Cali, una terminal en el doloroso éxodo de los migrantes venezolanos

Cali, una terminal en el doloroso éxodo de los migrantes venezolanos

Abril 08, 2018 - 08:00 a.m. Por:
Felipe Salazar Gil, reportero de El País 
Informe Exclusivo. Venezolanos en Cali

Entre Puerto Cabello, la capital del estado de Carabobo (Venezuela), y el puente internacional Simón Bolívar, que separa a Colombia del país vecino, hay 730 kilómetros por carretera. En un bus esa distancia podría recorrerse, en promedio, en doce horas. Algo así como 42 kilómetros menos que ir de Cali a Bucaramanga. A Wilber Ventura, un venezolano de 22 años, le tomó una semana y media llegar desde las playas del mar Caribe hasta el río Táchira. Iba a pie.

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Su único equipaje era una mochila en la que empacó un par de mudas de ropa, dos frazadas, una toalla, 200.000 bolívares (11.258 pesos colombianos) y dos pares de tenis. Treinta pueblos y municipios atrás quedaron su madre, su hijo de cuatro años y su trabajo como fabricante de pirotecnia. Había que huir, así fuera caminando y escabulléndose de retenes, de la escasez de alimentos y medicinas y de la misma guardia venezolana que lo tenía entre ojos por ‘guarimbero’, que es como la oposición le llama a los que luchan en las calles contra la represión y que son considerados por el Gobierno como terroristas.

Wilber cruzó la frontera con Colombia el pasado 8 de diciembre, como lo hacen diariamente 37.000 de sus compatriotas. Su primera escala en esta travesía fue Pamplona, Norte de Santander. En este municipio de más de 57.000 habitantes, encontró trabajo como albañil, en el que ganaba $20.000 diarios. Al mismo tiempo ayudaba a limpiar una iglesia, de la que ya no se acuerda el nombre, a cambio de ganarse el hospedaje.

Allí, durante días comió recortes de ostias y agua. No había más. Este joven de carnes cobrizas que parecen haberse tostado más después de haber cargado el sol durante tres meses siempre ha sido flaco, pero esa dieta obligada, las caminatas y el trabajo como albañil le hicieron perder al menos tres kilos, dice. “Son pocos los venezolanos que tienen el pellejo separado de los huesos, allá se aguanta hambre porque todo es caro y la plata no alcanza para nada. Imagínese que el salario mínimo son 1,3 millones de bolívares, pero un cartón de huevos cuesta 400.000 bolívares, un kilo de carne vale 400.000 bolívares, un queso cuesta 300.000 bolívares y un kilo de jamón vale 1,5 millones de bolívares”.

Y precisamente esos tres kilos perdidos, confiesa con risa nerviosa, pasaron a ser cinco luego de escabullirse de una redada que hizo un equipo de Migración Colombia en la iglesia donde se refugiaba y de la que se llevaron a varios compañeros. Una segunda fuga esta vez en tierra ajena.

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Los descansos en la vía son cortos. Quince, treinta minutos máximo; un par de toques a la pantalla del teléfono para capturar el recuerdo, dos tragos de agua, contemplar el paisaje, seguir. La odisea de Wilber por las carreteras del país se mezcló con la única forma en la que le podía rendir el tiempo sin gastar un peso: esperar a que una tractomula pasara un reductor de velocidad para alcanzar a colgarse de los containers y ahorrar energía unos kilómetros. Así llegó a Medellín aún con algo de suela en los zapatos y darle un descanso a las ampollas de tres centímetros que tiene en las plantas de sus pies.

Y si bien en Medellín trabajó con un par de carretas vendiendo fruta y ganando lo suficiente para rentar una habitación y comer, esa ciudad era apenas una estación en el viaje en la que solo alcanzó a estar poco más de 20 días. En el itinerario que guarda en la cabeza aún falta llegar a Cali, un puerto obligatorio que se cruza en su camino de paso hacia Perú. Hoy, tres meses después de haber salido de casa, apenas si está a medio camino del Sur.

Sellar un pasaporte para salir de Venezuela por Ureña, estado de Táchira, puede tardar mínimo cuatro horas. De esto son testigos Carlos Duván Amado, 34 años, y Nathaly Guerrero, 25, una pareja que salió de San Cristóbal el pasado 15 de marzo luego de pensar por más de ocho meses si abandonaban o no su patria.

“Si hubiéramos cruzado por el puente Simón Bolívar todavía estaríamos tratando de pasar, es mucha la gente que quiere salir. Nosotros tardamos en decidirnos porque creímos que íbamos a aguantar la situación del país, pero Venezuela se volvió inviable”, dice Nathaly, quien solía trabajar vendiendo seguros.

Para llegar a Cúcuta en bus, vendieron dos televisores, un PlayStation 3 y “regalaron” un Twingo modelo 2015 por un valor que, al cambio en pesos colombianos, rondaría los $3,7 millones. Solo se quedaron con parte de su ropa, una bandera de Venezuela que quedó ensangrentada luego de las protestas en las que participaron, una cafetera y una plancha que empacaron en cinco maletas que les prestaron sus amigos y que ahora no saben cómo ni cuándo les devolverán. En total juntaron 650.000 bolívares que, al cambiarlos en Cúcuta, se convirtieron en $13.000. Todos perdieron.

Un giro de $200.000 hecho por la madre de Carlos para pagar los pasajes en bus de su hijo y su nuera desde Cúcuta hasta Bogotá fue el salvavidas para continuar con esta aventura que tiene como destino final la ciudad costera de Iquique, en Chile.

“La meta de todos los venezolanos es llegar a Chile porque es el país más próspero de la región. Con un sueldo mínimo en Colombia solo pagamos alquiler y comemos; con el sueldo mínimo de Ecuador pagamos alquiler, mercamos y ahorramos poco; con el salario de Perú rentamos, comemos y reunimos un poco más; pero en Chile podemos hacer todo esto y reunir mucho más dinero”, asegura Carlos, quien recorría su país vendiendo grifería al por mayor y dice estar dispuesto a laborar en cualquier cosa.

En Bogotá los recibió la familia de Carlos y luego de quince días de hacer cosas propias de turistas, era tiempo de partir. Con poco más de 300 dólares en el bolsillo, que reunieron con ayuda de sus familiares, aún hay dos paradas obligadas antes de salir de Colombia. De hecho, en su celular Carlos carga el itinerario de viaje: Cali - Ipiales - Tulcán - Guayaquil - Piura - Lima - Tacna - Arica - Iquique. Para llegar a su destino, dice Nathaly, solo necesitan guardar 271 dólares para el transporte.

En un sitio en el que las personas suelen correr o andar apresuradas, Limbania Hernández no tiene afanes. Sus pasos son cortos, su mirada piadosa pero afilada. La terminal de transportes de Cali es su segundo hogar. Lo ha sido durante los últimos 22 años, cuando empezó a ‘cazar’ migrantes atiborrados de maletas y varados en medio de los pasillos sin saber cómo seguir su camino.

Mientras recorre el segundo piso de la terminal en busca de venezolanos que no tienen suerte, esta mujer de 69 años mira siempre hacia los lados, como quien no encuentra a un ser querido entre la multitud. Dice que son fáciles de identificar: suelen estar cargados de maletas, están caídos del cansancio y, por el viaje que llevan a cuestas, llevan sucia la ropa.

“Nosotros les ofrecemos un almuerzo, una ducha y ropa limpia en el comedor que abrimos con la Secretaría de Bienestar Social. Es una manito que se les da mientras están en la ciudad, porque casi nunca se van el mismo día y se quedan a dormir en el terminal o cerca a la bahía de los taxis hasta cinco días, que es lo máximo que permanecen en Cali. Una se siente realizada cuando ve el agradecimiento de la gente, esa es la gracia de Dios”, afirma Limbania, mientras se acerca a saludar a Jorsel y Carlos Tamoy, primos oriundos de San José de Guanipa, en Anzoátegui, que estaban varados desde hacía cinco días y a los que atendió el pasado lunes.

Explica que hasta el año pasado se podían atender en la capilla de la terminal ocho venezolanos en un día, pero este año las cifras se han multiplicado en más de 400 % porque se reciben hasta 35 en un turno.

“La mayoría son personas jóvenes y vienen solos, pero también vemos familias de hasta seis personas. Para ayudarlos a seguir su camino les ofrecemos pagar la mitad del pasaje o les colaboramos dándoles bolsas de basura o de dulces para que los vendan en los semáforos y puedan comprar el tiquete”, comenta Limbania, quien también ayuda a regatear el costo de los boletos con los despachadores o conductores de las empresas de buses.

Al año, dice esta integrante de la Pastoral de Migrantes de la Arquidiócesis de Cali, se subsidian hasta $2 millones en tiquetes de salida para venezolanos. Solo una parte de los recursos se recogen durante las colectas que se hacen en las iglesias de la ciudad el tercer domingo de septiembre, cuando se celebra el Día del Inmigrante. Para el resto se apela a una sonrisa y a amigos cercanos.

Cali es un puerto que los venezolanos utilizan para seguir hacia el sur del continente. Para la mayoría no es una opción quedarse. En eso coinciden Carlos Duván y Nathaly, Wilber, Jorsel y Carlos. La diáspora, como una espiral de coincidencias, los concentró a todos en la terminal el martes de esta semana, antes de salir rumbo a Ipiales y tomar rumbos diferentes.

Siete días le tomó a Wilber llegar desde Medellín a Cali. Lo hizo luego de desafiar la muerte colgándose de las tractomulas y soportar el peso de su cuerpo con un par de palos de madera que encontró en la vía. Hoy, dice, sus pies aún están firmes para continuar el viaje, pese a tener las ampollas más grandes y un par de dedos pelados. Carlos Duván y Nathaly arribaron antes del mediodía luego de once horas en bus; apenas pisaron la terminal compraron el pasaje para seguir a Ipiales, su último destino en Colombia. No quieren perder tiempo.

“Aquí en Cali se ve mucho vicio en las calles, la ciudad es muy peligrosa, no hay trabajo y ponen muchas trabas para poder hacer las cosas. Es todo lo contrario a lo que pasa en Venezuela, pero allá no es rentable vivir; por eso es mejor seguir hacia Perú, allá hay muchos amigos que nos han dicho que solo con la cédula dan trabajo”, confiesa Jorsel, un joven lánguido que a pesar de solo alimentarse con pan y gaseosa durante su periplo en Colombia y no tener $1000 para pagar la entrada al baño de la terminal aún conserva la fe en que puede encontrar mejor futuro en Lima o Trujillo.

Christian Krüger, director general de Migración Colombia, explica que el número de venezolanos que atraviesan el país para salir vía terrestre por Ecuador va en aumento y “esto se da, básicamente, por dos motivos: la cancelación de los vuelos desde y hacia Venezuela y porque la escasez en los pasaportes hace que las personas no puedan viajar a otros destinos vía aérea. Este se viene incrementando día a día y vemos que ya no solo es Colombia el destino final, sino México y Costa Rica, en Centroamérica, pero especialmente van hacia Perú, Chile, Argentina y Ecuador”.

Wilber no tiene pasaporte. Apenas lleva consigo la cédula y la tarjeta de movilidad fronteriza, un documento que le servía para estar durante siete días en el país y que hoy es un retazo de plástico en su bolsillo. Salió de la terminal de Cali el pasado lunes a las 5:24 de la tarde caminando rumbo al Sur, por la vía Panamericana, buscando una tractomula que le acortara la caminata hasta Ipiales, que le tomaría dos semanas.

Bordeando Jamundí volvió a desafiar a la muerte hasta Ipiales, viaje que puso a prueba la resistencia de sus brazos para mantenerse agarrado de un contenedor por doce horas.

Ahí, ad portas del puente de Rumichaca dice, a través del teléfono, que la única forma de seguir camino a Perú es por una de las trochas que no vigilan las autoridades migratorias.

Ya del otro lado de la frontera están Carlos Duván y Nathaly, que en Tulcán, abordaron un bus de la empresa Ormeño para seguir hasta Guayaquil, donde solo restarán 3,201 kilómetros para alcanzar su ‘sueño chileno’.

Este año por el puesto de control fronterizo de Rumichaca, entre el 1 de enero y el 19 de marzo, ya se había registrado la salida de 160.000 venezolanos. Esta cifra llama la atención de las autoridades migratorias, pues si se compara con el 2012, un año antes de la muerte de Hugo Chávez, por esa conexión con Ecuador salieron un poco más de 2000 venezolanos en el año, mientras que durante todo el 2017 salieron por esa misma frontera 230.000 ciudadanos venezolanos. El éxodo de los vecinos, como Wilber, apenas parece estar dando sus primeros pasos.

Las rutas que llevan los venezolanos al Sur, pasando por Colombia
El 6 % de migrantes están en el Valle

Según datos de Migración Colombia, Cali y el Valle del Cauca no concentran mayor parte de los venezolanos residentes. De hecho, a nivel nacional, desde el 2017 y hasta el 19 de marzo de este año, 173.491 venezolanos han solicitado el Permiso Especial de Permanencia, PEP, documento que les permite acceder a un trabajo, afiliarse al sistema de seguridad social o, incluso, tener una cuenta bancaria.

De esa cantidad de personas, el 43 % está en Bogotá; 15,1 % reside en Antioquia; en Atlántico vive el 7,4 %; el Valle ha recibido el 6,4 %; mientras que Cundinamarca concentra el 6 % y en Santander está el 5,1 % de estas personas.

Según Ómar Mendoza, coordinador operativo de la terminal de transportes de Cali, a diario se movilizan por este punto treinta venezolanos hacia destinos nacionales e internacionales.

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