El peso de caminar con los pies rotos: crónica del doloroso viaje de los venezolanos

El peso de caminar con los pies rotos: crónica del doloroso viaje de los venezolanos 

Septiembre 09, 2018 - 07:55 a.m. Por:
Helena Sánchez Tovar, reportera de La Opinión / Cúcuta
Venezolanos

Cerca de 300 personas transitan a diario la vía Cúcuta - Bucaramanga. El 90 % son hombres y el 3 % niños. En el recorrido los inmigrantes tienen que sortear desde el frío del páramo hasta el intenso calor. Muchos reciben ayudas médicas en las vías para seguir con su camino.

Mario Franco / La Opinión

Los pies se ven blanquísimos, fríos, tiesos cuando se arrancan las medias que, en la sacudida, rocían a veces talco, a veces tierra. Sobresalen hinchadas marcas bajo la raíz de los dedos, donde se flexiona el pie y siente el peso de las maletas y una vida incierta.

Son ampollas que los caminantes venezolanos llevan consigo, tras recorrer los 196 kilómetros entre Cúcuta y Bucaramanga. La caminata, lo que dejaron atrás, y los motivos para salir son lo más difícil, dicen al cruzar la frontera con la esperanza de trabajar, enviar algo a los que se quedaron y seguir viviendo mientras se arregla Venezuela.

Fuera de Cúcuta, todo es distinto, pues dicen que el trato displicente se compensa en el trayecto y en el punto de quiebre de muchos: Pamplona. El frío, los miedos, el cansancio, se unen allí, tras dos días desfilando por la vía, con esguinces, principios de hipotermia, dolor de cabeza, y desgarres.

Es ahí donde las chanclas se revientan, donde los pies no dan más, pero también, donde un oasis los reanima. Allí encuentran a Martha Socorro Duque, líder social de Pamplona, vive en la primera casa entrando a la ciudad. Es el paso obligado de los venezolanos.

En una caseta de madera pasan la noche 20 personas en un albergue improvisado, para que no duerman a la intemperie. “Es duro ver las personas enrolladas en una sábana, en este frío”.

En su casa aloja mamás lactantes con sus bebés. Afirma que en este momento está en riesgo la vida de las personas, y se le ve adolorida por cada historia. “Me dolió mucho que estuvo una señora acá con su pareja y un bebé, y se quería bañar; le ofrecí champú y se puso a llorar. Dijo que no tenía cabello porque se lo habían quitado todo”, en La Parada (Villa del Rosario), donde las mafias imponen su ley, sus cobros y sus reglas para quienes entran al país por las trochas.

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El trayecto

La ruta de los migrantes incluye tres horas de camino, pegados al filo de las montañas de una vía hecha para automóviles y tractomulas, jamás para flacos venezolanos con maletas.

Los que van con familiares y amigos son más entusiastas que quienes transitan solos, o sintiendo que lo están. Las mujeres solas, o con niños, logran que conductores de camiones, buses y carros particulares las lleven por tramos.

En la estación de gasolina ubicada en la salida de Pamplona, a Luis Miguel Figueredo le tiemblan los labios, las mejillas, las manos, las pupilas, pero no de frío; tiembla cuando recuerda. “Todo este esfuerzo es porque tengo un hijo de cinco añitos”, dice.

Sus pies resumen el trayecto: chanclas, medias envueltas en bolsas plásticas y unas almohadillas hechas con espuma de alguna colchoneta, amarradas para protegerlos de ampollas. “Me regalaron unas chancleticas porque las que traía me dejaron a mitad de camino, en Pamplonita; allá abajo se reventaron”, cuenta este escultor, que también es constructor y carpintero.

Habla de su deseo de encontrar un trabajo y traer a su esposa y su hijo, con quienes solo ha conversado en tres ocasiones. “Me cuesta hablar con ellos porque cada vez me voy en llanto... Me hace mucha falta mi hijo”.
El frío páramo

De La Laguna (Silos) hasta el páramo de Berlín (Santander) se recorren casi 40 kilómetros. Dependiendo del ritmo, se puede llegar pronto, como le ocurre al grupo de cinco amigos que conformó José Rafael Mora, quien partió un sábado en la tarde, desde La Parada (Villa del Rosario), y el martes, a mediodía, iba en el páramo.

“La primera noche nos acostamos a las 12:45 en un monte, llegó un carro y hasta nos asustaron, pero llevaba comida, seguimos el recorrido y llegamos a Pamplona, a las 6 (p.m.)”, cuenta. “Ahí descansamos en un refugio porque el frío era terrible”.

El lunes descansaron cerca de La Laguna, “con un frío que no se aguantaba. A raticos nos parábamos a ver, ¡Cuándo va a amanecer aquí, pue’! Allí como que no pasan las horas”, pero sí, aclaró el día.

Sin bañarse desde que salieron, van rumbo a Ecuador, con una parada en Bucaramanga, y otras tantas agarrando monte para hacer del cuerpo.

