Bolaño: quince años después

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Bolaño: quince años después

Julio 24, 2018 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Ya se cumplieron quince años de la muerte de Roberto Bolaño, desde ese aún incomprensible 15 de julio de 2003 en el que murió de verdad, después de pasar unos días en coma, resultado de una enfermedad hepática que desde hacía al menos diez años lo martirizaba y angustiaba, imponiéndole increíbles calendarios de trabajo. ¿Cómo escribe alguien que sabe que tiene el tiempo contado? En realidad, la literatura se ha escrito siempre así, pero cuando la enfermedad pone la palabra ‘muerte’ en el muro de tu estudio, las cosas cambian. Y así escribió Bolaño, con esa palabra en luces de neón, titilando en medio de los dibujos y planos que pegaba en las paredes para ir comprendiendo la larga novela que escribía, y que era 2666.

Su estudio en Blanes era un lugar sórdido, que daba miedo. La única vez que fui me sentí tan mal que quise volver a la calle cuanto antes. Su mesa de trabajo estaba en lo que era la sala del pobre apartamento, en medio de aparadores empolvados. “Odio cambiar las cosas de sitio”, me dijo, al ver que miraba una copa cubierta de telarañas. Hacía un frío terrible, pues no usaba calefacción con el argumento de que le gustaba estar incómodo para escribir. Olía a cigarrillo de un modo inusual, como si fuera un gigantesco y olvidado cenicero de colillas petrificadas. En los corredores había estanterías de libros, pero al ver los títulos me sorprendí. “Es mi colección de literatura mala”, dijo, y agregó: “A veces los malos escritores tienen historias buenísimas”.

Bolaño escribía contra el calendario, imponiéndose jornadas larguísimas de trabajo en ese terrorífico estudio, lejos de su casa familiar que, en contraste, era en la mejor calle de Blanes, tenía luz y una bellísima estantería que cubría todos los muros de la casa, como una hiedra. “Tú eres el rico del pueblo”, le dije, feliz de no estar ya en su apartamento nocturno. Porque Bolaño escribía sobre todo por las noches, toda la noche. Muchas veces lo imaginé saliendo de su cálida casa familiar, después de la cena, para ir a pie hasta su gélido y terrorífico apartamento, donde lo esperaban sus libros por escribirse, su mundo, sus fantasmas. Otra de las cosas curiosas de su estudio es que imprimía con papel continuo y luego pegaba las hojas ya impresas en la pared, así que debía pasearse alrededor del cuarto con un lápiz en la mano, leyendo y releyendo, para hacer correcciones y anotaciones en los márgenes del episodio que estuviera trabajando. Un cigarrillo tras otro, un té tras otro. En los últimos años no bebía alcohol para no indisponer su hígado desahuciado.

Lo imagino solo, en ese lugar tan mal iluminado, con la cabeza puesta allá lejos, en México, en el desierto de Sinaloa o Ciudad Juárez. Lo imagino y me conmueve, pero lo cierto es que en esa especie de celda se escribió una de las más universales propuestas literarias en lengua española de las últimas décadas. Y se escribió contra el calendario, con la inminencia de la muerte, casi viéndola llegar por la calle, desde el balcón. Pero hoy, quince años después, sabemos algo que él intuyó pero no llegó a corroborar: que esos personajes cuyas historias él hizo con la angustia del tiempo hoy se leen en todos los idiomas del mundo, llenando de fantasmagorías y de visiones a centenares de miles de lectores. Y esto, tal vez, lo habría inquietado aún más.

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