"Quiero volver a ser parte de la sociedad": Yolima Sánchez, víctima de ataque con ácido

Febrero 20, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-20 Por:
Yefferson Ospina | El País.

Yolima Sánchez, la mujer de 32 años víctima de un ataque con ácido, cuenta cómo ha sido su vida y la de sus hijos dos años después de la agresión.

Yolima, dice, siente que el calor se acumula como una fiera en su brazo derecho y su cuello. Yo siento una ola suspendida e insidiosa envolviendo el pequeño apartamento,  una sensación general, corriente, opuesta a la molestia puntual y brutal de Yolima.  Estamos en un tercer piso. El edificio -  los edificios - es una improvisación de ladrillos a la que se llega luego de ascender por pequeños pasillos de escaleras, azarosas, sin orden aparente:  una manifestación individual de lo colectivo. Terrón Colorado, el barrio, es eso: un tumulto de edificios en los que se respira calor.

Sentada a la mesa del comedor Yolima dice: “qué bueno salir a tomar el fresco en el parque. Pero todavía es muy temprano, no puedo”. Frente a ella Diana y Sebastián, de 9 y 7  años, juegan. Ella peina una muñeca de piel verde y cabello rubio. Él hace rodar en círculos un pequeño coche. Son las 3:30 p.m. El calor se hace un poco más denso y por las ventanas abiertas entra apenas el ruido de los camperos que suben y de algunos niños que corren y gritan.

“Ahí donde los ve están aburridos porque no podemos salir. Y yo también me aburro y quisiera ir al parque con ellos, pero el médico me lo tiene prohibido”. No puede salir, no al menos a esa hora. Si lo hace, con ese sol, las heridas en la piel de su brazo derecho, su cuello y la mitad derecha de su rostro, podrían erosionar de nuevo;  podría suceder que las 16 cirugías, los dos años de paciencia y durezas transcurridos desde el domingo 19 de enero de 2014, día en el que un  hombre le arrojó el ácido en su rostro, hayan pasado en vano. 

Así que permanece sentada. Hace con su mano el gesto de un abanico y la mueve frente a su cara. Usa una licra ceñida a su torso que le cubre el brazo derecho y parte del cuello para protegerla. “La piel todavía está muy sensible, entonces cuando hace calor me arde un poco, y más con esta cosa que tengo puesta. Pero me toca...”,  dice y me hace pensar en una fiera, pequeña, agazapada en su piel, arañando. 

  ***

Lo evidente, dice Yolima, es el rostro. La  pérdida total de su ojo derecho, el problema con su fosa nasal derecha. Pero lo evidente es también, para ella, lo menos grave. Las 16 cirugías de reconstrucción han tenido efecto, de modo que ahora su cara se parece más a la que siempre fue y ha recuperado cerca de un 95 % de la movilidad de su brazo derecho, que también se había afectado.

Lo escondido, lo profundo, es lo que aún no recupera: el rompimiento de lo cotidiano. La vida es una arquitectura de lo habitual que, una vez rota, suscita dramas insospechados. Estamos acostumbrados a un cúmulo de actos simples: caminar bajo el sol, bajo la lluvia; caminar de la mano de los hijos una tarde de domingo,  comer un helado en el parque de la calle de enfrente. Pero Yolima no puede, no debe hacerlo. Lo intentó.

“El año pasado sentí que no era capaz de privarme más  de ver a mis hijos  reír y jugar en el parque, en los columpios, correr”.  Así que varios domingos, varios sábados, decidió usar una gorra y una sombrilla y salir con ellos luego de las 4:00 p.m. En diciembre el médico le preguntó si se estaba exponiendo al sol. “Solo lo necesario”,  respondió ella. El médico le dijo que no podía, ni lo necesario. Su piel estaba presentando una evolución anormal y eso podría derivar en complicaciones graves – cáncer de piel, llagas incurables - en cualquier momento.

Pero lo necesario es un extremo. Es el punto en el cual las alternativas se desvanecen. Yolima ha tenido que luchar contra el sistema de salud para tener acceso a cada uno de los medicamentos que la ley 1039 de 2013 le garantiza. Hasta noviembre del año pasado su EPS no le entregaba los parches oculares que debe llevar en su órbita derecha. Decían que ese era un problema estético, un escrúpulo superficial demasiado femenino, por tanto no estaban obligados. Solo accedieron a hacerlo luego de que una abogada de la Defensoría iniciara un proceso legal contra ellos y en favor de Yolima. 

Después de las cirugías de reconstrucción hechas semanas después de la agresión, su tratamiento exigía una intervención anual en el quirófano para acelerar la regeneración de piel en algunas partes de la cara. En 2014 la hicieron. En 2015 no. La abogada logró que la EPS programara la de 2016 para marzo.

Pero a pesar de esos triunfos, hay ciertas derrotas con las que convive. La EPS debe entregarle a Yolima un protector solar mensual durante seis meses, y dos cremas hidratantes cada mes durante ese mismo tiempo. Ella pide lo elemental, lo lógico: que la EPS le entregue las 12 cremas y los 6 protectores de una sola vez de modo que no le sea necesario viajar cada mes hasta las droguerías de esa entidad para reclamarlas. 

