Las grietas que no cerró la revolución árabe

Las grietas que no cerró la revolución árabe

Enero 29, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Patricia Lee, epecial para El País.
Las grietas que no cerró la revolución árabe

Conmemoración. Los egipcios celebraron, el pasado 25 de enero, el primer año de la revolución que derrocó al presidente Hosni Mubarak, hoy sometido a juicio, en la emblemática plaza Tahrir en El Cairo, la capital.

Un año después del inicio de la Primavera Árabe, en muchos países el sentir de las protestas aún no cesa.

El martes 25 de enero, al cumplirse un año del comienzo de las grandes manifestaciones en la Plaza Tahrir, en Egipto, decenas de miles de personas se volvieron a juntar en ese histórico lugar. “La revolución nunca terminó, está aquí, viva, y más fuerte que nunca”, comentó uno de los jóvenes que volvieron, 365 días después, donde todo comenzó.Un año después, el mundo árabe es irreconocible. Los miles de kilómetros que se extienden desde Marruecos hasta Siria, hoy son un territorio convulsionado: primeras elecciones libres en décadas en Túnez y Egipto, creación de nuevos partidos políticos y sindicatos, desorden, caos, marchas y protestas, huelgas y disturbios, guerras civiles como en Libia, sangrientas represiones como en Siria.Las raíces profundas de la rebeliónCuando el 17 de diciembre, Muammad Buazizi, un joven vendedor ambulante, se inmoló en Túnez, nadie imaginó que estaba prendiendo un fósforo en medio de un pajar, desatando el descontento de millones de jóvenes marginados, de pobres desposeídos, de mujeres privadas de sus derechos, de pequeños comerciantes ahorcados por la crisis, en fin, de millones de habitantes que, de una punta a la otra del Mediterráneo, han vivido décadas enteras sometidos a regímenes despóticos.Los jóvenes árabes sufren una de las tasas de desempleo juvenil más altas del mundo –en promedio de 25%–, y por eso la consigna del levantamiento tunecino fue: “El empleo es un derecho, banda de ladrones”. Las mujeres fueron las primeras en ocupar la Plaza Tahrir con sus reclamos, y los trabajadores, con sus postergados conflictos sindicales, tuvieron un peso decisivo en Túnez y en Egipto. Pero un año después, muchos problemas siguen sin resolver, y hasta se han agravado.Una nueva etapaEsta etapa de la primavera árabe es muy distinta de la anterior. Ya no se observa la ilusión y la unidad de todos los participantes alrededor de un único objetivo. Por el contrario, los problemas estructurales se agravan, las reformas políticas, económicas y sociales se hacen esperar, exasperando los ánimos de los más carenciados y postergados.Hace un año, los jóvenes de la Plaza Tahrir cantaban “el Ejército, el pueblo, una sola causa”. Hoy, el idilio entre el pueblo y las Fuerzas Armadas se ha esfumado porque los militares pretenden prolongar sus privilegios en la nueva Constitución, y porque han respondido con represión y muertes a las continuas protestas que se sucedieron a lo largo del año como sucedió en la localidad de Máspero, donde murieron 27 manifestantes.La situación económica empeora: muchas fábricas han cerrado, muchos capitales han huido de Egipto y el turismo se ha reducido por la inseguridad. “Ninguno de los partidos en el parlamento puede cumplir las demandas de la revolución. No tengo duda de que veremos nuevas confrontaciones muy pronto”, señaló el economista Waed Gamal en el periódico al–Shorouk. En Túnez existe el mismo sentimiento. “Nuestra revolución no se ha terminado”, dijo un joven tunecino. “Todavía falta mucho para tener empleos, dignidad y libertad, las tres principales demandas de la revolución de 2011”.¿La vuelta del islam?El hecho político que marcó esta temporada es que los sucesores de los gobiernos despóticos, los que han triunfado en los procesos electorales, son partidos musulmanes moderados. El primer triunfo fue en Túnez, donde las elecciones a la Constituyente dieron la victoria al movimiento islámico Enahda, desencadenando un proceso tan contagioso en los países vecinos como lo fue la propia revuelta del año pasado. En Egipto, la mayoría del nuevo parlamento es para el Partido de la Libertad y la Justicia de la Hermandad Musulmana, que obtuvo 38% de los votos. El partido islámico conservador Al-Nour salió segundo con 29%, mientras que los partidos liberales