Historias de padres que se ganaron a sus hijos a puro corazón

Historias de padres que se ganaron a sus hijos a puro corazón

Junio 19, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Historias de padres que se ganaron a sus hijos a puro corazón

No es ningún descubrimiento, existe otro ADN tan fuerte como el biológico: el del amor. En el Día del Padre, crónica de gestos parecidos.

Fueron varios años de intentos. El señor Zeta y su esposa llevaban 48 meses de matrimonio. Uno que le había puesto moño a una historia de amor como las de las películas. Habían viajado, habían conocido de esas alegrías de formas multicolores que a veces sólo permite la vida de a dos.El señor Zeta y su esposa eran una pareja feliz pero tiempo después sentirían que, a la vez, eran una pareja incompleta. Así que empezaron a buscar un hijo. Después de dos embarazos fallidos, decenas de tratamientos, dietas, horarios y posturas medicadas para concebir, un día entendieron que había algo más poderoso que ellos; quizás un llamado de la naturaleza, una arquitectura superior que debían aceptar. El señor Zeta, creyó entonces que ya nunca le dirían “papá”.Ahora el hombre está sentado en el comedor de su casa, una luminosa vivienda al Oeste de la ciudad, con pisos de madera y óleos colgando de la pared. El señor Zeta es blanco y alto, de pelo gris; tiene 55 años, labios muy delgados y una nariz triangular que le otorga un poderoso perfil. Al fondo, en varias de las divisiones de una biblioteca que abarca todo el ancho de la sala, se ven portarretratos con una imagen repetida: las muecas de un chico sonriente. “Comprendimos que debíamos adoptar, no guardarnos ese amor. El niño es mi hijo; ahora tiene 13 años y después de mi matrimonio, el día que llegó a esta casa ha sido el más feliz de mi vida”.El 23 de diciembre de 1997 tal vez pudo haber sido un día con un paisaje no apto para postales turísticas, pero en la memoria del señor Zeta resulta esplendoroso: sol barrigón, cielo altísimo, nubes blancas.A las diez de la mañana, Jota, de dos meses y medio, concedido en adopción después de un largo proceso, entraba a su casa oliendo a manzanilla; para el bebé habían pintado un cuarto de color azul. El señor Zeta, mientras cuenta todo aquello, sonríe y su gesto es idéntico al que hace el chico en las fotos. El de las fotos es un niño trigueño, de pelo negro, nariz redonda, pero aún así entre ambos hay un parecido innegable. ¿Qué otra cosa sino el amor podía obrar un milagro como ese? El señor Zeta, empresario vestido de dril y algodón, se acuerda de pronto de una anécdota: cuando el niño cursaba tercero de primaria una profesora le dejó como tarea describir en qué se parecía a sus papás: “A mi mamá en que a veces soy de mal genio.A mi papá, en que sudamos mucho y nos gusta hacer chistes”, puso el chico en un papel, aún sabiendo ya que era adoptado. Mientras va y viene en sus recuerdos, una leve humedad en la camisa del señor Zeta confirma qué tan legítimos pueden ser los lazos desprendidos de la genética emocional del corazón: el señor Zeta, como su hijo, suda mucho.A Jota, chico afectuoso capaz de despertar a sus papás con besos mañaneros, le gusta el judo y es cinturón azul; también patinar, leer libros de aventuras y andar descalzo en la casa. Su mamá, cuando le pide que se ponga zapatos, cae en cuenta de que al niño le gustan las mismas cosas que al padre, pese que nada de eso se lo hayan inculcado. En la billetera del señor Zeta hay tres fotos del chico en distintas épocas: antes de entrar al jardín, en el colegio, poco antes de cumplir los 13. “Es mi gran orgullo, mi felicidad. Cada que me dice te quiero mucho papá, yo caigo derretido”. En una de las fotos ambos posan juntos. La sonrisa de Jota se alarga en una leve curva ascendente, de la misma manera que como ocurre con su padre. A él no lo extraña: sabe que quienes se aman, como en las películas, acaban por parecerse. Papá sin edad de jubilaciónFernando es padre biológico de tres chicas de 30, 24 y 18 años. Sólo la menor, Luisa, estudiante de sicología, vive con él y su mamá. Las otras dos ya hicieron su camino; una de ellas ya le dio su primer nieto. Fernando es de pelo blanco, pequeños ojos negros; tiene 60 años y la piel de la cara delicadamente arrugada. Mientras habla recostado en una poltrona, se ve como un abuelo apacible; uno de esos hombres que ya lo dieron todo y se ganaron un tiempo adicional para caminar sin prisa, leer el periódico por las tardes, ver pasar la vida desde una mecedora. Contrario a lo previsible, sin embargo, sus días son una tromba sin tiempo: pañales, teteros, cuentos en las noches, tareas revisadas a la madrugada; todo para niños que no son suyos ¿Qué puede motivar a un hombre, justamente a esas alturas, a emprender la crianza de chicos ajenos?Luego de que su único hijo varón, un policía de 22 años, fuera asesinado por un paramilitar ebrio que le disparó en Corozal, Sucre, a Fernando Victoria, un juez penal jubilado, le pareció justo volver a empezar. Lo que pasa, consideraron, es que ya estaban lo suficientemente mayores para tener más hijos. Así que junto a su esposa decidieron convertir la casa en un hogar sustituto del Icbf. De eso hace ya dos años.Desde entonces por allí han pasado 16 pequeños. Chiquitos abandonados en bolsas plásticas; utilizados para pedir limosna en los semáforos; bebes desnutridos; peladitos dejados en un hospital con enfermedades aparentemente incurables. Yendo en contravía de las predicciones, todos ellos han encontrado allí una suerte de alivio a sus dolencias y poco a poco han aprendido, o recordado en otros casos, cómo es eso de la niñez. ¿Amar así, por decisión y no por imposición del destino, puede crear lazos tan fuertes como los sanguíneos? Después de un tiempo, meses casi siempre, los chicos son entregados a familias adoptivas que han emprendido procesos para demostrar su capacidad de criarlos responsablemente. En otras ocasiones algunos vuelven junto con su núcleo biológico a través de un tutor, previo estudio de las autoridades.“Aunque siempre es difícil desprenderse porque uno se encariña, también hay alegría de saber que tienen otro chance con gente que los quiere de verdad. Es como ocurre con los hijos propios: uno los tiene, los levanta, pero sabe que son prestados por un ratico”. Fernando, desde la poltrona, habla del amor. Dice que entregarlo a los familiares es lo más fácil, pero dárselo a quienes lo necesitan es lo más urgente. Mientras dice eso, N.D., de 2 años, abandonada con una anorexia prematura, busca los brazos del hombre y le balbucea cosas aún inentendibles. Dentro de poco, seguramente, aquello se convertirá en palabras conocidas en esa casa: gracias, felicidad, cariño, vida, papá.Sinónimos en un mismo caminoLa historia de Gonzalo Echeverry, prestigioso estilista de reinas y modelos es ya bien sabida: a los 19 años, lleno de un amor rebosante, se casó con Humberto Quevedo en Londres. En 1975 regresaron a Cali y vivieron dos años solos, hasta que se dieron cuenta de que un amigo mutuo, también gay, había tenido un hijo que no estaba en capacidad de criar. El detonante que los convertiría en padres ocurrió una mañana en la que se dieron cuenta de que el bebé había permanecido dos días solo en una casa de Buenaventura mientras su papá biológico andaba de fiesta. Ese día acordaron con su amigo que en adelante ellos velarían por el pequeño. El chico tenía poco más de un año y se llamaba Nicolás.Lo que siguió también es conocido: gente que se opuso a que dos homosexuales se hicieran cargo del niño, vestiduras rasgadas, manos en la cabeza, exclamaciones de asombro, un largo proceso ante el Icbf para demostrar que ellos, junto a sus familiares, podrían darle al chico todo lo necesario para que creciera como hombre de bien.De lo que poco se sabe es del padre que habita bajo la piel de Gonzalo. Del padre respetuoso que siempre entendió el espacio propio de Nicolás. Del papá civilizado que ya separado de Humberto decidió viajar con su ex pareja para instalar al chico en Francia luego de que terminara el bachillerato y ellos lo impulsaran a formarse en el exterior. Del amigo de Nicolás, hoy convertido en un reconocido fotógrafo de moda y padre de una bella niña de 8 años de nombre Francisca. Poco se sabe de todo eso, quizás, porque como dice el mismo Gonzalo, él nunca ha querido ser pretencioso con esa palabra, papá, qué considera tan grande. Gonzalo, entonces, prefiere utilizar otros términos: apoyo, columna, bastón. Aunque intente esquivarlo, los sinónimos dichos por ese hombre alto como árbol, de voz tan gruesa, de opiniones tan desenfadadas, se oyen irremediablemente tiernos. Quizás, de todo aquello se sepa tan poco, porque bajo la piel del infalible estilista, se esconde un padre tan común como cualquier otro.

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