Ocho extranjeros atrapados por la salsa, la brisa y los sonidos de Cali

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Ocho extranjeros atrapados por la salsa, la brisa y los sonidos de Cali

Mayo 31, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Alda Livey Mera | reportera de El País

Llegaron de paso y se quedaron a vivir en la ciudad. Ahora son turistas, pero de sus países de origen. Estas son sus historias.

[[nid:426661;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/05/extranjeros.jpg;full;{La gente, la comida típica y el clima conquistaron el corazón de estos extranjeros que encontraron su residencia en la Sucursal del Cielo.Video: El País}]]

Cali es una gran seductora. Muchos vienen a ella como turistas o con el ánimo de estar de paso, pero caen en el embrujo de su luminosidad y del verde de  su vegetación;  de la calidez de sus habitantes   y la musicalidad que flota en el ambiente; de la frescura de su brisa y de los sabores exóticos del trópico, y ese  contraste de modernidad con naturalidad.

Y se quedan, así sea por un  tiempo, y se enamoran de la ciudad como cualquier amante que solo le ve encantos y virtudes a su pretendida. Louis Frappier y Helen Frappier; Mathew Dwelley,  Armando Poletti, Valerie Paulet, Louise Williams y Helena Cing le contaron a El País en sus 65 años, su experiencia con la caleñidad, cómo la gente los acoge y  por qué a donde van y a donde vayan, hablan y hablarán siempre bien de Cali.

[[nid:425149;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/05/ep00964719.jpg;full;{Louis Frappier y Helen (Moore) Frappier quieren vivir el resto de su vida en Cali, donde vieron su amor nacer. Solo van a Estados Unidos de paseo. Fotos: Johan Manuel Morales / El País}]]

Cali fue la ciudad que los unió y los mantiene unidos aún. Louis Frappier y Hellen Frappier se conocieron mientras conocían la ciudad. Se enamoraron mientras se enamoraban de la ciudad. Y se  casaron en la ciudad y con la ciudad.

Mientras descubrían los encantos de la capital de la alegría, ella descubría a un joven que vino de Estados Unidos a trabajar con  una compañía americana en 1963. Y él, a una recién graduada en lenguas modernas de la Universidad de Inglaterra que llegó  un año después de voluntaria del servicio exterior   como profesora de inglés en la Universidad del Valle.

Y 53 años después, su amor por Cali es tan grande como el suyo. “No es la ciudad de Cali, es nuestra ciudad de Cali”, dice él con su acento americano marcado. Y es que  muchos de esos extranjeros amigos  volvieron a sus países de origen, pero los Frappier no, prefieren vivir aquí. Louis aprecia y agradece mucho el profesionalismo de los médicos especialistas de Cali, pues le han salvado la vida tras  varios infartos. Y valora que todo el mundo saluda y sonríe sin conocerse y se ofrece a ayudar donde sea, siendo un extraño. “La gente de aquí es muy amable”, dice él. Hellen aprendió a bailar, no salsa, pero sí ritmos latinos.

“La gente cree que Cali solo es droga, pero cuando vienen y conocen, se quieren quedar y me dicen: ahora entiendo por qué no se va de aquí”. Pero lo que más la seduce es el factor sorpresa: “aquí tienen chispa, pero en mi país sabemos que los días van a ser iguales, aquí no, en Cali siempre ocurre algo distinto, es una aventura”, dice sonriente Hellen.

[[nid:425154;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/05/mathew_dwelley_3.jpg;full;{Matthew Dewlley tiene a sus padres en California, pero prefiere vivir en el barrio tradicional de San Antonio.}]]

Seducido por las historias  macondianas de los libros de Gabriel García Márquez, Matthew Dewlley quiso venir a comprobar con sus propios sentidos el realismo mágico en el terreno.  Además, a su país no llegaban de Colombia sino malas noticias, y ese contraste le llamó más la atención.

 Llegó a Bogotá, pero pronto salió a conocer el país... hasta que llegó a Cali y se quedó. Aquí encontró el amor de su vida, le atrajo el calor y la calidez de su gente y hasta el caos y el desorden del trópico le resultaron tan atractivos que ya lleva trece años caleñizándose.

“Vengo de un pueblo pequeño de California, y aunque Cali es muy grande, aquí todo el mundo se saluda como si fuera un pueblito. No es como en Bogotá, que la gente no saluda y eso me chocó mucho; en Cali la gente tiene sentido de comunidad”, recuerda hoy este estadounidense graduado en literatura en su país y que ahora hace una maestría en Cali.

“Mi esposa es la razón principal por la que me quedé –confiesa– pero me encantan el clima, la luz amarilla en las tardes, todo invita a estar afuera al terminar el día, sentarse en una terraza, en un parque o caminar”, afirma el joven estadounidense que ya habla un español fluido, aunque conserva su acento anglo. “Fuimos un año a vivir a California, pero ya no era igual, nos devolvimos a Cali para quedarnos”, concluye.

