio, que no quería que ella trabajara en la zona con el resto de jóvenes. Con el robo pretendían asustarla para que se fuera. La hermana volvió a sonreír. Les recordó que nació en una tierra donde las mujeres tienen un carácter a prueba de cuchillos y otras amenazas: Bucaramanga. Además, el Distrito de Aguablanca es su casa como para irse así no más. Hace 30 años vive allí.

Para hacer “la restauración”, continuó diciéndoles a los infractores, había que empezar por ingresar al programa Casas de Restauración Juvenil Francisco Esperanza que lidera desde hace 18 años, con el que busca prevenir que los jóvenes ingresen a pandillas y bandas criminales o recuperarlos para la sociedad si ya forman parte de esos grupos.

Los muchachos aceptaron. Como se debían hacer unas obras en una casa, la hermana les prometió pagarles si ayudaban con los trabajos. Una parte de la remuneración, eso sí, se iba para una alcancía. Así reunirían el dinero que costaba el teléfono que le habían hurtado; la reparación del delito.

Cuando terminaron de reunir la plata al cabo de unos meses, los muchachos le llevaron contentos una publicidad de una empresa de telefonía para que escogiera celular. Ella los miró con ternura y señaló uno acorde al precio del que tenía antes, pero exigió que debían traer el teléfono con la respectiva factura. Así se hizo.

Después de tres años en el programa Francisco Esperanza, el jovencito que cometió el hurto es hoy un ingeniero de sistemas. Entonces le da gracias a Dios por habérsele ocurrido robar a la hermana, pues de no haberla conocido, seguramente hubiera corrido con la misma suerte del niño que participó en el robo: se desvinculó de Francisco Esperanza y unos meses después lo asesinaron. Luisito, le decían.

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Uno de los ejercicios de los tutores de Francisco Esperanza: tomar el pulso de quien está al lado, una manera de ponerse en sus zapatos, reconocerlo.

Foto: Bernardo Peña / El País

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Entre las víctimas del avión de American Airlines que se estrelló en un cerro de Buga el 20 de diciembre de 1995 estaba Francisco Hope. Cuando su primo, Alejandro Éder, le contaba la historia a un grupo de muchachos del Distrito de Aguablanca, ellos le pidieron que repitiera el apellido.

– ¿ Francisco qué?

– Hope. Como esperanza, en inglés.

– ¡Nosotros nos queremos llamar así! Francisco Esperanza – dijeron.

Así se hizo. En las 11 casas donde se desarrolla actualmente el programa Francisco Esperanza hay un afiche con la foto de Francisco Hope, que para los muchachos, dice la hermana Alba Stella, se ha convertido en una especie de protector espiritual.

El programa se empezó a gestar en 1999, cuando el Banco Mundial invitó a 12 líderes de Colombia a Irlanda del Norte para que conocieran el modelo de justicia restaurativa implementado tras el fin del conflicto armado entre protestantes que pretendían preservar lazos con el Reino Unido, y los católicos que propendían la independencia.

El país permaneció en guerra desde el 8 de octubre de 1968 hasta la firma del Acuerdo de Viernes Santo el 10 de abril de 1998. En 1999, gracias a la invitación del Banco, la hermana Alba Stella recorría las casas de justicia restaurativa de la capital, Belfast.

Se trata de una justicia para delitos menores – robar una bicicleta o una gallina, quebrar un vidrio, hacerle una maldad al perro del vecino, un insulto, - y el objetivo es recomponer el tejido social; restaurar las relaciones en una comunidad después de un encuentro entre el infractor y la víctima, hacer unos acuerdos para reparar el delito, y reintegrar al agresor a su entorno. Que no lo miren más como un ladrón o un tipo problemático sino como un miembro de la sociedad que no tiene por qué temer venganza alguna por lo que hizo.

Cuando la hermana regresó a Colombia con la urgencia de aplicar lo aprendido en Irlanda del Norte y pacificar al país, o por lo menos a Cali y al Distrito de Aguablanca, le sucedieron tres acontecimientos inesperados pero provechosos, dice.

Primero, los muchachos de la pandilla El Palo del barrio Marroquín II le hicieron una encerrona ‘amable’. La citaron a una casa en la noche – ella, santandereana, fue – y le dijeron que como era posible que trabajara con todo el mundo en la comunidad, con las madres cabeza de hogar y con los niños, y con ellos, los jóvenes, ¿qué? “También queremos tener un lugar dónde reunirnos a trabajar”.

Mientras tanto la hermana buscaba apoyos para replicar el modelo de justicia restaurativa. Fue a la Casa de Justicia del Distrito y enseñó el modelo, pero le dijeron no. Entonces se le ocurrió ir donde el decano de humanidades de la Universidad Javeriana, en ese entonces Antonio De Roux, y le explicó la iniciativa. Unos días después De Roux le dijo que contara con la universidad. Diana Britto y otros profesores se pusieron a la orden de la hermana.

