"Decir que no parezco negra no es un halago": Erlendy Cuero

"Decir que no parezco negra no es un halago": Erlendy Cuero

Marzo 07, 2019 - 11:45 p.m. Por:
Kelly Sánchez - reportera de El País
Erlendy Cuero, lideresa del Distrito de Aguablanca

Erlendy Cuero sabe bien que el suyo es uno de tantos testimonios que ha dejado la violencia en las comunidades negras, pero se ha encargado de hablar duro y hacerse escuchar porque a través de ella hablan también muchas otras voces.

Foto: Raúl Palacios / El País

“Cuando la gente quiere pasar de buena conmigo, me dice: ‘Usted no parece negra’, pero si yo hablo duro, como pescado, tapa’o, cangrejo; canto y bailó currulao, cantó alabaos, velo muertos, hago simbología, siempre ofrendo a mis ancestros… ¿cómo que no soy negra? Decir que yo no parezco negra no es ningún halago”, dice Erlendy Cuero con firmeza.

Quizá en su natal Buenaventura nunca nadie puso en duda su negrura, y tal vez por eso cuando llegó a Cali, huyendo de la guerra, fue cuando se dio cuenta de que era negra.

De comer papa china, ‘pepepán’, ‘bananito’, chibirí y pescado en el Puerto, pasó a Cali a comer fríjoles, lentejas y blanquillos, y a escuchar comentarios como “los negros huelen feo”, “son desorganizados”, “brutos” y “siempre pobres”.

En el barrio Llano Verde, al oriente de Cali, todos saben quién es Arlendy. La mujer que usa turbantes y ropa colorida; la que mantiene sonriente, pero que habla fuerte cuando se trata de defender sus derechos y los de su comunidad; la que aprendió que ser negra no la hace menos y que debe reclamar lo que le corresponde. Eso, porque la guerra la hizo convertirse en una lideresa de las comunidades afro.

Tenía 13 años cuando un grupo paramilitar le arrebató a su papá de siete disparos, lo tuvo en sus brazos hasta que su corazón se detuvo y sintió que con él también se iba su vida.

“Yo hubiera soportado cualquier cosa que me pasara a mí, pero no que me lo mataran a él, eso marcó mi vida más que cualquier otra cosa. Con la muerte de mi papá casi me terminaron la vida”.

Ella, que ya había perdido a su mamá, se quedó sola.

Fue cuando la enviaron a Cali a vivir con un tío, hermano de su papá, pero ella, acostumbrada a su tierra, no lograba adaptarse a la ciudad. Regresó a Buenaventura pero fue expulsada de nuevo por la violencia. Varias veces intentó volver, la última vez lo hizo a sus 22 años, con sus dos hijos en brazos, pero cuando grupos armados le tumbaron su casa y abusaron sexualmente de ella, supo que debía renunciar a ese lugar y radicarse en la capital del Valle.

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“Llegué al barrio Puertas del Sol con dos hijos, sin haber podido terminar de estudiar, sin empleo, sin opción de nada. Tenía algo de ahorros y me alcanzó para un mes de arriendo, pero de ahí en adelante era mucho más complicado”, recuerda Erlendy.

Poco después, se organizó con un grupo de mujeres para trabajar por los derechos de la población desplazada, principalmente mujeres y niños.
Esas mismas mujeres fueron quienes se convirtieron en las columnas que la sostuvieron cuando quiso morirse por no tener qué darle de comer a sus hijos.

“Yo me encerraba y ellas me tocaban la puerta. Empezaron a darme ese blindaje, cuando yo entraba en depresión, siempre había compañeras que estaban ahí, y empezaron una cadena en la que una me llevaba $2000, la otra me llevaba un pan, otra me llevaba arroz y me decían ‘vamos a continuar’”.

Y se envalentonó

Erlendy llegó a Afrodes, la ‘Asociación de afrodescendientes desplazados’, de la que ahora es vicepresidenta, y se envalentonó.

“Con Afrodes yo encontré ese otro chip, primero por todo lo que ya había vivido con el conflicto, pero también por todo el proceso que estaba haciendo en Cali, en capacitaciones que nos daban las instituciones, y uno se envalentona. Yo quería confrontar todo el tiempo cuando veía injusticias”, dice.

