Informe exclusivo: el hambre sigue siendo el enemigo oculto de los caleños

Informe exclusivo: el hambre sigue siendo el enemigo oculto de los caleños

Septiembre 21, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Informe exclusivo: el hambre sigue siendo  el  enemigo oculto de los caleños

En el comedor de la hermana Marleny los niños también tienen acceso a una ludoteca que, después del almuerzo, se convierte en su lugar favorito.

Aunque nadie se dedica a contar las vidas que se extinguen en los estómagos vacíos, el hambre sigue acosando en silencio: la ciudad afronta un problema de desnutrición crónica. Autoridades y religiosos, luchan.

Sin dejar de comer, entonces, iba contestando. Era un niño y en el plato tenía servida carne y verduras. ¿Por qué comes así? “Es lo único que tengo para todo el día, hermana”, decía él, masticando la idea mientras la comida se hacía palabras: “Me tengo que llenar”.La hermana es una monja: 37 años, pelo muy corto, crucifijo colgando al cuello y dientes tan blancos que parecen de leche o no aptos para mordisquear mentiras. Antes de cumplir los 20 decidió dejarlo todo para dedicarse al servicio de los pobres, así explica la vocación que al parecer ya venía escrita en el destino: la hermana nació en Santuario (Antioquia) y se llama Marleny de Jesús.El episodio ocurrió hace seis años más o menos. O los episodios. Porque niños como ese, con respuestas como esas, se repitieron ante sus ojos cuando recién llegó a la ciudad para hacer trabajo social. “Le pedí al Arzobispo que me mandara donde nadie quisiera ir”. La hermana Marleny trabaja en Potrerogrande, el plan de vivienda social que en el 2006 empezó a gestarse para reubicar a la población desplazada asentada sobre el jarillón del río Cauca y que hoy es un barrio inmenso, de casas estrechas y fronteras invisibles, donde lo que más se ve en la calle es la forma en que el hambre sigue siendo el pan de cada día de muchas de las 30.000 personas que viven en esa esquina del Oriente de Cali.“Cuando terminaban el plato y se paraban, les daba ganas de trasbocar. Yo vi niños desmayándose del hambre”, cuenta la hermana Marleny, que desde ese tiempo viene multiplicando panes en la ciudad donde el hambre también le da bautizo a las cosas: hasta hace poco, en Potrerogrande, al colegio le decían queso. “Es por los círculos, los huequitos que adornan las paredes”, dice al recordar que antes el colegio era de color blanco, pero ahora que lo pintaron de amarillo con rojo, le dicen bocadillo.Un año antes de que la hermana Marleny llegara, en Cali alcanzaron a contarse 201 personas muertas por problemas de desnutrición. En el 2007, a partir de las cifras de las autoridades y de la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional (Ensin) del 2005, los registros señalaban ese número de muertes ocurridas desde el 2000. El 70% de las víctimas no llegó a cumplir un año.Pero en ese momento, como ahora, el número era una aproximación, un cálculo intangible porque nadie se dedica a censar las vidas que se extinguen en los estómagos vacíos. No existe un mecanismo, ni un software, que permita cruzar todas las variables posibles en una ecuación que sigue arrojando cifras inciertas. Nadie consulta al médico llevando el hambre como síntoma; en los consultorios se llama gastritis, anemia o depresión. Los habitantes de la calle mueren en los andenes por enfermedades incurables, abandono, tristeza, cuchilladas o balazos, pero nadie incluye el hambre como una de las razones que los llevó hasta ahí. Aunque durante el 2013, en Cali se registraron 1973 muertes violentas, para la Policía y los estudiosos de la violencia el hambre no aparece entre los móviles de los crímenes, así que nadie sabe a ciencia cuánta gente mata el hambre en la ciudad. Pero sucede. Es un asesino silencioso.De acuerdo con el Ensin del 2010, el estudio que se realiza cada cinco años y debería servir como bitácora para que los Gobiernos recorrieran los caminos de los problemas allí señalados, uno de cada diez colombianos no come carne al día. William Hurtado, nutricionista del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Icbf, regional Valle, explica que eso se traduce en carencia de macronutrientes formadores de músculos y estructuras celulares. “Pero en Cali el problema es más grave porque solo el 34.9% de sus habitantes consumen verduras, lo que significa que nos estamos privando de micronutrientes. Eso se llama hambre oculta, que es la deficiencia, la desnutrición por micronutrientes que aquí, especialmente, se evidenciado en falta de Zinc, Hierro, Vitamina A y Calcio”.Para Hurtado, sin embargo, el hambre oculta es apenas una parte del lío: “En Cali hay desnutrición crónica; por deficiencia de estatura estamos por debajo de la media nacional. Y en desnutrición aguda, que es el déficit de peso y talla, también estamos por debajo. Lo peor es que en el intento de combatir la desnutrición nos hemos ido al otro lado de la pirámide: la mitad del área metropolitana tiene exceso de peso y el 17% de la gente, entre los 18 y 64 años, tiene obesidad. Es un problema de salud pública”. A través de la Asociación Benéfico Cristiana Promotora de Desarrollo Integral, ABC Prodein, lo que la hermana Marleny empezó hace tiempo con unos pocos