Reportaje: La historia brota en la hacienda Cañasgordas

Febrero 01, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Por Ricardo Moncada Esquivel I Especial Revista GACETA
Reportaje: La historia brota en la hacienda Cañasgordas

La presencia de la capilla en la Hacienda obedecía a un mandato de la Corona, que estableció que las propiedades de terratenientes debían tener capillas para convertir a la religión católica a esclavos.

Un grupo de expertos investigan entre los restos de la capilla, el cementerio y las viviendas de esclavos, de la hacienda Cañasgordas, pistas de tres siglos de nuestro pasado.

Como si fueran protagonistas de un capítulo de la famosa serie CSI, un equipo de expertos utilizó a finales del año pasado en la Hacienda Cañasgordas, un georadar de penetración terrestre con el propósito de desentrañar más de tres siglos de historia regional. Se trata de un costoso equipo conseguido mediante un convenio entre Icanh (Instituto Colombiano de Antropología e Historia) y el DAS utilizado por dicha entidad para el hallazgo de fosas y procesos forenses. En este caso, su misión es ubicar las anomalías que haya en el subsuelo dentro del proyecto arqueológico‘Hacienda Cañasgordas’, dirigido por el antropólogo Luis Francisco López.El origen de este proyecto está íntimamente ligado a la vida de este antropólogo caleño, quien frente a la antigua construcción, declarada Monumento Nacional en 1980, recordó que cuando cursaba segundo de bachillerato en el Colegio Santa Librada vivió una incómoda experiencia que marcó su vida para siempre.La profesora de español le tomó la lección sobre la novela ‘El Alférez Real’, pero cuando quiso contestarle su pensamiento se bloqueó y no pudo desatar palabra. Tal vez sintió en su mente adolescente que cada una de las páginas de aquella novela que había leído y estudiado se borraban sin poder hacer nada para evitarlo.A lo mejor esa misma sensación de estar frente a un libro que se ha estado desmoronando con el tiempo por la desidia y el abandono, sea la que ahora lo ha puesto allí, frente a los muros descascarados y ruinosos de la que fuera aquella casa señorial.Ahora, con la lección bien aprendida, López quien es funcionario del Icanh— recorre como pez en el agua el monumento histórico que fue descrito por Eustaquio Palacio en su histórica novela como “la hacienda más grande, rica y productiva de todas las que existían al margen izquierdo del río Cauca”. Y es justamente él quien lidera una investigación con miras a recuperar lo que el tiempo y el olvido se llevaron. ¿Cómo era Cañasgordas?Remitiéndonos directamente a las palabras de Eustaquio Palacios en ‘El Álférez Real’, La Hacienda Cañasgordas estaba integrado por una casona de dos pisos con un edificio adicional en cada uno de los extremos, además de la capilla y el cementerio. “La fachada principal de la casa da vista al Oriente, y tenía en aquella época un gran patio al frente, limitado por las cabañas de los esclavos, colocadas en línea como formando plaza; y por un extenso y bien construido edificio llamado el trapiche, en donde estaba el molino, movido por agua, y en donde se fabricaba el azúcar”.Sin embargo, advierte López, antropólogo de la Universidad Nacional con énfasis en arqueología y etnohistoria, en la actualidad, ni la capilla ni el cementerio ni la casa de los esclavos existen y, como si fuera poco, el trapiche que data del Siglo XVII se está derritiendo como una chocolatina al sol, luego de que, inexplicablemente, la cubierta que la protegía le fuera retirada, dejándolo a la intemperie.En su doble condición de lector y antropólogo, López se ha hecho múltiples preguntas desde que comenzó a visitar este lugar en el año 2000, como parte de un grupo de docentes y estudiantes de la Universidad Autónoma de Occidente: ¿Cómo era aquella capilla y quienes asistían allí? ¿Dónde estaba el cementerio y a quiénes enterraban? ¿En qué lugar estaban las casas de los esclavos? ¿Cómo era la interacción social entre los habitantes de la hacienda?Para el antropólogo, estos interrogantes no son más que un reflejo del valor cultural que tiene este monumento histórico, cuyos cimientos comenzaron a levantarse en las tres primeras décadas del Siglo XVII. Esta trascendencia está ligada a la novela de Palacios. “La unidad entre la novela y la Hacienda tiene un valor simbólico al recuperar tradiciones y hechos históricos de la Cali de los siglos XVII y XVIII. Por ello, dentro de la conmemoración del Bicentenario, ‘El Alférez Real’ fue seleccionada como la obra representativa de esa época en la