La ruta de la paciencia: crónica de un viaje en 'mula' entre Cali y Buenaventura

Marzo 10, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
La ruta de la paciencia: crónica de un viaje en 'mula' entre Cali y Buenaventura

Las demoras en las vía, así como las demoras en los muelles, han hecho la ruta Cali - Buenaventura en una de las más caras de Colombia.

¿A qué velocidad avanza la vida por una de las vías más atrasadas del país? Relato de una espera que parece eterna.

En este punto, kilómetro 217 del recorrido Cali-Buenaventura-Cali, Miguel, ‘El flaco’ como lo conocen sus colegas, apoya su codo en el volante de la tractomula, lleva la mano hasta el mentón, se acaricia la punta de la nariz. Al frente hay una hilera de camiones, buses, carros particulares, más tractomulas, todos detenidos. -En esta cochada no alcanzamos a pasar. Toca esperar dos turnos.Miguel habla mirando al frente, sin impaciencia. En los últimos seis años de sus 53 de vida ha hecho este trayecto casi a diario, a 40 kilómetros por hora promedio. Las obras de la carretera que anuncian ampliar en una doble calzada, los camiones volcados, los derramamientos de líquidos peligrosos, lo han obligado a apagar el motor que suena como el bramido de un toro y a esperar horas para reanudar la marcha. Haciendo un cálculo, Miguel ha permanecido tres años en estos caminos. Acostumbrado a pasar eternidades en la cabina de la tractomula, escuchando baladas románticas mientras abren paso, 'El Flaco' adquirió el don de la paciencia. El 60% del tiempo de viaje los vehículos de carga permanecen parqueados y eso convierte esta ruta en una de las más caras del país. Son las 6:37 de la tarde. Miguel enciende de nuevo el motor. Cada que debemos detenernos lo apaga para ahorrar combustible. La tractomula se traga un galón de acpm cada 7 kilómetros. En cada uno de los dos tanques le caben 157 galones. Cada galón vale $8.300, uno de los precios más caros del mundo. Quienes se dedican al oficio de transportar carga y pasajeros dicen que en Colombia pagamos el combustible como ricos y ganamos como pobres. Mandar una tractomula desde Cali a Buenaventura cuesta aproximadamente $1.100.000 en acpm, peajes, la alimentación del conductor. Y un viaje se cobra entre el millón y medio y los dos millones. Pero es tanta la oferta de carros, dice Miguel, que el mercado se está dañando. Hay quien se ofrece a hacer el recorrido por menos plata. Cuando la vía se cierra, cuando hay que esperar tanto en los muelles, se pierden las ganancias. El negocio, sigue ‘El Flaco’, es el volumen. Hacer muchos viajes para ver utilidades. De lo contrario es trabajar para que lo vean. Después de doce minutos parados, la tractomula al fin arranca. IIEl viaje empezó a las 8:31 de la mañana. Miguel contaba su historia. Nació en Yarumal, Antioquia, y ya completa 35 años en el oficio de conducir. Al oficio llegó porque se cansó de estudiar. Entonces se puso a trabajar, a manejar, y le gustó. En tantos años apenas ha sufrido un accidente. Un despechado se le atravesó en la vía. Para llegar a Buenaventura hay que alejarse. Las tractomulas tienen prohibido transitar entre el kilómetro 18 de la vía al Mar y Loboguerrero, la ruta más corta. Entonces hay que tomar la carretera Panorama hasta Mediacanoa y de ahí a Loboguerrero. -Yéndonos bien, llegamos en cinco horas. Si la vía estuviera en buen estado, llegaríamos en cuatro, dice Miguel.Pero la carretera está en mal estado. Y eso, a su empresa, le ha costado plata. Hace unos meses una piedra filosa se le incrustó en medio de dos llantas. Miguel no se dio cuenta, siguió andando hasta que sintió una baja en la presión del aire. Las llantas estaban rajadas, inservibles. Cada una cuesta $1.200.000. Pero el mal estado de la vía no solo se nota en los daños de los vehículos. Mientras Miguel conducía por la Panorama, esa vía sin cráteres que invita a acelerar, la tractomula no saltaba. En cambio, cuando apenas llevábamos unos metros en la ruta Mediacanoa - Loboguerrero, ‘El Flaco’ tuvo que, primero, disminuir la velocidad al mínimo para pasar un hueco, invadir el carril izquierdo para evadir otro. En gran parte del trayecto, la cabina de la tractomula saltó debido al mal estado del pavimento. Era como andar en caballo. Viajar hasta Buenaventura en tractomula es someter los riñones al sufrimiento. La carretera es una prolongación del abandono