Remesas chilenas son el sustento de muchas familias en el Valle

Remesas chilenas son el sustento de muchas familias en el Valle

Noviembre 23, 2017 - 11:30 p.m. Por:
Hugo Mario Cárdenas / enviado especial de El País a Chile 
Vallecaucanos Chile

Entre los objetos de mayor valor sentimental que guarda Noralba Silva en su vivienda, están los trofeos que obtuvo en Colombia su hijo Jéfferson Valencia antes de llegar al fútbol profesional de salón en Chile.

Bernadro Peña / El País

Después de los Estados Unidos y España, el lugar del mundo de donde más llegan remesas para el sostenimiento de familias en el Valle del Cauca, es de Chile.

Pese a que la ola de caleños y vallecaucanos que salieron rumbo a ese país persiguiendo ‘el sueño austral’ es relativamente nueva (desde el 2011), los dineros provenientes de Chile superaron hoy los que tradicionalmente han llegado de otros países con amplia presencia de colombianos como Panamá, Reino Unido, Canadá e Italia.

De acuerdo con las cifras entregadas por el Banco de la República, en el primer semestre del 2014 las remesas que ingresaron al Valle del Cauca desde Chile sumaban US$27,6 millones, mientras en el primer semestre del 2017 los giros que llegaron al Valle desde ese país fueron de US$69,1 millones, un aumento superior al 250 %.

Y no podía ser de otra forma cuando más de 17.000 personas han salido durante lo corrido de este año desde la Terminal de Transportes de Cali con destino a Chile, muchas de ellas de Cali y los municipios del Valle y que tenían como propósito quedarse en busca de un mejor futuro en ese país.

Dineros que se invierten mayoritariamente en el sostenimiento de las familias, la educación de los hijos, el pago de deudas o el mejoramiento o compara de vivienda.

123,5
millones de dólares en remesas llegaron al Valle desde Chile en el 2016

El Valle del Cauca, con US$1401,1 millones, fue en el 2016 el mayor receptor de remesas en Colombia, de acuerdo con las estadísticas del Emisor. De esos dineros, provenían desde Chile US123,5 millones; unos $370.000 millones que equivalen tres veces al todo el dinero que invirtió el Gobierno Nacional en la llamada locomotora de la ciencia y la tecnología.

Estas son algunas de las historias de esas familias que debieron separarse ante la necesidad de buscar un mejor nivel de vida y que aguardan en Cali u otro municipio del Valle a que le llegue cada mes el ‘giro’ desde Chile.

“Sería egoísta si le pido que se venga”
Cecilia Salazar

Cecilia Salazar y Vannessa Cossio en la Patagonia.

Bernadro Peña / El País

El sueño que durante toda su vida le fue esquivo a María Cecilia Salazar, el de tener una vivienda propia, está a punto de lograrlo cuatro años después de haberse ido a vivir y a trabajar a Chile.

Sabiendo que con un salario mínimo era imposible poder pagar una casa en este país, prestó el dinero y el 8 de septiembre del 2013 se fue con el dolor de dejar a su única hija, que para entonces se llamaba Vannessa Salazar.

“Yo sé que ella se fue buscando un mejor futuro; y aunque no puedo decir que quedé desubicada porque ya estaba terminando mi carrera y trabajando, sí me hacía muchísima falta ese calor de hogar; además cuando ella se fue yo no conocía a mi papá”, cuenta Vannessa.

El primer propósito, esperando tener una vida digna, fue el de asegurar una vivienda propia y en eso se enfocaron el día que María Cecilia terminó de pagar el dinero que le prestaron para costear el viaje a Chile.

“Abrimos una cuenta de ahorro programado y ella mandaba una cierta cantidad cada mes, lógicamente los montos más grandes, pero yo también le ayudaba y nos metimos a un préstamos y el otro año, si Dios quiere nos entregan la casa en la vía a Jamundí y ahora estamos ahorrando para meterle los arreglos cuando la recibamos”, dice con orgullo Vannessa, egresada de la Escuela Nacional del Deporte y una apasionada por el patinaje.

Sin embargo, considera que no logra encontrar ese equilibrio y esa tranquilidad que le ofrecía su madre, a quien describe como una gran amiga, una mujer alegre y muy extrovertida.

Vannessa Cossio

Vannessa Cossio comparte con su madre la pasión por el patinaje.

Bernadro Peña / El País

No obstante haber conocido a su padre en una reunión familiar en Santander de Quilichao, un año después de que su madre se había trasladado a Chile.

“Supe que tenía una tía por parte de mi papá en El Águila y fui conociendo a otros tíos y un sábado me invitaron a una comida y allá me dijo mi tía: ‘Vannessa te presentamos otro Cossio’; y él me preguntó ¿No me reconoce? y empecé a llorar y sentía como un sueño cumplido porque desde muy niña lo quería conocer y hace tres años me dio el apellido”, cuenta Vannessa, quien ahora se apellida Cossio Salazar y trabaja con la Secretaría del Deporte de Cali y la Liga de Patinaje del Valle.

Hace un año Vannessa y María Cecilia pasaron el Año Nuevo juntas en Chile y visitaron la Patagonia, pero no logran ponerse de acuerdo sobre si vivir juntas en Colombia o en Chile.

“A mí me gustaría que mi mamá estuviera acá, pero sería egoísta pedirle que se venga porque siempre quiso esa libertad y la vi muy feliz allá”, reconoce Vannessa.

Por ahora el deporte las mantiene unidas porque Cecilia enseña a patinar en Chile y Vannessa desde Cali le da instrucciones sobre las técnicas y la manera de trabajar con los niños.

“Mi mayor satisfacción son los goles de mi hijo”

Pocas cosas en la vida de Noralba Silva, una caleña que vivió durante quince años en Estados Unidos, le llenan tanto de satisfacción como cada gol que anota su hijo; que por fortuna han sido bastantes.

Esa es la impronta que ha dejado Jefferson Valencia Silva, el mayor de sus dos hijos, por todos los equipos y torneos que ha jugado no solo en los barrios 12 de Octubre, Asturias o Panamericano, en Cali, sino en equipos en Estados Unidos, Londres y ahora en Chile, donde hace poco ingresó el equipo profesional de ‘Cementero Futsal Chile’, del fútbol de salón.

“Lo que más me enorgullese es cuando marca un gol porque él juega de delantero y casi siempre queda de goleador. Yo ni cuando estaba aquí en Colombia ni cuando vivía en Estados Unidos me perdía ningún partido”, dice Noralba con una sonrisa amplia.

Jefferson estudió en Cali en el colegio Nuestro Señora de Guadalupe y parte de la secundaria en un colegio militar, pero a los 14 años se fue a vivir con su mamá a Nueva York y unos años después se juntó con su papá en Londres, siempre con la pasión por el fútbol como parte de su equipaje.

Jefferson Valencia

Y ese respaldo que recibió de su madre empezó a rendir frutos desde que decidió irse a vivir a Chile, cuando pensaba que el fútbol no era más que una pasión y se había dedicado a estudiar sistemas. La difícil situación económica en Colombia lo llevaron hasta el país austral en busca de una oportunidad que de nuevo se la ofrecen sus piernas y sus goles.

“Gracias a Dios mi hijo se ha destacado en el fútbol de salón y recibo de él mensualmente su ayuda; de ese dinero nos sostenemos mi mamá y yo, que es su abuela y a la que también le dice ‘mamá’ porque fue quien lo crió cuando tuve que dejarlo para irme a los Estados Unidos”, cuenta Noralba.

Infortunadamente, la enfermedad de su abuela ha impedido que la orgullosa madre pueda ir a verlo jugar y a deleitarse con sus goles en Chile.

Jefferson es además el supervisor de uno de los restaurantes de una conocida marca de comidas rápidas en Santiago de Chile, y él y su familia esperan que muy pronto pueda lograr un buen patrocinio que le permita dedicarse exclusivamente al fútbol sala.

Por ahora sigue con su vida junto a su hija de 6 años de edad y su esposa, y espera seguir ayudando a su madre, quien decidió venirse hace tres años de Estados Unidos para estar junto a él.

El mismo anhelo que mantienen miles de colombianos residentes en Chile y que con sus remesas han permitido a sus familias una mejor vida.

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