Un médico que le cambió la cara a Versalles y su gente

Un médico que le cambió la cara a Versalles y su gente

Enero 09, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Luiyith Melo García
Un médico que  le cambió la cara a Versalles y su gente

En reconocimiento a su obra social de toda la vida, las autoridades y la comunidad agradecida aprobaron cambiarle el nombre al hospital San Nicolás por el de su benefactor, el médico Henry Valencia.

Henry Valencia construyó desde la salud cultura comunitaria. Le otorgaron la Cruz de Boyacá.

Versalles no es el mismo desde que Henry Valencia Orozco llegó al pueblo como médico de farmacia, en 1975. Casi sin saberlo, ese día empezó a cambiar la vida de una población que se extinguía en manos de la violencia política heredada de los partidos, de la pobreza de su gente y la desnutrición que mataba a niños de hambre.Iba de paso, porque terminaba su carrera de medicina en la Universidad de Caldas y se aprestaba a hacer el año rural. Valencia tenía planes de seguir una especialización y volver a Manizales a ejercer la medicina. El viejo hospital San Nicolás, que funcionaba en una vetusta casona de bahareque y se caía a pedazos, lo atrapó para siempre en Versalles.Su trabajo era atender pacientes, curarles las enfermedades. Pero muy rápido se dio cuenta que su misión no se agotaría en un consultorio carente de intimidad, donde los curiosos fisgoneaban por las hendijas de la puerta y los rotos de las paredes.“Esto hay que cambiarlo”, pensó Valencia, y se puso en la tarea de atender al más crítico de sus pacientes: el hospital. El objetivo era construir un nuevo edificio. A ello dedicó sus esfuerzos y recursos. Ya su corazón estaba atrapado en el hospital, con sus pacientes de quienes se convirtió en amigo y confidente, y con Mariela López, la asistente administrativa del centro asistencial, con quien se casó hace 27 años y tuvo tres hijas.Mariela dice que su esposo logró construir el nuevo hospital a punta de lobby. Se iba para la revueltería a comprar frutas, verduras y carne, -a veces con plata de su propio bolsillo-, subía las remesas a un viejo Land Rover y llegaba tres horas después a las oficinas de la Beneficencia del Valle y la Secretaría de Salud Departamental, en Cali.A los funcionarios encargados de apropiar partidas presupuestales y tramitar recursos para la salud, les daba lulos, naranjas, aguacates, plátanos y tocino seco porque, según su esposa, “era incapaz de aparecerse ante ellos con las manos vacías”.La ex alcaldesa Marina Gómez de García lo acompañó muchas veces en este sueño que al cabo del tiempo se hizo realidad y le cambió la vida al pueblo, porque a su alrededor se gestó un nuevo proceso de democracia participativa para decidir las cosas del pueblo. En ocasiones el 10% de la población intervino en el ejercicio de construir su propio plan de desarrollo desde el hospital.Valencia entendió que las enfermedades dependen del entorno familiar y social y con esas variables decidió trabajar duro y sin límites de tiempo y espacio. Llevó la atención en salud al campo y proyectó los servicios del hospital en toda la zona urbana. La lógica asistencial de médicos y enfermeras cambió, Valencia les enseñó a trabajar por la prevención de las enfermedades, al punto que el personal del hospital terminó buscando a las personas para ocuparse de su salud, en vez de esperar que la gente se enfermera para que acudiera al médico.Se puso el overolValencia leyó claramente que la salud de la población dependía de su adecuada alimentación, de su educación, de que hubiera ingresos familiares para comprar lo necesario. Del acceso a los servicios de salud, al agua, a la energía, al saneamiento ambiental. Ahí nació la nueva vocación de su vida. Entonces decidió colgar la batola de médico cuando no estaba en consulta y se enfundó el overol del obrero para hacer talleres de participación comunitaria que movieran a la gente a trabajar por su propio destino. Formó decenas de líderes y tuvo discípulos aventajados como el pasado alcalde de Versalles, Jorge Hernán Gómez, con los que puso a andar proyectos de salud, educación y producción. Identificó las 500 familias más pobres del pueblo e impulsó proyectos agropecuarios para mejorar su subsistencia.Con amigos cercanos como Gonzalo Contreras, renovó la Casa Campesina, promovió la Casa Hogar para atención de población vulnerable y el Grupo Gaviotas para rescatar a cientos de jóvenes de las garras de la droga y la delincuencia. Impulsó la corporación Corpoversalles para la capacitación y promoción empresarial y hasta el canal local de televisión, Versavisión, un medio de comunicación que le dio espacio y sentido de pertenencia a los pobladores. Sesenta proyectos sociales nacieron de sus manos para el pueblo y la mayoría se mantienen. Durante la última década, muchos de los problemas sociales de Versalles se resolvieron. No hubo más niños con malnutrición ni muertos de hambre. Los diez mil habitantes del pueblo lograron pleno acceso a la salud, todos los niños tuvieron educación, cientos de familias montaron sus proyectos productivos y la violencia que sacudía al pueblo disminuyó.En 1995, la Organización Panamericana de la Salud reconoció a Versalles como Municipio Saludable, modelo en Latinoamérica. Ese mismo año ocupó el primer puesto en participación comunitaria y el segundo en intersectorialidad. Dos años más tarde, el Ministerio de Salud le otorgó el primer premio como Municipio Saludable por la Paz, entre otros muchos reconocimientos.Municipios de Huila, Santander, la Costa Atlántica, Tolima, Antioquia y Caldas replicaron su experiencia. Detrás de esos logros siempre estuvo el médico Valencia. La programadora Audiovisuales lo incluyó en su serie de documentales 'Todo el mundo es bueno', con el vídeo Utopía de Paz.En diciembre pasado, el esfuerzo de toda una vida del médico Valencia Orozco fue reconocido por el Congreso de la República con la Cruz de Boyacá, la más alta distinción que se otorga a un ciudadano por sus ejecutorias sociales. Y lo ponderó como “ciudadano ilustre y ejemplo para los colombianos”.A sus 64 años y aún atendiendo pacientes en un consultorio del hospital que hoy lleva su nombre, su modestia no lo deja celebrar. Ni gozar la jubilación que tiene desde hace un año, porque siente que todavía “la misión no termina”.

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