A la sombra de Adolf

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A la sombra de Adolf

Octubre 28, 2018 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Sobre la Guerra Civil Española se han escrito, mal contados, unos 15 mil libros. Muchos más que los que se han hecho sobre la II Guerra Mundial. Lo que no sé, aunque lo he buscado, sin éxito, es más o menos cuántos se han hecho sobre Adolf Hitler, que no deben ser pocos. Aunque si uno se guía por el radar de Google en las últimas semanas otros textos vienen en camino (y quién sabe cuántos están por nacer).

Vean: ‘La catadora’ acaba de salir al mercado del libro. Es novela histórica escrita por Rosella Postorino sobre Margot Wölk, una de las quince mujeres germanas seleccionadas (ese era su trabajo) para probar los alimentos del Führer, antes de que él procediera a consumirlos. Hitler esperaba una hora y, como la catadora de turno permanecía intacta, procedía entonces a consumir su dieta de vegetales y nada de carnes (carnes de esas, valga decir). A diferencia de las otras catorce, Wölk sobrevivió a la Guerra, pero nunca a los efectos sicológicos de comer para garantizar la supervivencia de un monstruo al que jamás vio en persona.

Otra, un ensayo (de la semana pasada en Jot Down) de Diego Cuevas titulado ‘¿Qué coses? Cosas nazis’ Cuevas recuerda cómo la vestimenta de grupos criminales como el Ku Klus Klan o máquinas de terror y muerte como las temibles SS se convirtieron en el motor de industrias en manos de gente que, incluso, alcanzó niveles de reputación que se mantienen vivos, ricos y coleando. Uno de ellos, Hugo Boss. Sí, el mismo. Con mano de obra de gente, judía casi toda, que había ido a parar a los campos de trabajo de los nazis. Boss hizo luego el emporio que todos conocemos y que en 2011 (un poco tarde, ¿no?) presentó disculpas, a través de sus sucesores, a la humanidad. No les cuento el resto de la película que incluye a Puma y Adidas.

Sigue una tercera, puesta al aire por el ABC de España apenas este viernes que acaba de pasar, donde se vuelve a preguntar ¿por qué siempre se ha querido tapar la ejecución de 8.200 soldados italianos en septiembre de 1943, en la isla griega de Cefalonia, por orden directa de Adolf Hitler, su presunto aliado? Fueron los Estados Unidos, que escondieron toda la documentación.

Y esta otra habla de un viejo cuento según el cual es cierto que Hitler y ‘Lenin’ jugaron ajedrez en Viena a comienzos del Siglo XX. El testimonio sería un grabado hecho por Emma Lowenstramm, profesora de arte de Hitler. Todo era una mentira, comenzando porque Emma era incapaz de dedicarle tiempo al peor de sus estudiantes. Y porque Hitler, dicen quienes lo conocieron, no jugaba ajedrez. Prefería el tiro al blanco.
Solo me falta agregar el capítulo del periodista Joshua Goodman, quien hace poco, a su paso por Bogotá, se sorprendió al ver ‘Mi lucha’ en la vitrina de la Librería Nacional de Eldorado, lo que tuvo acertada respuesta de Felipe Ossa, gerente de la Nacional, en torno a que no era otra cosa que la pésima decisión de un vendedor de ponerla allí como estrategia de venta.

Todo lo anterior podría ser una relación simple de casualidades. Y, de hecho, lo es. Solo que ese mismo Adolf Hitler del que se ocupan autores e investigadores probablemente no sea apenas un referente para sus textos, sino, además, faro y guía de sectores de la política actual en el mundo.

¿Cómo? Los dejo con esta cita de 1933 de su secuaz y ministro de Propaganda Joseph Goebbels, que el mismo Hitler firmó y puso en marcha:

“No tenemos motivo alguno para ocultar nuestras intenciones (...) tenemos una doctrina (...) luchamos por esta doctrina y estamos igualmente decididos a inculcarla e imponerla por la fuerza a la conciencia pública de la nación entera”.

Eso mismo es lo que aplican hoy tiranos disfrazados de demócratas en muchos lugares, más allá de las ideologías que dicen defender, todos bajo la sombra de Adolf.

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