En esta organización aprendió a defender los derechos de su etnia “porque anteriormente se hablaba de desplazamiento forzado, pero no se tenía en cuenta el tema de grupo étnico”.

Ese mismo valor fue el que hizo que en 2009 entrara, sin ser invitada, a un comité municipal del Sistema Nacional de Atención Integrada a la Población Desplazada (SNAIPD) y pidiera la palabra, aunque nadie se la había solicitado, y dijera: “Las comunidades negras nunca hemos tenido voz aquí en Cali, pero desde hoy las comunidades desplazadas negras vamos a tener voz”, y se despachó a reclamar todos los derechos que les habían negado.

Dice que desde entonces se le abrió más espacio a las comunidades negras desplazadas y se empezó a pensar que estas tienen particularidades como grupo étnico que deben ser atendidas. “De ahí salimos mucho más envalentonados y contentos”, apunta, riendo.

Pero a Erlendy la guerra la persiguió. Su trabajo también le empezó a traer problemas: primero fueron panfletos, luego llamadas, después mensajes de texto y hasta persecuciones, que la hicieron moverse de barrio en barrio, en busca de su seguridad.

Cuando le entregaron su vivienda en Llano Verde, se prometió que, para evitarse problemas, no llevaría a su casa todos los procesos sociales que había emprendido. Pero eso no fue posible, al poco tiempo ya estaba recibiendo personas que buscaban asesoría para algún tema relacionado con su condición de desplazados.

Una noche, mientras estaba en su casa, Erlendy tuvo un mal presagio. “Hoy las condiciones aquí no están bien, le dije a mi hijo que se encerrara acá, y un compañero que estaba en la casa me decía que yo era paranoica, pero yo me conozco mi sector y sé cuando las cosas no están bien”.

Le prohibió a su hijo Johan salir de la vivienda. “Te doy con un palo si te vas para la calle”, sentenció. Poco después Johan pegó un grito y dijo que unos hombres armados se habían bajado de un taxi, se persignaron y venían corriendo para la casa.

En medio del pánico, apagaron las luces, subieron corriendo a la terraza y Erlendy alcanzó a llamar a un familiar para decirle que los iban a matar. Armada con una varilla en el techo, estaba dispuesta a lo que fuera necesario para proteger a su hijo.

De ese episodio lograron salir ilesos cuando su familiar llegó con la Policía y los sacaron de la casa. Los hombres armados escaparon.

Para que Erlendy volviera a su casa, varios chicos del barrio le ofrecieron protección, hasta le entregaron una granada y le enseñaron cómo usarla si debía defenderse, pero “yo, que lucho por los derechos humanos, no podía estar patrocinando esto. Yo decía: ‘si me quedo acá, estoy avalando las conductas de los muchachos’. Entonces les dije que prefería que no me cuidaran y ellos dieron un paso atrás”.

Erlendy tuvo que buscar un nuevo lugar, pero su casa no dejó de ser la sede de Afrodes. “Allá la gente sabe que si yo me fui, no es porque quisiera, sino porque me tocó”, agrega con un dejo de resignación.
Pero Erlen, como le dicen sus conocidos, sabe que la bala puede venir de cualquier lado. Cuenta que en una ocasión, reunida en la Mesa Municipal de Víctimas, de la que también hace parte, discutió con algunos de los miembros de la organización por no coincidir en opiniones, pero no imaginó que ese altercado pudiera trascender.

“Esta chica le cuenta a la tía, que vivía acá en Llano Verde, que había discutido conmigo. La señora automáticamente sale desaforada a contratar unos sicarios para que me mataran”.

Pero como a Erlendy la conocen en el barrio, la pusieron sobre aviso para que la denunciara ante la Fiscalía. La mujer huyó de la zona y no se volvió a saber de ella.

No imaginó que aquella muchachita que dejó de barrer en el río con su atarraya se convirtiera en la mujer que es ahora, la misma que ha hablado ante la ONU y la OEA sobre la situación de las comunidades negras en Colombia y Latinoamérica, la misma que ha recibido distinciones internacionales por su labor de liderazgo y que ha tenido que vencer el miedo de subirse a un avión.

Pero también la misma que ahora debe vivir en un apartamento con seguridad de 24 horas, andar con chaleco antibalas y movilizarse con dos guardaespaldas en una camioneta blindada para protegerse de una guerra que la sigue adonde vaya.

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