Un hospital en medio de la nada

Noviembre 03, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, editor Unidad de Crónicas y Reportajes.
Un hospital en medio de la nada

Felices. El puesto de salud, al fondo, es ahora una novedad alegre para los niños de La Concepción que, aún en estos tiempos, cada tanto son víctimas de enfermedades como el paludismo.

Con la ayuda del Cicr, La Concepción construyó su centro de salud. Datos de un milagro hecho en cemento.

Existen trozos de Colombia tan olvidados que los acontecimientos que allí ocurren son un recordatorio de la mala memoria. Hace trece días, cuando el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cicr, inauguró el centro de salud que ayudó a construir en La Concepción, Bajo Naya, la gente del pueblo se acordó que desde la época de las elecciones, nadie que no fuera de por ahí se había vuelto a interesar por ellos. Ese día, entonces, pleno jueves, hubo fiesta. Parece un exceso, pero no: la celebración, alargada hasta la madrugada, fue más bien un acto de justicia. La Concepción es una vereda de Buenaventura perdida en la selva y en algunos mapas de geografía elemental. Para llegar hay que bordear el Pacífico en dirección sur hasta encontrar las aguas del Naya y meterse cinco horas y media río arriba por una ruta hundida en aquel paisaje repetido e inagotable: la selva, espesa y misteriosa, cortada en dos por un torrente verde que se va abriendo paso entre la nada.La construcción tardó cinco meses. Empezó el 14 de mayo y tuvo una inversión total de $118 millones, de la que casi un 20% debió destinarse al transporte de material. Un solo viaje para llevar una carga de ladrillo, cemento, acero, valía hasta un millón de pesos. El Gobierno no aportó un centavo. Serge Thierry, jefe de la subdelegación del Cicr en Cali, dijo en el acto de entrega que la materialización del proyecto era una forma de demostrar que aún los pueblos más apartados, juntos, son capaces de sobreponerse a las adversidades. Aquellas palabras, dichas allá, iban mucho más allá de la retórica: la mano de obra fue aportada por los habitantes de La Concepción, que trabajaron sin recibir remuneración económica a cambio. Padres de familia, campesinos, cocineras que en todo este tiempo ayudaron a llevar ladrillos, mezclar pintura, estucar, armar. A veces, partes de nuestras vidas, también se construyen con cemento. Encima de la puerta del puesto de salud quedó colgada una placa de agradecimiento en granito pulido, donde la palabra “comunidad” se lee junto al nombre del organismo humanitario en una caligrafía limpia y grande, color vino. Ojalá nadie deje de leer. El día de la inauguración, la gente del pueblo: pescadores, agricultores, buscadores de oro, sobrevivientes mejor dicho, salieron al río para recibir a la delegación de la Cruz Roja como si se tratara de hacedores de milagros. Cuando la lancha llegó al atracadero, bahía sucia de barro y piedras, cien personas aguardaban allí batiendo banderines recortados en plásticos de colores, a esa hora ya medio derretidos por el sol del mediodía. La escena en sí misma ofrecía un milagro a lo lejos: más allá de la edificación levantada a sus espaldas, esa gente acostumbrada desde hace tanto a permanecer sin energía ni agua potable ni acueducto ni alcantarillado ni médico ni transporte, y sometida hace mucho a una guerra ajena que la aprisiona en su propia tierra, recordaba cómo era sentirse, otra vez, parte de aquello que llaman patria.“Hay días en que la comida de uno puede ser una agua e’ cebolla y un pedazo e’ plátano. Hay días en que si a uno le pasa algo y no tiene pa’ salir, se sabe que puede morir. Hay días en que ir a Puerto Merizalde, donde hay un centro de salud, vale $30.000. Y llegar a Buenaventura, $80.000. Tal vez ahora vaya a ser distinto. No es que uno se vaya a dejar de morir, pero al menos va a costar más trabajo”, decía con los pies sumergidos en el agua Álvaro Angulo, músico de años y pesares ya olvidados.Jesús Mario, un minero cuarentón que enviudó hace dos años porque a su esposa tardaron en detectarle un tumor cerebral como consecuencia de las dificultades para salir de la zona, tiene una esperanza similar: “Aquí hay gente que se ha partido brazos, piernas, manos; y como no hemos tenido ni yeso, hemos tenido que aprender a curarlos a punta de sobos y bebedizos. Pero los casos así no son muchos, no siempre pasa. A veces quedan cojos o enfermos para siempre. Ha habido gente que se ha muerto en el camino tratando de llegar a Buenaventura”.La Concepción es igual que un pueblo del Chocó, la costa caucana, el pacífico nariñense: calles sin pavimento, charcos de lodo, ranchos de madera, perros despellejados, niños descalzos, madres abandonadas, hombres extraviados.El puesto de salud, después de la escuela y la parroquia, es la única edificación construida en concreto. A un costado de la cancha de microfútbol que hay en la entrada, se ve como un cubo pintado de blanco y azul. Tiene un área de 165 metros cuadrados (algo así como el espacio equivalente a tres viviendas de interés social) y cuenta con capacidad para albergar pacientes en proceso de recuperación e incluso hacer pequeñas cirugías. Lo único que le falta, vaya paradoja, es un médico. El Municipio (hasta el día de la inauguración) no cuenta con el presupuesto para subsidiarlo. Aún así, desde el día de la inauguración, la gente insistía en llamarlo “el hospital”.

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