Las insólitas historias de inescrupulosos que se aprovechan de los venezolanos en Cali

Las insólitas historias de inescrupulosos que se aprovechan de los venezolanos en Cali

Agosto 28, 2018 - 11:30 p.m. Por:
Redacción de El País 
Venezolanos inescrupulosos

Javier Cuero (centro, de blanco) es un colombiano que les ofrece empleo a los venezolanos apostados en los andenes frente a la Terminal de Transportes de Cali. Él dice que no recibe comisión por ello, que solo lo motiva ayudarlos, pero que también algunos lo han hecho quedar muy mal.

El País

Una camioneta tipo pick up blanca acelera y sale rápido y cuatro hombres de piel curtida por el sol, que van en el platón, apenas alcanzan a sostenerse y sentarse para no perder el equilibrio.

El conductor del vehículo les ofreció trabajar en una finca, recogiendo café. Y los cuatro se arriesgaron. Pero otros decidieron no ir y hasta les advirtieron que “ese mismo ya ha venido otras veces, los lleva a trabajar una semana y luego no les paga”, denunció Daniel Rivero, uno de los inmigrantes venezolanos que reposan sobre el andén frente a la Terminal de Transportes de Cali.

Los hombres, sudorosos, cuentan que a otro venezolano lo tuvieron prácticamente “secuestrado” en una finca trabajando, lo tenían amarrado de los pies y solo le daban una comida diaria. Quince días después, otro trabajador (colombiano) de la finca le ayudó a escapar y obviamente, no le pagaron.

No es la única historia de colombianos inescrupulosos e indolentes ante la tragedia del vecino país, que se aprovechan de la necesidad que tienen los venezolanos.

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Joan Cavache, de 28 años, andaba desesperado la semana pasada, porque su mujer, Mary Luz Rodríguez, de 22 años, se perdió con su pequeña hija de 4 años, en Jamundí, donde se rebuscan entre el parque y la galería.

“Mi mujer salió a la esquina con la niña a rebuscarse y una señora le ofreció un trabajo en Cali y se las trajo. De allí no volví a saber de ellas. Le pregunté a esa mujer y solo me dio un nombre de un sitio en Cali, que la buscara acá. Fui a la Policía para que me ayudara, pero no hacen nada porque somos venezolanos y no tenemos papeles”, dijo el hombre angustiado.

Su mujer no lo podía llamar porque no tiene celular. Por Google, le ayudamos a conseguir la dirección y el hombre emprendió caminata hacia ese sitio, que figura en internet como un videobar en el barrio Ciudad Modelo.

Esta semana Joan le dijo a El País que ya encontró a su esposa y a su hija. “Me tocó enfrentarme al hombre que estaba allí, la tenían haciendo la limpieza del lugar. No le pagaron nada. Había otro hombre que yo creo que se quería robar mi niña”, dice Joan más tranquilo, pero que no quiere volver a buscar empleo a Cali porque teme encontrarse con ellos, ya que uno lo amenazó de muerte.

Otros venezolanos que han llegado a Cali han sido víctimas de los ladrones que les han robado lo poco que tienen en sus maletas.

Hace unas semanas unos de ellos vieron una oferta en una reconocida página web para trabajar como meseros en un evento en una casa en Pance. Hicieron el contacto y apareció un hombre en un carro y un bus, al cual se subieron varios venezolanos que querían arañar unos pesos.

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Cuando el bus estaba lleno, el hombre se subió y les dijo que le entregaran todos los celulares, porque iban a una casa de gente muy importante que no querían que les fueran a tomar fotos ni a hacer videos. Todos le creyeron y le dieron sus teléfonos móviles. “El hombre se bajó, porque como él iba en su carro, dijo que iba siguiéndonos. Pero al llegar a Pance el tipo no apareció y se perdió con 24 celulares, entre los cuales iban IPhones y otros teléfonos”, relataron dos jóvenes venezolanos.

El andén frente a la Terminal de Transporte, se ha convertido en una agencia de empleo improvisada. Por ejemplo, una mujer detiene su carro y pregunta por un barbero y una manicurista. Los necesita para su peluquería en el barrio El Lido. Un joven está dispuesto a trabajar, pero se ofrece a buscar a la manicurista, porque la mujer no se quiere ir solo con uno.

