Toro, la postal escondida del Valle del Cauca

Mayo 01, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas El País
Toro, la postal escondida del Valle del Cauca

Toro es un álbum de fotos. Gente, paisajes, animales, el sol, la luna; todo se convierte en un motivo, en una excusa para sacar la cámara.

Al norte del Valle, un pueblo de postal. Y en el pueblo, postales en cada esquina. Crónica de una mirada fotográfica, a dos horas de Cali. Mándanos tu foto del Valle utilizando la etiqueta #ElValleEstáEnVos.

Toro es un álbum de fotos. El día que fuimos, el reportero gráfico Jorge Eliécer Orozco tomó 1004 fotografías que quedaron contadas en la memoria de sus dos cámaras: “(…) gente, paisajes, animales, tuyas, de la amiga que se nos pegó, mías, del sol, de la luna, así que a esas 1004, quítale 200, esas serían las de Toro-Toro”, precisaría con exactitud, días después, a través de un mensaje de WhatsApp. 

Con veintisiete años de experiencia en el oficio de explicar la vida en imágenes, Jorge, a estas alturas, rara vez es autor de una foto que no cuente una historia. Esa vez, recorriendo el pueblo, una de las primeras la hizo cuando a la entrada se encontró con un túnel de árboles tan grande como para tapar el sol de las diez de la mañana; la última fue más o menos a las once de la noche cuando el cielo de Toro, a salvo del humo de industrias o de carros en un trancón, se abrió limpio para mostrarle todos sus luceros. 

En un viaje periodístico por la Argentina menos publicitada, que convertido en libro se tituló ‘Interior’, el escritor Martín Caparrós dijo en una de sus páginas que mientras que a las ciudades se entraba a los pueblos se llegaba. Allá y acá, nada más cierto. Porque aunque tenga esa entrada propiamente dicha a través de la sombra de los árboles que crecen a lado y lado del camino principal, a Toro se llega mucho antes, quizás medio kilómetro atrás, cuando unos puestos de fruta a la orilla de la Vía Panorama brotan exhibiendo racimos de uvas que parecen ciruelas y dulces fantásticos que dan aviso de nuevas fronteras del sabor: arequipe de fresa, limón y mango, cortado de maracuyá, y trabuco, aquel dulce misterio amarillo, que frío y recién licuado sirven en vasitos desechables.

[[nid:531962;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/gg734.jpg;full;{Toro es un álbum de fotos. Gente, paisajes, animales, el sol, la luna; todo se convierte en un motivo, en una excusa para sacar la cámara.Fotos: Jorge Orozco | Fotógrafo de El País}]]

Saliendo desde Cali, los carteles de trabuco frío y más frío, son una señal de tránsito aún más efectiva que las convencionales para notificar que el pueblo está cerca porque el trabuco original, juran en la Vía Panorama, lo hacen en Toro.   En el puesto Los Kioskos, donde María Isabel Ramírez vende el vaso a mil quinientos, la doña cuenta que el secreto de la bebida también está en que su fórmula se siga manteniendo en la clandestinidad que preserva de las franquicias, algunos sabores inventados por la recursividad de nuestros ancestros.  Si usted ha probado un pudín de vainilla antes de que se condense en la nevera, permita que su imaginación le dé sorbos a ese sabor, pero ahora helado y no tan espeso, con un tufo de ron resbalando muy al fondo. Jorge Orozco, acostumbrado a congelar el mundo en un segundo, dijo que del trabuco, lo único malo era que se acabara muy rápido.

Aunque paradójicamente solo pueda mostrarse con palabras, una de las mejores fotos de todas fue la de la hospitalidad de los toresanos, que a partir de ese momento quedó representada en Katherine Cardona, una muchacha que hace 23 años nació en el municipio y que ahora, todas las mañanas, le ayuda a doña María a vender frutas en el puesto de la carretera. Katherine, que hace tiempo y al igual que tantos, quiso buscar otra vida bien lejos, al otro lado del mar, dice que ahora la lleva bien ahí, tranquila, solventando las urgencias de la cotidianidad con ese trabajo y con otro que tiene sirviendo la barra del bar Baracoa, a un costado de la plaza principal, donde de jueves a domingo suena una salsa tan brava como para poner a bailar al despecho.

