Minería: un cara a cara diario con la muerte

Junio 20, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos
Minería: un  cara a cara  diario  con la muerte

Luis Otero, 32 años, cinco hijos, tres mujeres: minero de Córdoba, corregimiento ubicado en la jurisdicción de Buenaventura.

Esta semana fue la tragedia en Amagá. Cada tanto el drama se repite. ¿Por qué un hombre decide jugarse la vida en este oficio suicida? Testimonio.

Córdoba, corregimiento de Buenaventura, a 20 minutos en bus del principal puerto de Colombia sobre el océano Pacífico.Cuadrillas de mujeres y hombres negros que llevan en sus manos palas y bateas van y vienen a pie por un camino empantanado, camino de barro y charcos y piedras filosas. Pasan junto a un jeep Suzuki de color rojo, destartalado, como recién salido de una guerra, y llegan a una carpa amarilla donde un hombre blanco y de ojos claros les compra el oro que han sacado del río Dagua, la mina a cielo abierto más grande del mundo. Llueve ligero. En una tienda, a pesar de que el reloj indica que son las 10:00 a.m, otros mineros ya toman cerveza como si el líquido se fuera a acabar de la faz de la tierra. En el sitio, un joven barequero entra raudo y hablando como culebrero. Anuncia que va a revelar un secreto que los salvará a todos de una enfermedad: al paludismo que tuvo, dice, “lo mató el ron y no las drogas”. Se escuchan carcajadas mientras al muchacho le pasan dos botellas del trago y diez cajas de chicle. En este paraje de mineros y barequeros del Pacífico colombiano poco se comenta de la tragedia de Amagá, Antioquia, en donde el pasado miércoles, al parecer por una acumulación de gas metano, explotó un túnel de 2.600 metros de profundidad que se vino abajo y dejó sepultados a 72 mineros que trabajaban en la mina de carbón San Fernando. Mineros y capataces de minas de Córdoba como Alberto Rodríguez, dicen conocer la noticia de lo que pasó en Amagá. Pero el asunto lo ven distante, tan sólo un rumor que se escuchó en radio, nada más. Y no es que a los mineros de Córdoba no les importe la suerte de sus colegas. Con sus propias tragedias tienen suficiente. Pensar en una agonía ajena sería como sepultarse más hondo en las preocupaciones de hoy: no se ve el oro en el río, al menos en cantidades generosas; las retroexcavadoras se están yendo (aunque todavía se ven algunas máquinas perforando el Dagua); la Policía, denuncian, los ven como delincuentes y los persiguen; la semana anterior salió moribundo de una mina Julio Ledesma, un minero que horas después moriría al parecer de un infarto en una clínica de Buenaventura. “En la vida de un minero no hay días alegres”, resume de un solo tajo la situación Alberto Rodríguez, el capataz, que ha dedicado toda su vida a la minería, desde los tiempos de la fiebre del oro en Caucasia, Antioquia, a finales de los años 70, y todavía no ha logrado el sueño dorado de tener una ‘pepa’ tan grande, como para no volver a trabajar en su vida. Por eso, por esos días que no son alegres para los mineros, es quizá saludable no pensar en dramas de otros. ¿Pero entonces cómo es la vida sin días alegres de un minero que se tiene que ver con la muerte cada que sale a trabajar ? Luis Otero, 32 años, cuerpo de boxeador, manos con cicatrices, ojos del color de la miel, cinco hijos, tres mujeres, nacido en Buenaventura, lo cuenta: Oro traicionero“Muchas veces uno piensa en la muerte. En morir ahogado o aplastado en un derrumbe de la mina. Yo siempre que estoy en los huecos que hacen las retroexcavadoras, mantengo pendiente de la tierra, mirando hacia arriba. Muchas veces me han caído piedras pequeñas en las manos, que advierten de derrumbes que se vienen. Yo brincaba y el derrumbe caía al lado. No eran derrumbes grandes, porque cuando hay derrumbes de esos, nadie se salva.Hay gente que se ha quedado atrapada. Una