de esa ciudad que en pleno Siglo XXI apenas tiene agua potable durante unas horas del día y el 64 % de su gente no tiene trabajo. Hace siete años se firmaron los contratos para la construcción de la doble calzada entre Buga y Buenaventura que busca agilizar el tránsito entre el interior del país y el puerto. En total son 118 kilómetros que, como la tractomula, avanzan a paso de tortuga. Una de las razones que lo explican son las demoras en la expedición de las licencias ambientales. Las obras, en su mayoría, se desarrollan en plena cuenca del Pacífico. La ley exige que en los puntos donde vivan minorías étnicas, el contratista, Invías y la Agencia Nacional de Infraestructura realicen una consulta previa para establecer, con las comunidades, cómo la obra afectará su entorno, cómo se les piensa compensar. Y aún hay minorías con las que no se ha realizado ese proceso. Pero además hay conflictos en las negociaciones de predios. Según un informe del Observatorio de la Infraestructura del Valle, existen casos de dueños que han vendido y no han desocupado, otros que venden e invaden otro sector.Y a eso se suma la minería ilegal. Algunos mineros que fueron desalojados del río Dagua se ocultaron en la montaña, la perforaron y ya hay túneles que atraviesan la carretera generando hundimientos. Los mineros también han invadido predios vendidos.La propia ministra de Transporte, Cecilia Álvarez, se arriesgó a hacer este recorrido. Tardó cinco horas. Las obras avanzan tan despacio, que ni siquiera se nota, dijo. ‘El Flaco’ también se queja. Ellos, los conductores que mueven la economía del país, merecen un mejor trato. No solo combustible a un precio más justo, sino, también, carreteras dignas. III‘El Flaco’ conoce la carretera como su propia casa: en el kilómetro 56 hay riesgo de volcamientos. En el kilómetro 80, una falla geológica. El kilómetro 86 es el punto en donde más se accidentan camiones y tractomulas. Eran las once de la mañana y sucedía algo que a Miguel le parecía extraño. En las casas levantadas a orillas de la carretera la gente cargaba canastas de cerveza. Una llamada a su celular lo aclaró todo. En el kilómetro 95 de recorrido, por donde íbamos a pasar en un par de minutos, un camión que transportaba cerveza se había volcado. La gente lo saqueó en minutos. Lo mismo pasa, dijo Miguel, cuando son camiones que transportan granos. En menos de lo que canta un gallo no queda nada. La realidad confirmaba los peligros de la vía advertidos por ‘El Flaco’. Él los seguía describiendo. A las siete de la noche, de Mediacanoa a Loboguerrero no se ve un solo policía. Más adelante, en la Cabal Pombo, hay reductores de velocidad que son un peligro porque en la noche debemos frenar y nos atracan. Y además han puesto, para demarcar la vía, bolardos de concreto. Usted no sabe cuántos accidentes han causado. Miguel apenas sobrepasa a un camión de gaseosas, una que otra tractomula. Su ritmo es lento. En los puntos que él llama críticos baja el cambio, disminuye la velocidad así el camino esté libre. Él no sabe de afánes. IV Estamos regresando a Cali y ‘El Flaco’ enciende el motor. Es la penúltima parada del viaje. En total fueron cinco paradas, todas debido a las obras. De esos trancones aburridos, sin embargo, viven los caseríos. Los moradores que levantaron casas a la orilla de la vía venden gaseosa, plátanos, tinto. Al llegar a Loboguerrero, Miguel da una buena noticia. Hemos pasado lo más difícil. Sin embargo, nos enfrentamos a un nuevo peligro que ‘El Flaco’ no menciona quizá porque está acostumbrado. El tramo entre Loboguerrero y Mediacanoa no está iluminado. No se ve nada a distancia, todo es negro, apenas se ve el asfalto que ilumina la tractomula que ahora va cargada con 28 toneladas de un líquido industrial. Una vía sin iluminación, de apenas dos carriles sin demarcar, es la que conecta a Buenaventura con el interior del país. Miguel cuenta que si no fuera por la gente que recogió la tierra con palas, el derrumbe de hace 20 días aún seguiría taponando un carril. Las autoridades no se asomaron. El puerto sigue olvidado. El atraso en esta zona de Colombia, se calcula, es de 30 años. Y dicen que los trabajos que se realizan son el proyecto vial de mayor importancia del Suroccidente del país. Los camioneros se preguntan qué pasaría si no lo fueran.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad