Las dos caras del trasplante de hígado

Las dos caras del trasplante de hígado

Marzo 16, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara | El País.
Las dos caras del trasplante de hígado

Vecinos. De pie, el abogado Fernando Ramírez, quien espera un trasplante de hígado. Sentado, Rodrigo Albán, quien recibió trasplante de hígado el año pasado.

133 trasplantes menos pudieron ser realizados entre enero y septiembre 2013.

El hígado es esa viscera voluminosa que reposa calladamente entre su tórax y su cavidad abdominal y que, mientras usted lee, elimina de su sangre las toxinas que ha consumido, al tiempo que almacena vitaminas, segrega bilis y sintetiza las proteínas plasmáticas para que usted pueda vivir tranquilo. Si su hígado llega a colapsar, ya sea por factores hereditarios, cáncer, malos hábitos relacionados con la alimentación y el consumo de alcohol, entre otras, un trasplante sería la única salida. Esto fue lo que los médicos le advirtieron al caleño Rodrigo Albán, quien tras una brillante carrera de 30 años en el sector financiero descubrió, en el año 2012, que debía someterse a exámenes para saber si era candidato a un trasplante o si, por el contrario, debía apresurarse a “dejar sus asuntos en orden”. Como los miles de colombianos que necesitan con urgencia un trasplante de hígado, corazón, riñón, páncreas, pulmón u otros, entró en lista de espera. “Es difícil, esa espera a ciegas. No basta con que aparezca un donante, pues también debe haber una serie de compatibilidades entre donante y receptor”, explica Rodrigo, quien aguardó junto al teléfono más de año y medio sin recibir la “llamada salvadora”. Al final de la larga espera, su hígado -según lo describe- llegó a tener el tamaño “de una ciruela pasa”. Su malestar crecía y pasaba noches tan malas, que su hermana no tuvo corazón para molestarlo un sábado en que, al fin, lo vio dormir plácidamente. Pero Rodrigo no despertó a las 10:00 a.m., tampoco a las 12:00 m., ni a las 4:00 p.m., ni a las 8:00 p.m… No estaba dormido, sino en estado de coma. “Mientras esto ocurría, yo soñaba que caminaba y caminaba, y que me abría paso entre serpentinas grises que colgaban, como cortinillas plásticas, del techo. Hasta que vi una luz blanca que me atrajo pero, de repente, en mi mente, oí que me llamaban mi hijo y mi hermana, me decían ‘no seas malo, no te vayas, nos vas a hacer falta’, entonces abrí los ojos”. Despertó, pero solo para descubrir que le quedaban, a lo sumo, 8 días de vida. Entre tanto, en otra ciudad de Colombia, un joven en sus 20 sufrió un accidente que le causó muerte cerebral. Y entonces, Rodrigo recibió la llamada: “Hay un hígado apto, en estos momentos lo están llevando a Cali en avión. Fue mejor que si me dijeran: se ganó el Baloto”, describe. “Recuerdo que, por aquella época, mi familia me ocultó que había muerto Helenita Vargas, quien fue mi gran amiga. A ella también le hicieron un trasplante y dizque preguntó: ‘Doctor, de quién es este hígado. De un joven de 15 años, respondió él. Y en lugar de impresionarse, dijo ella con su característico sentido del humor: “¡Regio! Me encantan los hombres, y si son jóvenes mucho mejor”. Hoy, Rodrigo confiesa que ve la vida desde otra óptica, más alegre, más espiritual. “Doy gracias a Dios, porque lo mío fue un milagro. Cada día rezo dos rosarios por ese donante y su familia, a quienes les debo la vida. Una parte de él sigue viviendo a través de mí”.Rodrigo Albán está vivo para contarlo. Y lo escucha con atención Fernando Ramírez, su vecino de edificio al oeste de la ciudad, quien espera desde junio pasado un trasplante de la misma clase. Rodrigo y Fernando se reúnen, intercambian historias y debaten la preocupación que les causa saber que los niveles de donación de en Colombia, y en Cali, son críticos. Fernando tiene 61 años, una familia unida, dos hermanos que lo idolatran; a Lola, su actual esposa, y dos hijos: Angela María, de 35 años, que vive en Estados Unidos, y un niño de 12 años que vigila como el más férreo de los enfermeros la calidad de cada bocado que ingiere su padre. Están dispuestos, como familia, a dar la batalla, y al verse en esta situación en la que jamás creyeron estar se han sorprendido al conocer de cerca el drama que viven en silencio tantas familias.Saben también que hay mucho desconocimiento del tema. “Hay gente que me dice: ‘Fernando, cómprate un hígado’. Nada más absurdo”, dice. Y añade que si habla en estas páginas no es por un propósito egoísta, “solo quiero que la gente sepa que donar es una opción, que pueden salvar vidas de personas -si se quiere- más jovenes que yo, de niños, de adolescentes, de personas que necesitan y merecen una segunda oportunidad de vivir. Yo, por mi parte, estoy dando la pelea, tengo la actitud, la familia, a mis queridos amigos, la motivación, la fe en Dios y una fuerte espiritualidad. Sé que mi milagro también llegará”. De todos depende que así sea.

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