Nueva Wafd y Bloque Egipcio salieron en tercer y cuarto lugar.Esto significa que los islamistas tendrán la voz cantante cuando se redacte la nueva Constitución, y son los sostenes del gobierno provisional, en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Por ahora, los jóvenes, las mujeres, los trabajadores, protagonistas de la larga Primavera del 2011, parecen decididos a prolongarla, con esa mezcla agridulce entre la satisfacción por lo obtenido y la desilusión por lo que falta.El descontento arrancó en TúnezTras la caída de Zine al Abidín Ben Alí en Túnez, en octubre se realizaron las primeras elecciones libres del mundo árabe en 50 años, para escoger a los miembros de la Asamblea Constituyente.El exprimer ministro tunecino Beyi Caid Essebsi propuso una nueva hoja de ruta para restaurar “la confianza del pueblo” y ha instado a acelerar la redacción de la Constitución y organizar las elecciones.Ben Alí gobernó a Túnez durante dos décadas hasta el 14 de enero, cuando huyó a Arabia Saudí , tras la protesta popular en su contra que se extendió un mes y que despertó el sentir árabe.Egipto, de cara al cambioEn Egipto, donde Hosni Mubarak fue derribado el 11 de febrero de 2011, se acaba de posesionar el Parlamento surgido de las primeras elecciones en 30 años, se levantó parcialmente el estado de sitio y Mubarak es juzgado por la violenta represión a las protestas. En su informe anual, presentado ayer en El Cairo, la organización Human Rights Watch denunció que el Ejército ha recurrido a lo largo de este año a la fuerza excesiva y a la tortura, y para ello ha contado con la impunidad otorgada por su estatus militar, que les evita ser investigados por civiles.Libia, camino a la transformaciónEn Libia, a diferencia de Egipto y Túnez, donde la salida de los dictadores fue rápida, el cruento conflicto se prolongó durante casi todo el año y culminó con la caída y muerte de Muamar el Gadafi.Las protestas pacíficas contra Gadafi, en el poder durante 42 años, arrancaron en febrero en Bengasi, pero se convirtieron una batalla campal. La fuerza del régimen cobró más de 25.000 vidas, la mayoría de civiles, según el Consejo Nacional de Transición, que ahora gobierna a Libia y llamará a elecciones. Pero en el país lo que prima es el vacío y la inestabilidad.En Siria la represión no cesaSiria es la mancha negra de la Primavera Árabe. El país es gobernado desde 1971 por la dinastía de Bachar Al Asad de la minoría religiosa alauita, que representa al 12% de la población, cuando un 74% es musulmana sunita. Ante la amenaza a su poder, Bachar al Asad ha utilizado una violencia brutal, que ha costado la vida a miles de personas, pero las protestas no ceden. La alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Navi Pillay, aseguró que le resulta imposible actualizar la cifra de muertos por la represión, que la supera los 5.000 que había contabilizado el mes pasado.Yemen, tras el final de una eraEn Yemen se vive el final de la era de Alí Saleh, y habrá elecciones en febrero, pero no serán libres, pues el dictador saliente puso como condición para su retirada que al vicepresidente Abdo Rabo Mansur Hadi fuera candidato único. A diferencia de Egipto, donde Mubarak está siendo juzgado, el Parlamento yemení aprobó por unanimidad la inmunidad a Saleh, acusado de la brutal represión desde inicios del 2011. Hoy en las calles piden “ejecución en la horca”, pues, contrario a Egipto, donde la renuncia de Mubarak puso fin a las protestas, en Saná, la capital, hay una ciudad de carpasa lo largo de una avenida.Triunfo islámicoEl triunfo de los sectores islámicos también se repitió en Marruecos y se observa un renovado empuje del islamismo en Argelia.Los partidos religiosos se beneficiaron de enormes recursos y de su prestigio, pues fueron la única fuente de oposición en las últimas décadas.Aunque es un fenómeno minoritario, también se observa el repunte de grupos radicales, en primer lugar en Yemen, donde grupos ligados a Al-Qaeda capturaron la ciudad de Rada, a 150 kilómetros de la capital Saná, para establecer un “emirato islámico” en toda la Península Arábiga. Algo similar sucede en Libia, donde la intervención de la Otan polarizó a sectores radicales, y donde todavía continúan los combates con fuerzas pro Gadafi.

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