En lo uno y en lo otro Alejandro Éder Garcés, especialista de políticas de seguridad y resolución de conflictos, hace unos años director de la Agencia Colombiana para la Reintegración, llegó a la Fundación Paz y Bien para proponerle a la hermana financiar un programa de su propio salario y recursos, con la única condición de que fuera destinado a jóvenes como su primo Francisco Hope, fallecido en el accidente de American Airlines.

Fue así como en el año 2000 las Casas de Restauración Francisco Esperanza abrieron sus puertas. Tras 18 años el programa es reconocido como el modelo pionero en Colombia en la implementación de la justicia restaurativa como herramienta para recuperar jóvenes que en principio no tenían nada más que hacer que permanecer en una esquina mientras maquinaban qué quitarle al vecino o amedrantaban a los que de otro barrio visitaban el suyo.

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La hermana Alba junto a los tutores y egresados como Brayan Perlaza (camisa a cuadros). Cuando empezó el programa, asistían adolescentes de 16 años. Hoy se debe trabajar incluso con niños de 8 años.

Foto: Bernardo Peña / El País

La capitana Marcela Narváez, jefe del Grupo de Protección a la Infancia y Adolescencia de la Policía de Cali, dice que en los primeros 9 meses de este 2018 en la ciudad han detenido 613 menores de edad por delitos como homicidios, atracos, porte ilegal de armas, microtráfico de drogas. Eso quiere decir que, en promedio, todos los días capturan a dos menores; la cantidad de jóvenes que se requerirían para conformar 55 equipos de fútbol o llenar 25 aulas.

Las estadísticas confirman lo que la hermana Alba Stella ha venido denunciando, aunque sospecha que no la escuchan. Por lo menos no en el Estado: la violencia en Cali la están generando en un alto porcentaje los menores de edad.

Las estadísticas de la Policía dicen por ejemplo que cada vez las mujeres participan más en delitos. 60 mujeres menores de 18 han sido capturadas este año. Los muchachos, más que pandillas, forman parte de bandas criminales que los dotan con celular de alta gama, una moto a los mayores de 15, un salario que para un niño es un montón de plata: $1.200.000.

En el Distrito de Aguablanca se les ve en las calles todo el día, pero a eso de las 8:00 p.m. se reúnen a armar combos que hacen que los vecinos se encierren. Saben que a los muchachos les da por hacer guerra de piedras, o de palos, y ahora de camisetas: mojan una camiseta, envuelven una piedra en ella, y se van a agredir a combos de otra zona.

A la hermana Alba un miembro de una ONG internacional que vio todo ello le advirtió que si Cali no le daba prioridad a los jóvenes del Distrito, en poco tiempo el oriente lucirá como una favela donde para entrar hay que pedirle permiso a niños de 10 años armados. Ella lo dice una y otra vez pero tiene esa sensación de no ser escuchada, por lo menos no por el gobierno. En todo caso continúa haciendo lo suyo.

En las once Casas de Restauración Francisco Esperanza, ubicadas en las Comunas 14, 15 y 21 de Cali (barrios como El Retiro, Llano Verde, Mojica, Potrerogrande, La Pradera, Siloé) y también en Palmira, se reciben “jóvenes de alta vulnerabilidad”. Actualmente hay 660; 60 por cada casa.

Son ellos los que han buscado el programa, no al revés. Muchachos que están en pandillas, o en bandas, o en familias con familiares en esos asuntos. En las Casas Francisco Esperanza les hacen una promesa: “No nos interesa castigar a nadie. Nos interesa sanar vidas”.

La hermana sabe que algunos la llaman ‘la más alcahueta del Distrito’, pero se encoge de hombros. Su objetivo es sanar, no castigar, insiste. Es algo que aprendió del clérigo Desmond Tutu – premio nobel de paz en 1984 tras su lucha contra el Apartheid - cuando lo visitó en África.

Sin embargo para que los muchachos ingresen a las casas de Francisco Esperanza pasan algunos meses. Primero se hace un trabajo en la calle que consiste en generar confianza y establecer acuerdos. Nadie puede ingresar a una casa Francisco Esperanza armado. Nadie puede ingresar drogado, ni entrar droga. Nadie puede agredir al otro. Y todos deben estar bien vestidos, nada de ir por ahí en chanclas.

Ya en la casa los muchachos cuentan su historia de vida, o la dibujan, o la representan. Sobre esa historia se comienza a trabajar el proyecto de vida. Los muchachos tienen un cuaderno llamado ‘el libro de los sueños’ y efectivamente sueñan y trabajan para que lo que escriben ahí se cumpla. Entre los egresados hay muchachos trabajando en Panamá o en Francia, estudiando en las universidades, reconocidos como los mejores empleados en empresas de la ciudad.

Jhon Edward Montaño, uno de los egresados, cuenta que su anhelo de ser futbolista ya no va a poder concretarse por una lesión de rodilla, pero será periodista. El próximo año entrará a la Universidad del Valle.

Por ahora trabaja con otros compañeros de Francisco Esperanza para, a través del fútbol callejero, replicar el modelo de justicia restaurativa.
En los torneos que ayuda a organizar Jhon Edward los que no se pueden ver en el barrio se juntan en un mismo equipo y no gana el que haga más goles sino el que cumpla las reglas establecidas.

