Escuchar este artículo

"Espero que las mujeres despierten": María T. Arizabaleta, decana del feminismo en Cali

Abril 01, 2018 - 02:30 p. m. Por:
Alda Livey Mera Cobo / Reportera de El País
María Teresa Arizabaleta

María Teresa Arizabaleta, decana del feminismo en Cali.

El País

Este jueves 5 cumple 84 abriles, 75 de ellos luchando por los derechos de las mujeres. Y por primera vez ve que el mundo entero se movilizó el pasado 8 de marzo, en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer.

El País dialogó con María Teresa Arizabaleta de García, decana de las feministas colombianas y una de las dos sobrevivientes de la lucha por el voto femenino en el país –la otra tiene Alzheimer–. Con la picaresca criolla, inteligencia y amabilidad que la identifican, evocó su pasado, cuestionó el presente y aconsejó para el futuro.

“Fui una niña privilegiada. Por eso me preocupaban las demás. Fui la única mujer y cinco hermanos hombres. Y solo tres primas y 18 primos. Todo el mundo decía: ‘ay, tan linda Ana Luz, esa belleza latina’; ‘ay, tan hermosa Cecilia, esa belleza europea’, y ‘tan inteligente María Teresa’. Entonces no me preocupó nunca ser bonita.

Yo era una contemplada. Mi mamá me hacía estrenar los 5 de cada mes. Lo tuve todo, por eso pienso en las que no tienen nada. A mis hermanos los castigaban, a mí nunca, el castigo mío era no hablar. Pero me llevaban donde una parienta y me subían a una mesa y hablaba y hablaba. A los 7 u 8 años fui al Gimnasio Femenino del Valle, el colegio de las Pombo, donde mi mamá había estudiado. La directora era Matilde González Ramos, a ella le debo mucho, todas le debemos".


Dice que a su edad no sabía que había pobres, pero recuerda que unas niñas no llevaban entredía, y que la lonchera de las judías era deliciosa. Entonces repartía su entredía de pan, tomate y la mitad de un huevo duro, con las que no tenían merienda. Eso hizo que las niñas le tuvieran cariño.

Un día la castigaron y la llevaron a un salón donde escuchó hablar de lo que se hablaba mucho en su casa: de política, de Lleras Camargo, de Guillermo Valencia. Su padre, Juan Demetrio Arizabaleta Díaz, era gaitanista, estudió hasta tercero de bachillerato y habló cinco idiomas. Su tío Teodomiro era turbayista y tenía una emisora.

Vea también: Estos son los retos que tienen las mujeres de Cali para disminuir la brecha entre géneros

Después supe que cuando hay un matrimonio con un pobre, se hace un contrato y el compromiso de mi papá era que nos dejara educar cristianamente: mi abuela era presidenta de las madres católicas, mi mamá también y cuando muere, unas viejitas me dicen:

– María Teresa, ¿usted quiere ser presidenta de las madres católicas?
–Cómo se le ocurre, soy una pecadora empedernida– recuerda, soltando a reír. No me volvieron a hablar.

Mi papá tenía una biblioteca grande, pero había libros bajo llave. Hernán (su hermano) y yo aprendimos a abrir y leí Madame Bovary y otros libros que no entendí porque era muy niña. Encontré libros ateos, pero otros que me interesaban, como los de política. O frases como “Si Cristo no fue Dios, merecía serlo”, del escritor francés Joseph Ernest Renán. Y eso me marcó.
Mi mamá me llevaba a misa todos los días y me dijo que teníamos que pedir porque mi papá se convirtiera y creyera en Dios. Cuando hice la primera comunión y ya podía comulgar, llegué fuerte y le hablé a mi papá:

– Papá, ¿usted cree en Dios?
– Mija, yo creo en vos–, me dijo tomándome las manos.


Luego de esa conversación de política que oyó en el colegio, se hizo castigar. La señorita Matilde la inquirió: ¿Usted otra vez castigada? “Me hice castigar porque quiero que me invite a esas reuniones”, respondió. La directora trató de disuadirla diciéndole que la política era para grandes, pero insistió: pues yo quiero aprender política. Fue la niña precoz de 10 años la que persuadió a la profesora, que aceptó dejarla asistir, pero sin participar ni contarle a nadie.

