Anita, la madrina de los estudiantes en Popayán a la hora del almuerzo

Anita, la madrina de los estudiantes en Popayán a la hora del almuerzo

Junio 27, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Ana Cristina Noboa Bolaños - Sandra Lorena Zúñiga Tróchez | Especial para el País

Un centenar de estudiantes y foráneos aguardan pacientemente un turno al medio día para saborear un almuerzo en el 'Comedor d' Anita', un lugar muy apetecido en la galería del barrio Bolívar. Todos encuentran mucho más que un buen menú, entérese por qué.

Es medio día, la mayoría de estudiantes salen rápido para sus casas, un almuerzo les espera. Los que no son de Popayán, hacen un poco de tiempo tomándose un tinto, es temprano aun para ir a almorzar, no hay afán, existe la certeza de que habrá un almuerzo para ellos en el comedor de Ana, en la galería del barrio Bolívar de Popayán.“Tenga mijo ahí se lo pongo”, dice Ana entre risas mientras pone sobre el mesón la bandeja que le acaba de servir a uno de sus clientes. Frases como ésta son muy habituales en esta mujer alegre y emprendedora que cada día, después de dejar a Camilo, su hijo de 9 años, en la escuela, llega a la galería del barrio Bolívar para encontrarse con su hermana Adiela en el famoso “Comedor d’ Ana” y empezar a preparar los conocidos ‘corrientazos’ con los que atrae a la mayoría de sus clientes.AnitaAna Medina o Anita, como es llamada por los universitarios, tiene 32 años, es una mujer humilde que vive con uno de sus hermanos en un barrio popular de la ciudad de Popayán; tiene una sonrisa juvenil y un espíritu alegre, a pesar, como dice ella, “de todo lo que la vida me ha puesto en frente: decepciones, situaciones difíciles y muchos contratiempos. Hace más o menos dos años y medio volví a nacer”, dice refiriéndose a que se liberó de un mal hombre que le obstaculizó muchos propósitos de vida, como continuar con sus estudios, los cuales ahora piensa retomar.Hace trece años se dedica a vender comida en “mesalarga”, como son conocidos los comedores de esta plaza de mercado de la ciudad blanca; en el momento tiene más de cien clientes, que para ella son como sus amigos, como sus sobrinos o hermanos. Durante esos años ha visto ir y venir todos los días a los estudiantes en busca del corrientazo, de una charla después de almuerzo, un café después quizá. Ha visto con alegría a muchos estudiantes iniciar su carrera y convertirse en sus clientes pero también los ha visto con tristeza marcharse al terminar sus estudios pero con la certeza de que serán los mejores ejerciendo sus profesiones.Antes de las once de la mañana empiezan a llegar uno a uno los estudiantes a almorzar, Anita empieza a repartir sonrisas, saludos, besos en la mejilla y por supuesto almuerzos. La mayoría de las veces,cuando son las doce el Comedor de Anita ya está lleno, los estudiantes que van llegando esperan con paciencia mientras los asientos se van desocupando, y aunque hay muchos otros puestos de comida disponibles, ellos esperan, es ahí donde quieren almorzar.“¿Pachito!, con carne molida, frita, sudada o porción de pollo? Hola mi amor, tengo sancocho, sopa de pastas o mazamorra. Adíela, limonada para las niñas. A ver mi vida ¿qué me va a comer hoy?” Así atiende Anita a sus clientes dentro y fuera del comedor, “yo les doy mucha confianza, pero nunca se pierde el respeto y eso ha permitido que seamos amigos y que los atienda con amor y hasta que podamos salir a rumbear y les abra las puertas de mi casa para que algunos se queden en ella, claro está, con el permiso de mi novio, que ya los conoce.”, asegura Anita con un tono de seguridad y una mirada de ternura.Más allá de un almuerzoFrancisco Moncayo, ‘Pachito’, es uno de sus clientes-amigos más cercanos, con quien sale de rumba sabiendo que va a tener que cuidarlo de los efectos del licor, Diego es un huilense que es su consentido, pero tal vez quien marcó la vida de Anita fue Anderson, un estudiante que llegó a ser como lo dice ella, su “hijo bobo”, hasta que un accidente de tránsito acabó con su vida y de paso le destrozó el alma a esta mujer.En estos jóvenes ella encuentra más que risas, compañía y rumba, también ha encontrado y ha brindado apoyo en los momentos difíciles, consejos, fortaleza y motivación. “Yo veo que son tan humildes y llenos de energía, aquí vienen psicólogos, abogados, comunicadores, politólogos, y verlos a ellos me motivó para seguir mis estudios, ahora estoy empeñada en hacer la pasantía de mi curso de enfermería que abandoné hace mucho tiempo, seguiré adelante gracias a mis muchachos”.En un comedor como estos, con clientes particulares Anita ganaba anteriormente entre $80.000 y $100.000 en un día, teniendo en cuenta que un almuerzo puede variar entre $4.000 y $6.000. Ahora con sus estudiantes, vendiendo los corrientazos en $2.000 y los almuerzos normales hasta en $3.000, sus ganancias se reducen a menos de la mitad, “A mi no me importa salir de aquí así sea con $20.000 de ganancia, pero me queda la satisfacción de que ayudé a esos muchachos que están lejos de su casa y que no tienen plata para pagar un almuerzo más costoso. Así muchos digan que regalo mi trabajo a mi me gusta trabajar con mis muchachos y por eso todos los días vengo aquí y por ellos me quemo los brazos”.La jornada termina casi a las tres de la tarde con los estudiantes más cercanos a Ana, que le ayudan a raspar las ollas, lavar los platos o cerrar el negocio. Y así son muchas las anécdotas que pueden salir de estos 4 x 5 mts de mesón recubierto con baldosa azul; historias alegres, tristes, largas y pasajeras, de todo. Anita seguirá con esta labor hasta que pueda, sus muchachos valen la pena, dice ella, y no tiene pensado abandonarlos ahora que la necesitan tanto, siempre la necesitan, los viejos, los nuevos, todos, todos los días, ella seguirá ahí.

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