región”, dijo.Estos elementos motivaron a López a formular ante el Icanh un proyecto que busca recuperar e investigar el componente arqueológico de la Hacienda de la época y sus modificaciones en el Siglo XIX, un trabajo que se efectúa mediante un enfoque interdisciplinario que incluye, además de la antropología, la arquitectura de restauración, la etnohistoria, la arqueología y hasta la ciencia forense.Los expertos han concentrado sus investigaciones en tres áreas concretas. “Estamos concluyendo la fase de reconocimiento y prospección arqueológica, que consiste en delimitar las áreas que serán objeto de nuestro estudio, en este caso la capilla, el cementerio y el área en que habitaron los esclavos”, explicó.Para ello, el equipo echó mano de una sofisticada tecnología, como el georadar de penetración terrestre, equipo que además de permitir delimitar el espacio que se estudiará, ayudará a establecer si aún existen restos funerarios en el cementerio, que muy posiblemente fue utilizado para enterrar a los esclavos y otros habitantes de Cañasgordas. Pero una de las más fatales modificaciones que sufrió el complejo de Cañasgordas, fue la demolición de la capilla, a finales del Siglo XIX, por parte de sus propietarios, que implicó la desaparición del cementerio aledaño. Para los expertos, esta situación es como armar un gran rompecabezas de la historia. Para este objetivo, el antropólogo está aplicando un método que a él le gusta definir como ‘arqueología del relato’, que le da gran valor, como fuentes de información, a las tradiciones orales, al folclor o la literatura. “En este caso la novela ‘El Alférez Real’ se convirtió en un vehículo fundamental para desentrañar la historia de la Hacienda, pues su autor se documentó a partir de los archivos y documentos históricos, pero también de la tradición oral”, explicó el antropólogo.Recinto sagradoEn su novela, Eustaquio Palacios describió la capilla como un “edificio de mediana capacidad, que podía contener más de quinientas personas; era de adobe y teja, blanqueado con cal, de aspecto decente. Tenía coro, púlpito y confesionario; en el altar había un crucifijo de gran tamaño, que parecía ser obra quiteña, de muy escaso mérito”.Pero fue sólo hasta 1992, cuando, guiado por el texto literario, el arquitecto restaurador José Luis Giraldo pudo establecer el lugar exacto en donde había sido levantada la construcción. Giraldo, quien lleva décadas trabajando en proyectos para la protección y conservación de tesoros patrimoniales de la región, realizó el más completo estudio que existe de antropología histórica de la antigua Hacienda.De esta capilla en la que, en opinión del arquitecto, no cabrían 500 personas como dice la novela, sólo queda una pared, restos de los cimientos, trozos de un arco toral y algunos elementos decorativos hechos en ladrillo tallado que aún son objeto de análisis. Según Giraldo, a juzgar por las técnicas constructivas que allí se utilizaron, la capilla fue edificada en el Siglo XVIII, pero no se ha establecido en qué año. Esto quiere de decir que fue levantada posterior a la casa principal que data de la primera década del Siglos XVII. “En la capilla que encontramos se utilizó ladrillo cocido de muy buena factura y en el piso había restos de pisos octogonales de influencia mudéjar, parecidos a los que se usaron en la casa de la hacienda, pero mejor elaborados”, explicó el arquitecto.Fue eso, agregó, lo que generó una tipología de arquitectura colonial en esta región. “Es otro valor que tiene la hacienda Cañasgordas, pues demuestra que no se puede meter en una sola bolsa la arquitectura colonial en Colombia, sino que cada región encierra particularidades; aquí estaríamos hablando de una arquitectura regional vallecaucana o de la región que conformó el Gran Cauca, con variaciones a la que se hizo en la Costa Norte o en el altiplano boyacense”.La edificación religiosa era similar a las capillas rurales de la época, como la de San Antonio, en Cali; la Hacienda de Hato Viejo, en Yotoco; o la de Dominguillo, en Santander de Quilichao. La capilla tenía una sola entrada y era de unos 8 metros de ancho por 17 metros de largo, para dar cabida a la nave, el altar y el presbiterio. Siguiendo los preceptos de la Iglesia, la nave —donde se ubican los feligreses— estaba separada del altar por un arco toral, (transversal a la nave) ciñéndose de esta manera a las normas que establecía la Iglesia como elemento que separaba lo sagrado de lo profano. “La nave tenía un techo a dos aguas que aumentaba de altura a partir de la cortina virtual