Mora va con dos pantalones “porque el frío es terrible”, y uno de sus compañeros vació el bolso. Cuando se abre el saquillo lleva encima una pantaloneta, camisetas, y cuanto trapo hubo, para abrigarse de los tres grados centígrados.

Allí los zapatos pesan. Algunos tienen la suela lisa, otros se están ‘estrenando’ con los zapatos viejos que alguien les regaló. ¿Que si vale la pena arriesgar tanto? “Sí, porque uno va con la meta de hacer todo por la familia”.

Mora, albañil, estampador y ayudante de cocina, llevaba un año sin hacer nada, “adelgazando, adelgazando, y dije: yo me voy”, y pese al trajín, “estamos mejor”. Sin embargo, el páramo asusta a los inmigrantes. Se escuchan historias de muertos, congelados, madres que murieron abrazados a sus hijos, pero las autoridades no tienen un solo reporte de los rumores que aterran a los caminantes.

Quienes no caben en el refugio de Pamplona deben dormir a la intemperie, en una antigua escuela y a las 9 p.m. salen en estampida cuando un carro llega con comida; esta vez, fue caldo y arepa. Transcurre la noche, de a poco, se les cierran los ojos. Envueltos en delgadas cobijas, con sus camisetas en la cabeza, tiemblan, y se acomodan tras los muros, “para cortar el frío”.

A la una de la mañana, una leve llovizna levanta a algunos que, susurrando, recuerdan que les está yendo bien y que deben seguir.
Otro reacomodo, hasta las 2 a.m., cuando una nube cargada de agua levanta a la decena de personas. Los que alcanzan el resguardo bajo el techo de la escuela se vuelven a recostar; los que no, cruzan la autopista y esperan hasta que escampa.

Hasta las 5 el frío es penetrante, los levanta a todos, “porque el piso no se ablanda, ni se calienta”, y aunque estén desbaratados por dentro y por fuera, el trayecto no se puede quebrar.

Sexo bajo las estrellas en Cartagena 

Por: Wilson Morales Gutiérrez, Reportero de El Universal / Cartagena


Las agujas del reloj apenas señalan las 10:00 p.m. y en las aceras de la vía La Cordialidad, en Cartagena, ya se dejan ver las caras del sexo, las drogas y la necesidad.

Entre los claroscuros se detallan las curvas pronunciadas. Las mujeres reparan a los conductores que pasan, y una que otra deja ver un gesto. El conductor de la moto baja la velocidad, una mujer se acerca.

“Hola, a dónde me vas a llevar”, dice una joven con acento de venezolana, de pelo negro y tez blanca. Tiene un vestido negro ceñido, con escote en el pecho y la espalda. Tiene un rostro angelical, pero sus gestos para encarar delatan la madurez de la calle. “Cuánto me vas a cobrar”, le dice el conductor de la moto. “Para ti... te lo puedo dejar en $35.000”.

“Firme, déjame y termino una carrera y regreso”, dice el motociclista.

Recorro las inmediaciones de la Terminal de Transportes. Hay poca o ninguna iluminación en los alrededores. Algunos habitantes de calle consumen bóxer, recuerdo claro el relato del mototaxista que me condujo hasta este punto de Cartagena.

“Si quiere viejas bacanas, llégate ahí junto a la Terminal de Transportes. Hace como dos meses llegaron unas venezolanas. Una me cobró $15.000. Pero yo estaba era limpio, llevaba apurado lo de la tarifa. Pero era una pelá bien bacana. Yo le dije ‘qué hacemos mi amor’, no tengo para la residencia’. Me dijo ‘no te preocupes’. Subió y me llevó a un parqueadero que está cerca de la Terminal. Me pidió $2000 y se los dio al vigilante; nos dejó entrar al parqueadero y nos sentamos en un sillón viejo. Ahí lo hicimos, bajo las estrellas (sonríe). Yo al principio tenía como miedo porque eso estaba oscuro y al aire libre, pero después me dio risa cuando vi que cerca estaban otros manes haciéndolo con otras mujeres. Estábamos todos ahí, cerca, todo el mundo se podía ver”.

Aunque no hay un estudio detallado en Cartagena, es de conocimiento público que a los bares nocturnos y burdeles de la ciudad han llegado venezolanas a prostituirse. La situación quedó revelada cuando la Fiscalía General realizó la conocida operación Vesta, capturando a 18 presuntos proxenetas. El fiscal delegado para esa operación señaló que se identificaron a 250 víctimas, entre ellas niñas, adolescentes y jóvenes venezolanas.

Asímismo, hace pocas semanas la Fiscalía prosiguió con otra fase de esa operación y realizó allanamientos en tres prostíbulos donde rescató a 49 mujeres, de las cuales 23 eran venezolanas. Las mujeres eran obligadas a tener sexo con muchos clientes, manifestaron las autoridades.

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