Allí conocí a Lleras Camargo, más antipático, parecía que se había tragado una guadua. Le hablé de la importancia del voto femenino. A él no le pareció y lo acorralé: ‘Pero, ¿porqué cree que nosotras no podemos votar?’. Allí conocí a Rojas Pinilla. Y a Esmeralda Arboleda, líder por la lucha del voto femenino. La volví a ver en la floristería que tenía su mamá, Rosita Cadavid. Me hice la que miraba las flores, y ella salió y me preguntó:

– ¿Te gustan mucho las flores?
– No, me gusta escucharla a usted.
Desde entonces nos hicimos amigas hasta que murió. Me llevaba en avión a Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Medellín, a hablar del derecho al voto.


La señorita Matilde ya la había entrenado en los barrios. Su papá le contó que una vez se quedó aterrado: vio muchachos de 15, 16 años escuchándola a ella, que tenía 10. Les decía, ‘tienen que trabajar porque la mujer vote, les gusta ver la mamá en la casa, pero...’ y gustaba. Su familia quiso que estudiara derecho, es abogada frustrada, pero se decidió por arquitectura en la Universidad del Valle.

Allí fue la primera profesora del departamento de matemáticas, porque así lo decidió. Pidió prestados libros a un profesor, y se los llevó, pero en francés y alemán.

Vea también: ¿Cómo es ser mujer en Cali?, hablan ellas en la conmemoración de su día

–Cómo se te ocurre, si yo a duras apenas hablo español y con dificultad.
–Las matemáticas no tienen idioma–, le respondió el profesor.
Concursó y pasó. Al otro día, un hombre la recriminó:
–¿Y a usted quién le sopló?
–Tu mama, le respondí grosera, porque siempre lo he sido –admite–. No se metieron más conmigo, pero vi cómo menospreciaban a la mujer los mismos docentes. Como el que ridiculizó a una compañera de clase: “Eso hasta Ana Cecilia lo entiende”. Cuando María Teresa era directora de Planeación Municipal, ese docente fue por una autorización para una obra. Y ella le preguntó:

– ¿Por qué hiciste esto así?, si eso hasta Ana Cecilia lo entiende.
El hombre enmudeció y balbuceó:
–Vos sos muy rencorosa.
–Rencorosa no, sino que tú sacaste a la niña de la universidad, se fue y no volvió, para que veas el daño que puede hacer un comentario así.


Conocí a Daniel (García, su esposo) cuando él tenía 8 años y yo 7. Era hijo del fotógrafo Hugo García y fueron a mi casa a dejar las fotos de mi primera comunión. Mi marido cuenta que el papá le dijo:

–No vaya a dejar las fotos porque son mala paga. Él dice que nunca le pagaron y que le tocó a María Teresa pagarme en especie”, ríe a carcajadas.

La verdad es que Daniel le dijo a mi cuñado: con esa muchacha me voy a casar. Y comienza a ir a la salida del colegio como 5 años. Era muy tímido. A mis padres no les gustó ese amorío y me ordenaron despacharlo. Pero al otro día lo vi sentado en la Colina de San Antonio y le confesé: “Bajá, que me hiciste falta”.

Desde allí arrancamos amores. Salimos bachilleres en 1953, y supe que mis padres me iban a mandar a Estados Unidos. Entonces les dije: “Ustedes saben cómo soy yo, no voy a ir a los Estados Unidos y de paso les digo, Daniel no me lo ha dicho, pero me voy a casar con él”.

Cuando le cuento el fastidio de mi familia por ser hijo del fotógrafo –mi mamá creía que era hija de la nalga de Dios–, Esmeralda me ayuda a entender la cultura machista, a que me guste la política y a tomar decisiones, como no dejarme de mi familia. Hoy, tras 63 años de matrimonio con Daniel García, también arquitecto, padre de sus cuatro hijos, lo admira como excelente esposo y padre. “Lo quiero mucho”, afirma.

Vea también: ¿Deben reeducarse los hombres en Cali sobre el trato a la mujer?

“A Esmeralda Arboleda no le han hecho un homenaje como debe ser. Cali debe hacerle un monumento, no saben lo que sufrió por la lucha por el voto femenino”.