La música saliendo de esos parlantes, quizás, o alguna motocicleta acelerada por el afán de un muchacho con urgencia de besar a la novia antes de misa,  será por momentos casi estruendo en un pueblo de 17.000 habitantes que libre de centros comerciales y congestiones,  y detenido bajo el calor del mediodía, un día entre semana podrá verse como  una maqueta de la tranquilidad, construida sobre calles largas por donde todo fluye de la manera más simple: “Si hace calor, aquí la gente se va para piscina o al río”, dijo Katherine, que nos sirvió de guía toda la tarde.

Uno de sus lugares favoritos estaba pasando el túnel de los árboles gigantes. Es la finca Bella Vista, donde por dos mil quinientos pesos Yaneth Mejía le abre la puerta a todo acalorado que, entre las doce del día y las ocho de la noche, se quiera dar un chapuzón en la piscina. La señora Yaneth lleva seis años en el pueblo. Antes vivía en Cali, por la Pasoancho, recuerda, donde su hijo Juan Manuel, entonces un niño de brazos, aprendió entre sus primeras palabras el ulular de las ambulancias que pasaban de arriba abajo por la Avenida. Ahora en cambio, dice, su chico se olvidó de imitar ese sonido trágico y todas las tardes después del colegio va por ahí, en bicicleta, ruidosamente feliz, pedaleando en silencio.

En Toro, de un momento a otro y apenas unas cuadras adelante, un viñedo puede aparecer en medio del concreto, como sucede con Villa Selena, el uval que hace tres cosechas administra y cuida Francisco Javier Martínez en una casa esquinera donde la prosperidad de la tierra se sale por el enrejado. “Aquí no es como en la ciudad donde los lotes vacíos los vuelven parqueadero, no, aquí los siembran...”, dice Francisco, abriendo la puerta y mirando su cielo particular, que bajo el ramal del cultivo es verde de todos los verdes, y azul cuando el azul alcanza a verse en medio de hojas, y púrpura, del púrpura dulce y con una semilla que se mastica.

En Toro, de un momento a otro, también pueden aparecer pequeñas cosechas de café secándose en la mitad de una calle y al cuidado de hombres pacientes que cada rato le dan vuelta al grano. Y los días de colegio, sobre todo los más soleados, las limonadas escarchadas que a $500 y sin falta, vende Jorge Armando Solís en un carrito ambulante que va quitándole la sed a los estudiantes del colegio Nuestra Señora de la Consolación. El colegio queda a un costado del parque, plaza pequeñita, de muros rojos y bancas de cemento donde los muchachos se juran promesas de amor por las tardes, y los domingos, la familia entera va a comer helado y a llevar los niños al brinca-brinca instalado bajo la sobra de unos árboles de ramas cansadas.

Y por ahí, entre el pueblo, una diminuta coincidencia que pronto será paradoja: una pequeña Plaza de Toros que el alcalde Julián Bedoya, que es médico, promete convertir en un centro cultural y deportivo donde la arena que sirvió como escenario de sacrificio, dé lugar a una cancha de voleibol. La belleza de Toro está en el poder de lo simple, como su mismo nombre que se basta con la potencia de  cachos libres que tienen esas dos sílabas. Bajo el bautizo español llegó  a llamarse  Nuestra Señora de la Consolación del Toro.  ¡Joder!

Y por ahí, a las afueras, es decir a cinco minutos, el salto de Lázaro, charco donde  aprendieron a nadar generaciones completas. Niños como Wilder Vélez, que  a los14 años sigue yendo a sus aguas heladas, que no solo son su patio de recreo sino el sitio desde donde empieza a dar  brazadas en el mundo: por las tardes le enseña a nadar a Camilo Pérez Rivera, que  además de vecino es su amigo. 

Y por ahí, en Toro,  montañas que se convierten en pistas de Down Hill para ciclistas extremos, y otras, menos accidentadas, de camino al cielo. Así como la Loma de la Cruz, que sobre el barrio Palermo se levanta con un imponente crucifijo de cemento blanco que le santifica la cima.

La señora María Marlene Castañeda, que hace diez años vive en las faldas del ascenso, cuenta que por allí no solo se ven deportistas sino creyentes que suben pesando más en cumplir promesas que en perder calorías. Y  enamorados: “Trátame como a un ángel y yo me encargo de que toques el cielo”, se lee a los pies del crucifijo, en un grafitti de letra irregular y exaltada.

Desde ahí, la majestuosidad de todo el Valle en una foto. Fue una de las pocas veces que Jorge Orozco bajó la cámara, miró al infinito y, casi, se quedó sin aliento. Click.

Recuerde enviarnos sus mejores fotos del Valle, utilizando la etiqueta #ElValleEstáEnVos. Lea tambien nuestra crónica de Guacarí.

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