Pero no. No es posible, dicen los funcionarios. Ni siquiera es posible que cada mes le entreguen un solo protector y las dos cremas hidratantes. No. La EPS se encarga de que un día le entreguen un pote de crema; al siguiente, uno de los protectores, dos días después el otro protector y, otro día cualquiera, la caja de parches oculares. Eso obliga a Yolima a salir de su casa en la mañana, exponerse al sol entre las 10:00 a.m., y el mediodía, hora en la que debe estar de vuelta para recoger a sus hijos del colegio y luego servirles el almuerzo. 

Eso, también, la obliga a gastar semanalmente más de $20 mil que podría ahorrar para comida, los servicios, el arriendo, lo necesario. Yolima está sin trabajo. $20 mil realmente son demasiado. Así que de vez en cuando prefiere caminar y ahorrar un poco. Y de nuevo, el sol en la piel.  

***

Yolima no trabaja. Vive con su hermana, que es empleada doméstica en un apartamento del oeste, y con el dinero que algunas personas por puro corazón le han consignado a una cuenta bancaria puede pagar varias cosas: la lonchera de Sebas y Diana, algo de mercado, parte del arriendo, un par de pasajes para ir a la EPS o al Hospital.  

Yolima lo agradece: “gracias a Dios y a esas personas, gracias a ellos he podido vivir en los últimos meses”. Pero no lo desea para siempre. “Yo quiero trabajar. Las personas que me han donado dinero lo  hacen de muy buen corazón, pero no puedo aspirar a eso siempre porque tengo hijos y eso no me gusta. Yo quiero trabajar. Yo puedo hacer muchas cosas y quiero hacer de nuevo parte de la sociedad. Me gustaría que me dieran esa oportunidad”.

Eso lo dice de un modo casi mecánico, como si se lo repitiera cada noche, cada día, y ahora la frase se articulara con la inercia de una función corporal. Me sirve un poco de limonada y  pregunta a sus dos hijos si tienen sed. Responden que no. Llama a Diana, que sigue jugando con la muñeca. Le recuerda que aún tiene tareas para el día siguiente. El calor ha bajado un poco y Yolima da a entender con un gesto que la licra que usa le molesta. Luego ríe con una resignación paciente.  

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La última vez en el centro comercial, Sebas y Diana la tomaron fuerte de las manos. Meses antes, cuando un niño la vio  hizo un gesto de sorpresa y miedo. La madre del niño hizo el mismo gesto, Sebastián soltó su mano y Diana, por el contrario, la tomó más fuerte. Ya había ocurrido varias veces, no solo en el centro comercial sino en el barrio. Había quien la veía y la miraba extrañado, súbitamente sorprendido. Yolima no se ha acostumbrado, pero ha aprendido a sortearlo, a ignorarlo. 

Sebas y Diana han recibido sesiones psicológicas: Diana solía llorar en las noches al ver las heridas de su madre. Sebas lo  hacía en silencio y acaso, cuando salían a algún lugar, sentía una extraña vergüenza. Ahora no.  Hace un poco más de un mes, cuando los tres vieron una vez  más ese gesto de un niño y su madre en el centro comercial, ambos la tomaron fuerte. Yolima quiso llorar. “Nunca antes me había sentido tan protegida”. Sebas, con sus 7 años, el rostro rechoncho y ademanes inquietos, todavía muy niños, lo suelta así de simple: “yo me puse muy triste cuando le pasó esto a mi mamá. Pero ahora no lloro más, porque yo sé que todos vamos salir adelante juntos”. Diana, los ojos finos bajo una cejas delineadas perfectamente, dice: “A veces me pongo triste. Pero mi mamá me dice que tranquila, que todo va a estar bien”.

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Es bueno que no haya televisión por cable en casa, porque entonces los niños e incluso ella, leen más, cuenta Yolima. Marcela  ríe con algunas historietas de Garfield y Sebas, aunque no mucho, lee un libro de cuentos de terror. 

Yolima terminó hace un par de días ‘Las cenizas de Ángela’, de Frank McCourt. El libro lo consiguió una mañana cualquiera cuando en la estación Unidad Deportiva un grupo de personas regalaba algunos ejemplares para incentivar el hábito de leer. No es que ella necesite estimularlo, siempre lo ha tenido y por eso pudo terminar el bachillerato acelerado en 2009, a sus 28 años, e incluso contemplar la posibilidad de estudiar derecho. El libro, me cuenta, le causó un montón de risas cargadas de lágrimas. “Imaginarme a esa familia viviendo en Irlanda sin tener siquiera carbón para calentarse daba mucha tristeza. Pero había cosas en las que uno no sabía muy bien si reír o llorar. Qué duro la pasó ese señor”.  Antes de leer ese leyó ‘La mujer que se estrellaba contra las puertas’. De pronto es como si la vida misma pintara el cuadro: la mujer humilde, sin pretensiones, ahondada en las letras, aliviando su drama en los dramas de los otros.  

El miércoles pasado debió ir en la mañana al colegio de sus hijos para una jornada de aseo previa al inicio de clases. En la mañana se levantó, preparó el desayuno de todos y se arregló. Se vio al espejo. Como cada día, comprobó que su piel está mejorando. Se vistió rápido. Tenía que salir pronto con los niños. “La vida, después de todo, es bella”, pensó. 

Si usted desea ayudar a Yolima puede llamar al 685 7000. También puede consignar a la Cta de ahorros de Bancolombia  81023081369

 

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