almuerzos servidos en una casa alquilada, ahora es un comedor comunitario que, con dos sedes en Potrerogrande, garantiza el almuerzo para 1.255 niños que encuentran allí, casi siempre, la única oportunidad de comer. Pero aún hoy, dice la hermana, hay chicos que no se acostumbran a la carne y las verduras. “Mastican y luego lo quieren botar. Piden lo que ven en la casa, eso es lo que quieren comer”. En el comedor, todos los días, se preparan dos bultos de arroz y de la multiplicación de los granos también se benefician 50 abuelos. Según Elena Cuéllar, la vida solitaria a los 74 años en una casa de Pízamos, sin esos almuerzos tal vez no se habría vuelto a levantar de la cama. “Antes no me daban ganas”.En el 2009, basándose en el documento Cali en Cifras 2008 (Planeación Municipal), la Alcaldía realizó el Estudio Exploratorio de Percepción de Seguridad Alimentaria, sobre una muestra de 968 encuestas llevadas a cabo en 64 barrios, 12 comunas y los 6 estratos socioeconómicos. En ese momento, 10 de cada 100 personas confesó haber dejado de comer en algún momento por falta de dinero.Paradójicamente, el estudio también mostraba que las familias de más bajos ingresos tenían que destinar un porcentaje mayor de los mismos a la alimentación: en los estratos 1 y 2, el 30% de sus recursos son para la comida. “La población más vulnerable adquiere los alimentos, cada día, en cantidades mínimas para el consumo, lo que aumenta el costo”, dice el análisis. Los que tienen menos, entonces, deben pagar más para seguir comiendo menos.Las cifras más actuales, en todo caso, esbozan alguna mejoría en el panorama. El informe de calidad de vida en Cali 2013, Cali Cómo vamos, señala que las muertes en menores de 5 años pasaron de 333 a 260, entre 2012 y 2013, y que la economía vallecaucana creció un punto por encima de la media nacional. “En 2013, 21,9% de los caleños son pobres, frente al 23,1% de 2012”.Pese a ello, el concejal Michel Maya sigue creyendo que el problemas es mucho más grave de lo que se piensa: “Es cierto, la desigualdad se ha reducido, pero es la ciudad donde menos pasó. Hay estéticas de bienestar que enmascaran la pobreza: los aparatos, los teléfonos, los televisores, falso poder adquisitivo. El problema con la pobreza es cómo la medimos; aquí el 30% de la gente está bajo línea de pobreza, lo que quiere decir que es gente que tiene dos dólares diarios (cuatro mil pesos) para vivir”.El secretario de Educación del Municipio, Édgar Polanco, dice que por eso la Administración hace esfuerzos para extender el programa alimentario (desayunos escolares) que hoy beneficia a 175.000 estudiantes de instituciones oficiales y colegios privados contratados por ampliación de cobertura. Con una inversión de 33.000 millones de pesos (27.000 de la Nación y 6.000 provenientes de recursos propios), el plan cobija al 70% de la población escolar. Polanco dice que, sobre todo, los chicos que quedan fuera son de grados 9, 10 y 11, “porque se prioriza a los estudiantes de primaria y la población vulnerable: víctima del conflicto, discapacitada, indígena, niños trabajadores. La gran apuesta es llegar al 100%, necesitamos 10.000 millones más y eso se discutirá en la definición del presupuesto del otro año”. De acuerdo con Diego Barragán, pediatra de la unidad de Urgencias del HUV, cada mes el Hospital son atendidos de dos a tres casos de niños que llegan con desnutrición severa.Por fortuna, en la sucursal del cielo todavía ocurren los milagros. La Fundación Arquidiocesana Banco de Alimentos es uno que ya cumplió 14 años sucediendo día tras día para evitar las cortadas que el filo del hambre le causaría a las 32.000 personas que se benefician de su labor. “El Banco es una pieza vital para el sector solidario. Agrupa a 180 fundaciones a través de las cuales se entregan las raciones alimentarias, previo estudio para garantizar que los alimentos lleguen donde deben”, cuenta el padre Óscar de la Vega, director ejecutivo del banco quien precisa que para ello todos los días reciben ocho toneladas de comida donada por grandes superficies, empresas, y gente del común que se apoya su trabajo. “No trabajamos por el hambre, porque no alcanzamos a solucionar el problema, trabajamos por la sostenibilidad alimentaria, trabajamos para hacer conciencia del problema”. El lema del Banco es dar para recibir. En la supuesta ciudad más dulce del país, sin embargo, solo dos ingenios cañeros están vinculados con la iniciativa: entre los dos, cada mes envían diez kilos de azúcar. Una de las 180 fundaciones que se nutren del banco para nutrir a la gente que más lo necesita, es la de la hermana Marleny. El jueves, mientras los niños de Potrerogrande terminaban un almuerzo con espaguetis y carne molida, ella contaba de un proyecto que todavía parece sueño: la construcción de un colegio para el que ya, a punta de milagros y puertas tocadas y muchas suelas gastadas, consiguió la donación de un lote avaluado en 400 millones de pesos. “El alimento más importante, es la educación”. A la entrada del comedor, una fila de niños esperaba por el postre. Ese jueves, eran donas. Mientras la hermana hablaba, ni lo uno ni lo otro, se acababa, solo se multiplicaba: los niños y las donas.

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