vez, acá en Zaragoza, vi a un hombre que se le vino encima un barranco. Había hecho un hueco con la ayuda de otros mineros, una especie de túnel en el río. La tierra se le vino encima y la motobomba que sacaba el agua del túnel dejó de funcionar. Yo creo que se ahogó. Cuando lo sacaron, removieron la tierra con una retroexcavadora y ese aparato sacó el cuerpo del minero en pedazos: la cabeza, el tronco, una mano.Sí, también me di cuenta de lo que pasó en Amagá. Es que este oficio es muy riesgoso. Y ellos, los mineros de Amagá, corren más riesgo que nosotros porque hacen túneles muy profundos hasta llegar al sitio donde explotan el carbón. Nosotros estamos más seguros porque con las retroexcavadoras se abren huecos de máximo diez metros de profundidad. Pero el oro es traicionero. Usted entre más baje, más oro sale. Y en su cabeza quiere más y más, se abre la ambición, el oro tiene ese sistema de engaño. Y se sigue bajando buscando más oro y se olvida que tiene que mirar hacia arriba, para tantear el barranco. Porque entre uno más baje, el agua del río afloja la tierra, que se le puede venir a uno encima y matarlo, como lo que pasó en Amagá. Y yo no quiero morir en una mina, yo quiero morir de viejo, tranquilo. No tengo joyas de oro. Porque el oro es como una forma de mostrar lo que uno en realidad no tiene. Demostrarles a los demás exhibiendo anillos no me parece correcto. El oro despierta envidias y te pueden robar o te pueden matar. El oro, le repito, es traicionero. Y además del oro, el minero debe cuidarse de los animales, culebras; y enfermedades como el paludismo y la malaria, que es de lo que más se enferma un minero.El TesoroLas monedas de oro las encontré a la altura del kilómetro 29, en el río Dagua, en un corte. El corte es el hueco que hace las retroexcavadoras. Eran monedas españolas de Carlos III. Hubo gente que las encontró y las vendió a $10.000 otros la regalaron. Yo, como sé identificar el oro, alcancé a sacar 11 y las vendí en promedio a $300.000. Me compré una moto. En Internet supe que un lote de las mismas monedas lo estaban vendiendo en Europa a 1.500 euros. ¿ Cómo hacía para llegar hasta allá y venderlas?Antes me cogía todos los días entre 4 y 7 gramos de oro. Eran como $300.00 diarios. Yo me levantaba a las 4:oo a.m. o 5:oo a.m. y a las 2: 00 p.m. ya estaba en la casa, descansando y con la plata en el bolsillo. Ahora esto está muy malo. Hay gente que en toda una jornada consigue $10.000, o $20.000. Es muy poco. Gracias a Dios ahora tengo un contrato fijo con dos minas. Transporto gente, combustibles, insumos. Me gano $1.600.000. Y en los ratos libres me la rebusco. A mi lo que me gusta es la plata, yo me retiré del colegio en tercero de bachillerato, pero el único empleo que de verdad le da a uno dinero en esta zona, es la minería. También, si se trabaja duro, se puede salir adelante con la madera.Yo tengo un aserrío pequeño. Mi sueño es conseguir una máquina cepilladora y dos motores para ponerlo a funcionar y retirarme de la minería. A mí me gusta es la madera, que es un oficio legal. Yo hago cajas para tomates, trabajo el balso que utilizan los arquitectos o construyo bafles. Pero la minería es una manera de que la gente tenga ingresos. Del oro vive el comercio, los moradores de la zona, y hasta el propio gobierno.Lo que se debería hacer es que el gobierno ayude a organizar la explotación minera en la zona. Claro que el oro es como maldito. O la plata. No sé. Pero donde hay plata, hay problemas. En Zaragoza se vio mucha delincuencia. La gente le quería quitar la plata a los que la tuvieran. El oro despierta envidias. Yo supe de un comprador que iba en un colectivo con $30 millones. Lo mataron. Es la maldición del oro. Por eso me quiero dedicar a la madera, para poder morirme de viejo”.

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