La lucha por el voto femenino tiene dos etapas: la primera es todo el siglo XX hasta 1954, cuando podemos votar, pero es durísimo. A Esmeralda Arboleda la persiguen, la sociedad la tilda de marimacho, una palabra muy fea, la peor ofensa que nos hacen. Le tiran piedras a la casa, que caen junto a la cama de su hijito. Ella resuelve irse del país y yo casi me muero. Otras luchan desde 1954 hasta 1957, pero no hay comparación.

Una vez en Barranquilla, Cecilia de la Fuente de Lleras, esposa de Carlos Lleras Restrepo, fue a decirnos que hiciéramos un servicio social obligatorio y gratuito a las mujeres. Era una señora muy culta, me da pena, pero le dije: ‘No. Si hacemos el servicio social no será gratuito, porque ustedes quieren que sigamos en casa de nuestros papás y trabajemos gratis al Gobierno; dígale a su marido que no sea abusivo, atrevido’, y la señora salió llorando.

Años después, Lleras viene a Cali y le pregunta al gobernador Marino Rengifo Salcedo por la mujer que hizo llorar a su esposa. Marino se reía porque yo le había contado. Lleras me llamó y me mandó con 13 planificadores a darle la vuelta al mundo en tres meses, estudiando un proyecto para Colombia. Ahí me doy cuenta de que vale la pena tener carácter.

También tuve épocas difíciles, como cuando se me hincharon los pies buscando empleo, porque me echaron de la Universidad del Valle. Por principio pago la comida y la empleada. No tengo que ser mantenida por nadie ni necesitamos un hombre para vivir. Regio tener uno, amarlo y todo, pero que él pague sus gastos y yo los míos.

La educación es la única solución contra el machismo, y la mujer no se debe dejar, pero con mañita, porque la cultura patriarcal está enquistada. Lo sé desde que hicimos ‘Mujeres rompiendo el silencio’, un programa en Radio Sutatenza (1973), en el que se denunció por primera vez en Colombia la violencia contra las mujeres. Yo pensaba que no lo oía nadie, hasta que un hombre me pegó en la calle.

Las actrices víctimas de abusos sexuales tienen todo el derecho a denunciar y pedir castigo para los abusadores, así hayan pasado 20, 30 años. Cada víctima de violación me dice que es la humillación más grande, la situación más terrible y desagradable, que se siente, la más infeliz y que si tienen el hijo, siguen viendo en él la cara del violador, no logran superarlo ni se sienten capaces de amarlo.

Las mujeres y los jóvenes están dormidos. Un estudio reciente muestra que en cien años sí habrá igualdad. Ya es mucho, yo hablaba de 150 años. Las mujeres estamos un poquito mejor hoy, pero nos están matando por ser mujeres. Eso del feminicidio no nos lo inventamos. A las de la Ruta Pacífica no nos han matado porque somos 300.000. Pero sí me han llamado a decirme: “Seguí hablando y te lleno la boca de tierra”. Un día me dice mi esposo: Hoy sí que te mandaron faxes. Daban hasta el piso. Eran las águilas negras: “Vos sos coordinadora del Valle y estás en la mira”.

Quiero y espero que las mujeres se despierten. Que dejen de pensar pendejadas. Para acostarse, hombres hay muchísimos, unos malitos, otros peores. Yo me siento poderosa de ser mujer. Yo me siento orgullosa de ser mujer. Yo me siento feliz de ser mujer. Y quiero que todas se sientan así”.

En Israel

“Nunca vi ojos de odiocomo entre israelitas y palestinos. Fui a Israel a dar una conferencia de ecofeminismo, ante más de mil personas, 200 hablaban español y solo había diez traductores. El ecofeminismo se fue a la porra y comienzo yo a hablar de los derechos de la mujer y de cómo quitarse esa mirada de odio, mirarse distinto, que los niños no tenían la culpa; de convivencia, de perdón y de no transmitir el odio. Que había visto un partido de fútbol entre palestinos e israelíes y que era el sacrificio que debían hacer y empiezan a aplaudir, a gritar y se ponen de pie. Es lo más emocionante. El corazón parecía saltarme de un lado al otro”.

A mi tío Cleodomiro le pedí espacio para la señorita Matilde y hablar del voto en la emisora, pero no aceptó. Y a mí tampoco. Me dijo: ‘la política es una porquería, todo el mundo sale embarrado’. Le dije, ‘pues a mí me gusta embarrarme, sí usted se ha embarrado,  ¿por qué yo no’?”.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS