Podcast literario Que Vivan los Libros
El invitado de esta semana es doctor en Derecho de la Universidad de McGill, con residencia de varios años en la escuela de leyes de Harvard, maestrías en la Sorbona (París) y la UCLA (California), además de su grado en Derecho de la Universidad Externado. Constitucionalista.
Sus textos académicos han sido publicados y referenciados en instituciones tan prestigiosas como Columbia, New York University, Oxford; ha sido conferencista y profesor invitado en Yale, Cambridge, MIT o la Universidad Nacional de Singapur.
Su padre, el magistrado Manuel Gaona, fue asesinado por la guerrilla del M19 durante la toma del Palacio de Justicia, en 1985. Cuatro décadas después, Mauricio confirma que por sus ideas (muchas de las cuales ha dejado expresadas en su libro ‘La Constitución soy yo’), ha recibido amenazas contra su vida.
Y aunque su camino se ha desarrollado principalmente en la academia, de un tiempo para acá se ha convertido en un analista de amplia figuración nacional, por cuenta de los debates que ha dado en defensa del orden constitucional vigente y la separación de poderes, así como “su advertencia histórica”, clara y sin eufemismos, sobre el riesgo que corre Colombia de convertirse en una dictadura constitucional.
‘La Constitución soy yo’ está escrito de una manera muy amena y asequible. Es un libro con historia, pero no es solo para historiadores. Es un libro sobre instituciones y democracia, pero no es solo para abogados. ¿Lo pensó para quién?
Un error que se comete en la academia es hablar en el argot de la medicina, el derecho o la ingeniería, no importa la carrera. De nada servía que yo sacara un tratado de Derecho Constitucional comparado que solo iban a leer algunos expertos, así que lo hicimos para que cualquier persona pudiera comprenderlo. Hacía falta en un país donde el orden constitucional está en riesgo todo el tiempo, y que está llegando a un punto de inflexión, a un punto de no retorno.
El libro tiene una parte muy bella y es la historia constitucional del mundo. Allí está Aristóteles enseñándole a Alejandro sobre separación de poderes. La Constitución de EE. UU., joya que iluminó las constituciones de América Latina.
El Bill of Rights de Inglaterra, que ha resistido la prueba del tiempo. En Colombia, Santander y su lucha por anteponer la pluma a la espada. Para quien es nuevo en estos temas, ¿por qué leer sobre constituciones?
Porque la Constitución es el conjunto de reglas que nos dice cuáles son nuestros derechos en una sociedad. No solamente es un manual de reglas. Son los principios que soportan el orden constitucional.
¿Cuál es el primero de todos?
La separación de poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) no es que uno controle a los otros dos, no es que uno sea más fuerte que el otro, es el balance entre los tres poderes lo que genera el consenso democrático. Cuando esto no ocurre, estamos en autoritarismo, hiperpresidencialismo o una dictadura.
¿Qué otro principio soporta el orden constitucional?
Que la Constitución sea la norma de normas. Eso se llama Principio de Supremacía Constitucional. Si, por ejemplo, una ley del Congreso resulta contraria a la Constitución, la Constitución siempre impera porque es la norma de normas. Otro principio es un aporte al constitucionalismo comparado y se llama Disenso Constitucional. Yo lo divido entre dos: la oposición y la prensa libre.
Usted compara estos tres con el cuerpo humano…
Esto es fundamental, pongo el ejemplo del cuerpo humano, que tiene once sistemas que nos permiten vivir: el sistema endocrino, nervioso, linfático, etc. Pero yo utilizo los tres más esenciales: digo que la Separación de Poderes es el sistema respiratorio, el pulmón de la democracia. Yo digo después que el principio de Supremacía Constitucional es el sistema cardiovascular, porque controla el torrente de la voluntad del aspirante a dictador. Y después hablo del Disenso Constitucional, es decir la oposición y la prensa libre e independiente, porque también, obviamente, está la prensa de activismo o de propaganda. Pero cuando llega un líder que usa el populismo y el autoritarismo dice: “la prensa es el enemigo del pueblo”, “la oposición es el enemigo del pueblo”, “la separación de poderes no me deja gobernar”.
Usted establece tres fases o etapas del “aspirante a dictador”. La primera es “Yo soy el salvador”, como se proclama el líder populista; la segunda es “El pueblo soy yo”, que le da autoridad para atacar las instituciones. Pero el tercer paso es el título de este libro, “La Constitución soy yo”. Y allí sí, ¿apague y vámonos?
Exactamente. Yo también hago énfasis en el subtítulo, “Cuando la norma es el arma que desmantela la democracia. Una advertencia histórica”. Advertencia porque aún se puede detener en Colombia. Porque aún hay una Constitución, porque aún existe la posibilidad de que no lleguemos a la dictadura constitucional. Entonces, obviamente, salen los críticos que están radicalizados en sus ideas de defender a un gobierno. Cuando los demócratas trataron de advertir sobre Hugo Chávez también salieron a criticarlos. Esos defensores de Chávez nunca volvieron a aparecer, creo que incluso muchos de ellos se fueron de Venezuela.
Los vi en la televisión, como tres o cuatro semanas antes de las protestas del 2 de agosto de 2016, cuando Maduro mandó al Ejército a las calles. Los críticos decían: “Maduro es un demócrata, jamás haría algo así”, y unos meses después estaban sacando gobernadores, alcaldes. Y estaban sacando a la Fiscal General de su oficina por orden de la Asamblea Nacional Constituyente, mientras nombraban uno leal a Maduro. Solo seis meses después, el Bolívar se había devaluado 1000 %.
Sin hablar de lo que le hicieron a la prensa…
Es que no fueron ataques solamente de “no me gusta este periodista”. No, no, no. Fueron arrestos. Los periodistas internacionales fueron arrestados en el aeropuerto y 67 medios de comunicación fueron cerrados en dos semanas, quitándoles las licencias. Esto no es teoría. Esto existe. Esto ha pasado. Y en Colombia hemos llegado a un punto muy neurálgico: es que ni siquiera se ingenian. Es decir, todo lo están repitiendo.
¿Es de manual?
Incluso el libro, en algún momento pensé llamarlo “el manual del dictador latinoamericano”. Pero también me di cuenta de que ya estaba muy avanzado el proceso. Estábamos en la última etapa, yo ya había escuchado al Presidente decir que él había hecho la Constitución del 91, y después le oí decir que él iba a hacer la nueva. Entonces dije: bueno, lo que está diciendo se está pareciendo a Hugo Chávez, a Daniel Ortega, a Rodrigo Duterte en Filipinas. Ya sé para dónde va.
Si esto es un semáforo, ¿estamos en amarillo?
Ya estamos a punto de rojo, estamos así de cerca, porque ya no solamente se están atacando las instituciones, sino que el Presidente mismo está desobedeciendo, desacatando. El Consejo Estado limita y el Presidente dice: “entonces yo saco un decreto nuevo”.
Por eso yo decía que la diferencia entre las democracias del Siglo XX y las del Siglo XXI es que las del XX eran un golpe de estado seco con los tanques de guerra.
¿Y las del Siglo XXI?
Estas mueren en un decreto, en un trino. Hay una frase que escribió John Adams en la Constitución de Massachusetts de 1780: “Un gobierno de leyes, no de hombres”. Y llega hasta nuestra época. Y se aplica a Colombia, hoy más que nunca. Porque lo que estamos viendo es un gobierno de hombres y no de leyes. De un hombre que dice que él representa al pueblo y que él va a hacer la Constitución, cuando las constituciones se basan precisamente en todo lo contrario.
Leo a quienes controvierten sus posturas en redes y uno de los argumentos es: “Hicieron la Constitución del 91 y no pasó nada, ¿cuál es el problema con cambiarla ahora? ¿Salió bien, por qué no va a salir bien ahora también?”. ¿Qué les responde a los que así piensan?
La Constitución no se cambia por capricho. En el año 91 había un proceso de paz y de reinserción con la guerrilla del M-19. Además, la de 1886 era la Constitución del Estado de Sitio. Es decir que se gobernaba por decreto, hasta que la Corte Suprema de Justicia de la Sala Constitucional lo modificó.
Con su papá de por medio...
Sí, una sentencia de abril de 1985, expediente 1135.
La que moderó ese presidencialismo extremo…
Exactamente, y en gran medida redefinió ese artículo 121, que era el que usaban todos los presidentes para gobernar todo su mandato a punta de decreto. O sea, saltándose el Congreso. Entonces, en la Constitución de 1886 casi que no teníamos un Poder Legislativo fuerte. Entonces ya esto quedó incorporado en la Constitución del 91, o sea, fue un éxito. Y obviamente, la de 1886 no tenía ningún catálogo de derechos humanos, era la Constitución de la Regeneración, cuya preocupación era eliminar los defectos terribles que había en la Constitución de Rionegro, de 1863. La del 91 se pregunta, ¿qué pasa con las mujeres?, ¿con las minorías?, ¿con la orientación sexual. Y llegó un momento histórico para cambiar la Constitución. ¿Cuál es la razón ahora?
La razón que dan es el “bloqueo institucional”. Dicen que les han bloqueado sus reformas y que hay que cambiar la Constitución para garantizar las que llaman “reformas del pueblo”.
No lo estamos diciendo nosotros, el 26 de diciembre de 2025 lo dijeron en la exposición de motivos. Buscan que no haya oposición. Que rompamos la separación de poderes públicos. Esa no es una razón para cambiar una constitución. Una constitución es una garantía histórica para que nadie pueda quedarse en el poder, ni perpetuarse o establecer un régimen. Pero lo peor es que el discurso no cambia mucho. Han tratado de cambiarle un poquito, pero cometen los mismos errores. Los que se oponen hablan del “castrochavismo”, pero el problema es que el ejemplo no solamente es Cuba, ni Venezuela o Nicaragua. Está en Filipinas, Camboya, Uganda. Estos hombres no son los llamados a cambiar esta Constitución. No se han ganado ese lugar en la historia. Además, no hay una razón constitucional real. Cuando un presidente dice: “la única forma de preservar la democracia, los derechos del pueblo, es eliminando los límites de la Constitución que yo juré respetar cuando me hice presidente”, la contradicción no solamente es fatal. Le están entregando las llaves de su libertad a un carcelero que ni siquiera se lo merece. Esa es una consecuencia indefensible.
Por estos días una persona famosa trinó en el siguiente sentido: “es ridículo pensar que nos vayamos a volver Venezuela o Cuba, dejen de asustarnos con el Coco”. ¿Qué respondería a los que todavía creen que a Colombia no puede pasarle?
Decir eso es un insulto a víctimas de Derechos Humanos. Es un insulto a los ocho millones y medio de venezolanos que están caminando por el mundo y que tuvieron que encontrar un lugar dónde vivir que no fuera su nación. Porque el Coco los asustó, parece. El Coco asustó a ocho millones y medio de personas, entonces como que el Coco ese sí existe. En Cuba tienen que comer de las canecas de basura, habrá que preguntarles si el Coco existe. Con Haití, Cuba es la más pobre del hemisferio, una de las más pobres de la tierra, y habría que preguntar también a todos los cubanos que tuvieron que salir de Cuba, precisamente porque el Coco los asustó. Habría que preguntarles también a los refugiados en Myanmar, que dejaron su tierra cuando llegó el Coco. A las personas que tuvieron que dejar Filipinas. Es decir, yo puedo seguir con ejemplos y ejemplos y ejemplos, pero está muy claro. Decir eso es de un vacío intelectual absoluto.
El dato
Mauricio Gaona es columnista y analista internacional en destacados medios de Europa, Estados Unidos y América Latina: CBC, CTV News de Toronto, France 24, The Globe, The Washington Examiner, Toronto Star, New York Daily News, Radio Canadá Internacional.
La frase
“La Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela enfocó sus primeros esfuerzos en eliminar la oposición mediante el cierre de la Asamblea Nacional Legislativa (el Congreso) y la libertad de prensa”.