Así es la dura vida que llevan los venezolanos en las calles de Cali

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Así es la dura vida que llevan los venezolanos en las calles de Cali

Julio 18, 2018 - 11:45 p.m. Por:
Paola Otero / Reportera de El País 
Venezolanos en Cali

La zona del río Cali que queda al lado de la Terminal de Transportes de Cali sirve es el lugar en que actualmente viven cerca de 200 ciudadanos venezolanos. La mayoría de las personas duermen en carpas y otros cuantos en colchonetas.

Paola Otero y Sebastian Castro

Lo que comenzó hace menos de dos meses como un campamento de 40 venezolanos en una zona verde del río Cali, justo al lado de la Terminal de Transportes, en la Avenida 2N entre calles 25 y 31, hoy se ha convertido en una colonia humana que cada día crece más.

A este lugar, todos los días y a cualquier hora llegan personas de la nación bolivariana buscando, en la mayoría de los casos, un hogar de paso mientras consiguen el dinero suficiente para poder continuar su viaje hacia otros países del sur del continente como Ecuador, Perú o Chile.

El terreno de esa villa venezolana es agreste. Entre la naturaleza y la vía pública actualmente habitan cerca 250 ciudadanos del vecino país y en esta conviven todo tipo de personas sin distinción de género, raza, edad o religión.

“Aquí llegué con mi esposo y mi bebé que tiene un año y medio. Pensábamos seguir hacia Ecuador pero ya no lo vamos a hacer porque hemos visto que la gente en Cali es muy amable y nos ha ayudado mucho. Sin embargo este lugar no es fácil y menos para un niño. Al mío por lo menos lo tengo enfermo, con mucha fiebre y congestión nasal, además llora toda la noche”, cuenta Ismaray Pineda, antes de entrar en llanto.

Luego de unos segundos y con la voz quebrantada, esta joven de 22 años agrega que ya llevó una vez a su hijo al médico pero que a este no lo atendieron bien. “Lo revisaron por encimita y no le mandaron ningún examen. Estoy muy preocupada porque como no puede respirar bien, tiene que dormir con la boquita abierta”, dice la mujer.

En ese momento es interrumpida por varias personas que corren despavoridas hacia el andén. Un carro ha llegado y de él se bajan varias personas, entre esas, un hombre con una bolsa casi tan grande como él.

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Traen cobijas.

Los venezolanos se empiezan a aglomerar, los primeros que llegan las reciben y se van corriendo con una sonrisa en sus rostros. Otros, tratan de organizar a las personas en filas para recibir las donaciones. Algunos se rehúsan.

¡Cálmense que hay para todos. Primero le vamos a dar a las mujeres!, dice uno de los visitantes; mientras en una de las filas se forma una pelea entre dos hombres. “¡A mí no me mande a callar y si es mucho problema pues nos vamos a la parte de atrás y nos damos!”, dice uno de ellos.
“Esos conflictos aquí son normales. Pasan todo el tiempo y varias veces al día. Aquí el más vivo es el que primero agarra lo que nos traen a regalar. Muchos hasta repiten cosas y eso da rabia porque dejan a otros sin nada. El temor es que le llegue a pasar algo a nuestros hijos”, comenta Ismaray Pineda.

Las normas para ‘poner orden’

Para evitar esos inconvenientes, en la colonia venezolana existen varias reglas de convivencia.

“En las mañanas, las carpas en las que dormimos se deben recoger temprano porque así nos han advertido funcionarios de la Alcaldía. Esta prohibido cocinar en la zona, los hombres no pueden andar sin camisa y los consumidores de drogas deben hacerlo en la parte de atrás, casi al lado del río, para que los niños no los vean” explica Jonier Briceño, que llegó a Cali caminando y prendido de tractomulas desde la ciudad de Barquisimeto.

En el pasto hay maletas, comida, ventiladores, ropa y todo tipo de objetos personales tirados por doquier. No obstante, en términos generales, el lugar mantiene sin basura porque otras de las normas es mantener este sito limpio.

“También nos cuidamos entre nosotros y está prohibido robar. Quienes a veces se llevan nuestras pertenencias son colombianos que entran al campamento y aprovechan oportunidades como los tumultos que se forman cuando llegan las donaciones, cuenta el joven de 23 años.

Y asegura Briceño que dentro de la colonia venezolana también viven varios connacionales. “Aproximadamente hay unos 15 colombianos y la mayoría de ellos son quienes venden la marihuana. Incluso, también nos ayudan a organizarnos y en las labores de limpieza. A ellos no les conviene que este campamento se acabe porque se les acaba el mercado”, dice.

Por su parte, Rina Coromoto, quien lleva cinco días viviendo en la villa, también añade que ya se han presentado varios casos de personas que llegan hasta este sitio para ofrecerles a los hombres, principalmente, trabajo como jíbaros; y a las mujeres, como prostitutas.

“Y algunos han aceptado y se han ido. Aquí hay de todo, gente mala y personas que queremos laborar honestamente. Yo por lo menos, estoy vendiendo bananas en los semáforos para ganarme la plata dignamente.

Lo que gano son dos mil pesos en promedio al día, pero eso me alcanza para pagar el baño en un hotel de la zona y no tenerme que duchar en el río como les toca a muchos. Me da pesar porque a varios personas ya les ha salido hongos, granos y manchas en la piel”, manifiesta la mujer.

Su sueño, como el de muchos de sus “hermanos”, es poder ahorrar en cuanto antes el dinero suficiente para, en su caso, poder rencontrarse con su hijo y esposo en el Perú.

Migración venezolana

Más de 870.000 venezolanos entre regulares, en proceso de regularización e irregulares, se encuentran radicados dentro del territorio nacional, según lo informó el Director General de Migración Colombia, Christian Krüger Sarmiento.

La cifra representa un incremento del 5 % respecto al último reporte presentado por la autoridad migratoria colombiana a comienzos del mes de junio y del 58% respecto al año 2017.

De acuerdo a información de Migración, en el 2017 ingresaron al Valle 14.133 venezolanos con intención de hospedaje en Cali, mientras que en el 2016 fueron 8334.

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