La mujer dice que tuvo dos manicuristas venezolanas, pero que una no volvió y la otra sigue allí, pero “les falta todavía (aprender)”.

Natasha Aranguren confiesa que “aquí vienen y nos estafan, como le han hecho a mi esposo. Lo llevan para hacerle la prueba de albañil y lo tienen trabajando hasta tres días y luego ni lo contratan ni le pagan”, relató la mujer. Versión que confirmó el hombre. “Fuimos ayer (lunes) y había cinco venezolanos más cobrando su trabajo y no les querían pagar”, contó Antonio Sánchez, quien como todos ellos, indica que fue por la 60 con 3a, pero como no conocen la ciudad, no se ubican en los barrios.

Alexis Gutiérrez reitera que se están aprovechando de su necesidad. Él trabajó cinco días armando vigas de concreto en una obra de construcción, pero le pagaron $15.000 al día, de los cuales tenía que comprar su comida. Jesús Villalobos aceptó ir una noche a descargar sillas y vallas para un evento, con la ilusión de ganarse $70.000. “Salimos a las 11:00 de la noche y nunca me pagaron”, se queja.

Limbania Hernández, misionera de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Cali, que ayuda a los inmigrantes, y Mónica Fernanda Morales, del movimiento católico Lazos Marianos, visitan a diario el andén de los venezolanos y encuentran personas y familias diferentes: unos se van, otros se devuelven, pero siguen llegando. “Nuestra misión es servir, pero servir bien, para que ellos no pierdan su dignidad”, dice Limbania.

A la improvisada agencia de empleos, llega un hombre afro en moto y los inmigrantes lo rodean. Dice que se llama Javier Cuero y que quiere ayudar a los venezolanos ubicándoles un trabajo, buscando ofertas laborales en las páginas web y a través de un chat por WhatsApp, donde la gente le pide personal. “Yo miro qué gente necesitan y según eso, vengo y les digo qué ofertas hay y les doy los teléfonos para que llamen y se presenten”, dice Javier.

El hombre asegura que así ha ubicado a unos 500 venezolanos, incluso indocumentados, como meseros, empleadas internas, en construcción, soldadura, ventas, heladerías, centros comerciales, recepcionistas, cocineros, hotelería, entre otras ocupaciones.

Javier dice que es tecnólogo en electrónica y tiene su propio negocio, lo que le permite dedicarle tiempo a esta labor a la cual llegó a través de una amiga colombovenezolana, pero “no recibo comisión” por contactar los empleadores y los potenciales empleados.

Mientras, Limbania y Mónica los siguen apoyando “con caridad cristiana” en el corredor del Terminal y en el comedor del barrio Obrero, reabierto para los venezolanos. Pero según los inmigrantes, no todos llevan tan buenas intenciones, sino que buscan aprovecharse de su necesidad de sobrevivir.

Oportunidades

Javier Cuero, el hombre que ayuda a buscarles empleo, admite que “varios venezolanos me han hecho quedar mal y han dejado el trabajo tirado, se cansan rápido. Eso me pasó con un muchacho al que le conseguí una plaza de soldador, se la pasaba sentado, hacía pereza, fue dos días y no volvió. Otros quieren todo fácil, que los lleve o que yo mismo llame”.

Una fuente que pidió la reserva de su identidad en el mismo corredor en la Central de Transportes, aseguró que muchos inmigrantes venezolanos son flojos para el trabajo “porque vienen con el chip de que en su país se los daban todo sin trabajar, y aquí tienen que cambiar esa mentalidad”.

La fuente contó que al salir del albergue del barrio La Independencia, la Alcaldía les ofreció un auxilio de $300.000 de arriendo de un mes y una batería de cocina, mientras se ubicaban. Algunas familias lo aceptaron, no todas lo utilizaron en el arriendo y otras lo rechazaron porque según ellos, un mes era muy poco tiempo y hasta hablaron de que debía ser de un millón de pesos.

Reabren el comedor

El comedor donde pueden reclamar almuerzo los inmigrantes venezolanos, fue reabierto por la Arquidiócesis de Cali y la Alcaldía de Cali, en el Centro de Integración Social muy cerca a la parroquia del barrio Obrero.

Pese a la precariedad en la que están, algunos venezolanos no prestaron mucho interés en el anuncio que personalmente les hizo la Pastoral Social.

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