Fue a través del fútbol y el programa de Francisco Esperanza que en su barrio, Quintas del Sol, mermó la violencia. Los muchachos de las pandillas se juntaron en un equipo, viajaron a Medellín para jugar un torneo, allá se hicieron tan amigos que dormían casi todos en una misma habitación, lo que hizo que las barreras invisibles se derrumbaran. En los próximos días John Edward viajará a Perú para mostrar cómo el fútbol y la justicia restaurativa pueden ayudar a la convivencia de una sociedad.

Pese a esos esfuerzos, Nelly Núñez, la coordinadora de Francisco Esperanza, se angustia. Todos los días ve noticias sobre la violencia disparada de esta ciudad. A veces piensa que lo que hacen con el programa no se nota. Aunque siempre llega a la misma conclusión: si la hermana Alba Stella Barreto y el resto de integrantes de Paz y Bien no lo intentaran, todo sería peor.

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La hermana Alba Stella Barreto sabe que algunos la llaman ‘la más alcahueta del Distrito’, pero su objetivo es sanar, no castigar, insiste.

Álvaro Pío Fernández - videógrafo de El País

Una justicia para sanar vidas

Brayan Perlaza tiene 22 años y dice que puedo escribir su nombre completo en el periódico. “Soy un personaje público”, explica. Bailarín, para ser exactos.

Brayan es un muchacho del barrio Mojica del Distrito de Aguablanca, y alguna vez no tuvo nada más para hacer después del colegio así que siempre lo tentó la posibilidad de juntarse con un algún parche, con alguna pandilla. Sin embargo, reconoce, fue gracias al programa Francisco Esperanza que no llegó a integrar esos grupos.

“Gracias al programa me dieron oportunidades que supe aprovechar. Me brindaron talleres culturales, de autonomía, de justicia restaurativa, capacitaciones sobre la educación sexual. Y por formar parte del programa pude viajar a Estados Unidos. Hicimos una gira de presentaciones de baile, que se llamaba ‘Danza por la tolerancia’, una iniciativa respaldada por la fundación AlvarAlice. Llevar nuestra experiencia a otras fronteras. También fui a Incolballet, me presenté en la Plaza de Toros frente a 2000 personas, en fin: el programa hizo cosas grandes en mi vida. No estoy en una esquina drogándome, sino que le aporto a mi comunidad enseñando a bailar y replicando el modelo de justicia restaurativa. Es mi vocación”.

Brayan hace todo aquello a través del grupo de danza Raíces Afro y de Street Dance, una agrupación de bailes urbanos. Muchos de sus amigos han preferido seguirlo en las pistas de baile que quedarse en una esquina consumiendo drogas. En parte, como la hermana Alba Stella, su propósito es rescatar a quien pueda de un destino dedicado a la violencia, matar como una empresa. A algunos de sus amigos de infancia ya los asesinaron, dice Brayan, pero lo sigue intentando. “Sigo bailando”. La paz, es cierto, es una búsqueda paciente.

Una justicia para sanar vidas

La justicia restaurativa (según uno de sus expertos, el profesor John Braithwaite) se define “como un proceso en el cual todas las personas afectadas por una injusticia tienen la oportunidad de discutir cómo han sido afectadas por ella y decidir qué debe hacerse para reparar el daño. En un proceso de justicia restaurativa se intenta que la justicia sane. Por ello, algo central en el proceso son las conversaciones entre aquellos que han sido dañados y aquellos que han infligido el daño".

Es lo que intenta el programa Francisco Esperanza. Con los muchachos que hacen parte del proceso organizan actividades en la comunidad: presentaciones artísticas, limpiar una cancha, un torneo de fútbol.

Cuando la gente ve a los jóvenes haciendo cosas positivas por su entorno, dice Nelly Núñez, la coordinadora del programa, cambia su mirada sobre los muchachos y comienzan a sanarse las relaciones entre todos. “Lo que buscamos con estas intervenciones es que la comunidad se hable, se conozca. En el Distrito hay mucho miedo, mucha desconfianza con el otro”.

A través de Francisco Esperanza en el Distrito también se hace algo llamado ‘Círculo de vecinos’. Cuando hay un bochinche, facilitan las casas para que los implicados se puedan ver, decirse lo que se tengan que decir, y establecer acuerdos de no agresión, todo bajo la supervisión de los tutores del programa.

“Un conflicto como tal no es algo negativo. Lo negativo y lo que no se puede permitir es que por un conflicto se atente contra la integridad del otro, contra la propiedad, quebrándole un vidrio, incendiando su carro o matándole al perro. Todo eso que se presenta con frecuencia en los barrios de algunas zonas de la ciudad es lo que buscamos prevenir con la justicia restaurativa”, explica Nelly.

Para replicar las primeras 10 casas de Francisco Esperanza se contó con el apoyo de la fundación AlvarAlice, que gestionó un aporte de la agencia de cooperación de EE.UU., Usaid, por un valor de 600 mil dólares.

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