que establecía el arco toral y volvía a subir de nivel cubriendo el presbiterio o altar mayor”, agregó Giraldo, quien halló como prueba de su investigación un trozo del arco toral en el lugar.Es muy seguro que esta capilla del Siglo XVIII reemplazó a una levantada en el Siglo XVII construida con la misma técnica con que se levantó la antigua casa. “Es una técnica que ya no existe en el país. Allí se mezcló el bahareque indígena —que consiste en la utilización de palos y barro para construir muros a manera de tabique— con la técnica de la arquitectura colonial mudéjar, que era a base de armazones en madera con paredes sumamente gruesas y sólidas”. Giraldo agregó que los constructores echaron mano de lo que tenían en el entorno. “Como no dominaban la técnica del adobe, elaboraron los muros de un metro de ancho con membranas de guadua y palo y le echaron barro por dentro. A esto lo denominaron embutido de barro. Esa misma técnica se propagó luego en las construcciones de las clases populares con muros de diez o quince centímetros y que todavía se utiliza sobre todo en el campo”, explicó. La presencia de la Capilla en la Hacienda obedecía a un mandato de la Corona que estableció que las propiedades de terratenientes debían tener capillas doctrineras para convertir a la religión católica a indígenas y esclavos, pero hacia 1695 el proceso de culturización de estas comunidades —a través del adoctrinamiento y el mestizaje— ya había cumplido su objetivo. Por eso, la nueva capilla era más pequeña y tenía el propósito de prestar el servicio religioso a los dueños de aquél latifundio quienes serían los que entrarían a la nave, mientras que los esclavos y demás servidumbre estarían en el atrio.Así se describe en la novela ‘El Alférez Real’, un domingo de misa en la Hacienda: “Se tocó la campana a misa, y todos los habitantes de la hacienda fueron entrando en la iglesia y ocupando sus respectivos lugares. Las señoras asistieron con sayas y mantos negros y se arrodillaron cerca al altar en gruesas alfombras de lana y seda. Don Manuel, Don Juan Zamora y Daniel se colocaron en los escaños; a los lados, detrás de los escaños, se colocó la multitud”.Historia enterradaTras su demolición en 1890, los terrenos de la capilla y el cementerio fueron utilizados para habilitar cementeras y mucho de los restos humanos que allí estaban fueron sacados y llevados al cementerio que entonces quedaba a un lado de la Catedral, en Cali.De acuerdo al antropólogo Luis Francisco López, estos restos deberán someterse a análisis bioatronpológico; así será posible encontrar la edad aproximada, conocer su estatura, el sexo del individuo incluso si era zurdo o diestro, su patología. “Todo eso nos hablará de su modo de vida, en el caso de los esclavos, cómo era el trato que recibían de sus amos, los procesos de adaptación cultural y social, si conservaban sus imaginarios, es una información que nos entregará muchas pistas sobre nuestro pasado”. Pero la hacienda tiene más vetas arqueológicas. Una de ella es el lugar donde vivieron los esclavos. “Siguiendo las narraciones de Palacios en su novela, hemos encontrado lo que al parecer son huellas de postes que sirvieron para las viviendas de la servidumbre. Básicamente son manchas que deja la madera al descomponerse en el suelo. Con esta guía podemos explorar el lugar para establecer las dimensiones de esas viviendas, de qué materiales estaban hechas, encontrar cómo eran los fogones, qué utensilios usaban para su vida cotidiana”, explicó López.Otra posibilidad está en el patio trasero de la hacienda, que tradicionalmente fue utilizado como basurero, posiblemente a lo largo de varios siglos. Haciendo un corte de tierra controlado, los expertos podrán observar de manera estratificada los elementos de uso en el lugar a lo largo de los años, como la cerámica.El equipo del proyecto está en la primera fase de una extensa investigación que, según López, cuenta con un pequeño presupuesto para hacer la exploración en el cementerio, labor que se realizará en junio. Mientras tanto, el antropólogo caleño espera la vinculación de las diversas instituciones de la ciudad. “Lo que queremos es poder ampliar el grupo de expertos con el apoyo de entidades como el Archivo Histórico, las universidades y demás instituciones para que ayuden a descubrir la información que ha estado escondida en la histórica Hacienda”, dice. Información que, después de siglos, yace bajo tierra a la espera de ser revelada, casi como en el mejor de los casos de CSI.

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