[[nid:425164;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/05/ext1.jpg;full;{Valerie Paulet, de Francia; Louise Williams, de Inglaterra; Bianca Brieden y Helena Cing, de Alemania, voluntarias del proyecto Escuela para la Vida, en Montebello.}]]

Lo que más le agrada  de Cali son sus sonidos característicos, que le dan a la ciudad una  música  especial. Y no se refiere a la salsa y  ritmos  que resuenan  en todas partes, sino a algo que no se escucha nunca en Alemania: “La mujer pasa y dice: ‘aguacate, aguacate’”, dice con una carcajada Helena Cing, una asiática que nació en Myanmar (antigua Birmania) y  se crió en Alemania.

Ella es una de los más de 30 voluntarios extranjeros que han elegido a Cali para apoyar 40  proyectos sociales a través del Ministerio de Cooperación Internacional. Vino como administradora de la página web de la Fundación Escuela para la Vida, que ofrece educación para niños y capacitación a jóvenes y mujeres en Montebello.

 Pero Cali ha sido tan importante para ella que cuando llegó creía que estudiaría esa carrera, pero al ver el proyecto arquitectónico de esta escuela hecha en guadua, cambió de opinión y estudiará arquitectura, profesión  que ayuda a transformar vidas y es aplicable en todas partes del mundo, dice.

Igual la británica Louise Williams y la francesa Valerie Paulet, voluntarias independientes que dictan allí talleres y dan capacitación en equidad de género, violencia, respeto y derechos humanos.

Louise viaja hace cuatro años por varios países como voluntaria de distintas ONGs, pero  le fascina el ambiente relajado de los parques en Cali, ver a la gente compartiendo en espacios abiertos y ya dice “chévere”, “ve”, “mirᔠy “no dar papaya”. Valerie es abogada y vino a palpar de cerca las incidencias del proceso de paz, pero la sedujo la rumba. “No sé qué hacen ustedes con los pies, es difícil, pero si voy a La Topa Tolondra, los hombres me invitan a bailar, la ciudad es muy festiva, la gente es alegre y simpática y eso me gusta”.

[[nid:425152;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/05/armando_poletti_3.jpg;full;{“La gente amable, muy íntimo, me decidió a empezar esta nueva experiencia en Cali”, insiste Armando Poletti.}]]

“El contorno, el contorno”, dice efusivo Armando Poletti para tratar de explicar en su mediano español qué lo cautivó de Cali y  venir a  vivir aquí. Y aún así, con  emoción le brotan palabras que ya ha aprendió: el clima, las montañas que lo rodean, la naturaleza, la vegetación,  que la pintan de verde, Cristo Rey y Las Tres Cruces, y  esos Farallones  que la enmarcan y se erigen como  un milagro que él quiere estar contemplando siempre.

Esa diversidad es la fuente del sabor de su Gelatería Italiana, Montallegro, que abrió en el barrio El Peñón.  Las 365 frutas tropicales y exóticas que abundan en Colombia le permiten inventar un sabor cada día:  desde  lulo, mora, mango, hasta los de chontaduro, aguacate, maracuyá  o níspero, con los sabores italianos de pistacho, avellana, almendras,  menta, y  tradicionales de chocolate o maní. Todos con la textura aterciopelada del helado artesanal. Casado con caleña en Italia, está feliz de empezar la segunda parte de su vida en Cali con ella y sus hijos adolescentes. “En Italia ya no se puede caminar, hay mucho turista, aquí sí puedo caminar tranquilamente. Y la gente, así no te conozca, sonríe y saluda ‘Bon Jorno’”.

[[nid:425977;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/05/foto_olivier_2.jpg;full;{}]]

Paul Olivier Bouillaud  llegó a Colombia en 1999. “Quería salir de mi país porque uno siente que allá todo está hecho y no puede cambiar ni aportar nada en la construcción de él. Me quedo porque siento que aquí puedo aportar”, dice este biólogo especializado en marketing que en 2006 llegó a Cali. 

Vive en Santa Mónica donde disfruta de la vista sobre el valle y hacia  la loma y no está en el encierro de 50 mts2 si viviera en París.

Oliver  halla  armonía en el caos de Cali. “Si estás tan rígido como en Francia, donde todo tiene un uso preciso, es difícil mantener el equilibrio. Por eso la gente consume tantas drogas, porque debe cumplir muchas normas que no ha hecho; se vive con muros y rejas visibles e invisibles y llegar acá es un alivio total”, dice.  

“Aquí la gente siembra sus plantas en el separador, en Francia eso te da una multa”, afirma y destaca de Cali sus excelentes médicos y las mejores clínicas.

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